La beatifica pavada de los campos entre huracanes, truenos y vaguadas…

Retomo el DIARIO COROMOTANO en momentos, en que la furia de los aguaceros incesantes desborda callejones y troneras en los Pueblos del Sur. La tromba ha vuelto otra vez más inclemente que el año pasado y esta vez sí sepultó completamente la antigua posada Las Hortensias, la que llegara a pertenecer a Neptalí Mora. A Mérida le han caído cien diluvios en un año y no se ha ahogado del todo porque Dios es tan grande como lo imaginamos. De tromba en tromba nos llega la terrible noticia de la muerte de un hombre verdadero santo, que para nada necesita ser canonizado porque en vida no hizo sino trabajar y el bien a todos en su entorno: se trata del señor Antonio Rojas, y desde aquí en Mérida le expresamos a toda su familia nuestro más sentido pésame. Terrible y dura pérdida para la comunidad de La Coromoto.

Pues bien, iremos viendo cómo de aquellos lodos se han venido formando estos fenomenales charcales:

31-7-22: Hoy es el cumpleaños de Lucía Valentina y su madre Engracia nos invitó a su celebración por allá en la nueva casa que compraron en El Rincón. Que fuéramos a pie, porque el trayecto es muy hermoso, que se llega bordeando un costado de la montaña que tenemos al frente de nuestra casa. El trayecto comprende un sendero un poco más arriba de donde vive el señor Antonio, de ahí tras empinadas cuestas se va y se le cae por detrás del cerro que tenemos enfrente. Una vez del otro lado, se ve al fondo, por donde pasa la carretera y corre el río de El Rincón. Una travesía realmente hermosa que en total se lleva más de dos horas. Apetece hacerlo, pero a la final hemos desistido por las inclemencias de este tiempo tan raro, por lo que optamos más bien por ir a El Cobre, a casa de Neptalí.

Buscamos nuestras botas, nos armamos de bordones y salimos bajo un cielo azulísimo y un sol reverberante. Fueron cosas de minutos, pero al cruzar el río comenzó a cambiar el tiempo, a toldarse el cielo y a formarse negras nubes hacia al sur. Al pasar la cuesta de las lajas volvió esa especie de sol canicular que quema las plantas. Nos despojamos de las chaquetas, y una hora más tarde ya estaba lloviznando.

En el patio de la casa de Neptalí vimos que estaban secando café y aparte, ya en laja, unas semillas tan blancas que parecen más bien maníes. Encontramos a Neptalí reparando el tanque de su moto porque tenía un bote de gasolina. Por aquí el campesino tiene que aprender a hacer de todo, de médico, de constructor, mecánico, veterinario, maestro, costurero, zapatero, talabartero, calculista y productor de lo que tenga a su alcance.

Cuando esto escribo, veo una gallina que ha alzado vuelo como un pájaro colocándose en el filo de la malla, para entrar en nuestro terreno a buscar comida. Son gallinas de la ex vecina Engracia que deambulan libremente por todos estos contornos, sin jamás perder el norte de su nido que se encuentra en un frondoso guamo, en el cual se recogen a las siete de la tarde. Así también se ven por estos lares a perros, gatos, vacas y cochinos a la buena de Dios y a los que se ven llegar hasta el río, cruzarlo, y luego volver por la tarde a los predios de sus dueños. Nos cuenta Consuelo que si a las piscas se les encierra, entonces no ponen, hay que soltarlas. Muchos animales en cautividad no se reproducen.

