7 de enero de 2026. El presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, y su esposa, la primera combatiente Cilia Flores, permanecen secuestrados y bajo custodia ilegal en Nueva York, tras una operación criminal ejecutada en las primeras horas de la madrugada del 3 de enero por fuerzas especiales estadounidenses. Sometidos a humillaciones públicas, vejámenes mediáticos y un simulacro de proceso judicial, sus cuerpos han sido convertidos en el altar sobre el que se consagra una nueva era: la de la posverdad como arma de guerra total.
Horas después de consumar el secuestro, mientras los helicópteros aún sobrevolaban el Caribe y las tropas ocupaban puntos estratégicos, el Departamento de Justicia de Estados Unidos emitió una nota oficial retractándose de los cargos centrales contra el llamado “Cártel de los Soles”, reconociendo que se trata de un “término coloquial”, no de una organización real.
Ya no importa. El daño está hecho. El hecho consumado ha sido instalado.
Durante años, esas acusaciones sirvieron como justificación moral para sanciones, conspiraciones, bloqueos y operativos paramilitares. Lo que importaba no era su veracidad, sino su capacidad para fabricar un consenso global de condena. Y una vez logrado ese consenso, la acción militar ya no necesitaba legitimidad: bastaba con la obediencia de los hechos impuestos.
Así se revela la esencia de este régimen: no se trata de mentir. Se trata de profanar la realidad misma, de borrar el suelo lógico, identidad, no contradicción, razón suficiente, sobre el que los pueblos construyen su mundo común. Cuando ya nada es estable, cuando la verdad y la ficción coexisten sin fricción, el poder puede imponer cualquier narrativa… y cualquier violencia.
La posverdad no es desinformación: es profanación epistémica
Hemos escuchado hasta el cansancio que vivimos en la “era de la posverdad”. Pero rara vez se dice lo esencial: la posverdad no es solo la difusión de fake news o la manipulación mediática. Es algo más profundo: la anulación deliberada de los principios lógicos, identidad, no contradicción y razón suficiente, en el ámbito político.
Hannah Arendt lo anticipó con escalofriante claridad: el totalitarismo no necesita que creas en sus mentiras. Solo necesita que dejes de creer en cualquier hecho. Cuando ya nada es verdadero ni falso, cuando todo es “una versión”, desaparece el espacio público: ese lugar donde los seres humanos se reconocen como iguales a través del consenso sobre lo real.
En el caso venezolano, esta lógica se ha llevado a su expresión más brutal. Durante años, el gobierno de Estados Unidos repitió que Venezuela era una “dictadura narcoterrorista”. Se invirtieron miles de millones en campañas de desprestigio, en influencers, en documentales sesgados y en operativos de inteligencia disfrazados de periodismo. Todo para construir una imagen útil a la agresión.
Pero en enero de 2026, esa fábula se desmoronó. No por una revelación periodística, sino por una retractación burocrática. Y sin embargo, nada cambió. La maquinaria siguió en marcha. ¿Por qué?
Porque ya no se necesita coherencia. En el nuevo orden imperial, la contradicción no es un error: es una herramienta. Primero te acusan de narco. Luego reconocen que no lo eres. Pero como el daño ya está hecho, como el mundo ya te ve como un paria, la invasión sigue su curso. La lógica ha sido reemplazada por el hecho consumado.
Tecnologías de la profanación: influencers, algoritmos y la Ventana de Overton
Esta operación no hubiera sido posible sin infraestructuras mediáticas y digitales diseñadas para la tribalización. Los influencers y figuras mediáticas actuaron como sacerdotes de la tribu, creando realidades alternativas con más engagement que rigor. Las plataformas digitales, con sus algoritmos de amplificación, funcionaron como catedrales de la desinformación, donde la coherencia interna del relato tribal vale más que la correspondencia con los hechos.
La evolución del “Cártel de los Soles” siguió paso a paso la Ventana de Overton: de idea “impensable” a política aceptable, acelerada por la repetición performativa y la emocionalidad viral. Lo que en 2020 era una acusación marginal, una etiqueta retórica sin sustento jurídico sólido, se convirtió, mediante una campaña de saturación narrativa, en el pretexto legítimo para una guerra en 2026.
En este ecosistema, la IA no es neutral. Plataformas como Palantir o Maven Smart System no solo procesan datos: predicen y legitiman realidades útiles al poder. El juicio algorítmico se erige como oráculo incuestionable, y la captura de un jefe de Estado soberano se presenta no como una violación del derecho internacional, sino como el cumplimiento de una “verdad predictiva”.
Venezuela: laboratorio de la guerra epistémica
Venezuela no es una excepción. Es un laboratorio. Aquí se ensayan las formas más avanzadas de guerra no convencional: no con tanques, sino con narrativas; no con soldados, sino con algoritmos.
La estrategia es simple:
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Construir una “realidad hechizada”: mediante una sobrecarga de información contradictoria, donde todo es posible y nada es verificable.
