Guerra de desgaste prolongado

 

El término “guerra de desgaste”, pudimos escucharlo en palabras del propio Jefe del Estado, camarada Presidente Nicolás Maduro, en uno de sus acostumbradas alocuciones. Sun Tzu, en su célebre obra “El arte de la guerra”, fue tajante en alertar contra los peligros de aquellos combatientes que prefieren combatir en guerras prolongadas o de desgaste: “Cuando se está en la lucha, si la victoria tarda en llegar, las armas ya no lucirán brillante y el ardor de los hombres se enfriaráRepito, si la campaña es prolongada, los recursos del Estado serán insuficientesPor lo tanto, aunque muchas veces se afirme que apresurarse en la guerra es signo de estupidez, tampoco las demoras muy extensas son signo de inteligenciaNo hay ningún ejemplo de un país que se haya beneficiado por un prolongado estado de guerra”. El gran timonel de la revolución China, Mao Tse Tung, enfatizaba que “El tiempo es el mejor aliado, del más débil”, y en esta batalla que libra el pueblo, la nación venezolana en contra del imperialismo de EEUU, sus países aliados de nuestro continente y Europa, y la burguesía apátrida concentrada –gremialmente- en Fedecámaras y políticamente en la MUD, y demás partidos de la derecha apátrida, sin duda, el supuesto más débil no es precisamente el imperialismo estadounidense, sino la patria de Bolívar y Chávez, y la prolongación de la guerra juega precisamente en su contra, ante los casi infinitos recursos con que cuenta el imperialismo. Bien señala Sun Tzu: “El espíritu de un soldado es más entusiasta por la mañana; hacia el  mediodía ha empezado a decaer y hacia la noche su mente sólo está empeñada en retornar al campamento”. No puede ser para menos, pues mientras el imperialismo arremete por intermedio de sus fuerzas locales por la vía violenta entre abril y julio, una vez que  son derrotados; reorienta su ofensiva hacia el terreno económico, incrementando los precios exponencialmente hasta degradar casi que a cero los ingresos de los venezolanos. Una vez, que el Gobierno Revolucionario responde con un conjunto de nueva leyes, aún por discutir muchas de ellas por la Asamblea Nacional Constituyente en flagrante operación morrocoy, para atacar desde la raíz, las causas del caos económico inducido por el imperialismo en la economía local, y se asumen medidas de protección de los ingresos de los trabajadores y trabajadoras, pensionados y sectores más débiles de nuestra población, en el terreno propiamente político-electoral se convoca a elegir nuevos gobernadores y alcaldes, proceso que permite palpar la opinión popular, desfavorables a todas luces para las fuerzas y agentes de la contrarrevolución imperialista.

  Cada nueva derrota del imperialismo, es respondida con nuevas acciones de sabotaje; ya sea en el terreno de la economía, la política, servicios públicos o la opinión pública internacional, en el terreno diplomático. En la actualidad, están enfocados en el ataque al efectivo, la ralentización de los puntos de ventas, en específico, agrediendo a los tarjetabientes de la banca pública; en el área del transporte público prestado por privados, se cumple un paro silencioso de los camioneteros, en procura de que se les incremente a mil bolívares la tarifa o precio del pasaje; Hidrocapital, empresa pública, acentúa su racionamiento del agua, violentando ese elemental Derecho Humano, sin que la Defensoría del Pueblo se manifieste ante tal arbitrariedad. En fin, infinidad de frentes de batallas, que solo intentan desgastar al Gobierno Revolucionario, paralizar su toma de decisiones sobre los temas cruciales, como es el caso de la economía. Propósito, que han venido logrando, al punto que el Plan Constituyente para la Paz Económica, presentado a inicios de septiembre por el camarada Presidente Maduro para la consideración de la ANC, en los hechos, se lo comió la burocratización que se ha entronizado en esa novel institución de soberanía popular. Al punto, que finalizando la semana pasada, el propio José Vicente Rangel se pronunció, sobre la dramática situación presentada  con la escalada de los precios en una economía altamente monopolizada y secuestrada por bachaqueros y delincuentes de todo pelaje. Tildando  como “insoportable el costo de la vida”, y criticando –acertadamente-, que ninguna de las medidas asumidas, en conjunto, tanto por el Gobierno como los empresarios del Consejo Nacional de Economía, “ninguna convence” y ataca el fondo del problema. Lo cual, debiera inducir al Alto Gobierno a revisar sus supuestos aliados empresariales que le juegan a la doble tanda, lanzando un tirito a la Revolución y otro a la contrarrevolución. Mientras, se garantizan para sí jugosos contratos y divisas para desarrollar sus negocios en desmedro del propio Gobierno, y pueblo venezolano, que es quien, en última instancia, resulta ser el más castigado por la inacción gubernamental.

