Colonial Pipeline, rusofobia y agresión a Venezuela

El año 19 del XXI d.C., fue un año singular y característico de lo que es capaz de hacer el imperialismo de los EEUU para garantizarse la sumisión y rendición de gobiernos y pueblos que les son ariscos a someterse a su hegemonía imperial. Ya para entonces, Chile, el hasta entonces «oasis» repleto de felicidad según pretensión de un pinochetista como Sebastián Piñera, daba muestras de lo que se convertiría -años después- en un «oasis» de rebelión popular contra los restos de dictadura pinochetista, que permanecen incólumes en el Chile post Pinochet. Pero, Colombia, ya también dejaba ver las costuras que el narco régimen uribista, estaba en su etapa de ocaso y pedía pista para despegar y abandonar ese vasto territorio liberado por el Padre Libertador, Simón Bolívar, y abrir cauces democráticos liberadores. Esos análisis prospectivos, seguramente, debió haberlos realizado la CIA y los hechos, con relación a Venezuela, obligaban al imperialismo a acelerar los acontecimientos, en especial, todo lo concerniente a la obsesión de la Administración Trump de procurar el colapso y cambio de régimen en la nación venezolana, ratificada por el régimen fascista como «amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad de EEUU». El año, lo inicia la Administración estadounidense sacando de su maletín de curiosidades a un monigote que lo autoproclamó presidente interino de la República Bolivariana de Venezuela en una plaza del este caraqueño, en una bufonada muy propia del egocentrismo de Donald Trump, tan acostumbrado al espectáculo circense muy propio de la Roma imperial. A la par, ese año, en más de 70 ocasiones, EEUU, mediante sus aviones de espionaje electrónico e interceptación de telecomunicaciones (avión EP-3E), sobrevoló –ilegalmente- el espacio aéreo venezolano en su vertiente Norte Caribeña de oeste a este, monitoreándolo y mapeándolo a precisión; mientras, en tierra, las bandas terroristas de Voluntad Popular, Primero Justicia, AD y Un Nuevo Tiempo, agredían –constantemente- el Sistema Eléctrico Nacional, SEN, procurando apagones y daños físicos a las torres y demás sistemas que conforman el alumbrado público. Por su parte, el palangrismo mediático, reforzaba la tesis de la desinversión, falta de mantenimiento y abandono del SEN, como justificación de los apagones que tantas molestias causaron al pueblo venezolano, y concluían, que el culpable de todo era Nicolás Maduro. Las presiones de los terroristas: Juan Guaidó, Leopoldo López, Henry Ramos Allup y Julio Borges, apuntaban entonces en la línea exigida de propiciar la intervención armada de los EEUU en Venezuela, a lo que se negaba el Complejo Industrial-Financiero y Militar, alías Pentágono, quien había sacado sus cuentas y tres millones de reservistas, se habían convertido en un disuasivo lo suficientemente difícil de ignorar. El psicópata, John Bolton, quien para entonces integraba el gabinete imperial desde la Agencia Nacional de Seguridad debía buscar las alternativas para satisfacer las exigencias de los terroristas del llamado G-4 (AD, Voluntad Popular, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo), enquistado en la cabeza de la Asamblea Nacional. Ocurre entonces, un evento inédito en la historia venezolana, en horas de la tarde del jueves 7 de marzo, se produce un blockout o apagón eléctrico nacional, «el más grande ataque contra Venezuela en los últimos 200 años republicanos». A las cinco menos seis minutos de la tarde, hora local, una supuesta «falla» en la central hidroeléctrica de El Guri, sembró el caos en el país. Contrario a lo que esperaban los promotores del shock eléctrico, EEUU y el G-4, el pueblo venezolano reaccionó con un civismo ejemplar, resguardándose en sus viviendas, no hubo acciones callejeras de violencia. Obviamente, el tiro les salió por la culata a sus organizadores y promotores.

