En el marco de 40 años de crisis crónica del capitalismo

Crisis de la economía mundial

Advertencia 

Esta material, de carácter ensayístico, expresa las primeras reflexiones sobre una crisis, la abierta en julio del 2007, y en particular sobre el pico agudo que se está dando actualmente (la fecha de cierre de este texto es el 13 de octubre de 2008). Si bien todos los datos han sido debidamente chequeados, esta sujeta a posteriores revisiones, producto de análisis más profundos. Ha sido escrita al calor de los acontecimientos, respondiendo al compromiso que, como economista crítico, siento que debo asumir. 
 

Capítulo I 

La crisis aguda que comenzó a mediados del 2007 y se ha acelerado en el último mes no es un hecho aislado. Forma parte de una ola de crisis del mismo tipo que viene sufriendo la economía capitalista mundial desde la segunda mitad de la década del ´60.  

En esa época se acabó la fase de crecimiento económico “largo” que ocurría desde fines de la Segunda Guerra Mundial, lo que los economistas regulacionistas llamaron el “régimen de acumulación fordista”, y marxistas como Ernst Mandel apellidaron “el boom”. Esto se confirmó en los primeros años ´70, con la crisis del petróleo (la primera en 1973 y la segunda en 1979) y la aparición de lo que se llamó “estanflación” (desocupación e inflación a la vez). Y, por si quedaba alguna duda, se reconfirmó a principios de los ´80 con la crisis de la deuda externa latinoamericana.  

Que hubo una crisis económica mundial, con características de “estanflación” que recorrió toda la década del ´70 es algo sobre lo que, en general, hay consenso entre los economistas. Las diferencias aparecen cuando se trata de caracterizar lo que pasó después. Esquematizando, podemos decir que hay tres posiciones dentro de los economistas heterodoxos. Una primera postura, llamémosla “optimista”, va a sostener que hemos entrado en una nuevo régimen de acumulación “postfordista”, basado en un nuevo paradigma productivo, una nueva organización del trabajo, nuevas formas de consumo con nichos especializados, etc. Una segunda posición, ofrece una visión más matizada: ratifica la existencia del postfordismo como nuevo régimen de acumulación, pero la limita a ciertas zonas del planeta, señalando que en el resto lo que prevalece es un cierto “retroceso” a algo que denomina “neotaylorismo”1. Y, una tercera postura, en la que enmarcaremos este artículo, señala que lo característico de estos últimos cuarenta años de la economía mundial es la continuidad de la crisis, su “cronicidad”. 

Expresándonos con claridad: no negamos, por supuesto, la revolución científico-técnica, ni las modificaciones en las formas organizaciones o en las pautas de consumo. Tampoco la heterogeneidad que esta asume en diferentes zonas del planeta. Pero nos parece que no es esto lo que explica, de conjunto, la trayectoria de la acumulación del capital en estas décadas. Lo omnipresente es que todos los países del planeta, en diferentes momentos de estas décadas, han sufrido crisis tremendas que los han sumido en la recesión, independientemente de la potencialidad o modernización de sus estructuras productivas. Quizás el ejemplo más claro es el hundimiento del paradigma del “posfordismo”, la economía japonesa, producto de una crisis especulativa a fines de la década del ´80, que la sumió en una década de depresión. 

Dentro de esta tercera postura, a su vez, observamos también diferencias entre aquellos que señalan que estos 40 años pueden dividirse en dos: un primer período, hasta aproximadamente fines de los 80, donde la tendencia es hacia la caída de la tasa de  ganancia en las ramas principales de la economía mundial, particularmente en el sector no financiero; y un segundo momento de recuperación de esa tasa –a comienzos de los ´90-, que generaría una economía mundial con nuevas características, y la actual crisis, con origen en los desequilibrios de comienzos del siglo XXI. Nuestra postura, en cambio, va a enfatizar en los elementos de continuidad de la crisis a los largo de estos 40 años, con énfasis en que incluso ese ascenso parcial de las tasas de ganancia del sector no financiero de la década del ´90 nunca llegó a recuperar los valores de dicha tasa en las “décadas de oro” de los ´50 y ´60.

 

Partiendo entonces desde esta postura, creemos que el planteo básico de Marx, acerca de que la crisis tiene su origen en la tendencia a la caída de la tasa media de ganancia, es el mejor punto de partida para tratar de ubicarnos en los actuales acontecimientos. Por eso proponemos comenzar este artículo con un breve repaso de este planteo.2  

La explicación marxista de la crisis: la tendencia a la caída de la tasa de ganancia 

Para Marx las crisis en el capitalismo se explican en última instancia por la ley que vamos a exponer a continuación: la tasa de ganancia tiene una tendencia a caer. Esta será la causa de fondo de toda crisis capitalista, independientemente que se manifieste en la superficie bajo la forma de un crack financiero, una crisis de sobreproducción o cualquier otra forma.  

Se trata de una tendencia, que a la vez depende de otra,  el aumento a la composición orgánica del capital. En fórmulas: 

Tasa de ganancia = p/c+v, con una tendencia a que aumente constantemente c (el capital constante)  

Visualizado de otra forma: 
 

                        TASA DE PLUSVALIA

TASA DE GANANCIA = --------------------------------------------------------------------------

                        COMPOSICION ORGANICA DEL CAPITAL + 1 

O sea que podemos decir que la tasa de ganancia aumenta cuando aumenta la tasa de plusvalía y disminuye cuando aumenta la composición orgánica del capital.  

Marx expresa esto del siguiente modo en el Tomo III de El Capital: 

“Si se admite, además, que esta modificación gradual en la composición del capital no ocurre sólo en esferas de producción aisladas, sino que en mayor o menor medida se la encuentra en todas, o por lo menos en las esferas claves de la producción, y por lo tanto que implica modificaciones en la composición orgánica media del conjunto del capital de una sociedad determinada, es inevitable que este ascenso progresivo del capital constante respecto del variable tenga como resultado forzoso un descenso gradual de la tasa general de ganancia, si la tasa de plusvalía o bien el grado de explotación del trabajo por el capital se mantienen iguales. Pero hemos demostrado que esta es una ley del modo de producción capitalista: a medida que éste se desarrolla, se produce una disminución relativa del capital variable respecto del constante, y por lo tanto del capital total puesto en movimiento. Lo cual significa muy sencillamente lo siguiente: la misma cantidad de obreros, la misma cantidad de fuerza de trabajo que hacía trabajar un capital variable de un volumen de valor dado, pondrá en movimiento, en el mismo lapso, a consecuencia del desarrollo de los métodos de producción propios de la producción capitalista, una masa cada vez mayor de medios de trabajo, de máquinas y de capital fijo de todo tipo, tratará y consumirá en forma productiva una cantidad cada vez mayor de materias primas y auxiliares, y por consiguiente hará funcionar un capital constante de un valor en perpetuo aumento.3 

…A medida que disminuye en forma gradual el capital variable respecto del constante, se eleva cada vez más la composición orgánica del conjunto del capital, y la consecuencia inmediata de esta tendencia consiste en que la tasa de plusvalía se traduce en una tasa general de ganancia en continuo descenso, en tanto que el grado de explotación del trabajo se mantiene sin modificaciones o incluso aumenta. (Más adelante veremos por qué esta baja no se manifiesta en su forma absoluta, sino en forma de tendencia a una reducción progresiva.) Por consiguiente, la tendencia progresiva a la disminución de la tasa general de ganancia es cada vez más una manera propia del modo de producción capitalista, de expresar el progreso de la productividad social del trabajo. No decimos que no puedan existir otras razones para un descenso pasajero de la tasa de ganancia: pero hemos demostrado con ello que el progreso de la producción capitalista implica por fuerza que la tasa general media de la plusvalía se traduce en un descenso de la tasa general de ganancia; se trata de una necesidad evidente, que deriva de la esencia del modo de producción capitalista. Como la masa de trabajo vivo empleado disminuye sin cesar respecto de la de trabajo materializado que pone en acción, respecto de los medios de producción consumidos productivamente, es inevitable que la fracción no pagada de dicho trabajo vivo, que se concreta en plusvalía, vea disminuir sin cesar su relación con el volumen de valor del capital total. Pero esta relación de la masa de plusvalía con el valor del capital total empleado es la tasa de ganancia: por consiguiente, ésta debe descender en forma constante.

Al advertir Marx que se trata de una “tendencia”, señala asimismo sus “contratendencias” que evitan que se efectivice esa baja. Serían las siguientes:

  1. el aumento del grado de explotación (incremento de la plusvalía, sea absoluta o relativa).
  2. La reducción del salario por debajo de su valor.
  3. El abaratamiento del capital constante (c), que, siendo una consecuencia del cambio tecnológico, deprecia el capital ya existente.
  4. La existencia de un importante ejército industrial de reserva, disponible tanto para aumentar la explotación como para reducir los salarios, que aporta a las contratendencias citadas en primer y segundo término.
  5. El comercio exterior, que permite comprar materias primas más baratas, lo que abarata tanto c como v, aportando a las contratendencias citadas en segundo y tercer término.
  6. El aumento del capital por acciones, que permite obtener ganancias extraordinarias.
 
 

Los puntos 1) a 5) pueden ser resumidos en: o aumentar la tasa de explotación, o reducir la composición orgánica del capital, sea por cambio tecnológico, desvalorización por cualquier otro método (tecnológico o económico)  o incluso destrucción física de capital constante. Aclaramos que no vamos a tomar en cuenta el punto 6), ya que consideramos que las ganancias extraordinarias no productivas, si bien pueden permitir a algunos capitales individuales obtener superganancias, no resuelven el problema de la tasa media de ganancia en las ramas productivas (desde esta perspectiva, diferiríamos con Marx en considerar a este ítem como una “contratendencia). 

La lógica de un funcionamiento normal del capitalismo consiste en la inversión (y reinversión) del capital en forma productiva. O sea, que, cada vez, más medios de producción sean trabajados por más trabajadores, produciendo cada vez más bienes. Esto generará más plusvalía para el capitalista, pero también aumentará la masa global de mercancías existentes. 

Ahora bien, cuando se produce un descenso de la tasa de ganancia, a los capitalistas ya no le convendrá invertir (o reinvertir) productivamente su capital. Lo “invertirán” pero en sitios que generan ganancias “ficticias”. Cuando hablamos de ganancias “ficticias”, no decimos que estas no existan para el capitalista individual –para éste son clarísimas-, sino que no son resultado del capital productivo.  

Recordemos que el capitalismo es D-M-D’, donde el D’ es producto de que se ha creado nuevo valor, mayor valor, no pagado al obrero5. Cuando no se invierte productivamente, y el capitalista vuelca su dinero al circuito especulativo (D-D’) obtiene una diferencia a su favor, pero la masa de bienes existentes sigue siendo la misma. O, lo que es lo mismo, la masa de plusvalía no ha aumentado, sólo se ha redistribuido: aumentó el capital valorizado especulativamente por sobre el productivo. Lo mismo sucede cuando especula con alguna mercancía que sube espectacularmente (sea el petróleo o la soja). En este caso el circuito es D-M…M´-D´. 

Cuando cae la tasa de ganancia, queda entonces una inmensa masa de capital disponible, “flotando” en el aire, “gaseoso”, que es el que se termina invirtiendo especulativamente, creando ganancias ficticias, y, como veremos más adelante, generando burbujas especulativas que terminan estallando.  

