Escalio médico

Misión Milagro

“Los milagros suceden fuera del orden de la
Naturaleza, y los misterios son aquellos que
parecen milagros y no lo son. Sino casos
que acontecen raras veces”

Miguel de Cervantes


Si los hombres pensásemos menos en lo que tiene valor material, burdo o comercial, i más en el valor sublime que, como niebla azul i rosa envuelve otros valores puros; los valores que llegan mui hondo i acarician eso que llamamos alma; si sintiéramos el palpitar de un corazón de ruiseñor cuando pincha su corazón con la espina de una rosa blanca para hacerla roja i reparar quebrantos, cumplir promesas o encender amores, acaso alcanzaríamos a valorar lo que llamamos un milagro. Como nos dice Donoso Cortés, no el de algo extraordinario que no sabemos de su realidad, como resucitar a Lázaro; no como lo que algunos sin sensibilidad, le llaman suerte, sino que, fuera del orden de la Naturaleza, donde los milagros cotidianos como ver salir el sol todos los días, i alumbrar con ternura las noche con luz de luna o ver nacer un niño, son los hermosos misterios-puesto que el hombre le gusta exaltar los terribles misterios solamente- que no lo son como dice Cervantes, sino que parecen. Sin embargo impresionan porque suceden raras veces. Son cosas extraordinarias que realizan los hombres; mas no son cotidianos. Entonces son reales milagros, aunque parezca paradójico el decirlo.



Desde niño, en una casona de las calles centrales de mi ciudad, vivienda de mis tías paternas, i la clínica de mi padre médico, o mejor, tiempos de apostolado médico, veía allí, sentado en un mecedor de antaño, de largos balancines, en un amplio corredor al lado del comedor i sitio de las máquinas de coser de las tías costureras de banderas i hamacas; un señor viejito, casi calvo, siempre con un piyama i un abanico de paja tejida para refrescarse, i gran conversador, que era…¡ciego! El viejo marido de la tía Genívera, llamada Tía Bía. Gustaba de sentarnos en un banquito a su lado, a contarnos de los tiempos cuando, en el sur del lago trabajaba el campo i practicaba cacería; pero una enfermedad cruel -no sabía cual- le dejó ciego. Había visto el mundo; árboles, siembras de maíz i de café i se había bañado en ríos i riachuelos, con capachos de colores i azucenas, mientras contemplaba el sol i las nubes, o perseguía un conejo. ¡Qué bello ese mundo de verdores, rojos, amarillos i cielos azules con nubes blancas! ¡Daría la vida por ver aunque fuera unos instantes otra vez! Empero, hacía ya tantos años que perdió la luz, que ya estaba resignado a su mundo de perenne oscuridad. I todas sus narraciones eran de tiempos de vidente, contaba sus hazañas i huía de contarnos de sus pesadillas en la negra noche de la que no pudo escapar i murió soñando sus tiempos de luces de la aurora o del relámpago del Catatumbo.



Desde entonces, si algún miedo he tenido en la vida, es perder la visión, i por eso, la figura de John Milton o la más cercana i admirable de Jorge Luis Borges, o de Andrea Bocelli, en el mundo de la literatura o de la música, me han hecho valorar ese tesoro físico, fisiológico i total, del sentido de la vista para percibir mundo, universo i vida. Ellos vieron mucho más mundo, Milton tuvo una nutrida vida literaria i política con dos matrimonio con poca suerte i su obra consagratoria de escritor i de poeta, El Paraíso perdido; quedó ciego por glaucoma alrededor de los 62 años i disfrutó de prestigio i dinero; Jorge Luis Borges quedó ciego paulatinamente en la década del 60 i todos conocemos su maravillosa trayectoria, i como no le temía a la muerte diciendo: “Sólo tengo miedo a la inmortalidad del alama. Sé que debo morir y quisiera morir entero. Es mi único miedo”, aunque murió sin vista. El más joven i podríamos decir que ciego por causas traumática, fue el formidable tenor, compositor, hombre de teatro, etc., Bocelli quedó sin ver a los 12 años i no se entregó nunca, sino que buscó el éxito i la riqueza que hoi disfruta.

El viejito ciego que se llamaba Emiro, no tuvo ningún éxito, a no ser sus sueños, sus “inventos de hazañas” i su inutilidad en mecedora tejida de mimbre, como deben haberla padecido -la mecedora, la silla de ruedas, el lazarillo o el perro- cientos o miles de latinoamericanos que han sido salvados de las rutas sin luz, en cifra de más de UN MILLÓN, por la Misión Milagro, obra social suprema i rarísima hasta el presente, de dos hombres, Fidel Castro i Hugo Chávez, más un formidable equipo de médicos cubanos i venezolanos, i sus nobles ayudantes de técnicos, enfermeras i enfermeros, i muchos más de buena voluntad por hacer el bien. ¡Ahora pensemos la grandiosidad infinita de una Misión al cuido i recuperación del sentido de la vista, milagro hecho por lo hombres solamente i porque son pocas las veces que en el mundo i en la historia, eso haya sido un empeño primigenio en la vida de las sociedades humanas, cuando el cambio no es un misterio, sino una patente realidad. Cuando era un misterio, como en Egipto, era poco común la oportunidad de ir a un templo sagrado i lograr que unas serpientes le lamieran los ojos a un ciego, para volver a ver. La misión lleva más de 3 millones de lentes entregados gratuitamente i mientras antes hacía 5.000 consultas e intervenciones al mes, ahora son 5.000 a la semana.



Sí, más de un millos de gente de distintas clases sociales, venezolanos i de muchos países de la América olvidada por las oligarquías i los opresores del norte, que jamás delegaron tecnología, recursos ni ciencia médica a favor de los seres humanos de escasos recursos, i menos a los indígenas no tomados en cuenta como ciudadanos con alma, además. Creo que se pudieran hacer o escribir, muchos ensayos, cuentos, novelas o crónicas, de los tantos calvarios que pasaron esa gente para acceder a los maravillosos progresos de la Oftalmología mundial que, sin ayuda social planificada gratuitamente, sí ¡totalmente gratis hasta los traslados i las estadas! Jamás la luz del sol, hubiese introducido en sus corneas, pupilas i retinas, cuanta belleza encierra el mundo natural, i la bondad i el amor de los grandes hombres i de los profesionales de la salud, especialmente los que practican la medicina como un apostolado para el bien, parecido a una rosa roja que late con entusiasmo i música, en el pecho de cada uno de esos millonarios de esperanza i realización de sueños que nacieron de nuevo; i marca ritmo nodal bien ordenado de ruiseñor enamorado, en el corazón de sus benefactores. ¡Que designación tan acertada para esta Misión de Justicia, Amor i Ciencia, haberla asemejado a lo que consideramos un milagro!...por el Milagro-Milagro de una verdadera Revolución! ¡De ninguna otra manera se hubiese realizado una misión tan humanitaria, hermosa i bella!

robertojjm@hotmail.com


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Roberto Jiménez Maggiolo


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