Señora María Machado, yo la acuso

Señora María Machado, reciba mis saludos, así de sucinto. Prescindo de otro tratamiento de cortesía dado que considero que usted no lo merece, ni como dama ni como madre. Lo más probable que no leerá esta carta pública porque no pertenezco a la “gente decente” con la cual usted se solaza, pero algo dentro de mí me constriñó a desfogarme a través  las letras, dado el estado de desasosiego que, yo junto a otros vecinos, estamos viviendo. Seguro de no equivocarme la “gente decente” como usted no está pasando los apremios que sufren ciertas personas que tenemos la desgracia de vivir en el este de Caracas.

Antes de entrar en el tema debo hacer ciertas consideraciones, al margen del asunto que me motivó a escribir esta misiva.  Inicié el párrafo anterior negando su condición de dama, no porque carece de los órganos que le definen su sexo, intuyo que está despojada de la sensibilidad, tanto social como de la feminidad que identifican a una señora. Afirmo, falta de sensibilidad social porque no tengo la menor duda que usted desconoce los sufrimientos de las mujeres pobres de su país.

En época de mi mocerío la harina de trigo y la avena en hojuelas se expendían en sacos de tela. Conocí a una madre que le hacía las pantaletas a sus hijas uniendo varios trozos de este género para que sus herederas mantuvieran sus vergüenzas escondidas y protegidas detrás de estos rústicos lienzos. Señora María, no la imagino a usted en su juventud usando unos calzones de este tipo y mucho menos, a su progenitora afanada buscado costales de harina y avena para confeccionarle sus braguitas. Señora Machado usted no sabe de pobreza, no es la señora Petra, Juana, Francisca, Ramona…que según usted conoce como las heroicas mujeres representativas de los barrios de Venezuela. No señora Machado, esas mujeres solo existen en su mente colonizada. Las damas meritorias del pueblo  son las  que van a los mercados populares y suelen regatear a sus marchantes para que los churupos le alcancen. No creo que usted, algo sudorosa, haya cargado dos bolsas llenas de vituallas para saciarles el hambre a sus hijos. Conocí las heroicas mujeres de mi barrio aguantando en una mano una lata de querosén para cocinar y en la otra, una bandeja de empanadas para venderlas a los vecinos. Señora María qué va a saber de pobreza si usted cuando vino al mundo tenía el mandado comprado y servido. No esconda en palabras rebuscadas para hablar de pobreza, la vivencia de la miseria nunca va encontrarla en su cerebro. No escribo en su corazón, porque las personas como usted, es decir burgueses, por corazón tienen una víscera y por cerebro, una caja registradora.

Soy incapaz de dudar que usted se comporte como una buena madre y que quiera a sus hijos porque el instinto maternal así la obliga. Nada más.  Lo que pasa es que cuando la vi retratada sonriente al lado de G. W. Bush (hijo), el mayor asesino de la historia del siglo XX y parte del XXI, pongo en duda su sensibilidad maternal. Parece olvidar que ese monstruo envilecido, envestido con ropaje presidencial, envió al Oriente Medio más doscientos mil soldados para ocasionar miles y miles viudas y huérfanos sumidos en la mayor pobreza, no a la del dinero del que usted está colmada, es la indigencia del cariño de sus parientes asesinados. No imagino a Luisa Cáceres de Arismendi,  en un cuadro pintado por Goya, recibiendo el Toisón de oro de manos de Fernando VII por los servicios entregados a la monarquía. . Señora María Machado usted no representa la estirpe de las heroínas venezolanas, dista mucho de parecerse a Juana la Avanzadora y muy lejos de Manuelita, venezolana por asimilación dado los servicios y dedicación prestada a nuestro Libertador. Usted encarna lo peor de sus ancestros burgueses cuya única motivación es la acumulación de capital a expensa de una masa de pobres que le prestó servicio a su familia. Las mismas castas que le entregaron a las empresas extrajeras el producto de las riquezas del país y a costa de los obreros que con salarios de hambre alimentaban las cuentas bancarias de sus parientes: los Machados y los Zuloagas.

