De cuando Cumaná se llenó de ira por la muerte de Andrés Eloy

Por alguna vía llegó la noticia. Y es que las malas siempre llegan, rápido y en el momento preciso. La feroz censura impuesta por el régimen y ejercida con saña por el lápiz de Vitelio Reyes, no quiso tener motivos para ocultar aquella muerte. En un accidente de tránsito, allá lejos, en ciudad de México, el día 21 de mayo de 1955, había muerto Andrés Eloy.

Por eso, al día siguiente, los muchachos del liceo Antonio José de Sucre de Cumaná, estábamos cabizbajos y cuchicheábamos de grupo en grupo. El rumor se expandía rápidamente y también comenzó a gestarse una protesta sorda. Por la piel de uno, las ganas de protestar se trasladaron a otro y se fueron con éste a contagiar al grupo más cercano.

Nadie levantaba la voz. Cerca de los grupos de estudiantes, con el paltó azul marino guindando del antebrazo derecho y la corbata negra ligeramente ladeada, como protestando el calor, la policía acechaba.



Ya era las ocho de la mañana. El timbre de entrada del liceo sonó con puntualidad e insistencia. El, que de ordinario entraba con estridencia hasta la sala de billar de Domingo Ramírez, marcando la interrupción de una partida iniciada quizás diez minutos antes, no fue atendido por nadie en esa oportunidad.

Mientras el timbre continuaba su rutina, yo recordaba aquella tarde que le conocí, cuando mi padre me llevó de su mano al Parque Ayacucho a "escuchar al primo". A papá no le interesaba para nada aquel acto electoral en el cual Andrés Eloy hablaría en favor del candidato de su partido. Iba allí sólo con el interés de escuchar al poeta, al gracioso y denso orador.

Mientras hablaba, las frases y juicios políticos, los versos y los chistes inteligentes se mezclaban con gracia, ritmo y armonía. Parecía una fuente de agua fresca. Yo apenas tenía nueve años y aquel orador político tuvo la rara virtud de cautivar a un niño. Hasta ese momento, era capaz de apostar mi guante, mi bate y hasta mi bolsa de pichas, que nadie podía hablar con la fluidez, elegancia y amenidad de mi padre. ¡ Era mi viejo un bello encantador de serpientes !

En la plaza 19 de Abril, que hoy lleva el nombre del poeta, un grupo formaba un círculo y la mirada iba hacia el centro. Tristeza y rabia se mezclaban en el radio de cada mirada.

En el billar, las bolas se detuvieron un instante a manera de protesta y como un homenaje al "hijo bueno que se muere afuera".

Detrás de la catedral, un grupo más activo y audaz continuaba el cuchicheo e impartía órdenes que como por arte de magia, se iban trasmitiendo a todos los estudiantes dispersos por el área próxima al liceo.

El director del plantel, el profesor Tirso Boada, cansado de hacer sonar el timbre, asustado y preocupado por nuestra respuesta, salió a conversar con nosotros. Recuerdo la forma y el color de su corbata, la gravedad de su rostro, el corte de su traje y hasta el modelo de sus zapatos. Comenzó a hablar, nada me quedó de lo que dijo, si es que algo dijo. No he olvidado su mirada angustiada que saltaba de nosotros a los hombres de corbata negra.

Nadie levantó la voz, no hubo carreras ni empujones. La policía no tuvo oportunidad de agredir. Todo era tensión y silencio. La noticia de la protesta se esparramó por la ciudad. La población se enteró y casi toda se acercó a los alrededores del liceo Sucre y constató que estábamos tristes por su tristeza, arrechos por la muerte del poeta y hastiados del gobierno. La ciudad, la nuestra y del poeta, mostró también su odio a quienes le apartaron el hijo y solidaridad incondicional con la protesta. Hubo una epidemia de protesta sorda y a todos les llegó por la piel.

Y todos estábamos allí. La consigna, la idea y la bandera eran de todos. Aquel grupo de muchachos supo enlazar a las estrellas.



¡ Cómo los poetas !


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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