Breve ensayo sobre la huelga de hambre con o sin encadenamiento a una reja interamericana

Ante todo debo expresar un gran respeto por la huelga de hambre como herramienta que pudiera utilizar voluntariamente una persona si no consigue lo que demanda de manera legal y legítima. Y pudiera sobrevenirle a ella un deseo ulterior de morir, de no solventarse la situación que debe resultar manifiestamente injusta, por supuesto, y descartando también que pudiera tratarse de suicidas anoréxico-políticos buscando simultáneamente su minuto de notoriedad. De allí que haya habido famosísimas huelgas de hambre en el mundo donde incluso resultaran extintos por inanición sus ejecutantes.

“Pero en esta vida todo tiende a putearse”, como afirmara un prestigioso filósofo macaracuayero, no acordándome de cuál siglo. Pero bueno, en todo caso sería lo de menos ante lo neurálgico de esa su tan cojonuda máxima.

Y pareciera tener sobrada razón el filósofo de marras, al tan sólo pasearse uno por las huelgas de hambre venezolanas de hoy. Son ellas tan particulares, que los huelguistas salen mucho más repuestos que cuando las inician. Y fuentes dignas de todo crédito afirman que, inclusive, salen con real; con el real verdoso de lo pútrido… ¡Imagínenese hasta dónde ha llegado la vaina! Por lo que resulta muy sudoroso, por tanto, que pudieran considerarse de hambre tales huelgas por la sencilla razón de que los huelguistas ni siquiera le dan oportunidad al hambre de que les arribe al estómago… Son, por el contrario, voraces huelguistas [de hambre]…

Cuando Ledezma, por ejemplo, inició su huelga de hambre a las puertas de Insulza, ciertamente llegó jipato y perfilao. Y cuando salió de ella, se notaba rosaíto y cachetón. ¡Misterios de la ciencia! como dice ese chispeante y peligroso prosista que es el camarada Eduardo Rothe.

Además, estos chimbos huelguistas hacen sus holganzas demandando cosas manifiestamente cargantes por impertinentes, como eso de que liberen a delincuentes convictos y condenados por crímenes atroces y a otros por impudicias varias. Y sin embargo, con todo y eso, cuentan con el apoyo mimoso de Insulsa para que reine la impunidad en Venezuela. ¡Qué vaina con Insulza! ¿No? ¡Véase por dónde le está dando la chochera!

Y por ahí leí también que una mujer mexicana tiene más de diez días en huelga de hambre sin encadenamiento frente a la embajada británica en México, por el único y encomiable objetivo de que la inviten formalmente a la boda del príncipe Guillermo con la escuálida Kate “Machado” Middleton, donde exhibe carteloncitos que dicen: ¿Me van a dejar morir por eso? Y no sé si Insulza esté al tanto de este dramático caso huelgario de hambre, dado que los casos venezolanos, de casi igual bobada, pudieran mantenerle “empty” su capacidad de atención.

Bueno, por eso es que me he venido sintiendo bien tentado también a iniciar mi huelga de hambre personal. Y no sólo personal, sino “no endosable” como los cheques de gerencia… No que cuando me sienta “ajilao” (como hacen por allí algunos jóvenes impostores) llame a un pana para que me haga el quite mientras me parapeteo a punta de cachapa con queso y carato de acupe en algún baño. No señor, una huelga de hambre final, irreversible y seria, que me pudiera conducir a la extinción, si es que acaso Insulza no llegara a interceder por mí y llamara a botón a la insensible escuálida para que me aplaque un derecho tan humanamente inherente, lo que evitaría mi muerte por esa siempre desagradable inanición, no sólo física, sino también espiritual.

Por tanto, como consecuencia inevitable de lo expuesto, a partir de hoy me voy a disponer pensar bien quién pudiera ser esa privilegiada escuálida (ya que no son muchas por las muestras que se ven en sus marchitas) para, como todo un poseído Romeo, irme a su ventana a media noche a demandarle -¡qué a implorarle del cipote!- su amor, y, si es que acaso no obtuviera correspondencia en un tiempo prudencial dentro de esa misma madrugada, proceder ipso facto a romper el contacto con todo tipo de alimento y encadenarme a su verja hasta romper su cruel silencio administrativo, ayudado, como dije, por Insulza. ¡Y hasta llegar a morir! si resultara acaso imperativamente ético en lo erótico-amoroso!