Dice Marx:  

“Adrede exponemos esta ley antes de explicar cómo se descompone la ganancia en distintas categorías promovidas respectivamente al rango de su autonomía. Como esta exposición no depende de la división de la ganancia en distintos elementos que corresponden a diferentes categorías de personas, ello demuestra desde el comienzo que la ley, en su generalidad es independiente de tal división y de las relaciones recíprocas que rigen las categorías de ganancia que resultan de ello. La ganancia de que aquí se trata es nada más que otra denominación de la plusvalía, estudiada en su relación con el capital total, en lugar de hacerlo respecto del capital variable del cual nace. La baja de la tasa de ganancia traduce, en consecuencia, la de la relación de la propia plusvalía con el conjunto del capital anticipado, y es, entonces, independiente de toda distribución -sea cual fuere- de dicha plusvalía entre diferentes categorías de beneficiarios.6  

Por último, debemos aclarar que estamos hablando de un descenso de la tasa, y no necesariamente de la masa de ganancia. Cada vez que aumenta la composición orgánica del capital, lo lógico y normal es que aumente también la plusvalía. Obviamente: cada incorporación de tecnología y maquinaria aspira a incrementar la plusvalía relativa. Y normalmente lo hace. Pero si lo hace en una menor proporción al capital constante incorporado, la tasa de ganancia caerá.  

Si baja la tasa de la ganancia que los capitalistas pueden obtener en las ramas productivas de la economía, ya no les convendrá invertir en ellas. ¿Qué harán entonces con el capital que poseen? Procederán a invertirlo en ramas especulativas, que le reportará, obviamente, a cada capitalista individual una ganancia, e incluso a veces una super-ganancia, pero ello no será producto de que existen nuevos bienes. Por el contrario, lo único que se producirá es “una redistribución regresiva de la riqueza existente”, donde sectores del capital se sacan el dinero unos a otros, o, lo que es más común, le sacan el dinero a la clase trabajadora. La caída de la tasa de ganancia, entonces, sume a la economía capitalista en la crisis. 

El concepto de “crisis crónica de la economía mundial” 

Analicemos ahora, a la luz de lo anterior, lo que sucede con la economía mundial desde fines de la década del ´60 en adelante. En esa época empezó a caer la tasa de ganancia de las ramas centrales de entonces (automotrices, siderúrgica y metalmecánica en general) e inmensas masas de capital quedaron “sin colocación productiva”, empezando a girar por el mundo, buscando valorizarse obteniendo ganancias de cualquier forma. 

Lo que vamos a denominar de acá en adelante “crisis crónica de la economía mundial” tuvo su primera expresión aguda en 1966/67, con la caída de la tasa de ganancia de las “Big Three” (Chrysler, Ford y General Motors) y tras ellas de toda la industria americana relacionada con lo que en términos generales se denominaba el paradigma fordista. La crisis se extendió parcialmente a otros países, expresando en general las tensiones provocadas por las primeras consecuencias de la competencia alemana y japonesa a la vieja industria automotriz americana, que ya dejaba de ser hegemónica en el mercado mundial. La declaración de inconvertibilidad del dólar respecto al oro –en 1971- y la libre flotación de las monedas –en 1973-, que implicó de hecho una fuerte devaluación de la moneda americana, fueron episodios importantes en esa época. 

La segunda fase aguda de la crisis ya tuvo alcance mundial desde el comienzo: abarca los años 1973-75 y tiene su origen en la fenomenal suba de los precios del petróleo declarada por la OPEP y en la estanflación posterior. La tercera fase aguda se produce por el segundo pico de suba de los precios del petróleo, en 1979. A ello le siguió una recuperación para la economía norteamericana recién entre fines de 1982 y comienzos de 1983, claro que a costa de la cuarta fase aguda: el default generalizado de la deuda externa latinoamericana. Esta última se había generado justamente por el enorme excedente de fondos sin capacidad de valorización productiva (los llamados petrodólares, que aprovechando la desregulación bancaria europea devinieron “eurodólares”), prestados en cantidades inconmensurables a los países del Tercer Mundo (en especial Latinoamérica). A la virtual quiebra y posterior nacionalización de la banca mexicana en agosto de 1982, le siguió un default en cadena de varios países latinoamericanos. Y dentro de las consecuencias hubo incluso caídas de varios bancos americanos (Penn Square, Seattle First Bank y, la más importante Continental Illinois). 

Una contrarrevolución económica del capital contra el trabajo 

Cuando se produce efectivamente la caída de la tasa de ganancia en las ramas estratégicas de la economía mundial, y deviene la crisis, se producen situaciones de extrema tensión y lucha de clases, cuyo resultado depende fundamentalmente del factor político. Pero el capitalismo no se “derrumba por sí mismo”. La base del análisis marxista es que las crisis, a lo sumo, mejoran las condiciones para la intervención revolucionaria de la clase obrera, nunca ocasionan el derrumbe automático del capitalismo. 

Finalmente, entonces, si esa irrupción no se produce, el capital logra mecanismos de recuperación. Básicamente aumentando la masa de plusvalía, sea por extracción absoluta –aumento de la explotación física- , o relativa –por aumentos cualitativos de productividad-. También cabe mencionar que, en ocasiones, la destrucción física de capital, como por ejemplo al final de la Segunda Guerra Mundial, fue un elemento determinante para el despegue. 

A comienzos de los ´80, liderado por los gobiernos de Reagan en Estados Unidos y Tatcher en Gran Bretaña, se lanzó una ofensiva global contra los trabajadores y pueblos explotados del mundo, buscando “resolver” el problema del descenso de la tasa de ganancia vía un aumento brutal de la tasa de explotación y del saqueo de los pueblos. Es lo que políticamente se llamó “la revolución neoconservadora”, y en términos periodísticos se lo ha conocido como “la ofensiva neoliberal”. 

Se trató de un verdadero “programa global” para tratar de aumentar cualitativamente la tasa de explotación y lograr así recomponer la tasa de ganancia. Entendemos que se trató de una “contrarrevolución económica” contra el trabajo (por eso preferimos utilizar este nombre frente al más genérico de “neoliberalismo”). Esquemáticamente, consistía en:

1-  La generalización de la desocupación para presionar a la baja el nivel de salarios.

2-  la prolongación de la jornada de trabajo.

3- La intensificación de los ritmos de trabajo.

4- la utilización de los trabajadores inmigrantes, muchos de ellos ilegales, para superexplotarlos con salarios de hambre y sin seguridad social.

5- Una política sistemática para liquidar todos los beneficios sociales (sistemas de salud,  jubilaciones, seguros de desempleo, vivienda social, etc.), apuntando al desmantelamiento de lo que se conocía como los “Estados Benefactores” de la posguerra.

6- El traslado de plantas industriales de las transnacionales al Tercer Mundo para utilizar la mano de obra más pobre e indefensa -en particular al Sudeste  Asiático, pero también a algunas áreas de Latinoamérica-.

7-La penetración del capitalismo en el campo, expulsando a millones de campesinos a las ciudades.

8-el saqueo a los países atrasados, por medio del intercambio desigual en el comercio, la remisión de utilidades a las casas matrices, la deuda externa, la fuga de capitales, el saqueo de los recursos naturales y las políticas de los “tratados de libre cambio”.

9-La transformación en semicolonias de los países en los que en su momento se había expropiado el capital. Estas políticas, que ya habían comenzado aún cuando subsistían esos estados, han pegado un salto cualitativo con la restauración capitalista, en Rusia, Europa del Este y China. 

Pero la implementación (o intento de implementación) de este programa, no impidió que continuaran los episodios agudos de crisis en los años siguientes. A la serie de las primeras crisis agudas antes mencionadas, le siguieron otras en la década del ´80, como la caída de la Bolsa de Wall Street en 1987 (acompañada por la caída de las Loan & Saving norteamericanas, cajas de ahorro mutuo) y el estallido de la Bolsa Japonesa en 1989, estas dos últimas cuestiones en el marco de lo que podríamos llamar el primer estallido de una “burbuja inmobiliaria”.  

En los ´90 las crisis se sucedieron al compás de los distintos mercados donde esos capitales especulativos buscaban hacer ganancias ficticias: el “efecto tequila” en 1994, la “crisis del sudeste asiático” en 1997, la cesación de pagos rusa en 1998, y la crisis latinoamericana cuyo capítulo más importante fue el estallido argentino de fines del 2001 (pero con “episodios” previos en el default ecuatoriana y la devaluación del real en los dos años previos, y posteriores, como la crisis bancaria uruguaya de junio de 2002).7 Pero nótese que sólo estamos señalando las crisis más importantes, las que tuvieron más repercusión “periodística” y las que efectivamente alcanzaron efectos globales: también estuvieron el estallido de la burbuja del Nasdaq en los Estados Unidos en el 2000, y otras 124 crisis más pequeñas en los últimos 30 años, como registra en un informe el propio Fondo Monetario Internacional8. 

¿Por qué sigue la crisis crónica? 

La primera y obvia respuesta es: “porque no se recupera la tasa de ganancia en las ramas productivas”. Y en esto debemos ser claros: no nos estamos refiriendo a “pequeñas y circunstanciales recuperaciones” de las que se nutren los informes de loa publicistas de la prensa financiera internacional. Los estudios empíricos más serios de economistas marxistas como Brenner9 y Shaik concuerdan en que la tasa de ganancia no se ha recuperado con respecto a los niveles de los 20 años posteriores a la posguerra. Y que incluso en los breves períodos en que tuvo pequeñas subas, como la segunda mitad de los ´90 o los años posteriores al 2003, jamás alcanzó los valores que tuvo durante el boom de 1948-67. Al respecto Duménil, que es de los autores marxistas que más insiste con una “recuperación relativa” de la tasa de ganancia, tiene que reconocer que en 1997 esta era un 50% de la de 1948 y entre un 60 y un 75% de la de 1965, cuando ya había comenzado la tendencia a la baja10 . La preeminencia de las ganancias de especulación y colocación financiera es tal que, al comienzo de la actual crisis aguda,  representaban el 27% de las ganancias de las 500 firmas que componen el índice Standard & Poors11. 

