Emmanuel y la vida

No he dejado de imaginarme el enmarañado verdor del escenario general, lleno de trinos y gritos ruidosos y desafinados, impregnado de una humedad melcochuda, acompañada de agresiones de plagas y de algunos audaces rayos de claridad que penetraban tratando de toparse con los rostros buscadores de los transeúntes incesantes en las caminatas desesperadas por la más burda sobre vivencia que no dejaba de regodearse en su atavismo.

Pero tampoco he dejado de imaginarme las miradas y los pensamientos que generaban esas miradas, que, por ello mismo trocábanse en observaciones; en observaciones que poco a poco iban transformándoles la realidad en el escenario potencial, además, lleno de misterios y por tanto de desafíos archivables en la experiencia por venir. Las miradas los conducirían hacia el objetivo seleccionado por el azar de la inconciencia, y el pensamiento, a la urdidura de la escena imprecisa. Y se iría escribiendo así una sinfonía de gestos e insinuaciones que les irían conmocionando el teatro biológico. Luego las sonrisas, que iban generando las miradas de reojo con sus respectivas otras sonrisas germinativas. Y se iría modelando entonces así el escenario final, que, seguro albergaría una amable violencia inelegante, mediante la que se consumaría todo, quizás ante la mirada de todos, también rehenes de la disciplina, y sin que se produjera la total desnudez, por lo que puede que una vía rápida se impusiera para permitir el desahogo más primario, pero a la vez más verosímil.

Ese deseo disparatado que brotó de sus instintos programados, no distinguió momento, ni circunstancia, ni escenario. Estaban allí, siempre al acecho, tal como que si caprichos indómitos fueran en el espacio abierto de la nada. Fueron tal vez unas molestias transitorias que persiguieron una felicidad perversa, porque las incorporó a sus respectivos patrimonios como con el mágico arte de un vendedor desbocado por la deformación y por un paranoico objetivo de éxito.

Emmanuel nacería entonces como un símbolo evidente de una angustia que es eterna; no por la aparente negación de cualquier placer, porque, aun en las más purgatoriales circunstancias, el placer siempre está allí como para explicar nuestra lamentable esencia de seres desventurados. Y ojalá que Emmanuel haya nacido para ser feliz en su eternidad…

crigarti@cantv.net


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Raúl Betancourt López


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