Aunque se asocian y
se vinculan, el racismo no fue la causa de la esclavitud y tampoco a la
inversa. La esclavitud murió y el racismo sobrevive, incluso en las
sociedades más democráticas y sofisticada, aunque jamás podrá revivir
al esclavismo. No se trata de un trabalenguas sino de una compleja
dialéctica social.
El racismo es una especie de comodín ideológico,
una justificación reaccionaria y pseudo científica que alimentó la idea
de las razas superiores intentando justificar el rechazo social y la
segregación de los esclavos emancipados cuando, al cesar la esclavitud
fue preciso integrar al negro a quien la sociedad blanca no tuvo otra
alternativa que reconocer la igualdad jurídica.
Los traficantes negreros llamaban “piezas” a los
esclavos a quienes los dueños de plantaciones ubicaban al mismo nivel
que a los animales, consideración de la que no escaparon las negras
(entre 5 y 10 % de los esclavos) con las que fornicaban “ad líbitum”,
ni los hijos nacidos como resultado de aquella relación forzada.
Los esclavos negros no eran odiados por su amos
porque nadie odia a sus bestias de trabajo que, a pesar de que pudieran
hablar, aprender complicados oficios, desempeñar funciones como
mayorales y ayudas de cámara, coser, tocar instrumentos musicales,
incluso declamar poemas, eran socialmente contenidos y alejados de los
blancos por la formidable barrera social que constituía la esclavitud.
Un esclavo músico que amenizaba las veladas de los blancos no era
aplaudido como un talentoso artista, sino exhibido como una criatura
pintoresca.
Se cuenta incluso que las señoras blancas no
consideraban como infidelidad los lances sexuales de sus maridos con
las esclavas ni sancionaban a sus hijos varones por conductas que eran
juzgados más desde el punto de vista de la higiene como un acto sucio
que por sus connotaciones morales o familiares. Por esa razón los
mestizos nacidos de aquellas aventuras, no eran asumidos ni siquiera
como hijos bastardos.
En determinadas crónicas de India se cuenta que en
algunas haciendas donde el número de notables blancos era relativamente
elevado, la cantidad de criaturas mestizas era tan notoria que llegaron
a crearse mitos acerca de la existencia de “esclavitud blanca”. La
decoloración del esclavo era más visible en Estados Unidos donde los
colonos ingleses, irlandeses, alemanes y de otros países eran
notoriamente más pálidos que los españoles.
Cierta vez un ilustrado cura jesuita me comentaba
que el lado negro se comportaba de modo más humano. Según él entre las
esclavas poseídas y embarazadas no eran raros los suicidios y la
historia alcanzaba perfiles sublimes cuando negros varones jóvenes y
orgullosos, en cuya entorno cultural la virginidad de la mujer era una
condición, por amor y por solidaridad asumían como a sus mujeres a
aquellas desdichadas muchachas y a los nacidos en tan tristes
circunstancias como hijos.
Como una curiosidad de tipo cultural, el padre me
comentaba que, debido a que los esclavos eran traídos de diferentes
regiones de África, hablaban lenguas distintas y no se entendían entre
sí, aprender el idioma del déspota, castellano, portugués o inglés se
convirtió en la más expedita opción para comunicarse. Me hubiera
gustado —decía él —asomarme a un barracón para escucharlos hablar en la
lengua de Shakespeare o en la de Cervantes.
No obstante su proceder, condicionados por
circunstancias económicas y respaldados por la ideología dominante, los
dueños de esclavos eran humanos que no escapaban a la influencia de los
componentes culturales y religiosos que hacen surgir sentimientos como
los de paternidad y de afecto hacia la madre de los hijos, cosa en la
que de hecho convertían a las esclavas que, sin poder negarse a recibir
la obra de varón, amaban entrañablemente a sus hijos a los cuales
debían proteger del triste destino a que sus padres blancos los
condenaban.
Tal vez ese complejo proceso en el cual deben haber
intervenido la contradictoria situación de hombres libres que
engendraban “hijos” esclavos en los cuales seguramente se manifestaron
sentimientos de culpa o cargos de conciencia, probablemente influyó en
que, precisamente el fin de la esclavitud comenzara por la liberación
de los “vientres”. Las leyes de de “vientres libres” se aplicaron en
todos los países iberoamericanos y precedieron a la abolición de la
esclavitud.
Al menos respecto a los negros, el racismo comienza
a mostrar sus componentes más degenerados, precisamente cuando termina
la esclavitud con la cual cayó una barrera social que durante
cuatrocientos años contuvo al negro, lo alejó y lo excluyó,
“protegiendo” a la sociedad blanca de su invasión.
Explotar al negro, mantenerlos en los barracones y
castigarlos cuando desobedecían no generaba un odio tan visceral como
tener que asumirlos como iguales, permitirles entrar en sus escuelas y
en sus salones, alternar con ellos en barrios, comercios y
espectáculos, incluso no poder impedir que las mujeres blancas los
amaran. La incapacidad para asimilar el cambio llevó a las élites
blancas a concebir y a aplicar la segregación racial.
La cultura latinoamericana y caribeña, sincrética y
mestiza ha sido enriquecida por el sufrimiento intrínseco en las
historias de amor y de ira generadas por la actitud de una sociedad que
no pudo sostener más la esclavitud pero que se negó a aceptar su
derrota vengándose en el negro. “El Derecho de Nacer”, de Félix B
Cainet, se integró a la cultura hispana por su capacidad para
sintetizar una dramática historia de odio/amor a la que Rubén Blades
puso música al contar el romance de una joven blanca con un trompetista
negro, incluso hoy, hasta en la Casa Blanca de Washington, saben de
eso.
En ningún lugar el proceso de sustituir la
exclusión que naturalmente provocaba la esclavitud por la segregación
legalizada, fue tan “perfecto” como en los Estados Unidos donde después
de una guerra civil, la muerte de un presidente como Abraham Lincoln,
la adopción de una Enmienda a la Constitución que prohibió la
esclavitud y otra que otorgó el derecho al voto a los negros, la
segregación racial más absoluta sobrevivió durante casi cien años.
Los relatos sobre Ku, Klux Klan, las anécdotas del
escuadrón aéreo Tuskegee, formado por aviadores negros norteamericanos
que en una unidad segregada combatieron por su país en los cielos de
las II Guerra Mundial y cuyos aviones llevaban la cola pintada de rojo
para que en el aire fueran identificados por los racistas pilotos
alemanes; las terribles humillaciones que soportó Jackie Robinson,
primer beisbolista negro en las Grandes Ligas; la magnífica entereza de
Rosa Park y el martirologio de Martin Luther King, me hacen polemizar
con quienes restan importancia al hecho de que un negro sea Presidente
de los Estados Unidos, significado que es todavía mayor porque aquel
líder ascendió al sitio donde se encuentra con el compromiso de cambiar
esa sociedad. Tal vez no lo logre y su merito se reduzca a habérselo
propuesto que, dicho sea de paso, no es poca cosa.
No obstante, por su origen económico y social, las
circunstancias descritas y otras para las que no tengo espacio, hacen
del racismo asociado al negro, un fenómeno diferente a otras
expresiones no ligadas al color, como por ejemplo el antisemitismo.
Cuando Hitler concibió la “solución final” para exterminar físicamente
a los judíos, no se refería a una raza ni a un color, sino a una
cultura, un modo de concebir el mundo y de vivir la fe.