Redes virtuales: terrorismo real

Formamos parte del “insignificante” porcentaje de venezolanos que no nos hemos dejado atrapar por las mal llamadas redes sociales.

Esa porción de la población debe ser del orden de 25 millones de personas, pero los restantes 3 millones hacen tanta bulla que uno termina por creerse excluido de un baile muy movido, aunque no estemos ahí por voluntad propia.

En esos mundos, como en Internet, no participa la mayoría, pero los que sí están sienten que el siglo XXI les pertenece porque ellos, gracias a la tecnología, sí están montados en él.

Aquí vivimos de moda en moda. Compramos todo lo que se nos antoje, aunque con eso nos vayamos hundiendo en el miserable y fatuo mundo del consumismo. Nos ufanamos de ostentar un ridículo primer lugar en número de celulares per cápita, de consumo de licor, de reinas de belleza y unos cuantos etcéteras que no deberían llenarnos de orgullo, pero así es.

Desde hace tiempo, chavistas y opositores tienen cazada una pelea por ver cuál de los dos bandos tiene más seguidores virtuales. Francamente, no entendemos el afán ni le vemos utilidad a semejante despilfarro en creatividad. Ni todos los seguidores de Chávez en Twitter van a votar por él, ni los otros van a derrocar al gobierno por más que cada viernes monten un escenario pavoroso, con sus asquerosos rumores. Lo importante no es el inasible mundo de quienes se ocultan tras un nombre falso, y andan de chisme en chisme, sino la cantidad real de personas que va a ir, cédula en mano, el 7-O a emitir su voto y mancharse el dedito de tinta. Lo demás, lo virtual, no existe.

El teléfono y la computadora son tan útiles instrumentos para la comunicación como lo fueron el telégrafo y la clave morse. De manera que si Chávez da órdenes por Twitter no le vemos el rollo. Es como creer que Churchill o Stalin tuviesen que haber peleado personalmente en la guerra para que sus instrucciones tuviesen validez. El Presidente gringo tiene un telefonito que puede levantar y acabar con medio mundo en el primer repique. ¿Cuál es el problema, entonces, si el nuestro usa la tecnología de la cual dispone para comunicarse con su gente?

Esa es una cosa y, otra muy distinta, conferirle valor de prueba al medio, y eso es lo que está pasando. Ahora se corren rumores y cuando uno pregunta la fuente le responden que “lo están diciendo en Twitter”. Aquí se acabó la responsabilidad del comunicador, quien tiene que validar una información antes de ponerla a rodar. No. Ahora cualquiera ejerce libremente esa función sin que se lo penalice de forma alguna, ni siquiera con el descrédito, por andar diciendo mentiras a cada rato. Hemos permitido que el terrorismo cibernético se apodere de nuestras vidas, nos robe la tranquilidad y nos haga vivir en un vilo permanente, aunque ni usted ni yo hayamos tomado parte en el baile.

Hace años decidimos preservar la privacidad. De allí la decisión de no anotarnos en redes sociales a las cuales accede cualquier bicho con uñas. Leemos, vemos y escuchamos los medios que queremos. Por eso nuestra legítima protesta, porque unos cuantos inescrupulosos conspiradores y otro montón de ociosos que los siguen se la pasan a cada rato alterándonos la tranquilidad con sus cuentos. Ellos y los otros, que también caen en el jueguito. No olvidemos que los espacios virtuales son los más propicios para tirar la piedra y esconder la mano cobarde.

mlinar2004@yahoo.es


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Mariadela Linares


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