1-8-22: Amena reunión en el porche con el señor Corsino y sus hijos Ángel y Neptalí, su nieta Xioli y sus biznietas Orianni y Arianni, además de Marcolina. Estuvimos contando historias de algunos pequeños productores de estos pueblos que por lo que se ve, responden a la lógica del capital. Mencioné, que el día que bajé al pueblo y traté de encontrar huevos criollos, en varios comercios me respondieron que ellos no los venden porque se les dañan muy rápido. Es decir, venden los de la poderosa empresa El Tunal, los cuales hay que traerlos haciendo recorridos de cinco a seis horas en camiones. Pero eso no es todo, si alguien lleva a esos comercios algo de lo que cosechan los pobladores de este lugar no se lo compran, porque según la lógica de estos comerciantes eso es algo que no ha costado producirlo. Así pasa con las hortalizas, las fresas, las parchitas…, incluso se da el caso de que los comercios no venden cambures, yucas o apios de la región porque dicen que no son buenos y prefieren traer estos productos de otros lados muy lejanos como Tovar, Santa Cruz o El Vigía, insisto, a varias horas de camino. En la conversa Neptalí nos refiere que en una ocasión recogió varios kilos de cilantro y los llevó a vender al pueblo, y que luego de mucho regateo acabó entregándolos por un jabón. El bodeguero le dio el jabón de mala gana, pero en cambio, este agalludo sí anotó en su libro de cuentas un manojo de ese mismo cilantro que en ese momento estaba adquiriendo a muy buen precio una de sus clientas. Así nos enseñaron, con ese modelo hemos estado viviendo desde hace siglos, inspirado en los filósofos ingleses, sobre todo en Jeremías Bentham.

Valga esta reflexión para comentar un hecho reciente que llegué a conocer directamente, de un grupo de estudiantes de turismo que estaban haciendo sus pasantías en un lujoso hotel del estado Falcón. Los muchachos, con grandes sacrificios de sus familiares, pagaron sus traslados, sus uniformes, sus comidas. Llegan los muchachos al hotel en el que laborarán durante cuatro meses, y en el que a sus dueños les va a resultar totalmente gratis el inmenso trabajo que les aportarán estos jóvenes. Éstos se encargarán de las duras labores en dos tandas de pasantías, la primera llamada OPERATIVA, en la que comienzan a relacionarse desde cero con el funcionamiento del hotel: MANTENIMIENTO, LIMPIEZA, RECEPCIÓN, HABITACIONES, COCINA (PREPARACION DE COMIDA, INCLUYENDO LIMPIEZA Y ASEO DE LA COCINA). Se encargan del área del restaurante, de la piscina, sector recreativo. Luego vendrá la pasantía ADMINISTRATIVA en las que asumen la GERENCIA GENERAL DEL HOTEL, manejo de Caja, Personal, Almacén, Despacho, Compra de Alimentos y encima a los muchachos les vuelven a incluir todas las labores de la primera parte llamada OPERATIVA. Hay que ver la millonada que estos dueños se ahorran con tamaño servicio, pero es tanta el hambre que pasan estos estudiantes en algunos hoteles, que sus familiares se ven en la necesidad de recurrir a préstamos y ayudas para poderles mandar algo y así aminorar las estrecheces que pasan. A la final, salen de estas esclavizantes jornadas, flacos, melancólicos, agotados (porque a veces trabajan catorce horas seguidas, pues empiezan sus pasantías a las siete de la mañana y son las doce o la una del otro día y todavía están echando los bofes). Sólo daré un ejemplo de las miserias que llegan a vivir estos muchachos y que ocurrió en el hotel de un potentado del estado Falcón (que de paso la mayor parte del tiempo se la pasa dándose la gran vida por el exterior). Cuando llegaban clientes con todos los servicios pagados y en ocasiones tales servicios incluyen opíparas comidas con bar abierto (pudiendo elegir toda clase de licor a sus anchas), si dejaban de probar paellas, exquisitos manjares de la dieta marina, deliciosos postres, insisto dejaban todo intacto sin tocar en la mesa, una vez que se retiran (porque el estómago no les da para tanto), entonces la orden expresa del hotel es que todo eso hay que echarlo a la basura. Con qué dolor, con qué tristeza y a la vez indignación se ven estos muchachos recogiendo tan caros y exquisitos platos, teniendo que ser ellos mismos quienes vayan y los echen a la basura, algo que pudiera mitigar sus antológicas y atávicas hambrunas (tan poéticas como las de Pablo Neruda).

