Que levante la mano quien entienda bien el zaperoco del Estado colombiano

El Estado colombiano parece ser, analizado no por la dialéctica marxista sino por la hegeliana, la expresión más acabada de la contradicción en su estado de descomposición integral; es decir, caminando con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. Hasta ahora, no ha habido fórmula alguna de hacer que ande con los pies hacia abajo y la cabeza arriba. Tal vez, sería necesario que algunos personajes de la política colombiana, conservadores y liberales esencialmente, sean desenterrados y llevados sus cadáveres al cementerio de Highgate (Londres) para dándoles cristiana sepultura puedan oír los ecos de las enseñanzas de Marx sobre dialéctica y trasmitirlas a los políticos sobrevivientes de este tiempo a través de ondas expansivas por las aguas que hacen contacto con la tierra colombiana.

Crearon un “Plan Colombia”, con el falso argumento de luchar contra el cultivo y comercialización de las drogas, y lo que han logrado, por un lado, es incrementar el negocio de sustancias ilícitas y, por el otro, prolongar con mayor énfasis de activismo el conflicto político armado. Luego le modificaron el nombre y lo denominaron “Plan Patriota”, esperando resultados que han sido todo lo contrario a lo esperado tanto por el gobierno estadounidense como el colombiano. No contemos chácharas ni del uno ni del otro, porque si alguien conoce de sus fracasos es, precisamente, de una parte, el Estado colombiano y el gobierno de Estados Unidos, y, de la otra, el pueblo colombiano y la insurgencia. Miles de miles de millones dólares invertidos en la violencia que si hubiesen sido dedicados a los diversos rubros de la producción de alimentos por las manos laboriosas de los campesinos colombianos, dejando a éstos ganancia para satisfacción de sus múltiples necesidades, no existiría el cultivo y narcotráfico en el nivel que se halla en este momento. El negocio del opio, en la China del pasado, fue motivo de guerra y con ésta no lo acabaron sino que lo incentivaron. Hoy, China no se conoce por el opio sino por su penetración en el mercado mundial con centenares de mercancías que si bien no son alimentos, sí tienen demanda.

Desde México hasta la Argentina, sin dejar ningún espacio vacío o dudoso, el ejército más oligárquico o fiel a la oligarquía sigue siendo, hasta ahora, el colombiano y, después, el hondureño. Ambos, hace años, acostumbrados actuar junto a la presencia de soldados estadounidenses en sus territorios. Tanto en Colombia como en Honduras no existe ni siquiera un batallón que se pueda decir sería capaz de sublevarse en respaldo de acciones del pueblo por la conquista de sus ideales. Hasta ahora ha sido así y no de otra manera, por lo menos, durante los últimos cincuenta años. Aunque debe reconocerse que algunos altos oficiales del ejército colombiano han declarado que la solución del conflicto político armado no está en lo militar, sino en una salida política negociada o concertada entre la insurgencia y el Estado, mientras que la primera lo ha propuesto sin que se excluyan a las clases, sectores e instituciones que hacen vida en la sociedad colombiana.

Ahora lo contradictorio, lo que ningún político –conservador o liberal- puede explicar con argumento valedero para justificarlo. El Estado colombiano solicita la ayuda o la intervención directa de soldados estadounidenses y que para combatir el narcotráfico y el terrorismo que, en opinión del Canciller colombiano expresada en Estados Unidos, son la misma cosa. Tremendo cachetón contra la dialéctica. Si narcotráfico y terrorismo son la misma cosa, tendríamos que llegar a las siguientes conclusiones: el gobierno colombiano es exactamente la misma cosa que el gobierno estadounidense; la mayoría del pueblo iraquí es narcotraficante; el ejército de Israel sería narcotraficante como una buena parte del pueblo palestino, pero el ejército estadounidense (como el inglés y otros) serían narcotraficantes no de armas sino de drogas. Un pordiosero que ande pidiendo limosna para subsistir, no caería –por lo menos con facilidad- en ese craso error, porque son cosas distintas aunque se relacionen por una u otra razón en sus métodos de lucha.

Recuerdo que en 1999, en una sesión de estudio en un frente guerrillero del ELN, expuse que el ejército colombiano y el paramilitarismo colombiano no eran la misma cosa y expliqué las razones para tal afirmación. Todo el personal presente, salvo uno, me cayó encima diciendo que yo estaba equivocado y que sí eran la misma cosa. En verdad, no es la misma conducta de la guerrilla frente a los soldados que frente a los paramilitares aunque en un enfrentamiento –contra alguno de los dos o contra ambos- disparen para producir el mayor número de bajas tanto en el uno como en el otro y conservar al máximo sus fuerzas propias. Sin embargo, si le preguntáramos a un campesino si el ejército de Colombia es exactamente igual que el paramilitarismo, la respuesta sería inmediata y sin pensarlo dos veces: “”. El campesino no se detiene en ningún punto ni raya de la dialéctica, sino que reacciona por los efectos que le produce la represión –contra él y su familia- tanto del ejército como de los paramilitares. Aún así, continúo creyendo que a la hora de juzgar es necesario hacer las diferencias que distinguen los comportamientos, aunque éstos sean muy parecidos. Ninguna política es altamente productiva si todos los adversarios a un régimen o a una determina política son metidos en el mismo saco. Un gravísimo error del Estado soviético, antes de producirse la Segunda Guerra Mundial, fue haber catalogado a la socialdemocracia y el nazismo como la misma cosa.

