De la oposición

Desde Aristóteles la política como ciencia o arte de gobernar, ha sido siempre una confrontación de filosofías, de ideas, de criterios, es decir, un pugilato conceptual o enfrentamiento de miras distintas de la realidad que a fin de cuentas es lo que despeja el camino para el progreso, para el mejoramiento social o del Estado.

El debate enriquece la política, agudiza la reflexión y afina la inteligencia. Una política sin discusión, sin carear las opiniones, es como un concierto de violines con las cuerdas desafinadas.

Debatir las ideas es colocar una al lado de la otra, vocear sus virtudes, como un hortelano pondera el fruto de su huerta, a fin de que sea la razón del individuo la que privilegie la escogencia.

En una sociedad democrática el debate civilizado es insoslayable, es la manera de curtir el pensamiento. Por el contrario, la inconsistencia ideológica, la amargura y el odio enturbian la discusión y convierten la controversia en un pleito. Es lo que ocurre con la oposición política venezolana. No antepone a un planteamiento oficial un concepto diferente, sino la simple y llana negación absoluta, hasta en los casos de menor cuantía. La conversión monetaria, por ejemplo, que en oportunidades afrontan economías de mayor desarrollo, en Venezuela, "será la debacle". El cambio de hora, que en los países de cuatro estaciones se modifica en invierno y en verano, aquí "será un desastre"; el barril petrolero que el actual gobierno encontró en 7 dólares el barril, hoy está en 80 dólares, demuestra " la mala gerencia de Pdvsa"; en los últimos años el crecimiento económico ha sido sostenido, lo que prueba "el fracaso económico del gobierno"; todos los índices de mejoramiento en los campos de la salud, educativo, vial, alimenticio, habitacional, social, industrial, etc., están por encima de los de la mayoría de los países en el mundo, lo cual demuestra que mientras más crece un país es más pobre y fracasado.

Conclusión: la peor desgracia que puede azotar a una nación es que sus medios de información y la jerarquía eclesiástica asuman la oposición política.

Abogado


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Manuel Quijada


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