  En la primera Revolución Sandinista, Nicaragua, 1978-1990. Las operaciones del imperialismo estadounidense en contra de la Revolución, las inicia el presidente Carter, intentando construir una oposición política moderada al sandinismo. Mucho dinero, fluyó desde la CIA hacia políticos, agencias no gubernamentales, empresarios privados y la iglesia católica. Con la llegada de los Republicanos a la conserjería del imperio, por intermedio de Ronald Reagan, cambia drásticamente la visión política de los Demócratas por la guerrerista, característica de los republicanos. Desde entonces, Nicaragua comenzó a sufrir los rigores del bloqueo económico imperialista, las importaciones de azúcar  hacia EEUU fueron reducidas en un 90 por ciento; y desde Washington, se presionó para que las instituciones financieras internacionales (FMI, BM, BID, Mercado Común Europeo) se abstuvieran de financiar proyectos de desarrollo y conceder préstamos a esa pequeña república centroamericana. Las acciones de sabotaje, por parte de la CIA, se incrementaron a lo interno de esa naciente República Revolucionaria. Mientras negaba ayuda económica a la novel Revolución, el gobierno de EEUU no escatimaba recursos para financiar actividades de la Iglesia Católica Nicaragüense, el Consejo Superior de Empresas Privadas (COSEP), y partidos políticos de la ultraderecha somocista. Privar al país de petróleo, se convirtió en uno de los objetivos de la contrarrevolución imperialista, que ya con Reagan adquirió carácter belicista con la conformación de la Contra, la cual tenía como prioridad en su agenda de combate, sabotear los puntos claves de sustento de la economía nicaragüense.

  Los puertos, hallados bajo asedio de la Contra, eran objeto de ataques con lanchas rápidas y se minaban las aguas cercanas a los principales puertos, intentando bloquearlos. De hecho, en 1983, la ESSO, principal abastecedor de Nicaragua,  anunció que sus tanqueros cargados de petróleo, no transportarían más combustible desde México. La agricultura y la pesca, no quedaron exentos de los ataques militares de la Contra, ejército mercenario creado por la CIA, para desestabilizar la naciente Revolución Sandinista. La Contra, actuaba con similar brutalidad que el Estado Islámico, creado también por la CIA, pero para desestabilizar y procurar derrocar al valiente presidente Bashar al Assad, en la hermana República Popular Siria. The Guardian, reflejó en sus páginas uno de esos muchos casos de actuación de esa banda mercenaria creada por la CIA estadounidense: “A Rosa le cortaron los senos. Luego, le abrieron el pecho y le sacaron el corazón. A los hombres, les partieron los brazos, les cortaron los testículos, les sacaron los ojos. Los mataban cortándoles la garganta y halándoles la lengua hacia fuera por la herida”. Nada que envidiar a la actuación del “moderno” Estado Islámico. En noviembre de 1984, el Gobierno Revolucionario Sandinista, informaba al mundo que desde 1981, los Contra habían asesinado a 910 funcionarios del Estado y a 8 mil civiles. “Combatientes por la libertad”, eran así llamados por el gobierno de Reagan, los mercenarios armados, adiestrados, financiados y dirigidos por la CIA estadounidense. Nicaragua, declarada por el gobierno Republicano como una “amenaza” para los países centroamericanos, justificaba la brutalidad de la Contra nicaragüense. La Paz, siempre fue un objetivo del Gobierno Revolucionario Sandinista y en ese propósito, coincidieron con países de nuestro continente al sur del Río Bravo, como fue el caso de México, Panamá, Colombia y Venezuela, llamado entonces como Grupo de Contadora. En septiembre de 1984, el Gobierno Revolucionario anuncia su disposición a suscribir el Acuerdo de Paz propuesto por este conglomerado de países. Mientras, el gobierno de EEUU, se negaba a reconocer dicho Acuerdo e intentaba sabotearlo, apostando a una victoria militar de parte de sus mercenarios de la Contra. Contemplaba, dicho Acuerdo, la convocatoria a elecciones democráticas que fueron realizadas y ganadas libérrimamente por los Sandinistas, mientras que el gobierno de EEUU sacó a relucir su tradicional bandera del “fraude”.