Frente al interrogante de porque no se revierte la caída de la tasa de ganancia, entendemos que la respuesta tiene tres ejes:

  1. La “contrarrevolución económica” no ha pasado. No se logró derrotar estratégicamente a la clase trabajadora y las masas populares del mundo. No negamos la existencia de derrotas parciales, donde se arrebataron conquistas, pero sostenemos que, a nivel global, la clase trabajadora ha resistido y sigue resistiendo, e incluso asestándole derrotas al imperialismo: la reversión del ciclo latinoamericano de los ´90, donde a las privatizaciones de entonces hoy le han seguido, así sea parcial y acotadamente, una serie de re-nacionalizaciones, es un ejemplo. En Europa, los intentos de desmantelamiento del Estado Benefactor sólo fueron logrados en Gran Bretaña, ya que durante la década de los ´90 hubo inmensas huelgas y resistencias en Francia y Alemania, en particular, que impidieron su extensión a escala de la Unión Europea. Desde esta perspectiva discrepamos con aquellos que basan su análisis en la existencia de una “derrota histórica” de la clase obrera en la décadas del ´90. Por el contrario, la pervivencia de la crisis crónica, es a nuestro juicio la demostración más tajante de la inexistencia de esa derrota. En síntesis, no ha se producido una recuperación de la masa y tasa de plusvalía extraída en términos absolutos a la clase trabajadora mundial del nivel de lo requerido para revertir la baja relativa de la tasa de ganancia del sector no financiero de los países centrales.
  2. Ha habido un lugar del planeta donde la clase trabajadora efectivamente ha sufrido una fuerte derrota: la China, tras la masacre de Tiannamen. Tras ella, el proceso de restauración capitalista en la China, que y venía dando pasos agigantados desde 1978, pega un fenomenal salto adelante. Este hecho es la explicación más importante de la superexplotación que hoy sufre el proletariado chino. Este proceso generó que, mientras en países como Estados Unidos, Alemania y Japón, la tasa de ganancia oscile entre el 10 y el 20%, en China tenga un nivel del 32%.12 Sin embargo, por el tamaño relativo de su economía con respecto a las de Estados Unidos, Japón y la Unión Europea, esto sólo no basta para revertir la tendencia a la caída de la tasa de ganancia a nivel global, y por lo tanto la crisis crónica de la economía mundial.
  3. A pesar de lo que propagandizan los teóricos de la “nueva economía”, la serie de nuevos inventos producto de la reconversión científico-técnica (la informática, los avances en las telecomunicaciones, la biogenética, los nuevos materiales) no alcanzan para producir un salto en productividad –aumentos de la extracción de plusvalía relativa- tal que recupere la tasa de ganancia. Los aumentos parciales de la tasa generados en estos sectores, provoca enseguida la emergencia al sector de una plétora de capital que genera expectativas irreales, y da lugar a una enorme masa de plusvalía no realizada que se sobreinvierte en estos mismos sectores, dispara cotizaciones y genera las conocidas burbujas a las que nos referiremos más abajo.
 

La realidad es que, desde la década del ´70, la inversión bruta fija a escala mundial se fue reduciendo lentamente del 25 al 22%, mientras que al mismo tiempo, los flujos financieros mundiales invertidos en el extranjero crecieron del 2% a más del 20%. 13 Todo esto se produjo en el marco de una feroz internacionalización de los flujos, en un mecanismo de ida y vuelta entre Estados Unidos y el resto del mundo: la relación entre los activos del resto del mundo en los Estados Unidos, crecieron de aproximadamente 8% en 1980 a 50% en el 2007. Y los de Estados Unidos en el resto del mundo,  ascendieron desde 10% a 43% en idéntico período.14  

La masa  de capital gaseoso, especulativo, se fue ampliando cada vez más desde los ´80 hasta a esta parte. En los ´80 el PBI mundial era de 10 trillones de dólares, y el total de activos financieros del mundo de 12 trillones, o sea un 20% más. En el 2006, el PBI mundial ascendía a 48 trillones de dólares, pero el total de activos financieros del mundo era ya de 170 trillones, tres veces y medio más. Observando su composición, vemos que esos 170 trillones se componen de 55 trillones de acciones, 45 trillones de depósitos bancarios, 44 trillones de títulos de deuda privada y 26 trillones de deuda pública. 

Como conclusión, afirmamos entonces que los intentos violentísimos de aumentar la tasa del plusvalía absoluta durante los ´80, el intento de pasar a un patrón organizativo “postfordista” en determinadas ramas, e incluso la brutal apertura económica, desregulación y privatización a precio de remate de miles de activos públicos en Latinoamérica, Europa del Este y Rusia, no evitaron que la valorización del capital, como ya había sucedido con la generación de la deuda externa latinoamericana en la segunda mitad de los ´70, circulara generando sobrevaluaciones ficticias, creando burbujas especulativas tanto bursátiles como en ciertos mercados –tal el caso del inmobiliario-, y terminara provocando estallidos agudos, como los citados más arriba de las décadas del  ´80 y ´90. 

Capítulo II 
 

El desencadenamiento de la crisis actual 

Después de la serie de crisis de los últimos años ´90 y principios del milenio, donde vimos derrumbarse al Sudeste Asiático en 1997, a Rusia en 1998, a la Argentina en el 2001 y entrar en recesión a los propios Estados Unidos entre el 2000 y el 2002, la economía capitalista mundial pareció “tomarse un respiro”. Todos los países del mundo empezaron a mostrar índices de crecimiento económico. Los precios de las más importantes materias primas, como el trigo, la soja, el maíz, el petróleo, el níquel, o minerales como el oro y la plata (todas ellas, respectivamente, principales mercancías de exportación de diversos países subdesarrollados) subían hasta valores récords. En el mundo parecía “sobrar” el dinero, de tal forma que hasta los países con altas deudas externas conseguían fácilmente refinanciarlas colocando algún bono en el mercado financiero mundial. Por supuesto, cualquier lectura más fina de las estadísticas permitía ver que ese crecimiento no significaba en absoluto mejoras para las clases trabajadoras y los pueblos sometidos: continuaban ampliándose las brechas entre los ingresos de los ricos y pobres, y no había ninguna mejora sustancial ante los dramas del hambre, las enfermedades, el analfabetismo que asolan al mundo. Como un solo ejemplo: en este mundo del crecimiento “explosivo” 3.000 millones de personas (la mitad del planeta) seguía viviendo con menos de dos dólares diarios. Y el número de hambrientos del planeta, según datos de la propia FAO, crecía hasta la horrorosa cifra de 857 millones (16% de la población mundial). 

Pero, como tantas otras veces, lo que impactaba eran los números de aumento de los PBIs. Mucho se escribió sobre las “causas” de este crecimiento económico. Las grandes usinas del establishment económico volvieron a teorizar sobre los supuestos beneficios de la “nueva economía”, los saltos en productividad de la informática y la nueva generación de las telecomunicaciones. Se insistía que, ahora sí, por fin, se había exorcizado definitivamente los fantasmas de las crisis económicas que venían asolando al mundo desde principios de los setenta. Lamentablemente, muchos intelectuales de izquierda, impactados unilateralmente por la revolución científico técnica, o leyendo erróneamente derrotas “históricas” de la clase obrera en los 90, se sumaban, con argumentos marxistas a estos análisis. Se perdía de vista la perspectiva sobre la dinámica del capitalismo y su crisis.  

Los desequilibrios preexistentes a la crisis 

¿Cuál era la base de sostén de este crecimiento? Hubo toda una tendencia a sobredimensionar a la China, diciéndose que de su crecimiento espectacular y tamaño estaba dependiendo el conjunto de la economía mundial. Creemos que este argumento no es sostenible por los datos que enunciamos a continuación. En realidad en el origen de esta ola de crecimiento económico, y también de sus contradicciones, estaba (y está) la economía de los Estados Unidos. 

Para sostener esta afirmación, es importante dimensionar la importancia y el entramado de la economía norteamericana en el capitalismo actual. Empecemos por el comercio internacional: Estados Unidos tiene un déficit de su Balance de Pagos de 813.000 millones de dólares (4,8% de su PBI). Gran Bretaña es el otro país con gran déficit de Balanza de pagos”, con 168.000 millones de dólares. Son los dos grandes “compradores” del mercado mundial. Veamos ahora los grandes “vendedores”. Estos son los países del mundo con mayor superávit en su balanza de pagos: China 261.000 millones de dólares, Arabia Saudita con 146.000,  Rusia con 128.000 y Japón con 107.000. También podríamos considerar a Alemania con 268.000, pero no la vamos a  tener en cuenta ya que su saldo se compensa dentro de la zona Euro (que tiene un superávit de sólo 47.600 millones de dólares, con muchos países con déficit). 

La gran pregunta, obviamente, es qué pasa si Estados Unidos, por su recesión, deja de comprar. La respuesta es clara: primero se caen los grandes vendedores, y después los proveedores de materias primas de ellos, que es el conjunto de los países subdesarrollados. Este es el talón de Aquiles de la economía mundial, el gran interrogante a ser develado si se extiende en el tiempo y amplifica la recesión en los Estados Unidos. 

Otro dato interesante aparece cuando analizamos la situación fiscal norteamericana y su financiamiento. Los países con grandes déficits fiscales son Estados Unidos (1,7% de su PBI),  Japón (2,5%), Gran Bretaña (3%) y la zona Euro en general (0,9%). Nuevamente la pregunta es quién financia estos déficits (fiscales y de balanza de pagos). Veamos donde están las grandes reservas del mundo: primero China con 987,9 miles de millones de dólares, luego Rusia con 281 mil millones, Taiwán con 265 mil millones, Corea del Sur con 234 mil millones, India con 168 mil millones y Singapur con 135 mil millones.  Corolario: estos países le venden a los Estados Unidos, acumulan sus ganancias, y con ellas le prestan a los Estados Unidos para que sostenga sus déficits.  

 
Más allá de “qué país financia a cual” es interesante observar como –con que instrumentos- “se financian en concreto” los más de 800.000 millones de dólares que  requiere los Estados Unidos para equilibrar su balanza de pagos: 170 mil millones provienen de otros bancos centrales, y 680 mil millones de inversores privados.15  

Un detalle que vale la pena resaltar es que, a pesar de que las “ventas” salen de Asia, los vendedores en la mayoría de los casos son empresas yanquis o de Europa. Miremos las 12 empresas que más venden en el mundo: no hay ninguna china, rusa o hindú. Son, por orden: Wall Mart (yanqui), Exxon-Mobil (yanqui), Royal Dutch Shell (holandesa-británica), British Petroleum (británica), General Motors (yanqui), Toyota (japonesa), Chevrón (yanqui), Daimler-Chrysler (Alemana), Conoco-Phillips (yanqui), Total (francesa), General Electric (yanqui) y Ford Motors (yanqui).  

Lo concreto es que los Estados Unidos llegan a esta crisis cumpliendo un rol estratégico en la economía mundial: sigue siendo el principal inversor del mundo, vía sus transnacionales –que incluso son parte importante del “boom” de producción de China-, es el principal comprador de bienes del planeta, es el gran receptor de fondos del mundo para financiarse y, además, aún cuando esto pueda estar en discusión en el mediano plazo, hoy sigue siendo el emisor de la principal moneda mundial.  

Otra burbuja: “la New Economics” o el falso crecimiento de los ´90 

La economía estadounidense salió definitivamente de la recesión en que había caído con el crack de Wall Street de 1987 a comienzos de 1992, inaugurando un período de crecimiento del PBI sostenido durante toda la década, que no se vio perturbado por las crisis agudas globales que afectaron a la economía mundial en la década, como la mexicana de ´94, la asiática del ´97 y la rusa del ´98. Apenas si estas últimas generaron algunas perturbaciones bursátiles, que no llegaron a la economía real. Lo más grave que sucedió fue la necesidad por parte de la Reserva Federal de salir a salvar al fondo Long Term Management, que había quedado entrampado en el default ruso.16 

¿A que se debió el crecimiento económico americano de los ´90? Podemos señalar tres causas:

  1. En los Estados Unidos se produjo una aspiradora de capital mundial  –acá resultó fundamental el dólar “fuerte” de la época y la política de la Reserva Federal comandada por Alan Greespan- Ello se expresó en el fenomenal déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos y en un endeudamiento de las familias  que superaba en dos veces su ingreso (para comparar, cuando empezó el crecimiento, en 1992, el endeudamiento de las familias era apenas el 8% de sus ingresos).
  2. La masa de dinero que venía del exterior (de un Japón en recesión desde el estallido de “su” burbuja especulativa inmobiliaria en 1989; del Tercer Mundo, y de Europa) fue la base en que se financió la llamada “New Economics”. Se sostenía que, a partir de un espectacular cambio tecnológico y de la organización del trabajo con base en el procesamiento electrónico de información y su vinculación con las telecomunicaciones, se había creado una nueva rama que recuperaba definitivamente las tasas de ganancia en el capital productivo. Así se creó y se valorizó hasta el infinito el índice Nasdaq de Nueva York (y también hubo un fuerte rally alcista en el propio Dow Jones).
  3. Hubo, sin dudas, un aumento de la tasa de explotación de la clase obrera mundial, aún cuando no llegara a los niveles requeridos en el citado anteriormente proyecto “contrarrevolucionario global”. Esto incluyó a los propios trabajadores norteamericanos, que vieron destruirse desde mediados de los ´80, millones de puestos de trabajo formales.
 

