Hay una amenaza, se trata de la escalada geopolítica extremada que protagoniza la mayor potencia bélica de Occidente, que sin importarle la humanidad, la coloca al borde de una catástrofe. Las señales son la concentración del poder económico y político de una minoría, el 1%, frente al 80% que son la mayoría que viven en la pobreza, lo peor es que bajo sus pies hay inmensas riquezas que bien aprovechadas harían la diferencia, rompiendo los ciclos de un sistema que va desbocado hacia su autoaniquilación. Quieren instaurar un Nuevo Orden Global y se enfrentan a la alternativa de lo multipolar que entiende que la búsqueda de las posibilidades a la cooperación entre iguales en justicia y mayor redistribución para los próximos 25 años. El llamado es urgente, todavía hay tiempo para cambiar esa dinámica antes de que sea demasiado tarde, está en juego la propia especie humana. El diagnóstico geopolítico a escala planetaria pone en vilo una prospectiva, que va más allá de lo moral, porque de lo que estamos hablando es de una posible hecatombe antes del 2050. Las evidencias generales vienen de enfocar afirmaciones contundentes y panorámicas que aunque retóricas, se basan en datos y referencias concretas que deben servir para que se debatan públicamente.
El tono aunque apasionado y apocalíptico, no está motivado por emociones, sino por la fría consideración de los datos mesurados del análisis de la información que llegan de varias fuentes directas e indirectas, y que se emite para la gran audiencia que se interesa por cómo se mueve la realidad actual en el mundo, son hechos que se vienen planteando en el desarrollo de los proyectos macabros de las elites gobernantes, la cuales hay que interpretarlas en su contexto, la coherencia surge en el tiempo histórico que se proyectan a futuro, pero las acciones están efectuándose ahora en pleno desarrollo. Las referencias y ejemplos concretos se obtienen de las cumbres, donde se decide qué conviene a quién, y a quienes sancionan o invaden para obtener beneficios necesarios para lo inmediato, es decir, lo que se requiere para seguir desarrollando armas y nuevas herramientas para dominar al mundo con la tecnología que vendrá a aplicarse y que requiere del empleo de las tierras raras. Las estadísticas no mienten, sus cifras y porcentajes indican que hay mayor consumo de recursos, lo que de paso afecta severamente al ecosistema, estimaciones que no pueden seguir evitándose, por lo que se requiere tomar decisiones drásticas al respecto por las instancias internacionales adecuadas al problema que se nos viene encima.
Cómo se persuade a la población sobre las consecuencias que esto implica si no es con propuestas medidas y cooperación internacional, con reformas fiscales y mecanismos de un gobierno cuyas instituciones sean globales no solo para la economía de los pocos que controlan casi todos, sino fortaleciendo el multilateralismo, acabando con las grandes desigualdades, o acaso la humanidad no es una sola sino varias y muchas que no llegan a entenderse, sino que se aniquilan entre sí. Esa es la urgencia, es necesario concienciar a cada vez más personas, reduciendo la brecha, invitando al diálogo y la acción práctica porque no hay duda de que vivimos tiempos críticos, asistimos a una escalada entre grandes potencias que, con decisiones y estrategias sin precedentes, llevan a la humanidad hacia una encrucijada peligrosa.
La extrema concentración de poder y riqueza en una minoría ha profundizado las desigualdades y las tensiones; mientras que las normas y los principios que protegían la dignidad humana, parecen ceder ante intereses geopolíticos. En las recientes cumbres lo que se está negociando es lo que interesa a sectores, centrados en proyectos contrapuestos, uno impulsa al reparto del poder hacia arriba, el otro se propone apostar por abrir canales de cooperación en un mundo multipolar, donde la equidad y el respeto a la soberanía de los pueblos, sea el fin perseguido, si queremos evitar un desenlace catastrófico en las próximas décadas. Por ello es imprescindible que las naciones y sus élites asuman responsabilidades concretas, reducir desigualdades, fortalecer instituciones multilaterales y promover mecanismos reales de cooperación para el desarrollo, sería un acto de humanidad, no el reto final, pero sí la transformación de las estructuras de poder que no permiten una sana convivencia en paz y justicia, antes de que sea demasiado tarde, cuando los muchos que necesitan logren ponerse de acuerdo y se desate la mayor conflagración planetaria.
Son muchas las acciones prácticas que pueden proponerse y promoverse, por ejemplo la difusión de los análisis documentados que contrastan las decisiones recientes de las potencias y sus impactos sociales y ambientales, impulsando los debates públicos, foros ciudadanos sobre la gobernanza a nivel global y una justicia que vaya en conjunción con medidas económicas, con apoyo a iniciativas de transparencia fiscal, cooperación tecnológica y acuerdos multilaterales que prioricen el bienestar colectivo. Y una alternativa sería el fomento de alianzas entre organizaciones civiles, académicas gubernamentales, en un trabajo mancomunado y propuestas concretas a 5 y 10 años. Ya se ha dicho y repetido muchas veces, pero hay que insistir en ello, porque lo que vivimos es un momento decisivo, y nos afectará a todos, donde quiera que nos encontremos, porque la convivencia humana pasa por la posibilidad de una existencia digna, y la concentración extrema de poder y riqueza en pocas manos, no ha sido capaz de reducir las brechas, ni las tensiones que están acumuladas y buscan un escape vital.
Las grandes potencias han ido erosionando las normas que protegían los derechos y la propia dignidad de las personas y las colectividades, pero es obvio que el planeta se dirige a una encrucijada; y no se trata de una geopolítica distante, porque las decisiones que se toman afectan la vida diaria, la justicia social y el futuro de las próximas generaciones. El diagnóstico es que la desigualdad y la concentración del poder y las riquezas por una minoría, son motores de conflicto, y mientras esto continúe, acumulando los recursos e influyendo sobre las mayorías que sufren de precariedad y exclusión, son el caldo de cultivo donde las disputas entre los bloques y sus competencias por obtener los recursos de los países en vías de desarrollo, para sostener la tecnología, aumentan el riesgo de las confrontaciones y pueden llevar a escaladas con consecuencias a nivel global.
Proponemos que haya más organizaciones locales que incidan en las políticas públicas y exigir mayor transparencia en las decisiones que afectan a las mayorías para beneficio de las minorías. Fortalecer las redes sociales y la solidaridad entre las comunidades, los movimientos sociales y las organizaciones civiles de base, para que presionen por los cambios y las reformas necesarias, y logren que se limite la impunidad y se promueva una mayor y mejor distribución justa de los recursos en una economía sana. Sobre todo, defender la cooperación multilateral como herramienta para resolver problemas comunes, sobre el clima, la salud, la seguridad alimentaria, la educación, la vivienda, el esparcimiento y el trabajo como aporte para el crecimiento común. Es un llamado a la acción directa y una alternativa que no debe esperar que las élites cambien por sí solas, será necesario construir verdadero poder ciudadano, informado y que participe como protagonista de su propia transformación, para así impulsar el de las instituciones, son las prioridades. Si se logra actuar con claridad, organizados y con solidaridad, podemos virar el rumbo y garantizar un futuro más justo y sostenible para todos.