Es más, yo propongo formalmente a mis camaradas que en cambote procedamos a huelguiarnos de hambre y luego encadenarnos, si es que acaso la escuálida que hubimos de seleccionar por derecho humano inquebrantable nos resulte contumaz o cruelmente inconstitucional. ¡A ver qué coño va a hacer Insulza con nosotros que somos que jode! Y perdónenme la falta de templanza.

Y es bueno que se sepa que mi legítima aspiración tiene incluso irrefutable base constitucional que configuro simplemente aplicando el método interpretativo más genuino que manipulan los más famosos constitucionalistas escuálidos. Veamos: el tercer aparte del artículo 21 constitucional, reza: “La ley garantizará las condiciones jurídicas y administrativas para que la igualdad ante la ley sea real y efectiva; adoptará medidas positivas a favor de personas o grupos que puedan ser discriminados (en el amor, agrego yo), marginados o vulnerables; protegerá especialmente a aquellas personas que por alguna de las condiciones antes especificadas, se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta y sancionará los abusos o maltratos que contra ellas se cometan”. Más claro que esto, ni los ojos de mi amada.

Luego el artículo 22, ejusdem, reza: “La enunciación de los derechos y garantías contenidos en esta Constitución y en los instrumentos internacionales sobre derechos humanos no debe entenderse como negación de otros que, siendo inherentes a la persona, no figuren expresamente en ellos. La falta de ley reglamentaria de estos derechos no menoscaba el ejercicio de los mismos”.

Entonces, señores: ¿Hay derecho más inherente a la persona humana (poniendo a un lado el de la vida) que el de gozar del amor de sus compatriotas indiscriminadamente? Díganmelo con honestidad, panas. ¿Lo hay?

Y de una vez llamo la siempre pronta atención de Insulza sobre la apodíctica previsión constitucional del derecho que me asiste, y que me propongo demandar de mi escuálida favorita antes de iniciar mi eventual huelga de hambre y posterior encadenamiento mortífero.

Y no dejen de apreciar, por favor, mis dilectos lectores y lectoras, que esta misma hermenéutica jurídica que aplico fue la que utilizó el eterno magistrado Arriechi, creo, para sentenciar -en nombre de la República y por autoridad de la ley- que aquellos viles militares del 11 de abril que secuestraron a Chávez no habían actuado sino “preñados de buenísimas intenciones”, juzgamiento que tanto Insulza como los preclaros constitucionalistas escuálidos, hallaron no sólo burda de sublime, sino burda de justo también. Fíjense entonces que mi posición está muy bien enmarcada dentro de la más excelsa y pacífica jurisprudencia que alguna vez vomitara el Tribunal Supremo de Justicia en toda su historia. Esto es vital. Además, recordemos que los romanos definían la justicia “como la constante y perpetua voluntad de darle a cada uno lo que le corresponde”. Insulza por tanto no tendrá pa` donde agarrá en nuestro caso huelguístico de hambre y posterior encadenamiento, si procediere.

En fin, mis queridos lectores y lectoras, yo iniciaría mi huelga de hambre completamente seguro pues de que contaría con este oportuno y buen Insulza… Si no, ni de vaina, porque a esas escuálidas contumaces de aquí habría que sancionarlas conforme a la “Carta Democrática Interamericana del Amor” y ese proceso demora demasiado. Fíjense por ejemplo en el caso tan teatral de la joven centroamericana Honduras Zelaya Micheletti, hoy en manos del conspicuo árbitro Lobo Feroz y donde incluso, la huelga de hambre, se halla tan vedada que al proyectado huelguista lo matarían a tan sólo advertírsele la intención en su mirada. Y yo no veo a Insulza queriendo cabezudamente ir pa`llá, no me joda. Y como atroz ironía es con la Venezuela más democrática, de toda su historia, la ladillita…

canano141@yahoo.com.ar


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Raúl Betancourt López


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