China, formidable y compleja (I)

Frente a Mao Tse-tung // el pueblo desfilaba (…) pisando fuertemente la tierra liberada // de la patria más ancha (…) las banderas del hombre al fin reunidas, // allí estaban. // Por eso la victoria del pueblo chino es nuestra victoria. // Qué poderosa hermana joven nos ha nacido!

Así saludó Pablo Neruda el triunfo de la Revolución China y la proclamación de la República Popular el 1° de octubre de 1949. Se trataba, nada menos, del mayor acontecimiento planetario posterior a la segunda guerra mundial y del más grande hecho revolucionario de la historia en términos del volumen de humanidad comprometido. Gentes contadas por centenares de millones se ponían de pie y entregaban un aporte oceánico a las esperanzas de los oprimidos y explotados de todos los países. Un temblor recorrió las vértebras del sistema capitalista, retado desde octubre de 1917 por la gran conmoción desencadenada en las calles y las estepas de Rusia.

Mao Zedong (con la reforma de la segunda mitad de los 60 pasó a escribirse así el nombre del líder) consideraba, en contraposición con el Kremlin, que la revolución china debía comenzar en los campos para ganarse las ciudades, y así, después de la derrota del alzamiento proletario cuya sangrienta represión narra el escritor francés André Malraux en su famosa novela La condición humana, se impuso en una lucha interna y emprendió la llamada Larga Marcha, que lo llevó hacia el Noroeste, tras recorrer con varios millares de partidarios miles de kilómetros entre 1934 y 1936. En esa zona rural establecieron su base, crearon una “República Soviética” y construyeron en cientos de combates y triunfales avances el Ejército Popular de Liberación (EPL), dirigido por el Partido Comunista, que así mismo creció y se fortaleció. Trece años después el gobierno ultrarreaccionario y proimperialista de Chiang Kai-shek era arrojado al mar, llevándose consigo para siempre a una casta parasitaria y la vergüenza de un inmenso territorio, el tercero o cuarto en superficie y el primero en población, sometido a la humillación y el saqueo por los poderes coloniales. Los ingleses le habían impuesto a cañonazos el opio, los japoneses le ocuparon Manchuria y convirtieron en títere al monarca, coaliciones imperialistas también lo agredieron y se hicieron de botines. Por eso, uno de sus objetivos centrales fue el de alcanzar y superar el poderío de los más desarrollados.

Para ello la acción revolucionaria se proponía, unificando bajo la hegemonía proletaria a las fuerzas no ligadas al estado anterior (incluido, por tanto, un sector burgués representado en una de las estrellas pequeñas de la nueva bandera), destruir el feudalismo dominante, reconquistar la independencia nacional y avanzar en la perspectiva del socialismo, que estaba en el orden del día de la historia. Mao la llamó, para enfatizar sus peculiaridades, revolución de Nueva Democracia. Su primera tarea era realizar la más gigantesca reforma agraria concebible, en condiciones de relativa escasez de tierras. Zhou Enlai, uno de los jefes del proceso, decía que “el papel principal de los dirigentes chinos consistía en proveer de suficientes víveres a los cientos de millones de habitantes y armarlos contra las inundaciones y el hambre”.

Con la ayuda inicial de la URSS se procedió a la colectivización de la agricultura y a la nacionalización de las empresas privadas. Esta colaboración duró hasta 1957, cuando desavenencias agudas marcaron la retirada soviética y una tensión que culminaría en 1960 con la ruptura y el enfrentamiento político e ideológico entre los dos colosos. Quedó como saldo la acumulación originaria de capital necesaria. Tal cese fue el comienzo de varios emprendimientos de “ensayo y error” que han marcado el curso de los éxitos y fracasos de la construcción revolucionaria en el milenario país y que denotan la enorme complejidad de la misma.

El “ensayo” siguiente fue el denominado Gran Salto Adelante, emprendido entre fines de los años 50 y comienzos de los ‘60, consistente en un conjunto de medidas económicas, sociales y políticas destinadas a acelerar el desarrollo mediante la organización de comunas populares encargadas de realizar procesos industriales difíciles, verbigracia la producción de acero. Ello redujo la atención a la agricultura y, combinado con diversos desastres naturales, terminó en un fracaso tremendo, con hambrunas a las cuales se ha imputado un alto costo en vidas. La autoridad de Mao Zedong se resintió. Continuará.


freddyjmelo@yahoo.es


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Freddy J. Melo


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