Bueno, vamos al grano: el Estado colombiano ha solicitado el incremento cuantitativo de soldados, oficiales y suboficiales estadounidenses para que participen en el conflicto político armado interno que vive la hermana república colombiana bajo el alegato, repetimos, de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. Además, del apoyo cualitativo de armas sofisticadas. No sería extraño, debemos decirlo y denunciarlo con antelación, que los gringos lancen bombas de esas que han probado en Afganistán y que dejan sin oxígeno un espacio determinado, en ancho y profundidad, causando la muerte de todo ser viviente que en él se encuentre.

No pocas veces el gobierno colombiano, desde que el señor Uribe es presidente, ha declarado públicamente que está diezmando, desarticulando, fracturando, reduciendo, acabando, con la insurgencia. Y ha agregado, que ésta se encuentra en franca vía de desaparición o exterminio debido a los grandes éxitos del ejército colombiano en los continuos combates militares y por las políticas sociales del Estrado a favor del pueblo colombiano. Si eso fuese cierto, si eso tuviese una pizca de veracidad, nada, absolutamente nada, justificaría que estén solicitando más intervencionismo militar estadounidense en los asuntos internos de Colombia.

Lo terriblemente contradictorio e injustificable del Estado colombiano: si tienen la guerra ganada contra la insurgencia, el terrorismo y el narcotráfico, no existe argumento posible -como aval valedero- para solicitar más ayuda militar a Estados Unidos. Pero recurriendo a ésta ha cometido el desatino –bochornoso por donde se le mire- de enviar soldados colombianos a combatir en Afganistán; a un país que seguramente más del 90% de la sociedad colombiana no sabe ni siquiera dónde está situado; desconoce sus formas de vida; no posee noción de quiénes son los talibanes, cuál es su religión fundamental, cuáles sus costumbres y, además, que no le ha producido ni una pizca de perjuicio a la sociedad colombiana desde ningún punto de vista social. Nada, absolutamente nada, en las condiciones actuales, justifica la presencia de soldados colombianos en Afganistán. Lo único que podría aceptarse como justificación de esa desastrosa anomalía es que el gobierno colombiano sigue siendo una dependencia incondicional al servicio de los intereses del imperialismo estadounidense, y, en este caso, actúan los soldados colombianos como misioneros con bayonetas, mercenarios invasores. De nada le ha valido al Estado colombiano la experiencia de haber participado en Corea, donde fueron diezmados, golpeados y regresaron a su país sin haber logrado ningún mérito que se pueda destacar de su fracasada actuación militar en provecho de los gringos y no de la liberación del pueblo coreano. Sin embargo, envalentonados al pisar tierra colombiana, a los pocos días demostró su verdadera esencia de mercenarismo el batallón Colombia cuando produjo un genocidio en un área rural cerca de El Líbano (Tolima) en 1952, donde perdieron la vida unos mil quinientos campesinos. Si alguna obra excelsa pudiera cumplir los soldados colombianos en Afganistán, es rebelarse contra sus autoridades y ponerse de lado del pueblo afgano en contra de las fuerzas invasoras. Eso sí sería una razón de ejército libertador. Quiera Dios y por el bien del pueblo colombiano y de la historia misma, esos soldados no lleguen a pronunciar, ni en broma, el nombre del Libertador Simón Bolívar, para justificar sus tropelías.

Cuando el capitalismo, sea desarrollado o subdesarrollado, se encuentra con la soga al cuello es capaz de acometer las peores tropelías para salvarse del caos y de la derrota. Todo lo anteriormente expuesto nos conduce a pensar que la presencia de militares estadounidenses en varias bases militares de Colombia, es la preparación o el preludio de ataques que llevan por finalidad el derrocamiento de todos los gobiernos que han alzado su voz contra las atrocidades del capitalismo proponiendo el socialismo como la única alternativa de salvar el mundo del desastre humano y de la naturaleza misma.

Y lo más contradictorio de todo, lo que escapa a cualquier lógica política pero es como un dicho y hecho, es lo siguiente: una sociedad cansada, especialmente el pueblo, de tanta guerra, tantas expresiones de violencia social, vota mayoritariamente en las urnas electorales por el candidato que más violencia promete. Si mañana fuesen las elecciones y el presidente Uribe logra ser nuevamente candidato, tengamos la seguridad que gana con más del 60% de los votos. ¿Cómo se explica eso? Cada quien que se haga su propio juicio. Amén. Incluso, hace pocos años una encuesta seria reflejó que más de los 50% de los colombianos y colombianas consultados estuvieron de acuerdo con la intervención militar gringa en los asuntos internos de Colombia. Terrible, pero cierto. Quizá. Actualmente eso no sea así. Amén, otra vez.



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Freddy Yépez


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