Los hechos, apuntaban que la mano criminal que había bajado el suiche del Guri, no era otra sino la Administración de Donald Trump, léase: EEUU. Se ridiculizó, mediáticamente, todo lo que intentara dar una explicación técnica razonable de lo ocurrido. «En la dirección del Estado, crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas como innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado» […] «Sólo unos pocos acertarán a sospechar e incluso a comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarles, desacreditarles y señalarles como desechos de la sociedad. Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos» (Del libro «El arte de la inteligencia», editado por Allen W. Dulles, fundador e ideólogo de la banda terrorista de la CIA). «Yo era el director de la CIA. Mentimos, engañamos y robamos. Teníamos hasta cursos de entrenamiento», palabras del Secretario de Estado y ex agente CIA, Mike Pompeo, abril 2019. Se trató de un «ataque cibernético» y «electromagnético», según el mandatario venezolano, Nicolás Maduro. Días después de dicha acción de sabotaje, Donald Trump, mediante Orden Ejecutiva ordenaba a su gobierno tomar todas las medidas pertinentes para blindar a EEUU de eventuales ataques cibernéticos y electromagnéticos. Lo que tanto se habían empeñado en desmentir los «medios libres» pero financiados por EEUU, el propio Trump los desmentía y reconocía la veracidad de lo denunciado por el Presidente Nicolás Maduro. Claro, que existen los ataques electromagnéticos y cibernéticos, valga decir: la guerra en el ciberespacio. Era tan cierta, esa amenaza denunciada por el Presidente Maduro, como que en 2007, el entonces vicepresidente de EEUU, durante el mandato de George W. Bush, Dick Cheney, su médico, le ordenó que desactivara la función inalámbrica de su marcapasos, por temor a que pudieran hackearlo y acabar con su vida.

En su primer discurso a la nación, George W. Bush, dijo: «estamos guiados por un poder Superior, que nos ha creado iguales a su imagen», en analogía al pasaje del Génesis, cap.1, vers. 27, que dice textualmente: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó…». Años después, justificaría la destrucción e invasión del pueblo de Irak en un supuesto diálogo con Dios, quien le habría ordenado que llevara «la libertad y la democracia» a esa población del medio oriente. «Libertad duradera», así denominó la campaña militar para derrocar al gobierno de Sadam Hussein. Amparado en su dominio aéreo, EEUU, bombardeó –masivamente- a la población iraquí con centenares de «bombas de precisión» como –malévolamente- le denominó la mediática occidental, en su morbo perverso y adulante del Dios de la Guerra. Desde meses antes, EEUU, aplicó sanciones y estrangulamiento de la economía iraquí que produjeron la muerte de miles de niños y niñas, carentes de alimentos y medicinas, todo sustentado en una mezcla de fundamentalismo cristiano con recetas neoliberales y de libre mercado, que hicieron -durante los mandatos de Bush- que la pobreza se disparara exponencialmente entre los años 2000-2006 en 5 millones de nuevos pobres. Bush, como fiel creyente del Dios Mercado, tenía como credo: «Yo creo en la medicina privada, no en un sistema sanitario gestionado por el Gobierno federal». Con Bush, comenzaron aparecer en la guerra de invasión de Irak los contratistas privados de la guerra, ejércitos privados que sustituyeron en el terreno de operaciones al ejército de EEUU. Al igual que Bush, Joseph Biden, es un presidente que pregona el fundamentalismo cristiano como paradigma-guía de su actuación al frente del imperio de los EEUU. De hecho, como presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, apoyó la invasión y respaldó los argumentos falsos (existencia de armas de destrucción masiva) y la presencia de Al Qaeda en Irak, en que sustentó su solicitud de guerra la Administración Bush. Más de un millón de seres humanos fueron asesinados por las bombas y balas estadounidenses y sus aliados europeos. En 2019, Joseph Biden, reconoce como un «error» haber apoyado el genocidio iraquí, dijo: «El error que cometí fue confiar en el presidente Bush, quien me dio su palabra de que lo estaba usando con el propósito de hacer que los inspectores vieran lo que estaba sucediendo (en Irak), si estaban produciendo armas nucleares» (HispanTv, 14-07-2019). Ninguna muestra de arrepentimiento por su apoyo a la carnicería imperialista del pueblo iraquí tuvo Biden. Años antes, en la Guerra de Malvinas, Argentina, como senador le tocó presentar ante el Congreso de EEUU, en nombre de los demócratas, la resolución de apoyo al Reino Unido. Cuando una periodista de la CBS, le preguntó: si «el Senado estaba involucrándose más en el bando británico», Biden, respondió sin titubear: «Mi resolución busca definir de qué lado estamos y ése lado es el británico. Los argentinos tienen que desechar la idea de que EEUU es neutral». ¿Qué podrían esperar los pueblos de América de la Administración Biden, sino engaños y mentiras?