  Toda una campaña de odio contra el Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, sus líderes y el pueblo nicaragüense que le seguía, fue desplegada desde las entrañas del gobierno de EEUU. El presidente Reagan, calificaba al Gobierno Revolucionario Sandinista como una “mazmorra totalitaria”. Tanto odio desplegó la administración Reagan contra el Gobierno y pueblo nicaragüense,  que tras la devastación causada por el huracán Joan en octubre 1988, ese gobierno se negó a enviar ayuda, mucho menos auxiliar a organizaciones privadas estadounidenses que intentaron enviar ayuda al pueblo nicaragüense. En la misma línea, se satanizaba a los líderes Sandinistas como narcotraficantes y entrenadores de guerrilleros. Para institucionalizar las campañas de odio contra la revolución y el pueblo nicaragüense, la Administración Reagan creó la Oficina de Diplomacia Pública, en 1983, registrada como una dependencia del Departamento de Estado, pero que en realidad operaba bajo la dirección del Consejo de Seguridad Nacional, inocultable la mano visible de la CIA.

  La guerra contra la Contra, obligó a destinar a la Revolución Sandinista, importantes recursos del presupuesto nacional a gastos militares, que en 1987 consumieron cerca de la mitad del presupuesto. En un reporte para el diario El País de España, del 27 de julio de 1986, José Comas, resume la situación de Nicaragua en los siguientes términos: “La prolongada guerra de desgaste contra el sandinismo ha llevado a Nicaragua a una situación de desabastecimiento que socava el apoyo popular al régimen cuando más necesita todas las fuerzas nacionales para afrontar el próximo otoño el mayor poderío bélico de la contra, que recibirá 100 millones de dólares (14.000 millones de pesetas) de ayuda militar norteamericana. La comida ha pasado a convertirse en un tema recurrente en las conversaciones de los nicaragüenses, casi en una obsesión, ante la penuria de alimentos que padece el país. Los expendios populares no pueden ni siquiera satisfacer la lista de productos básicos que concede la cartilla oficial de racionamiento. "No hay", es la frase más repetida en Nicaragua”.[…] “La ausencia de productos en los expendios populares, con un rígido sistema de ventas que impone acudir obligatoriamente a uno determinado, obliga a recurrir al floreciente mercado negro, donde los precios resultan insoportables para las debilitadas economías de los nicaragüenses. Esta situación de desabastecimiento ha desencadenado una ola de descontento, palpable en Nicaragua, que se manifiesta en críticas contra el sandinismo, a quien atribuyen la causa de la crisis económica que padece el país. El político de oposición Virgilio Godoy, del Partido Liberal Independiente (PLI), afirma que, por primera vez en la historia, hay hambre en Nicaragua". Refiere Comas, en su reporte desde Managua, un estudio del Centro de Investigación CRIES, el cual concluye en que “el objetivo principal del esfuerzo contrainsurgente o contrarrevolucionario no es, como en las guerras convencionales, la simple eliminación física del enemigo, sino su socavamiento paulatino, su aislamiento interno y externo; en suma, su deslegitimación como alternativa política o su desestabilización como poder político”. La prolongación de la guerra, si bien logró movilizar las fuerzas del pueblo para enfrentarlas en el campo de batalla y lograr éxitos militares