Sostenemos que ese crecimiento en el sector de las empresas tecnológicas fue, en general, una burbuja especulativa y no un crecimiento genuino de capital productivo. Ello resultó claro cuando, en marzo de 2000, comenzó el “derrumbe” del Nasdaq, y de los balances de todas las empresas vinculadas al sector, lo que incluso desató una ola de despidos y reestructuraciones que llevaron a la economía norteamericana a declararse oficialmente en recesión en 2001. 

Se trató de una espectacular sobreinversión, basada en la especulación de un reparto de la plusvalía mundial a ser obtenida a futuro. Resulta ilustrativo un editorial de Los Angeles Times de aquella época, referido al exceso en el tendido de cables de fibra óptica por 50.000 millones de dólares, que estaba generando pérdidas espectaculares en varias empresas de telecomunicaciones: “apostaron a que si construían redes de alta capacidad o ancho de banda, la iban a vender como pan caliente, pero no pudieron bajar los precios de transmisión de datos de larga distancia a menos de lo que cobraban las redes clásicas de AT&T y British Telecom. Se jugaron al furor de Internet, el E-commerce, a mirar películas en la Web, los médicos diagnosticarían por Internet, las empresas harían videoconferencias todo el tiempo. Pero se construyeron demasiadas autopistas digitales, los precios se desplomaron y muchas empresas no llegaron a ganar lo que debían pagar de intereses”17.  

Greespan y Bush inflan la nueva burbuja 

En el año 2001, como dijimos más arriba, los Estados Unidos tuvieron que reconocer “oficialmente” que estaban en recesión. Poco después se iba a descubrir que los números eran peores aún, cuando aparecieron los fraudes de grandes corporaciones que escondían pérdidas, con los casos de Enron y World Com.  

Los ataques a las Torres Gemelas le dieron a Bush la excusa exacta para lanzar una agresivísima política de reactivación económica. Decenas de miles de millones de dólares se lanzaron para “estabilizar los mercados tras los ataques”; la Reserva Federal yanqui, que ya había comenzado a bajar la tasa de interés en los meses previos, lo siguió haciendo en forma cada vez más acelerada hasta llegar a un irrisorio 1%, anual y, por sobre todo, se volcaron millonadas al gasto militar (del superávit fiscal con que terminó la era Clinton se pasó rápidamente a un déficit de más de 400.000 millones de dólares). Fueron cientos de miles de millones de dólares para garantizar la reactivación. Pero toda esa masa de fondos no fue ni a las nuevas inversiones tecnológicas ni a la industria, con excepción del complejo militar o la construcción.  

Se fomentó a niveles astronómicos el crédito para el consumo, fundamentalmente a través de préstamos hipotecarios. Eso generó que los precios de las propiedades en los Estados Unidos subieran hasta valores impresionantes. Se invertía entonces en el “negocio” de la construcción, con rentabilidades absolutamente por fuera de la realidad, garantizadas por esa masa  impresionante de créditos hipotecarios con tasa baja (pero variable). Luego, cuando se terminaron las posibilidades de seguir ampliando el crédito con garantías seguras de repago, se empezaron a otorgar créditos hipotecarios, incluso a aquellos que no tenían ninguna posibilidad de pagar las cuotas (se los llamó las hipotecas “subprime”). Los bancos, a su vez, pedían ellos mismos dinero prestado ofreciendo como garantía esas mismas hipotecas de dudoso cobro. Y colocaban ese dinero en los mercados especulativos del mundo, en fondos donde “mezclaban” esas hipotecas subprime con otros productos financieros más presentables. Luego, con el dinero obtenido se compraban acciones de empresas, o se prestaba a empresas para que compraran otras, dando lugar a una ola de fusiones y adquisiciones. Estas operaciones pronto salieron de los propios Estados Unidos, generando un circuito especulativo que se expandió por Europa y Japón. 

Resulta importante detenerse en estas ingenierías financieras y su significado. El gran desarrollo de la banca de inversión y la llamada “securitización” o titulización que la acompañó hizo que todo crédito se convirtiera en un título negociable, vendible, sujeto a cotización y, por lo tanto, a especulación. Todo esto se desarrolló desplazando al más viejo rol “intermediario”, clásico, de la banca comercial, sometida a los controles de la Reserva Federal, con límites de endeudamiento claros. Los bancos de inversión desarrollaron una lógica de funcionamiento de maximización de la rentabilidad de corto plazo, expandiendo sus “productos” sin tener en absoluto en cuenta su exposición al riesgo. A ello se le sumaron los Hedge Funds (fondos de riesgo). Los “viejos consejos” de los libros de texto sobre diversificación de carteras y riesgos fueron abandonados en su totalidad. Esto aumentó la presión incluso sobre empresas del área productiva, obligadas a “mostrar” ganancias de corto plazo, y siempre en riesgo de ser compradas “agresivamente” 18 por fondos especulativos.   

La “securitización” consistía técnica en distribuir el riesgo de cada crédito considerado probabilísticamente como incobrable entre muchos otros supuestamente seguros. Este paquete “colectivo” de créditos era el “activo” que se negociaba en los mercados mundiales. Esta técnica se aplicaba a cualquier tipo de crédito, no importando que fueran deudas privadas (como las famosas hipotecas)  o públicos (bonos emitidos por el sector público de diversos países, con distinta calificación de riesgo), obligaciones negociables, movimientos a futuro de de mercados de valores o precios de materias primas, etc. Así nacieron los diversos instrumentos llamados CDS (credit default swaps, que aseguraban contra créditos incobrables), ABS (asset–backed securities, que aseguraban valor de cotización de acciones), CDOs (collateralized debt obligations, que aseguraban crédito sobre crédito) y  las MBS (mortgage backed securities, que aseguraban créditos hipotecarios). La operatoria en todos los casos era la misma: sobre ese colectivo de créditos se emitían títulos (llamados ABS o MBS si se trataba de hipotecas). Luego esos títulos se mezclaban con otros, creando un nuevo “colectivo” –ahora de títulos, y ahí se tenía un CDO. O, si lo que se quería era comprar un “seguro” de cobrar, se compraba un CDS, que supuestamente protegía al comprador de ese título contra cualquier riesgo de incobrabilidad. Así se creó una montaña de papeles, que se “valorizó” hasta el sideral monto de 63 billones de dólares –para comparar, el PBI de Estados Unidos es de 13 billones y el stock de capital puede alcanzar, según Robert Solow19,unos 40 billones, por lo que los CDS tienen un valor 50% superior al total de capital físico estadounidense. Finalmente se hundiría todo, los asegurados y los aseguradores.

Para hacer esto más especulativo y ficticio aún tenemos que agregar el otro elemento que nos falta: el llamado “leverage” –apalancamiento- que consiste en realizar todas estas operaciones con dinero prestado, no propio. Así, las instituciones que llevaban adelante este proceso llegaron a estar “apalancadas” en más de 30 veces su propio capital. Para comparar, un banco comercial, con las actuales regulaciones norteamericanas, tiene un endeudamiento de 12 veces su capital; mientras que un banco de inversión, está apalancado en promedio en 32 veces (se denunciaron casos donde el apalancamiento llega a 50 veces).

Lo increíble es que todas estas operaciones eran perfectamente “legales”. A esto se refieren algunos economistas que hoy descubren el “exceso de desregulación” que habría acompañado este crecimiento del capital financiero. Es evidente que el origen legal de la posibilidad de crecimiento de esta burbuja especulativa se encuentra en 1999 (todavía durante el gobierno de Clinton), cuando se aprobó la ley Gramm–Leach–Billey (1999) que levantó las barreras para la consolidación de bancos, aseguradoras y corredores de acciones, liquidando un conjunto de regulaciones que venían desde la época de la Gran Depresión de 1929.

Como lúcidamente dice Michael Hudson: “Un fondo hedge, o fondo de cobertura o de inversión libre, no gana dinero produciendo bienes y servicios. No avanza fondos para comprar activos reales, ni siquiera presta dinero. Lo que hace es tomar prestadas enormes sumas para apalancar sus apuestas con crédito prácticamente ilimitado. Sus ejecutivos no son ingenieros industriales, sino matemáticos que programan computadoras para hacer apuestas cruzadas o straddles sobre cómo se comportarán las tasas de interés, las tasas de cambio de divisas o los precios de las acciones y las obligaciones… o los precios de las hipotecas empaquetadas por los bancos. Los préstamos empaquetados pueden tener contenido o ser basura. No importa. Lo único que importa es ganar dinero en un mercado en el que el grueso de las operaciones comerciales dura apenas unos segundos. Lo que genera ganancias es la fibrilación de los precios, la volatilidad… Buena parte de las culpas deberían cargarse sobre la Administración Clinton, responsable directa en 1999 de la abrogación de la Ley Glass-Steagal, que permitió a los bancos fusionarse con casinos. O mejor dicho: a los casinos, absorber bancos. Eso es lo que puso en riesgo los ahorros de los norteamericanos.” 20

Mientras crecía y se ampliaba esta burbuja, los números de la macroeconomía norteamericana ya mostraban que su situación era insostenible. Los Estados Unidos tienen un déficit fiscal impresionante- (los últimos números presentados para el ejercicio fiscal finalizado el 30 de setiembre del 2008, reconocen 438.000 millones de dólares, superando al récord anterior de 413.000 millones de 2004), y un déficit comercial de más de 800.000 millones de dólares. Y además un impresionante “déficit privado”: tanto las empresas como las familias yanquis están fuertemente endeudadas y gastando más de que ahorran.  

Como dijimos más arriba, este sobredimensionamiento del consumo yanqui se financiaba con el resto del mundo, donde miles de millones de dólares volvían a los Estados Unidos gracias a que los demás países, y en particular Asia –y especialmente China- acrecientan sus reservas en dólares o bonos del Tesoro yanqui.   

El desarrollo de la crisis del 2007 

Estos desequilibrios eran conocidos por todos los operadores económicos. Ya había habido dos “avisos” con caídas fuertes de la Bolsa de Wall Street en  mayo-junio del 2006 y febrero del 2007. Con los valores de las propiedades por las nubes, a los agentes inmobiliarios les empezó a resultar cada vez más difícil encontrar nuevos compradores. Los precios de las propiedades empezaron a bajar y a acumularse viviendas invendibles. A ello se le sumó que la tasa de interés empezó a subir21 y muchos se encontraron con que no podían pagar las cuotas de sus hipotecas, con lo que cada vez más créditos pasaron a la categoría de incobrables.  

