¿Cuándo seas presidente?... ¡Pendejo!, si es que entonces queda algo de ti o de tu Venezuela

La locura de los reyes está íntimamente ligada con la mortalidad y el poder absoluto. De alguna forma, tener el poder absoluto es una forma de inmortalidad. Digamos que es una inmortalidad "intensa". La locura de Calígula, el de Camus, se expresa en los límites de su poder. O más bien en el conflicto entre lo limitado e ilimitado que era su poder. Poder para exigir lógica en la palabra y el discurso, ilimitado. Poder frustrado y corto cuando pió a sus subalternos que le bajaran la luna del cielo. La locura de Hitler se hizo real en la cantidad de muertes que dejo a su paso. Y en creerse "intensamente" inmortal. Y se suicidó como un idiota cobarde (no por suicida, idiota por cobarde). La aristocracia hasta los tiempos del llamado Siglo de Oro, español, el mejor de Inglaterra y Francia correlativo con lo que podríamos llamar el último pedacito del renacimiento italiano, se hizo con propiedad de esa idea vana de la inmortalidad, volteando a otro lado ante la muerte. Morirse simplemente era una cosa de mal gusto.

Leopoldo López no es un hombre de mal gusto. Que lo digan sus amigos de la "alta" sociedad que frecuenta. Está seguro que nunca morirá. Por lo menos sin antes haber mostrado algo de su "intensidad", de su arrogancia, de su orgullo de clase. Ahora dice que "cuando sea presidente ya verán". No solo su locura le da para tener la certeza de que será presidente, por mandato de su destino aristocrático. Una chifladura que ¡ni Felipe II! Se le olvida el mundo, se olvida del mundo. Este remedo de Calígula quiere alcanzar la Luna. Y el mundo mira la Luna y se ríe "ahí te tienes: tu querido lunático".

Es cierto, el poder puede enloquecer. Pero el poder absoluto heredado solo es el de los locos en su locura. No pelees, no te esfuerces, no seas valiente, para que veas cual será tu herencia, "ser de un día" (diría el Sileno), la muerte, la soledad, la vejes vergonzosa de los cobardes. Venezuela se te acabó tan pronto, Leopoldo, que ni te diste cuenta.

¿Por qué insistimos tanto en el asunto de la muerte, en el temo de la brevedad de la vida? Porque no vale la pena tanto orgullo vano, conservarse demasiado, reprimirse tanto, disciplinarse por cualquier razón o por razones fatuas. No vale la pena hacer muchos planes para el futuro y confiárselos a la fortuna o a Dios, lo que para los efectos es lo mismo. La vida, así de breve como es se la hace uno mismo, con disciplina plenamente justificada, con arrojo y mucha voluntad; despierto. Con los suaves mareos del deseo, casados con la prudencia, obedientes a la autoridad de turno, aseados, precavidos, pulcros de vergüenzas y defectos, se puede vivir más en el tiempo, tan aburrido como una barajita repetida, cada día igual al otro, cada palabra y cada cuento igual al anterior, muchos años y la misma vida científicamente vivida. El Sileno te los cambia por uno solo, y se ríe y te increpa "has debido morir hace mucho". La vida en la locura (en la locura del coco) tampoco vale. Juro que la de Calígula, el del drama de Camus nada tiene que ver con la del Calígula real, histórico. Juro que nada tiene que ver con Hitler o con Leopoldo López. Estas son estados de profundos desengaños, de estados de Shock fulminantes. Calígula reta los límites del poder de forma humana y espiritualmente humana, Juana la Loca, como dijo alguien por ahí, reta la misma muerte en nombre del amor; nada despreciable, es más, sustrato de todo tipo de literatura romántica, de boleros, bulerías, tragicomedias, tragedias, tangos (¿?)… Básicamente lo mismo pero mucho más higiénico. El asunto es que cuando la gente vive sin pensar en la muerte se cuida de más para no morir. Por un fenómeno para mí incomprendido, estos mismos distraídos de la muerte le hacen culto a las enfermedades fatales. Alardean de sus infartos, de sus flebitis, de sus arritmias, sus hernias lumbares, de su diverticulitis y etc. Eso como que si les otorga algo de valentía, de heroísmo, de castigo fatal, "algo malo tuve que haber hecho yo en este vida". Y lo triste es que nunca hicieron nada, ni bueno ni malo. Eso es estar loco del coco, como dice Marvin Santiago de uno de sus "Cinco hijos". No pensar en la brevedad de la muerte es envejecer temprano. Se seca el arrojo, se mueren los sueños, el sentido heroico de la vida, se aplacan las obsesiones, se controla la locura de la otra, de la que no es del coco sino esa que tiene que ver con vivir intensamente en todo lo que se hace, la del "loco de bolas".