y políticos-electorales. Por otra parte, los pocos éxitos obtenidos en otros campos de la vida en sociedad del pueblo nicaragüense, llevaron al Comandante Daniel Ortega a manifestar su preocupación sobre el escaso valor que tiene el ganar elecciones si no se solucionan los problemas reales que afectan a la población, los alimentos, la salud, la educación, la vivienda y la propiedad de la tierra. Paul Reichler, abogado estadounidense que representó al Gobierno Sandinista en Washington, comentó: “Cualquier fervor revolucionario que el pueblo pudo haber tenido una vez, fue aplastado por la guerra y la imposibilidad de llevar alimentos a los estómagos de sus hijos”. Elecciones  y acciones de guerra, fueron copando la agenda de los comandantes sandinista en el poder. Abandonando, casi que, por completo, áreas fundamentales de la vida diaria del pueblo nicaragüense. Alejándose del pueblo, la Revolución fue cavando su propia tumba. Muchos revolucionarios y revolucionarias, que acompañaron a la Revolución desde sus inicios hasta  la toma del poder político, fueron alejándose, ante una dirigencia cada vez más reñida con la crítica. 

  Entre 1985 y 1990, se vivió otra etapa de la contrarrevolución armada, denominada por la CIA como “Guerra de desgaste prolongado”, que buscaba como objetivo desmoralizar y doblegar a la población, destruir la infraestructura, desacreditar al sandinismo y hacer capitular a sus dirigentes. La Contra, sufría derrotas no solo en las selvas nicaragüenses sino que, en el propio Congreso imperial, se alzaban voces contra su forma brutal de encarar la guerra contra el pueblo nicaragüense.  El 25 de febrero de 1990, los sandinistas fueron derrotados en elecciones nacionales por una coalición de partidos políticos de derecha, bajo el nombre de Unión Nacional Opositora (UNO). El presidente George Bush, lo llamó “una victoria para la democracia".

  William Blum, en uno de sus análisis sobre las causas del “Por qué se truncó la Revolución Sandinista”, es contundente: “En el análisis final, no fue la hiperinflación, ni la pobreza generalizada, lo que condujo a la caída del gobierno. El deplorable estado de la economía se podía explicar, al menos en los discursos de los comandantes y en los medios controlados por el gobierno, como el resultado de las malévolas maquinaciones de los Estados Unidos, del bloqueo económico y de las privaciones ocasionadas por la guerra. Más bien, fue la desesperación reinante, fruto de la prolongación de la guerra, de los muertos y heridos en combate, junto con la continuada exigencia del servicio militar obligatorio al que no se le veía fin, lo que terminó por sellar colectivamente la sentencia de muerte del gobierno sandinista. La euforia de los primeros años de la Revolución era apenas un recuerdo lejano, y el ánimo que prevalecía era de fatiga, desencanto e incertidumbre ante el futuro”. Mucho, tenemos que aprender de la experiencia sandinista puesto que sus enseñanzas cobran mucha actualidad a raíz de la ofensiva guerrerista, que ha emprendido el gobierno Republicano de Donald Trump contra la Revolución Bolivariana y el pueblo venezolano.

No hay ningún ejemplo de un país que se haya beneficiado por un prolongado estado de guerra”, Sun Tzu y el Arte de la guerra…



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Henry Escalante


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