Un Nóbel de la Paz muy discordioso

Inmediatamente de conocerse que el Premio Nóbel de la Paz (2009) fue otorgado al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, surgió internacionalmente la interrogante: ¿es justo o no habérselo concedido? De esa manera nacieron opiniones contradictorias.

La respuesta a esa interrogante depende de la posición política que se tenga en relación con la lucha de clases o de la concepción de mundo que se profese. No dejó duda alguna, por ejemplo, que inmediatamente los gobiernos de Israel y de Palestina salieran a aplaudir el otorgamiento del Premio Nóbel de la Paz a Barack Obama. El primero, porque Obama es un fiel e incondicional defensor del Estado Israelita actual, aunque éste haya cometido y siga cometiendo injustificables genocidios en otras regiones del planeta o, más concretamente, la árabe. El segundo, porque cree que eso generará una obligación en Obama para adquirir compromiso serio en la búsqueda de una solución política negociada o concertada permanente al conflicto israelita-palestino. Sin embargo, eso no es, ni lo uno ni lo otro, un termómetro que permita medir con exactitud correcta la respuesta a la interrogante antes mencionada.

El propio presidente Obama –y debemos creerle- fue sincero al reconocer que no se consideraba merecedor del Premio Nóbel de la Paz (2009), aunque no haya sido capaz de decir una sola palabra refiriendo que la senadora Piedad Córdoba sí reúne los méritos suficientes para ser acreedora a ese premio. Pero eso tampoco importa a la hora de un análisis exhaustivo para responder con acierto a la interrogante antes hecha. Y no tenemos ningún argumento válido para exigirle al presidente Obama –por razones políticas o ideológicas- que asuma la misma actitud del filósofo y literato Jean Paúl Sastre, quien en 1964 rechazó el Premio Nóbel de Literatura o de Boris Pasternak (autor de “Doctor Chivago”), quien por otras razones había hecho lo mismo en 1958.

Obama no es el primer presidente estadounidense que recibe el Nóbel de la Paz. Antes lo hicieron Teodoro Roosevelt en 1906, Thomas Wilson en 1919 y Jimmy Carter en 2002. Loa dos primeros fueron expresiones acabadas del militarismo, el expansionismo y las guerras imperialistas. El tercero fue un demócrata político que no se dejó llevar por las tentaciones del belicismo para resolver las contradicciones entre el imperialismo estadounidense y otras naciones.

Nada hace dudar que el Nóbel de la Paz (para su otorgamiento) sea un premio de características políticas, donde influyen las ideas de derecha como en el Nóbel de Literatura se manifiestan las simpatías hacia la izquierda. Por eso, en este último caso, se le negó el Nóbel a Jorge Luís Borges y se le viene negando a Mario Vargas Llosa. Pero igual, en el caso del Nóbel de la Paz, se le ha negado en vida y se le negará postmorten al comandante en jefe Fidel Castro, quien sí, con sacrificio heroico de su pueblo, ha luchado por una paz verdadera para el mundo entero. Que eso lo nieguen sus adversarios y quienes deciden a quién se le otorga el Nóbel de la Paz, no es nuestra culpa.

Muchos mandatarios y personajes salieron inmediatamente con sus manos para aplaudir que el Nóbel de la Paz (2009) se le otorgó al presidente Barack Obama, quien por cierto en la fiesta de la hispanidad en la Casa Blanca aportó a los salseros un paso gringo de baile, entre medieval y modernismo, al ritmo de la canción que entonó la bellísima Thalía. Muchos otros lo han criticado. Pues, sin crítica alguna y sin ningún interés por emociones, ni de oposición ni de placer, que vengan del otorgamiento del Premio Nóbel de la Paz, creo que Lech Walesa (Premio Nóbel de la Paz en 1983), ha sido quien mejor ha dado una respuesta al respecto. Sostuvo, en poquísimas palabras, que ese premio había sido otorgado a Obama demasiado rápido fundamentándose sólo en promesas de paz que ha hecho al mundo. Nuevamente, de manera especial en política, nos encontramos con la enorme distancia que separa la teoría de la práctica. Y en la vida, sin desvalorar ni subestimar la teoría, lo esencial es la práctica, es la que conforma el criterio de la verdad. Por eso, San Juan careció de razón al decir que el verbo fue primero que la acción, aunque para quienes otorgan el Nóbel de la Paz, de cuando en vez y de vez en cuando casi siempre, se ponen de lado del apóstol en contrariedad con la realidad objetiva o verdad verdadera. La humanidad casi entera sabe que el presidente Obama ha opinado sobre la paz, la democracia, la libertad, la solidaridad, la guerra, de los derechos humanos, de la creación de un mundo mejor, de desarme. Sí, eso ya se sabe, pero eso es, hasta ahora, la teoría que por cierto no se intentará materializar en la práctica social. No hay que ser pitoniso ni brujo para adivinarlo con anticipación.