Muchos deudores descubrieron que, entre la suba de la tasa de interés y la baja del valor de los inmuebles, tenían una deuda por el doble del valor de su casa. Y ahí fue cuando se empezaron a acumular los créditos incobrables y se produjo la reacción en cadena. Como pedagógicamente lo explicó Paul Krugman en ese momento: “la entidad financiera A no puede vender sus títulos con respaldo hipotecario, con lo cual no puede reunir el dinero suficiente para pagarle lo que le debe a la B, la que no tendrá dinero para pagarle a la C. Y los que tienen dinero se sientan arriba, porque no confían en que alguien devuelva los préstamos, con lo que empeoran todavía más el panorama”22. 

La crisis estalló en julio del 2007, cuando quebraron dos fondos de riesgo de la banca de inversiones yanqui Bear Stearns. Eso generó una brusca caída en  la Bolsa de Wall Street. Luego quebró el American Home Mortgage Investment, uno de los principales bancos hipotecarios yanqui. Y después se extendió a otras instituciones que no tenían nada que ver con del negocio inmobiliario, pero que estaban relacionadas con los negocios especulativos que relatamos más arriba. A principios de agosto la crisis llegó a Europa, cuando tanto el banco alemán IKW como el francés BNP-Paribas (primer banco de Francia), anunciaron dificultades debido a que tenían fondos de crédito invertidos en hipotecas “subprime”. En Estados Unidos la situación se agravó cuando se conoció que tres grandes bancos habían tenido que recurrir a la Reserva Federal porque se encontraban en dificultades. También aparecieron las primeras señales de “desconfianza” entre las propias entidades, cuando trascendió que el banco británico Barclays había sufrido un rechazo de crédito interbancario “overnight”23 por parte del HSBC.

La situación comenzó a expandirse peligrosamente. Ahí comenzó el “salvataje”. Los bancos centrales de todos los países desarrollados salieron a inundar de divisas el mundo para evitar una quiebra en masa. Tras varias “intervenciones”, que se calcula que tiraron al mercado mundial casi 500.000 millones de dólares en esos primeros meses (agosto-setiembre 2007), muchos creyeron que habían logrado parar la bola de nieve que llevaba a un crack de las finanzas mundiales. A esto se le sumó la Reserva Federal yanqui, que empezó a reducir la tasa de interés de referencia (que cuando comenzó la crisis estaba en un 5,25%).  

Después de todas estas intervenciones hubo un momento en que parecía que semejante lanzamiento de dinero había logrado parar la crisis (de hecho las bolsas recuperaron los valores pre-crisis hacia octubre 2007). Pero inmediatamente empezaron a aparecer los reportes de las pérdidas que habían sufrido las principales entidades financieras del mundo, y todo volvió a caer: las bolsas, el dólar y la disponibilidad de crédito.  La realidad es que a diciembre del 2007, la Reserva Federal yanqui y el Banco Central Europeo llevaban “tirado” al sistema más de un billón de dólares. Al mismo tiempo el gobierno de Bush había anunciado un primer plan de rescate de los deudores hipotecarios.

Pero esto no detenía la crisis, que en enero volvió con todo, cuando los principales bancos del mundo debieron admitir pérdidas millonarias: Merril Lynch reconoció 24.500 millones de dólares, el Citigroup 22.100.000, UBS 14.400.000, HSBC 10.700.000, Morgan Stanley 9.400.000, el Bank of America 7.900.000, Washington Mutual 6.500.000, Credit Agricole 4.900.000, Wachovia 4.700.000 y JP Morgan 3.200.000 (pronto estos números de quebrantos parecerían monedas frente a lo que se vendría). La aparición de esos valores fue lo que provocó que el 21 de enero de 2008, a pesar de ser feriado en los Estados Unidos –y que por lo tanto Wall Street estaba cerrada-, se derrumbaran todas las otras bolsas del mundo, sufriendo el cimbronazo más grande desde el día de la caída de las Torres Gemelas en 2001. La respuesta de la Reserva Federal fue desesperada: Ben Bernanke, su presidente, redujo la tasa de interés de referencia en 0,75%. Para tener una idea: en agosto de 2007 se había resistido durante semanas en bajarla apenas 0,25%. Luego, lo hizo tres veces antes de fin de año. Y en ese momento de enero, sin siquiera esperar la reunión formal respectiva, la redujo en tres cuartos (esta reducción continuaría hasta Abril, hasta llevar la tasa al 2%). 

Al mismo tiempo empezaron a aparecer los datos de la economía “real” yanqui. Las estadísticas reportaban fuertes señales de que se iba a una recesión: despidos en la construcción y el sector financiero, Wall Mart mostrando que sus ventas de fin de año habían sido las menores en años, la tasa de desempleo llegando al 5%, y mezclado con ello, para hacerlo más complejo, la inflación más alta de los últimos 26 años: 4,1%. Ya se calculaba que entre 500.000 y 2 millones las personas estaban perdiendo sus viviendas  como consecuencia de la crisis de las hipotecas. El PBI yanqui en el cuarto trimestre del 2007 registró una suba de sólo el 0,6%, dando para todo el año un ascenso de apenas el 2,2%, el peor número desde el 2002. Ya nadie discutía en Estados Unidos que había una baja fuerte del nivel de actividad, y cada vez más se hablaba más fuertemente de “recesión”.  

Ni un paquete de medidas de Bush anunciando reducciones impositivas por 145.000 millones de dólares, ni nuevas bajas de la tasa de interés de la Reserva Federal lograron evitar que todo siguiera para abajo: las bolsas siguieron en una tendencia descendente (cada semana se acumulaban los “días negros”), se achicó aceleradamente el crédito y prácticamente todos las días se conocían nuevos datos que reafirmaban que la economía yanqui entraba aceleradamente en recesión.

Mientras tanto, seguían apareciendo ramificaciones especulativas de la crisis en Europa y el Japón. La realidad es que se desconocía hasta dónde llegaba la magnitud de las pérdidas, ya que los bancos “escondían” sus quebrantos (empezó a aparecer la expresión de activos “tóxicos”, para referirse a créditos incobrables “escondidos” en los balances) hasta que no podían sostenerlos más, y entonces los anuncios eran “pérdidas espectaculares”, generando grandes temblores por todos lados. De hecho ese “pico de crisis” de comienzos de año terminó generando la caída y nacionalización del banco británico Northern Rock. 

En marzo, el detonante fue la casi quiebra de Bear Stearns (uno de los cinco bancos de inversión de Estados Unidos). El viernes 14 a la tarde, los directivos de la firma de Wall Street informaron a la Reserva Federal que, si no los salvaban, el lunes siguiente anunciaban la quiebra. La Reserva Federal rápidamente convenció a uno de los principales bancos comerciales, el JP Morgan, que comprara el banco en quiebra. Claro que lo logró después de que la propia Reserva Federal aportara 30.000 millones de dólares para la operación. Igualmente, no pudieron evitar que la “compra” se hiciera por la irrisoria suma de 236 millones de dólares. Para ilustrar: hace un año, la acción de Bear Stearns cotizaba a 172 dólares, luego cayó, y el viernes de la crisis estaba a 30 dólares, pero con los números de la venta terminó a 2 dólares por acción. 

El “setiembre negro del 2008” 

Todos estos antecedentes habían ya generado sus consecuencias sobre la economía real. El desempleo del primer semestre del año acumulaba 600.000 personas, más de un millón de personas ya habían perdido sus viviendas y todos los indicadores económicos coincidían que la economía yanqui estaba en recesión. Situación similar se vivía en Europa y Japón. 

Pero lo peor todavía no había llegado. Lehman Brothers, otro de los cinco grandes bancos de inversión, no recibió “ayuda” de la Reserva Federal y se hundió. Quizás las autoridades yanquis se jugaron a “dejar caer un grande” para que se estabilizara todo después. Si esa fue su apuesta, su error fue grande. Ahí comenzó la caída en picada. Muchos señalan ese hecho como el verdadero punto de partida de la aceleración de la crisis.

A partir de ese momento los sucesos tomaron velocidad diaria. Merril Lynch, otro de los bancos de inversión, fue adquirido a precio de remate. Y los dos que quedaban, Goldman Sachs y Morgan Stanley se apresuraron a cambiar de status y pasar a ser simples bancos comerciales, porque corrían serios riesgos de caer. Mientras tanto, AIG, la mayor aseguradora del mundo, tuvo que ser salvada por 85.000 millones de dólares, y lo mismo ocurrió con Fannie Mae y Freddie Mac, virtualmente rescatadas por el estado al costo de 100.000 millones de dólares cada una. La Asociación Federal de Hipotecas Nacionales (o Fanny Mae) y la Corporación Federal de Préstamos Hipotecarios para la Vivienda (Freddy Mac) poseen o garantizan, entre ambas la mitad del mercado norteamericano para la compra de vivienda y el 75% de las hipotecas sobre las casas unifamiliares. Prácticamente todas las empresas inmobiliarias están relacionadas con estas dos compañías en algún sentido, casi todo Wall Street tiene activos relacionados y existen 5,2 billones de dólares “respaldados” por Fanny y Freddy, como se las conoce. De ahí la importancia de su debacle y rescate. 

La carrera hacia abajo siguió, a la velocidad del sonido, donde a las caídas y los salvatajes por parte del estado, se le suma un fenomenal proceso de concentración: el Citigroup, el Bank of America y el JP Morgan pelean hasta hoy cabeza a cabeza el puesto de número uno de los bancos yanquis, adquiriendo por monedas y con ayuda del estado norteamericano a los otros que van cayendo, como ya pasó con el Washington Mutual y el City intentó hacer con el Wachovia (aunque finalmente perdió la pelea con el “cuarto” banco, el Wells Fargo).

Finalmente, en medio de lo que parece ser un espiral infernal que marcha a velocidad supersónica hacia abajo, llegó la apuesta más fuerte de Bush: un salvataje de 700.000 millones de dólares, donde el estado yanqui se haría cargo de todos los créditos incobrables (o activos “tóxicos”) que contaminan los balances de las empresas. Tras un inédito traspié en la Cámara de Representantes  (donde fue votado en contra mayoritariamente por los propios republicanos), sólo la intervención personal de los dos candidatos presidenciales (y una nueva debacle de las bolsas en el medio) logró que el proyecto fuera aprobado, aunque con una serie de modificaciones (de hecho el gobierno  dispondrá directamente de “sólo” 350.000 millones de dólares; para la otra mitad deberá pedir autorización al Congreso).  

Pero ni eso detuvo la escalada de la crisis: esa misma semana tuvieron que ser “rescatados” el banco alemán Hypo Real Estate, el belga-holandés Fortis, el franco-belga Dexia, el británico Bradford & Bingley y el islandés Glitnir, mientras había serios rumores sobre el estado del Commerzbank alemán y el italiano Unicredit. De hecho, la votación del megarrescate fue recibida por las bolsas del mundo con otro derrumbe sin precedentes.  

Las intervenciones desesperadas 

Con posterioridad a la aprobación de los 700.000 millones, la crisis, en vez de amainar, arreció. Al citado tembladeral de bancos europeos, le siguió una seguidilla de caída de cotizaciones de todas las bolsas del mundo que, al momento de escritura de este artículo, ya acumula siete jornadas de baja consecutiva, en algunos casos, como Rusia o Brasil, con derrumbes que obligaron incluso al cierre provisorio de sus bolsas. El sistema bancario europeo se encuentra en medio de un verdadero tembladeral. Los bancos centrales europeos respondieron primero aumentando las garantías de los depósitos (algo que también había hecho los Estados Unidos al votar el megarrescate, subiéndola de 100.000 a 250.000 dólares), y se dieron incluso varias “nacionalizaciones” de bancos en crisis, como en Islandia. De hecho, hubo varios días que no “funcionó” ninguna coordinación entre los estados europeos, que virtualmente se “robaban” los clientes de los bancos ofreciendo mayores garantías de depósitos. Y el pico de la conflictividad se alcanzó cuando Islandia estableció de hecho un “corralito” al nacionalizar su sistema bancario, pero dejando sin poder retirar sus depósitos a los extranjeros, lo que ocasionó un severo incidente con Gran Bretaña.  