«Hemos tolerado las mentiras presidenciales desde el comienzo de la república», dice el profesor Eric Alterman, autor del libro: «Por qué los presidentes mienten, y por qué con Trump es peor»). EEUU, su clase dirigente, ha elevado la mentira a religión oficial del Estado teocrático imperialista. La mentira, va en contra de la naturaleza de Dios, sin embargo, los presidentes de EEUU dicen al público que sus decisiones están guiadas por Dios. «Hace muchos siglos, San Agustín, un santo de mi iglesia, escribió que un pueblo era una multitud definida por los objetos comunes de su amor. Definido por los objetos comunes de su amor. ¿Cuáles son los objetos comunes que amamos como estadounidenses, lo que nos define como tales? Creo que lo sabemos. Oportunidad, seguridad, libertad, dignidad, respeto, honor y, sí, la verdad.» […] « Y cada uno de nosotros tiene un deber y una responsabilidad como ciudadanos, como estadounidenses, y especialmente como líderes, líderes que han prometido honrar nuestra Constitución y proteger nuestra nación, defender la verdad y derrotar las mentiras.» (Discurso de toma de posesión del presidente Joseph R. Biden, Jr. Capitolio de los Estados Unidos de América, 20 de enero 2021). Biden, toma palabras del mismo San Agustín que en su libro: «Contra la Mentira», expresa la validez absoluta del mandamiento que obliga a decir la verdad y prohíbe mentir. Se trata del mismo, Joseph Biden, que en marzo 17 de este año, descalificaba como «Asesino» a su colega ruso, Vladimir Putin, a quien responsabilizaba de los ataques cibernéticos contra EEUU, y que –producto de éstos ataques- habían cortado el suministro de combustible a los Estados de Florida, Virginia, Carolina del Norte y Georgia, a partir del 7 de mayo del presente año al desactivar un oleoducto propiedad de la empresa privada: Colonial Pipeline. Leslie Gordon, directora en funciones para la seguridad nacional y justicia en la Oficina de Rendición de Cuentas del Congreso de EEUU, comentó que lo ocurrido a Colonial Pipeline, es un «ejemplo del fracaso en la protección de infraestructuras críticas». Y, mientras el funcionariado se afincaba en la búsqueda de explicaciones razonables al hackeo del oleoducto de Colonial Pipeline que había causado el desabastecimiento de gasolina a cuatro Estados; Joseph Biden, afianzaba su rusofobia y disparaba sus misiles de sanciones contra Rusia, provocando un incidente mayor en su escalada guerrerista, arrastrando consigo a su colonia europea en la aplicación de sanciones. Colonial Pipeline, suministra el 45 por ciento de los combustibles, incluida gasolina y diésel, a la costa oriental de EEUU, transportando 2,5 millones de barriles al día. La suspensión del suministro causó largas colas en gasolineras y compras de pánico, provocando un déficit y disparando el precio de la gasolina hasta los 2,99 dólares por galón, el máximo desde noviembre de 2014. La respuesta de V. Putin a las amenazas de J. Biden estuvieron enmarcadas en la diplomacia de paz que les caracteriza, dijo: «No se trata únicamente de una expresión infantil, de una broma. Tiene un sentido profundo y psicológico. Siempre vemos en los demás nuestras propias cualidades, pensando que son como nosotros», añadiendo, que le deseaba buena salud, aclarando que lo decía: «sin ironía». Putin, desde el mismo momento en que los medios de comunicación occidentales ensalzaban la bandera de la rusofobia para acusar a Rusia de lo ocurrido con el oleoducto de Colonial Pipeline, aclaró que Rusia no tenía –absolutamente- nada que ver con lo ocurrido. El Alzheimer, no es únicamente pérdida de memoria. Es agresividad, repetitividad, mal control de los esfínteres y miles de problemas más. Para fortuna de Joseph Biden, los autores del ciberataque contra el oleoducto lograron pactar con la empresa, Colonial Pipeline, 5 millones de dólares, para así desbloquear el oleoducto. El FBI, lo atribuyó al grupo de hackers «DarkSide», mientras Biden insistiendo en su rusofobia decía que lo realizaron desde Rusia. «DarkSide», en su sitio web en la darknet, reafirmaba su carácter «apolítico» resaltando que solo quieren ganar dinero sin causar problemas a la sociedad y que: «No participamos de la geopolítica, no necesitamos vincularnos con un gobierno definido», finalizando su comunicado con una cita muy sospechosa: «A partir de hoy, introducimos la moderación y revisamos cada empresa que nuestros socios quieran cifrar para evitar consecuencias sociales en el futuro».

¡Mayor ridículo hizo Mr. Biden! Según el diccionario de sinónimos, mentir es sinónimo de fingir, disfrazar, engañar, trufar, falsificar; mentira, de patraña, bola, embuste, farsa, falsedad, enredo, invención; y mentiroso de farsante, embaucador, embustero, engañoso, engañador. La calumnia, es una mentira con intención de engañar, adicionalmente, con la intención de producir daño al prójimo. «Si las guerras pueden comenzar con mentiras, la paz puede comenzar con la verdad» nos revela, ese paladín de la libertad de expresión y hoy víctima de la agresión imperialista que es, el comunicador social, Julián Assange, por quien exigimos su libertad…



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Henry Escalante


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