Vivir de cara a la muerte. Vivir como si cada día fuera el último día. Vivir así y soñar es un coctel de fuerzas que se resume en revolución, en cambios, en historia, en humanidad viva. Ser un revolucionario es soñar y actuar con valentía en consecuencia; consciente de que en cualquier momento te visita la parca se te ensancha tanto el corazón como la mente, la inteligencia, el ingenio. Es la conciencia de la muerte, primero, y luego del valor de la vida, del valor intenso, revolucionario, de creación, de conocimiento, de la vida. Es historia, estudio de ella, es Arte, es pensamiento creador, conocimiento nuevo, es obsesión y perder el miedo de la muerte y cuidarse a la vez de ella para, por lo menos, soslayar la metamorfosis de los sueños en la Obra (la obra humana).

De qué valen las palabras cuando sobran. Dejemos las palabras a la poesía, que acompaña siempre a la voluntad. Cuando habla el general Bolívar, de su boca emerge poesía. Cuando el comandante Fidel habla canta la poesía. Cuando leemos poesía una fuerza nos incita, nos induce a vivir. Son dos lados de la misma humanidad.

Vivir sin esa sensación, o conscientes de lo que significa esa sensación, de esa epifanía de la vida humana, de la humanidad, es perder la mitad de lo que somos como seres humanos, o sea, la parte específicamente humana, la más compleja, la más cautivadora, la parte que intensifica nuestras cualidades distintivas del resto de los seres vivos. Nuestras propias maneras de permanecer, de trascender en el tiempo.

La humanidad es perfecto equilibrio y armonía entre vida y muerte, caos y orden, forma y pulsiones. Humanidad es racionalidad e inteligencia superiores, elevadas como espíritu.

El espíritu nada tiene que ver con esas cosas medianas, vulgares, metafísicas. Con un ente irreal, fantasmal, que sostiene al cuerpo. El espíritu no es ese deseo convertido en motor de todo lo demás. El espíritu humano resume el equilibrio consciente entre el animal y las formas de dominarlo. El espíritu humano es creación, rehacerse siempre, es Arte, es Conocimiento, es Historia, consciencia de la muerte y la vida.

A Leopoldo le corresponde esa espiritualidad metafísica y falsa que lo hace prometer lo que no podrá cumplir jamás, la vocecita que le dice de cosas que solo existen y tiene en su cabeza loca. La misma que les habla a muchos alienados de sueños vanos de gloria, viviendo la vida de otros como la Madame Bovary, o la pobre Cecilia, viendo cuantas veces le pida su triste espíritu la "Rosa Purpura del Cairo", para soñar aquietada, para vivir vidas ajenas. No es raro que esos adormilados estén socializando ahora con nosotros, hay otros locos del coco que se encargan de eso, escribiendo historias con la fuerza de la ciencia, el poder de las corporaciones, y la persuasión suficiente como para como para llenar por completo las vidas pendejas abandonadas a la rutina de ser personas normales. Hay quienes escriben telenovelas y todavía cuentan historias aristocráticas para que muchas vidas vacías se llenen de fascinación en una sala de cine. ¡Ay, pobre "clasemedia" de mi país! ¡Pobre Leopoldo! que va morir, lo más probable que de viejo, sin pena ni gloria, como la mayoría de los cagones que se quieren conservar en sus ambiciones sin voluntad, sin carne, sin dolor.

Me quedo con la poesía de los grandes revolucionarios y de las grades revoluciones.



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Héctor Baíz

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