¿Por qué dudar de la teoría o de las promesas de un presidente estadounidense de raza negra, de mucha simpatía y muy sociable?

En primer lugar, porque un presidente no es la expresión acabada de una sociedad, sino de clase, de determinados intereses económico de clase, de un Estado de clase, de una ideología de clase y de una política de clase. Quien esto no lo crea, vivirá sus días en el mundo de las ilusiones, las fantasías y las utopías esperanzado en que en un momento de tiempo y en un lugar de espacio, las circunstancias abstractas unan el azar y la filantropía de los ricos para que le solucionen todos sus sueños. El presidente Obama, según la sociología y hasta la psicología, no puede ser una excepción histórica que rompa el hilo umbilical de esa realidad igualmente histórica de la lucha de clases. No le neguemos, ni por odio al imperialismo ni por ninguna razón personal, sus buenas intenciones, pero de éstas está lleno el mundo y la inmensa mayoría de la humanidad continúa sometida a los peores rigores de la pobreza y el dolor mientras que un ínfima minoría sigue disfrutando de la riqueza y el privilegio.

Tres razones son suficientes para que el Premio Nóbel de la Paz no haya debido ser otorgado, en este 2009, al presidente Obama:

1.- Si bien el presidente Obama decidió retirar las tropas estadounidenses de Irak, por razones obvias que no vamos a señalar en este escrito, no es menos cierto que la está enviando a Afganistán para incrementar la guerra, para producir mayor cantidad de muertes, motivar mayor derramamiento de sangre, y causar más miseria y dolor a la mayoría del pueblo afgano.

2.- Si bien el presidente Obama decidió clausurar el espantoso y abominable campo de tortura y concentración de Guantánamo, no es menos cierto que los presos seguirán presos y morirán con su inocencia o culpabilidad de terrorismo en condiciones infrahumanas. Y, además, nada ha dicho de devolver Guantánamo al país que realmente pertenece (Cuba) y que nada justifica siga estando bajo dominio de Estados Unidos.

3.- Si bien el presidente Obama ha propuesto una política de desarme nuclear, no es menos cierto que en Estados Unidos se está construyendo una bomba nuclear que tiene una capacidad altamente destructiva capaz de romper la barrera de seguridad de cuatro toneladas de concreto. Estará concluida para el año 2010. Hay que tener un retardo mental de 99% para creer que el imperialismo salvaje estadounidense será capaz de desarmarse de sus esenciales armas nucleares o atómicas. Sólo, sólo el proletariado tiene la potestad, asumiendo el poder político en el mundo entero, no sólo de desarmar a los Estados burgueses y sus ejércitos, sino también de crear las condiciones materiales y espirituales (al universalizar la cultura y el arte) para el total desarme de todo género de armamento bélico y, además, ponerle punto final a toda expresión de violencia social.

Ojalá, quiera Dios o especialmente los pueblos revolucionarios o con ansias de redención social obligándolo, que el presidente Obama tomase en serio el Nóbel de la Paz y ordene el cese, por lo menos mientras lo dejen ser presidente de Estados Unidos, de todo intervencionismo armado estadounidense en los asuntos internos de otras naciones; devuelva a Cuba el espacio de territorio que ocupa desde hace décadas en la provincia de Guantánamo; elimine el bloqueo a Cuba; retire todas las bases militares estadounidenses en el mundo; solicite a la monarquía inglesa que devuelva Las Malvinas a Argentina; se deje de amenazar países que quieren desarrollar energía nuclear en provecho de su progreso social; haga respetar integralmente los derechos de las personas que viven en Estados Unidos pero no gozan de esa nacionalidad; exija a Israel no continuar cometiendo genocidios en el mundo árabe; Y, luego, visite sin escoltas muchas regiones del planeta y, especialmente, de América Latina para que baile, se desplace libremente y reciba el aplauso sincero y afectuoso de sus pueblos.



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Freddy Yépez


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