Libertad de no expresión

Había una vez un planeta habitado por seres de cultura e inteligencia disímiles. Había monjes budistas dedicados a la introspección espiritual, capaces de soportar el frío del Himalaya ataviados con ligeras túnicas. Había filósofos pacifistas, vendedores de armas y capos mafiosos.

Algunas megalópolis estaban atestadas hasta el hacinamiento mientras otras regiones iban quedando inhabitadas.

En ciertos países la gente se moría de gorda. La publicidad alentaba a consumir comida chatarra. Grasas, cartílagos y detritus orgánicos eran ingeridos con la ayuda de bebidas igualmente nocivas.

En determinadas naciones del Tercer Mundo los pobladores perecían a causa del hambre, por lo general durante la infancia, pues los niños no llegaban a la adolescencia. Mientras tanto empresas agropecuarias en las potencias industrializadas botaban excedentes de leche o de granos para evitar desórdenes con los precios.

Así pues, en el fulano planeta se observaban incongruencias bastante curiosas. Había consumistas compulsivos, que desechaban productos en buen estado y recogedores de latas que escarbaban la basura en busca de alimentos y objetos utilizables.

Sin embargo, entre todos los países del orbe existía una república sometida a condiciones peculiares pues el problema en esa nación era la libertad de expresión.

Propiamente no existía una dictadura, pero había una democracia ejercida por el bajo perraje populachero. Las leyes respaldaban el derecho a protestar por cualquier cosa, así como el libre tránsito en todas las regiones. La propiedad privada estaba garantizada, aunque siempre había invasores, ya bien fueran grandes terratenientes o conuqueros queriendo meterse en terrenos ajenos.

Pero el meollo del problema era la libertad de expresión.

Los medios de comunicación podían transmitir cualquier noticia, pero, de manera absurda, a los simpatizantes del gobierno les parecía injusto que se dijera que no había libertad de expresión. Esto, a su vez, demostraba que no había libertad de expresión pues, de ser así, al gobierno no le habría importado que se dijera lo contrario.

Si acaso no lo entiende recuerde el cuento del gallo pelón.


augusther@cantv.net


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Augusto Hernández


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