Nihil obstat, la censura de medios impresos a Latinoamérica ya se globaliza

El paso de los europeos hacia Latinoamérica y África, resulta fácil de entender en ésta época contemporánea. A medida que se cruzan los tiempos para confrontarse y romper sus muros, entendemos más a la filosofía. Cada día, los temas a tratar se hacen rudos, porque la violación de la Constitución en cada país es frecuente, al igual que la violación de los Derechos Humanos, lo que implica que la negritud de los programas políticos nos revela reconocer que la expresión del conocimiento ya no es frecuente, tampoco se puede difundir libremente, al igual que ideas y opiniones, más el de la creación libre literaria.

La censura previa, el nihil obstat , es tan vieja como la tarea de escribir y que a veces los malos censores --porque entiendo que la censura siempre es mala--han sido buenos escritores: Hace tiempo se publicó, una edición facsímil del libro Las Fundaciones de Santa Teresa, que por primera vez se conoce íntegro, sin los pasajes antes censurados, algunos de ellos por Fray Luis de León. También es muy reciente la publicación de una entrevista con el poeta Carlos Edmundo de Ory, tan interesante como desconocido, en la que afirma que en 1944 Camilo José Cela le censuró la novela Diario de un loco, cuyo manuscrito con los tachones algún día dijo que expondrá.

La cuestión no es fundamentalmente la censura previa, sino sus hermanos gemelos, ante quienes no cabe defensa ante los tribunales: la autocensura y la imposición de criterios por omnipotentes poderes fácticos, las fronteras inexpugnables que trazan en torno a sus ideologías o intereses grupos que gobiernan los medios de comunicación.

El género debe discurrir por los caminos de la historia, no tan reciente, de tiempos del franquismo y de la transición. Se recordó la difusa pero eficaz tela de araña que tejió la Ley de Prensa e Imprenta de 1966 y los sucesos y anécdotas, unos trágicos y otras divertidas hoy a larga distancia, que produjo. Se recordaron, por ejemplo, avatares del diario Madrid, de las revistas Triunfo y Cuadernos para el Diálogo y algunos detonantes espectaculares, como un artículo de José Aumente. En Venezuela, me recuerda mis pasos por el Diario Hora Cero, El Espectador, Tribuna de Puerto Cabello y el Aragüeño como columnista. Tiempo de escarceos, a un tiempo críticos y nostálgicos, siguen siendo aleccionadores, pero nos pueden llevar a la conclusión perjudicial de que, superados aquellos modos, tras un final feliz de los malos tiempos, vivimos hoy en el mejor de los mundos posibles en cuanto a libertad y falta de censura, porque tal autocomplacencia sería nefasta. Solo que jóvenes, pocos investigativos en el campo periodístico, aplican sus propias leyes, desconociendo el contexto real.

Hoy, existe fuertes presiones económicas, donde la intervención del público lector es poca, se lo han dejado a las redes, donde todo es lisonjerias y contradicciones. Una guerra adversa contra quienes se atreven a levantar una opinión cierta, con verdadera validez contextual.

Hay casi más periodistas trabajando por ocultar la verdad, que por ponerla de manifiesto. Me refiero a esos gabinetes de prensa que divulgan notas informativas no con la verdad, sino con la información que conviene a los intereses que el gabinete sirve. Claro es que esta referencia crítica se limita a lo que algunos periodistas escriben, y por tanto queda sin tratar el comportamiento de los medios ante lo que reciben o encargan, que es donde operan los hermanos gemelos de la censura previa que indico más arriba.

En Venezuela, el abordaje de la censura ya se siente, dándonos a conocer como un equipo de redactores filtran informaciones en un primer paso, la información por la globalización se realiza en otros países, enterándose las comunidades de tal información, en el caso de las webs, observo mucho atraso en algunas especificaciones, las noticias expresan dinamismo.

En España la proclamación de la Segunda República abrió un horizonte de expectativas democráticas que quedó reflejado en la Constitución de diciembre de 1931, cuyo texto reconocía la libertad de expresión. Sin embargo, durante los cinco años que mediaron entre la instauración del régimen republicano y el estallido de la guerra civil, la libertad de prensa fue progresivamente constreñida, e incluso anulada, al amparo de leyes de excepción que favorecieron la injerencia gubernativa.

Aunque han sido muchos los investigadores que han estudiado la prensa de esta época, muy pocos han corroborado documentalmente las trabas que la administración republicana impuso a los periódicos. Esta tesis profundiza en la labor legislativa desarrollada por los distintos gabinetes republicanos para encorsetar y fiscalizar a la prensa, desde el Estatuto Jurídico de 15 de abril, que confería al ejecutivo la potestad de someter a fiscalización derechos como la libertad de expresión, la Ley de Defensa de la República -que fue un instrumento eficaz de control e intervención en la libre actividad periodística- hasta la Ley de Orden Público con la que los gobiernos conservadores del segundo bienio y el Frente Popular impondrían la censura previa, mediante la declaración persistente de estados de excepción que acabaron desvirtuando el espíritu liberal de la Carta Magna.

El trabajo indaga en todos los entresijos de la censura; constata cómo se articuló el aparato de control de la prensa, quién impartía las consignas, qué asuntos inquietaron a cada uno de los gobiernos y cómo evolucionó la intensidad de la censura. Cuestiones que habían permanecido silenciadas y, que este trabajo clarifica mediante un doble proceso de investigación: la recuperación y catalogación de una nutrida base documental inédita y el análisis de cabeceras de diferente espectro ideológico y de diverso ámbito geográfico para constatar con rigor si la censura fue férrea o laxa o si hubo disparidad en sus criterios y en su funcionamiento.

La lucha de una prensa libre debe expresarse y continuar en esta etapa de Ciberguerra, pero, el periodismo es de calle y no debe estar enclaustrado en oficinas, porque es un servicio para la verdad y justicia. El informador o redactor debe ser desapasionado y, no dejarse llevar por las fobias personales, debe recordar que es un historiográfico que debe ver por la comunidad y no prestarse a juegos ocultos. Estamos en un trance de una guerra sobre otra, redactores que desconocen la realidad y se prestan al juego político de dictaduras, que luego le quitan su apuntador, celular y equipo de trabajo.



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Emiro Vera Suárez


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