La Reserva Federal, por su parte, siguió tirando medidas desesperadas, cada una más heterodoxa: decidió pagar intereses por las reservas inmovilizadas de los bancos, luego anunció que saldrá a prestar directamente a empresas comprando papeles comerciales (algo inédito en un Banco Central, que se supone que sólo interactúa con bancos, y no directamente con individuos). Y, hacia el final de la semana, aceptó que con los fondos votados del rescate no sólo adquiría los activos “tóxicos”, sino que también podría comprar paquetes accionarios, dando la señal hacia una posible, e inédita, nacionalización parcial de la banca norteamericana. Claro que  todas estas intervenciones no son gratuitas. Tanto el déficit fiscal, como la deuda pública norteamericana siguen creciendo. Según un estudio del Morgan Stanley, el déficit fiscal puede llegar a 2 billones de dólares en el 2009 (12,5% del PBI) y la deuda a 10 billones (70% del PBI). 

Finalmente, se produjo la baja coordinada de tasas llevada adelante por 6 bancos centrales (entre ellos la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, pero con el aditamento de que por primera vez participó la China) de 0,50%. Así la tasa de referencia de la Reserva Federal queda en 1,50%. En el caso del Banco Central Europeo, el descenso va de 4,25% a 3,75%, tratándose de la primera baja desde junio de 2003.  

Una de las “formas” que asumió la crisis en los primeros días de octubre de 2008 es la de una brutal caída de las bolsas. Estas se desbarrancaron en todo el mundo, acumulando retrocesos anuales de entre un 30% y un 40%. Las 20 mayores empresas del mundo ya perdieron en valor de cotización un monto equivalente a la economía de Brasil (1,1 billones de dólares). Muchos analistas bursátiles dicen que aún no se llegó al pozo, hablándose, en el caso yanqui, de que todavía pueden caer hasta los 7.500 puntos del Dow Jones (hoy está a 9.200, lejos de los 14.000 de hace un año). Se hace este cálculo pensando en un descenso similar al de 1973-74, o 2000-2002, aunque todavía incomparable con el 83% de 1929-30. 

El rescate más profundo fue el de Gran Bretaña, que nacionalizó parcialmente 8 bancos, y habla de un plan de rescate financiero que, en varias etapas, alcanzará 692.000 millones de dólares. La diferencia con el plan norteamericano, es que los fondos no se destinarán a comprar activos tóxicos, sino acciones. De hecho muchos analistas, como Paul Krugman, dicen que este es el “modelo a seguir” para aminorar la crisis. 

Y hacia el fin de la semana (viernes 10 de octubre) se produjo la primera caída japonesa en la crisis: se trata de la aseguradora Yamato Life. Todo esto mientras el yen es la “gran moneda que se valoriza”, llegando a 98 yenes por dólar, a diferencia del euro, que cae contra el dólar. 

Uno de los instrumentos más utilizados por la Reserva Federal está llegando a su límite. Su tasa de interés está en un 1,5%. Si embargo, se amplia la diferencia con la tasa en que se prestan los bancos norteamericanos entre sí, que oscila alrededor del 6%. Se estaría cerca de lo que Keynes llamaría “la trampa de la liquidez”, donde no habría descenso posible de la tasa que reactive nada. Es que, como cada vez hay más consenso, no se trata de una crisis por falta de liquidez, sino de lo que se denomina un “credit crunch”: nadie presta, porque nadie tiene confianza en nadie. Los bancos reciben los fondos de las instituciones centrales y los incorporan a sus activos, para “mejorarlos”, pero no los utilizan para prestar. De hecho, ya se está a punto de romper la cadena de pagos comercial en los Estados Unidos por falta de los elementos de préstamos más elementales.  

Se podría argumentar que, de hecho, el paquete de los 700.000 todavía no entró en acción, y es demasiado pronto para evaluarlo como fracasado. Este es el argumento central de Bush en sus cada vez más frecuentes intervenciones televisivas. Pero la realidad es que los cálculos más conservadores ya hablan de que los quebrantos están en el doble (más de 1,4 billones de dólares, aunque hay algunos que insisten en que está por encima de los 2 billones). 

Mientras tanto, después de haber aspirado estos centenares de miles de millones de dólares de rescate, los grandes pulpos de las finanzas mundiales exigen mayor intervención, rescate y coordinación, en un programa que podría sintetizarse en los siguientes puntos:

  1. Medidas coordinadas mundiales entre Estados Unidos, Asia (incluyendo a China) y Europa.
  2. Medidas de salvataje coordinado al interior de Europa.24
  3. Mayor garantía estatal para los depósitos, al fin de evitar corridas.
  4. Recapitalizaciones, siguiendo el modelo de salvataje británico.
 

Lo paradójico es que este programa es el de mayor intervención posible de los que está en discusión. Parecería que las grandes estrellas de las finanzas mundiales abandonan precipitadamente todo su recetario liberal, para correr a pedir el salvataje de su estado, como veremos más abajo. 

Capítulo 3 

Las consecuencias globales: ¿Recesión o nueva “Gran Depresión? 

Hace apenas unos meses, la mayoría de los economistas se resistían incluso a utilizar la palabra “recesión” para describir la situación norteamericana. Hoy ya no sólo es de uso corriente, sino que se discute si no nos encontramos frente a una “depresión” similar a la de la década del ´30. Para precisar los términos: mientras los más optimistas del establishment ya se resignan a la existencia de una recesión, que, sostienen, empezaría a resolverse a fines del 2009, la magnitud de la crisis ya lleva a muchos a utilizar el término “depresión”, reservado para crisis que duran mucho tiempo. Tal el caso de la que sucedió a escala mundial en 1930, o la que vivió el Japón desde 1989 (justamente cuando estalló su burbuja inmobiliaria) y que le duró toda la década del ´90. 

Si bien la tendencia, si sigue a este ritmo, puede llevar a la economía yanqui en primer término, y no hay que descartar que también al resto del mundo, a una depresión, todavía no estamos en ese punto. Debemos reconocer que los efectos sobre la economía real yanqui no han llegado a lo que provocaron en otras crisis. Midiendo el desempleo, por ejemplo, los números actuales (del 6,1%) están todavía lejos al 25% al que llegó en la Gran Depresión del ´30. E incluso están por debajo del pico de desempleo de estos últimos 40 años, que fue del10,8% en noviembre de 1982. 

Los números de la crisis en los Estados Unidos 

Las tendencias son fuertemente a la baja, en Estados Unidos y a nivel global. El FMI redujo las proyecciones de crecimiento mundial para 2009 de 3,9% a 3%. Los economistas del UBS son más pesimistas aún: hablan de un crecimiento global de sólo el 2,2%. Refiriéndose solamente a las economías de los países desarrollados, para el Fondo estas crecerán sólo un 0,5% en el 2009. Y los países en desarrollo de conjunta lo harán un 6,1%, contra el 8% promedio de los últimos años. 

La proyección de crecimiento de los Estados Unidos será para el FMI del 0,8%, y apenas del 0,1% en el 2009, por debajo del último informe de la OCDE - Organización de Cooperación y Desarrollo Económico-, de junio pasado, que, sosteniendo que la economía yanqui quedaría prácticamente “paralizada” hacia finales de año, le medía todavía un crecimiento para todo el 2008 de un 1,2%.  

Los datos de desempleo yanqui siguen empeorando: el último número da 6,1%, la desocupación más alta en 22 años. Son 300.000 los puestos de trabajo ya perdidos hasta desde enero a agosto –y se calculan en 159.000 más que se han producido en el pico de la crisis de setiembre.  

La actividad se reduce aceleradamente. Las ventas de autos, emblemáticas en los Estados Unidos, cayeron a su nivel más bajo en 16 años. Así se confirma la caída de la economía yanqui en recesión. Recordemos que hace apenas un par de meses, cuando aparecieron un par de números aislados “que no daban tan mal”, todos los medios de prensa del mundo ya empezaban a teorizar acerca de que se había acabado la crisis yanqui. Nada más lejos de la realidad. Los números actuales, y el hecho concreto de que los dos candidatos presidenciales se concentren en sus “propuestas económicas para salir de la crisis”, son la demostración más clara de que los Estados Unidos ya están en plena recesión, y, lo que es peor, ni siquiera se ve todavía el fondo del pozo. 

El “credit crunch” está causando un enfriamiento sin precedente en el consumo. Los norteamericanos este año están gastando menos que el año anterior. Esta variación negativa en el consumo, sólo se había dado dos veces desde 1965, en los picos de la depresión de 1973 y 1988 (después del Crack de Wall Street de 1987). Es que el stock acumulado de la deuda yanqui (hogares, estado y empresas), que estaba en el 163% del PBI en 1980, hoy creció al 346% (valores a fines del 2007). En el caso de los hogares, su deuda trepó de un 50% del PBI en 1980 a 100% en el 2007. Dentro de las empresas, el sector financiero tenía una deuda igual al 27% del PBI en 1980 y hoy está en 116%. Por eso el gran problema para la economía real, es que está desapareciendo el crédito. Objetivamente hay una tendencia: la creación de crédito es negativa; el M1 y el M2 se están contrayendo. Hay una virtual liquidación del crédito. Por eso estamos  asistiendo a la situación de que incluso empresas solventes, al encontrarse momentáneamente sin liquidez, pueden ir a la quiebra. El otro gran problema que hay que mensurar al ver el descenso en el consumo, es el “efecto riqueza”: los trabajadores norteamericanos se están volviendo más pobres, ya que ven como se les esfuman los fondos acumulados para su jubilación, colocados por las aseguradoras y los fondos de pensión en instrumentos financieros que se están desvalorizando astronómicamente. 

Los efectos de la crisis en el resto del mundo  

La Cámara de Comercio Británica ha anunciado el 7 de octubre que su economía ya está en recesión. La economía británica no sólo va a la recesión, sin que tendrá la peor performance que cualquier economía grande en el próximo año25. Pero no es sólo Gran Gretaña: de hecho el PBI se redujo también en el segundo trimestre en los tres países grandes de la zona euro: Alemania, Francia e Italia. Según las proyecciones del FMI, la zona euro pasará de un crecimiento del 2,6% en el 2007 a apenas 1% en el 2008 y a un menos 0,2% en el 2009. También el Japón entrará en una virtual recesión: su crecimiento proyectado del 2008 es de apenas 0,7% en 2008 y se calcula 0,5% en 2009. Los efectos de “desaceleración” o “recesión” también se sentirán fuera del mundo desarrollado, como veremos más abajo. 
 