Ahora retomo la motivación de esta misiva. Cada vez que la miro en la pantalla de la televisión, en esa mamarrachada que usted pretende como discurso político, me asombro su capacidad de mentir. Una mendaz que sin vergüenza alguna acusó de ladrón a mi comandante Chávez, quien con la gentileza y a caballerosidad que lo caracterizó no tomó las medidas legales que lo amparaban. Señora Machado, usted reiteradamente miente con reiteradamente tanto en Venezuela como en las instancia internacionales que le hacen coro y donde cuenta con una prensa comprometida con las finanzas internacionales. Me asombro y me avergüenza su venezolanidad, la de una venezolana que añora la intervención de tropas norteamericanas para que usted, su familia y un grupo, que como usted, pretende entregarle nuestro país a una potencia extranjera. Señora Machado usted miente descaradamente vociferando que este país es un dictadura, que no existe libertad de expresión, que ustedes son mayoría y que en Venezuela el gobierno viola los derechos humanos a sabiendas que tale afirmaciones son falsas.  

Hay mentirosas y hay mentirosas y usted es de las peores. Las primeras son las que mientes por costumbre, la que una mentirilla pueden sacarla de un atolladero momentáneo. Las segundas, a las que usted pertenece, son aquellas que engañan con conocimiento de lo que están haciendo, simplemente para lograr beneficios personales o dividendos (por lo general financieros) para la estirpe parásita a la cual usted pertenece.

Las mentirosas como usted señora María, no tendrían trascendencia si tales falacias no repercutieran más allá de los dividendos que usted y los suyos obtendrían. Pero cuando sus mentiras conducen a la muerte de niños, jóvenes y adultos, además de pérdidas materiales y el secuestro de miles de personas productos de las guarimbas que usted irresponsablemente convocó, en su llamado a la violencia junto a su carnal Leopoldo López, su infeliz comportamiento se torna en un problema jurídico. Por eso señora María yo la acuso de presunta corresponsable de delitos de asesinato, terrorismo, organización para delinquir y secuestro.

Pero a la acusación anterior debo agregarle otro presunto y peor delito. Usted no se avergüenza ante los venezolanos que queremos a nuestra patria de propiciar la intervención de la armada de los EEUU para que venga a poner orden en nuestro país, ya que una cruenta dictadura castrocomunistachavista está acabando con los venezolanos. Lo lamento mucho señora Machado, dudo de su sensibilidad como mujer, como madre y tengo la palmaria incertidumbre de su venezolanidad. Señora María Machado yo la acuso del presunto delito de traición a la Patria y de inmediato, como ciudadano de este país, solicito a la honorable AN nacional que la despoje de su inmunidad parlamentaria para que sea sometida a juicio. 

No creo en Dios, pero si esta deidad existiera preferiría que la señora Machado no debiera esperar la justicia divina para que la transgresora conociera lo que es la aplicación de la ley. Olvidemos los códigos celestiales y apliquemos a la infractora los estatutos temporales, es decir los terrenales. En caso que se escapara de estos, me viene a mi almacenadora de recuerdos el infierno de Dante, de su novela la “Divina comedia”. De seguro, cuando el alma de la señora María Machado (si es que la tiene) abandone su enjuto, amargado, arrugado, envilecido y envejecido cuerpo, indudablemente irá derechito al averno para acompañar a los cardenales pecadores, los legisladores corruptos, las impúdicas, los relapsos y tantos impenitentes acogidos en las cuevas del fuego eterno. Seguramente, mucho de ellos rechazarán la presencia de la recién llegada. Por fortuna, espero que todavía esté en la portería el Can Cerbero, el inmenso perro que impide que tales espíritus de la maldad se escapen de la justicia divina. Amén.



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Enoc Sánchez


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