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Tribalizar la percepción: convertir la política en una batalla entre “creyentes” y “herejes”, donde lo que importa no es la evidencia, sino la lealtad al bando.
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Imponer el hecho consumado: una vez que la sociedad global ha sido preparada para aceptar una narrativa (por falsa que sea), se ejecuta la acción, sanciones, bloqueos, operativos, y se retroalimenta la narrativa con sus propios efectos.
Es un círculo vicioso. La mentira genera las condiciones para la crisis; la crisis “confirma” la mentira. Y mientras tanto, la comunidad internacional mira, paralizada, porque ya no sabe qué es real.
Este mecanismo, que algunos llaman “estrategia de caos controlado”, tiene un nombre aún más antiguo: la Abominación de la Desolación. La frase, tomada del libro de Daniel, describe aquel momento en que el enemigo profana el santuario, no con fuego ni espada, sino instalando su propio ídolo en el lugar sagrado.
En el siglo XXI, el santuario es la realidad compartida. Y el ídolo es la tribalización algorítmica.
La resistencia como afirmación lógica
Frente a esta ofensiva epistémica, la respuesta venezolana ha sido, antes que nada, una defensa concreta de los principios lógicos profanados:
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Identidad: “Sigo siendo presidente de mi país, soy un prisionero de guerra y sou un hombre decente”, afirmó Nicolás Maduro desde la custodia ilegal. No era solo una declaración política; era un acto de resistencia ontológica: A es A.
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No contradicción: La continuidad institucional, la movilización popular y la unidad del liderazgo bolivariano desmintieron, en los hechos, la narrativa del “colapso total” que la posverdad había instalado como sentido común.
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Razón suficiente: La resistencia no se sostiene en la mera voluntad, sino en bases materiales reales: la soberanía alimentaria, las redes comunitarias de producción, el poder comunal y los avances en ciencia y tecnología popular.
Esta lucha, por tanto, trasciende lo meramente político. Es una confrontación epistemológica. Se trata de defender el derecho de un pueblo a ser sujeto de su propia realidad, y no objeto de una ficción imperial construida con algoritmos, sanciones y operativos clandestinos. En Venezuela, cada acto de resistencia, desde una siembra colectiva hasta el despliegue de un dron comunitario, es, también, un acto de lógica viva.
Más allá de la “verdad”: hacia la autodeterminación epistémica
Frente a esta situación, es urgente salir de la trampa del binarismo “verdad vs. mentira”. No se trata de buscar una verdad objetiva que nos redima, como si fuéramos niños esperando que un adulto nos diga quién tiene la razón. Se trata de reconstruir el mundo común.
Eso implica dos movimientos simultáneos:
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Defender lo factual: exigir transparencia, evidencia, coherencia lógica. No ceder el terreno del hecho.
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Reivindicar la autodeterminación epistémica: el derecho de los pueblos a nombrar su propia realidad, a construir sus propios marcos interpretativos, a no ser objeto de relatos foráneos.
Venezuela ha sido sometida a un asedio no solo económico y político, sino ontológico. Se nos ha negado el derecho a existir como sujetos complejos, contradictorios, históricos. Se nos ha reducido a una caricatura útil para justificar la agresión.
Romper con eso no es una tarea de relaciones públicas. Es una tarea de soberanía cognitiva.
Significa, por ejemplo, rechazar que la “crisis venezolana” sea narrada solo desde Miami, Londres o Bruselas. Significa exigir que las voces de los barrios, de las comunas, de los colectivos tecnológicos, de los saberes ancestrales, tengan el mismo peso que las de los “expertos” del establishment.
Significa entender que la innovación tecnológica, cuando está al servicio de la soberanía, como en los proyectos agroecológicos, de inteligencia artificial y robótica, no es solo un avance técnico, sino un acto de resistencia epistémica.
Conclusión: escribir como acto de resistencia
¿Es posible escribir sin tomar partido en tiempos de abominación? No. Escribir hoy es elegir: ¿del lado de quienes profanan la realidad o del lado de quienes la defienden?
Este texto no es neutral. No pretende ser “equilibrado”. Nace desde enero de 2026, desde una Caracas sitiada pero no derrotada, desde la certeza de que la guerra ya no se libra solo en los mares o en los cielos, sino en los pliegues del lenguaje, en la arquitectura de los relatos, en la posibilidad misma de nombrar el mundo.
Y en esa guerra, cada palabra cuenta.
No se trata de “derrotar la posverdad” con más datos. Se trata de recrear las condiciones para que exista un nosotros capaz de compartir un mundo. Un mundo donde lo verdadero no sea lo útil para el imperio, sino lo justo para los pueblos.
Hasta que eso suceda, seguiremos escribiendo, no como cronistas, sino como combatientes de la realidad.
*ingeniero químico, docente de Epistemologías de la salud, Investigación y Bioética, también es doctor en Ciencias gerenciales con enfoque en soberanía sanitaria y gestión participativa.
cachilapo75@gmail.com