Los mecanismos  de expansión internacional de la crisis 

Analicemos los mecanismos de propagación de la crisis. Acordamos con Francois Chesnais que la bolsa no es el principal mecanismo propagador (sólo tiene influencia real sobre la masa de ciudadanos en los Estados Unidos, y en menor medida en Gran Bretaña). Chesnais señala como efectos más peligrosos el de la ya citada contracción del crédito (credit crunch), el estallido de otras burbujas inmobiliarias (como por ejemplo en España, Irlanda y Australia) y el efecto antagónico de tasa de interés y tipo de cambio (que produciría revaluaciones y devaluaciones procíclicas en los países más importantes). 26 Y, a mediano plazo, Chesnais insiste en los efectos de una recesión en Estados Unidos sobre Asia, donde sostiene que se ha generado una fenomenal sobreacumulación, particularmente en China, Corea y Taiwán, pero de la que no estaría exenta el propio Japón. 

Nosotros, concordando en gran medida con estos planteos de Chesnais, preferimos esquematizar los mecanismos de expansión en tres carriles. El primero ya se está viendo y su potencial explosivo es que no se conoce ni su límite ni su magnitud: ¿hasta qué punto los principales bancos del mundo están involucrados en la caída de las hipotecas, teniendo escondidos en sus activos esos créditos hoy incobrables? Un efecto colateral de esto puede ser el citado estallido de otras “burbujas inmobiliarias”, como las existentes en  España o Irlanda. Los otros dos carriles, cuyos efectos sobre los países semicoloniales serán muy importantes, son el achicamiento del crédito, y la posibilidad de que la recesión yanqui termine afectando al resto del mundo, por la reducción de su rol del “gran comprador del mundo”. Si esto sucede, nos encaminaremos a una recesión global.  

En todos los casos, el hecho irrefutable es que se acabó el período de crecimiento fuerte abierto en el 2003. Sea que la recesión se encapsule en los Estados Unidos, o que sólo se extienda a Europa y Japón, cosas muy difíciles; o, lo que parece más probable, que alcance el carácter de una crisis que afecte al conjunto del planeta, se viene una época de menor crecimiento a escala global.  

China, India, Rusia, Latinoamerica… ¿no afectados? 
 

Así como se trató de ligar las causas del crecimiento mundial a la economía china, sobredimensionándose su papel hasta el extremo de teorizar sobre “una nueva potencia” que rápidamente superaría a los Estados Unidos, también se utilizaron los mismos argumentos para abonar lo que algunos economistas dieron en llamar la “teoría del desacople”. Según ella, la economía china sería tan poderosa, que con su tamaño y su consumo interno podrían sostener la demanda mundial aún cuando se redujeran sustancialmente las compras desde Estados Unidos.  

Es cierto que la China se ha convertido en el ¨”taller del mundo”. Y que para hacer funcionar sus fábricas demanda como nunca algunas materias primas o productos intermedios (petróleo, siderurgia). E incluso podemos aceptar que la migración de millones de chinos a las ciudades industriales implica el aumento de la demanda mundial de algunos alimentos (como la soja). Pero las fábricas chinas producen para un gran consumidor mundial: los Estados Unidos. Más aún, muchas de las firmas chinas no son otra cosa que joint-ventures (asociaciones empresarias) entre las grandes corporaciones norteamericanas y empresarios chinos. 

Dimensionemos los números: el PBI de los Estados Unidos es de 13.195 miles de millones de dólares, casi cinco veces el de China, que alcanza a 2.645 miles de millones de dólares (valores del 2006 del FMI). Ni la China, ni –como se sostiene a veces, la suma de los BRICs (“big recent industrialised countries”, una expresión que agrupa a China, India, Rusia y Brasil) están en condiciones de reemplazar el consumo yanqui.  El PBI sumado de esos cuatro países da 5.572 miles de millones de dólares, apenas poco más del 40% del yanqui. La realidad es que Estados Unidos absorbe el 75% de los excedentes mundiales. El consumo norteamericano representa casi 9 billones de dólares, mientras que el chino sólo un billón y el de la India  600 mil millones. La mitad de las exportaciones chinas tienen como destino Estados Unidos, Europa o Japón. Si bien es cierto que la China tiene un mercado interno “potencial” de 1.300 millones de personas, la realidad es que sólo 120 millones –con un ingreso anual de 30.000 dólares - tienen una capacidad de consumo similar a la clase media de los países desarrollados. 

Ahora bien, ¿qué efectos tendría sobre el resto del mundo una baja en la producción de China, debido a la menor demanda de los países imperialistas? El 60% de los componentes de los productos chinos son importados, por lo que la reducción de su demanda afectaría de hecho a todos los países que exportan esos bienes, sean productos intermedios y materias primas. De hecho, no se podría haber dado que China fuera “el taller del mundo” sin la localización allí (directamente o como joint ventures) de transnacionales americanas y japonesas, sin la tercerización internacional masiva organizada por las grandes distribuidoras de características casi industriales como Wall Mart.27  

En concreto, si bien los efectos de una recesión mundial sobre China seguirán por un tiempo siendo objeto de especulación, lo que sí es un hecho es un comienzo de desaceleración: China anuncia que crecerá un 9% en 2008 y que luego bajará al 7% en 2009. 
 

También Rusia y Brasil vienen sufriendo fuertemente la crisis. La Bolsa de Moscú tuvo que suspender sus operaciones en tres ocasiones en el último mes, ante el derrumbe de las cotizaciones. Acá la preocupación ya presente es el derrumbe del precio del petróleo. Brasil, por su parte, también sufrió el derrumbe del Bovespa (índice de la Bolsa de San Pablo), una fuerte huida de capitales y una devaluación del Real del 30%.  

La tendencia a la afectación de las economías de los Brics fue editorializada de la siguiente forma por el Wall Street Journal: “Las economías de Brasil, Rusia, India y China están perdiendo ímpetu a medida que los consumidores en esos países sienten las penurias que emanan de Occidente. En Rusia, por ejemplo, el crédito que ha impulsado el consumo se está contrayendo. En la India, los trabajos tercerizados de las compañías financieras de Occidente están disminuyendo. Brasil todavía aguanta bien el chaparrón, pero los precios de las materias primas están cayendo. Y en China, el foco de atención mundial en los últimos años, un colapso bursátil y la caída de los precios inmobiliarios están haciendo que los consumidores piensen dos veces antes de hacer compras. El crecimiento de estas economías sigue siendo muy superior al de Estados Unidos o Europa. Estos indicadores, no obstante, sugieren que, por su cuenta, no podrán impedir el bajón de la economía mundial”28.

En lo que respecta a Latinoamérica en particular, tenemos varios canales posibles de transmisión de la crisis. El primero y más directo es hacia aquellos países que dependen mucho de sus propias exportaciones a los Estados Unidos. El más afectado será México, que dirige el 85% de sus exportaciones a los Estados Unidos, siguiéndole el resto de los centroamericanos y Chile, que destina el 30% de sus exportaciones al país del norte. También es importante señalar las consecuencias que una recesión (y el consiguiente aumento del desempleo) tienen con respecto a las remesas de los inmigrantes latinoamericanos que viven en los Estados Unidos y envían a sus familias, de especial importancia en Centroamérica y México. 

El segundo efecto tiene que ver con el endurecimiento de las condiciones para conseguir financiamiento. Recordemos que la mayoría de los países latinoamericanos tienen enormes deudas externas, que han venido refinanciando estos años sin grandes costos internos, en base a la facilidad con que colocaban bonos en los mercados mundiales. Si ahora desaparecen estas fuentes, deberán empezar a hacer uso de sus recursos internos, o volver a recurrir, como en otros tiempos, al FMI. En ambos casos, vuelve a plantearse en el horizonte la necesidad de volver a los tristemente célebres “planes de ajuste”. 

Por último, y sin duda el efecto más grave, se dará si efectivamente se produce una crisis global que genera una recesión a nivel planetaria. En concreto, si se dan bajas significativas de la demanda que lleguen a reducir estructuralmente (y no sólo por factores especulativos) los precios de las materias primas agrícolas y mineras que están en el centro del crecimiento económico de la región. A este tema nos referiremos en el apartado que sigue.  

Las materias primas en la montaña rusa 

Una de las características que ha asumido esta crisis son las impresionantes oscilaciones en las cotizaciones de varias materias primas de las que depende la suerte de muchos países subdesarrollados. Tal es el caso del petróleo, que creció hasta rozar los 150 dólares el barril, con una suba del 130% desde el 2002. El promedio de precios agrícolas, por su parte, se duplicó desde el 2003 hasta junio del 2008. Pero en las llamadas “commodities estratégicas de la alimentación” el crecimiento fue mayor aún. Sólo desde el 2005 hasta junio del 2008, el trigo creció un 162%, el aceite de soja 155%, el maíz 130%, el arroz 122% y el grano de soja 118%. 

La suba de los precios de los alimentos en primer lugar, y del petróleo por su consecuencia en suba de costos, ha generado una fuerte carestía en el costo de vida, aumentos muy fuertes de los índices de pobreza, incluso en Europa y los Estados Unidos, y hasta levantamientos por hambre en varios de los países más pobres del mundo. El propio Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, llegó a sostener que hay 24 países (después la lista se amplió a 33) con serios riesgos de “desestabilización” por levantamientos debido al hambre. Recientemente, la FAO tuvo que llamar a una cumbre en Roma, donde reconoció que los hambrientos en el mundo están creciendo aceleradamente, llegando ya a los 857 millones de personas. 

Esa fue la “primera parte de la montaña rusa”.Pero a partir de julio, y con más fuerza en setiembre, los precios de estos bienes se derrumbaron. El petróleo bajó hasta 77 dólares el barril, y existen proyecciones que señalan que el descenso puede llegar hasta 50 dólares. En el caso de la soja, mientras que el mes de julio su precio llegó a los 600 dólares la tonelada, luego inició una caída acompañando lo más duro del “setiembre negro” hasta alcanzar (al cierre de este artículo) un valor de apenas 334 dólares la tonelada. El mismo recorrido puede encontrarse en el resto de las materias primas que citamos más arriba (sean agrícolas o minerales). Estamos hablando de bajas, que punta a punta ya son del 40%. La única excepción es el oro, que como clásico “refugio de valor” sube su cotización ante cada noticia de caída de bolsas o bancarrota bancaria. 

¿Qué es lo que sucedió? Simplemente que el alza anterior no se debió, como teorizaron algunos, “a la mayor demanda de China e India”, “al agotamiento del petróleo” o “al auge de los biocombustibles”, sino a una espectacular especulación. Se calcula que 300.000 millones de dólares, logrando huir del estallido de la burbuja inmobiliaria se volcaron al llamado “mercado de las commodities”, llevando la cotización de estas materias primas a las nubes. Ahora, con la bancarrota en serie de varias instituciones financieras, los capitales se retiran de estos mercados para salir a cubrir sus pérdidas bancarias, o buscan la “seguridad” de los bonos del Tesoro de los Estados Unidos.

Las conclusiones son clarísimas: en la parte alta de la montaña rusa, la clase trabajadora y los pueblos del mundo sufrían la carestía e incluso el hambre. Ahora, en la parte baja, llega la hora del “ajuste” para economías como Rusia, Brasil, o Venezuela, que habían ganado alguna autonomía basándose en ser productores de algunos de estos bienes. ¿Hasta cuanto llegará esta baja de precios? ¿Seguirá esta tendencia o volverán a subir por algún nuevo factor especulativo? Se trata de una pregunta estratégica, a la que es imposible dar una respuesta categórica. Pero sí se puede afirmar que, si se va a una recesión global, los precios de las materias primas efectivamente se derrumbarán. Se pondrá a la orden del día, también en estos países, la pregunta de quién pagará la crisis. 

Algunos economistas insisten en que Latinoamérica se encuentra en mejores condiciones para afrontar la crisis que otras regiones del mundo. Tal es, por ejemplo, la opinión de Eric Maskin, premio Nobel de Economía 2007, que señala que, debido al relativo aislamiento de muchas de sus economías desde el 2003, a sus fuertes superávits comerciales y fiscales y a altas reservas, pueden sobrevivir mejor al tembladeral.  

Es un hecho que, en lo inmediato, desde el punto de vista financiero, los países que han sufrido corridas de capitales (el famoso “fly to quality” del capital extranjero a los bonos del Tesoro de los Estados Unidos), eran justamente los más vinculados al sistema financiero mundial. Tal el caso en Latinoamérica de Brasil en primer término y Chile en segundo. Pero el razonamiento de Maskin sólo se sostendría si nos enfrentáramos a una crisis exclusivamente bursátil y financiera, de liquidez. Creemos haber expuesto más arriba que nos encontramos a las puertas de una severa recesión en la economía real. Difícilmente algún país pueda desacoplarse. Por poner un único ejemplo: Venezuela necesita un petróleo a 95 dólares para estabilizar su presupuesto. Por debajo de ese valor tiene necesidad de recurrir a un ajuste fiscal. 

De hecho, las proyecciones del FMI para Latinoamérica marcan la misma tendencia que con el resto del mundo: una fuerte desaceleración, con una caída del crecimiento desde el 5,2% de 2007, a un 4,2% en 2008 y apenas 2,8% en 2009. Para los países en particular los números son similares: Argentina descenderá del 8,7% en 2007, a 6,5% en 2008 y 3,6% en 2009; Brasil de 5,4% en 2007, a 5,2% en 2008 y 3,5% en 2009; Uruguay de 7,4% en 2007, a 6,5% en 2008 y 5,5% en 2009; Chile de 5,1% en 2007, a 4,5% en 2008 y 3,8% en 2009;  Colombia de 7,7% en 2007, 4% en 2008 y 3,5% en 2009; México de 3,2% en 2007 a 1,6% en 2008 y 0,6% en 2009; y Venezuela de 8,4% en 2007 a 5,0% en 2008 y 2,5% en 2009. Pero lo más grave es que el propio FMI reconoce la volatilidad de estos pronósticos, que podrían empeorar sustantivamente si la crisis se agiganta. 

Capítulo 4 

Conclusiones provisorias 

La crisis mundial arrasa con empleos, salarios y viviendas

No es la primera vez que la economía mundial entra en una crisis de esta magnitud. Algo similar ocurrió en 1929, cuando millones perdieron sus empleos y ahorros. Los titulares de todos los diarios del mundo dan cuenta de la caída de las bolsas y los bancos. Pero también explican cómo eso repercute en puestos de trabajo: 600.000 personas perdieron su empleo en los Estados Unidos desde principios de año –y ya se habla de otros 200.000 desempleados como consecuencia de las bancarrotas de estas últimas dos semanas-, los salarios caen y la gente pierde sus casas por no pagar las cuotas. En Europa se acabó el “boom” inmobiliario y los miles de inmigrantes que trabajaban en la construcción quedaron en la calle. También se discute como repercute esta crisis sobre “los países pobres”. Casi como un detalle, se especula cuántos cientos de millones de nuevos pobres habrá, o a cuánto ascenderá la ya horripilante cifra de 850 millones de hambrientos del planeta.

Como siempre, empiezan las explicaciones de “porqué pasa todo esto”. George Soros, uno de los mayores especuladores de las finanzas mundiales, pontifica: “la culpa de la actual crisis la tiene el fundamentalismo de mercado, que no es otra cosa que el laissez-faire (dejar hacer) del siglo XXI; las finanzas se han vuelto tan irracionales que habrá que ponerlas nuevamente bajo control; el monetarismo es una doctrina errónea”29. Por su parte, John Auter, editor de inversiones del Financial Times, opina: “el sistema de regulación que ha supervisado la globalización de las finanzas en los últimos diez años ha fracasado, más allá de toda duda”30. Joseph Stiglitz, ayer vicepresidente del Banco Mundial, hoy devenido en “progresista”, también aporta lo suyo: “hemos visto que no se puede dejar a los bancos de inversión regularse a sí mismos. No se puede dejar a la Reserva Federal, que está estrechamente aliada a los banqueros, a cargo de toda la regulación del sistema financiero. Se suponía que la Reserva retiraba el ponche cuando la fiesta se volvía escandalosa, pero en su lugar echó más alcohol ” 31.

Para la mayoría de los “expertos”, esta crisis es “excepcional”, surgió por “falta de regulaciones” y se arregla con “una mayor intervención del estado sobre el sistema financiero”. Algunos banqueros, dicen, habrían aprovechado las políticas del capitalismo “salvaje”, sin límites, e hicieron fortunas desmedidas con operaciones riesgosas que no controló nadie.

Es evidente que todo esto existió, pero es una explicación cuanto menos incompleta. Se trata de un funcionamiento que está el corazón de la propia lógica de las economías de mercado: una gran timba, con miles de millones de dólares buscando su mayor ganancia, con las ruletas rusas de las bolsas, con especulaciones, -hoy sobre el petróleo, la soja o el dólar, antes sobre el oro y, si queremos hacer historia económica, en el siglo XVII con tulipanes-. Siempre que los especuladores pierden, salen a buscar el auxilio de “su” estado para que los rescate, argumentando que corre riesgo “la estabilidad del sistema”. Los platos rotos terminan pagándolos los pueblos, con desempleo masivo, impuestazos, cuando no directamente guerras por el reparto del mundo.

¿Estatización? ¿A quién se quiere salvar?

Estamos asistiendo a un rescate bancario gigantesco. Muchos señalaron irónicamente que los Estados Unidos, el país “ejemplo de capitalismo y libre empresa”, está produciendo las mayores estatizaciones del mundo. Incluso algunos se preguntan si no habría que cambiar el nombre de los Estados Unidos a “Estados Unidos Socialistas de América”. Pero, en realidad, lo que ocurre es exactamente lo opuesto: se trata de una “socialización de las pérdidas” para limpiar a los bancos y permitirles que sigan operando normalmente con sus ganancias. El “plan” consiste en salvar a los bancos, las aseguradoras y otros agentes de las finanzas mundiales que quedaron entrampados en esta bicicleta, a costa de los trabajadores norteamericanos –que pagarán más impuestos- y de los pueblos del mundo, sobre los que se tratará de descargar la crisis con más pagos de deuda y saqueo de sus recursos. El rescate es tan “pro-capitalista” que no se contempla en absoluto ninguna salida para los millones de trabajadores que están perdiendo sus casas por no poder afrontar la cuota.

El lunes 29 de setiembre, todos los operadores de Bolsa del mundo se paralizaron y miraron a las pantallas que mostraban los resultados de la votación en la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Increíblemente, el proyecto enviado por el Presidente Bush había sido rechazado. Y, lo que es peor, con una mayoría de votos en contra de su propio partido.  

132 diputados republicanos votaron en contra de los 700.000 millones de dólares del rescate a los bancos. Lo hicieron desde una defensa ultracerrada de la “no intervención del estado en los mercados”. Del otro lado, una mayoría de los diputados demócratas (141 -aunque hubo también 90 que votaron en contra-), más apenas 66 republicanos que logró alinear Bush, defendieron la “intervención del estado”.  

Ahí empezó el “pase de facturas”. Se acusó a los que votaron en contra de haber impedido una intervención y regulación de los mercados que “hubiera permitido estabilizar la situación”. Los “mercados” (léase todos los movimientos especulativos que ponen en funcionamiento Wall Street) respondieron provocando la baja más grande en volumen en la historia bursátil moderna. Los políticos norteamericanos “tomaron nota”. Por eso, pese a que el rescate tiene, según todas las encuestas, un abrumador repudio entre los ciudadanos estadounidenses, un par de días después se lo aprobó parcialmente en el Senado, con algunos “retoques” para hacerlo más presentable.  

Pero la realidad es que este plan no significa en absoluto ninguna salida para los deudores hipotecarios que están perdiendo sus casas, ni para los trabajadores que están siendo despedidos. Salva las ganancias de los bancos, socializa las pérdidas, es decir, le carga al estado el costo de los quebrantos.  

Y si lo analizamos desde la lógica estrictamente capitalista, quedan serias dudas que este salvataje (más todos los otros planes que se están lanzando casi diariamente) sean capaces de resolver el eje del problema: la fenomenal masa de capital especulativo que “sobra” en el sistema. Para ello sería necesaria una desvalorización coordinada, en masa, cosa imposible de realizar en una economía de mercado. Por eso lo más probable es que, en el caso de estos billones de dólares lanzados hacia los bancos llegaran a estabilizar parcialmente la bancarrota, sólo lo hagan generando el surgimiento de alguna nueva “burbuja especulativa”, que no tardará en estallar de acá a algunos pocos años. 

¿Qué tipo de intervención se necesita?  

El capitalismo liberal fue el responsable de que se amasaran fortunas en miles de instrumentos especulativos en las últimas décadas. No fue por “falta de regulación”. Desde mediados de la década del ´80 se viene creando una “regulación a medida” –bajo el nombre de la “desregulación”- que favorece a los bancos de inversión, a los fondos buitres, y a cuanto especulador poderoso ande dando vueltas por el planeta. Ahora, ante el estropicio y el crac, aparece toda la corriente de los “reguladores”, los que exigen “más intervención del estado”. La pregunta es: ¿intervención para qué?, ¿hecha por quién? 

La experiencia de los “intervencionistas” en el último año es clarísima. Un billón de dólares, mucho más que toda la ayuda mundial al desarrollo, infinitamente más que todos los fondos de los organismos que tratan de paliar el hambre extremo, colocados para salvar a los multimillonarios y sus maniobras. Mientras tanto, salvajemente, se deja en la calle a los deudores hipotecarios y se hacen recortes de puestos de trabajo. Se les corta el crédito a los trabajadores norteamericanos y europeos, se les exige pagos en efectivo o se los ejecuta. Y, por supuesto, para ellos no hay “rescate ninguno”. Y, en lo que toca a nuestros países, se sigue reclamando el pago de las deudas externas, mientras se continúan con el saqueo de nuestros recursos naturales, sea petróleo, gas y minerales. 

¿Puede asumir “la intervención del estado” otras forma, más favorables a los trabajadores y pueblos del mundo? Muy difícilmente esto suceda mientras los que nos gobiernen sean los propios multimillonarios y sus agentes, como el propio Secretario del Tesoro norteamericano, Henry Paulson, que era, antes de asumir su cargo, el máximo directivo de Goldman Sachs, uno de los bancos “insignia” de Wall Street.  

                                                            13/12/2008 

Bibliografía: 

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Shaikh, Anwar, Valor, acumulación y crisis, Ediciones R y R, Buenos Aires, 2006. 
 

Para el seguimiento periodístico de la crisis, se consultaron las ediciones entre el 1º de julio de 2007 hasta el 10 de octubre de 2008 de los siguientes periódicos y páginas web:

Ambito Financiero, El Cronista, La Nación, Clarín, Página 12, Wall Street Journal, Financial Times, New York Times, The Economist, Bloomberg, US Bureau of Statistics, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización de Cooperación y Desarrollo Económico.

Profesor de Economía e investigador (UBA y UNICEN)

Miembro del EDI (Economistas de Izquierda) 



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