El hambre es cosa terrible, e imagínense a unos muchachos en la etapa de la mayor exigencia de sus energías, acostumbrados a sus tres platos en casa y que en este hotel de lujo vengan y que los arreglen con arvejas, pasta con arvejas, desabridos espaguetis, arroz con unas muy bien contadas caraotas, todo hasta pesado y muy dosificado. En una ocasión les dieron pescado, pero, ¡lástima!, estaba dañado. Un día, ¡milagro!, les dieron costilla, que quien sabe si fue donación de algún carnicero al hotel, y que por equivocación llegó al plato de estos estragados estudiantes quienes las estuvieron royendo con gula hasta sus tuétanos.

2-8-22: a la una y media partimos para un compartir en casa de Neptalí, en El Cobre. María Eugenia prepara una torta de chocolate y Marcolina hace empanadas de carne de cochino. Cuando nos dirigimos a El Cobre, vamos por el sendero observando algunas cabras de Toñito que en plena libertad se alejan varios kilómetros de su tranquero. Sin peligro alguno de que se extravíen. Pronto los perros al ver que nos acercamos comienzan su algarabía.

Nos detenemos a contemplar la soberbia explanada desde la cual se divisa, al fondo, casi todo el gran boquerón por donde se desplaza el camino real, ese camino que conduce al pueblo de Canaguá: las plácidas faldas de las montañas cultivadas, el tupido bosque que se forma al lado del río, las imponentes cumbres surcadas de senderitos, los que van a la vieja casita de Gaudi, hacia la finca de don Juvencio, todo bajo el cielo dulcemente nublado con un sol entreverado por nubarrones. No hay un lugar en el mundo más hermoso que toda esta comarca de La Coromoto. En el patio están secando café, de un lado a otro nos cruzamos con cochinos, perros, gatos y gallinas. Nos sentamos en el porche a descansar un rato y allí recibimos las atenciones de Natali quien nos trae café y agua. Consultamos a Neptalí sobre la manera de sembrar la uchuva y nos estuvo explicando que La Coromoto está cundida de esta planta pero que hay que saber distinguirla. Le digo a Toñito que me consiga varias plantas de uchuva porque quiero cultivarlas en Mérida.

Allí nos estamos hasta las cuatro y media cuando decidimos que era hora del volver a casa bajo un repentino chubasco.

3-8-22: Decidimos hacerle una visita a la finca de Lizardo, y antes nos detenemos a saludar a doña Rosa, la señora de Avenildo. Doña Rosa es de Achaguas y ya se ha amañado muy bien en estas montañas andinas. Les anunciamos que partiremos mañana y lamentablemente no tenemos espacio en la camioneta para darle el empujoncito hasta Mérida a su hija Andreina. Nos cuenta Avenildo que un hombre de Guaraque está interesado en comprar nuestra casa, que tiene unos carros como forma de pago. Le contesto que el negocio tiene que ser en efectivo. Nos despedimos.

Seguimos la marcha. Nos encontramos con Ángel, y tomamos el camino hacia los viejos predios de Neptalí, por los lados por donde se le ahogó su casa hace un año. Nos acompañan los perros Chespirito y Nevado. Vamos bajo frondosos pinos, cruzando quebradas de limpísimas aguas. Apenas comenzamos el duro ascenso nos encontramos con unos campesinos (entre ellos a Giovanni Guerrero), arreglando unas quinientas matas de café de la variedad Monte Claro, las cuales está plantando. El tiempo amenaza con lluvias de nuevo, la cuesta es empinada y resbalosa. Vamos por un sendero en zigzag traspasando empalizadas y abriéndose ante nosotros el espectacular valle en cuyas laderas están esparcidas la casa de Abel, la de los Mora, la de Engracia y la nuestra. Finalmente llegamos a un rancho sin paredes y con techo de zinc del que está saliendo humo. Está ardiendo un fogón en el piso. A lo lejos vemos a Lizardo cargando una cesta llena de matas de café para plantarlas. El trabajo es recio. Salen dos perros a recibirnos. Vemos que Lizardo tiene a varios obreros en las faenas. En el fogón del rancho está ardiendo una olla con caldo de res. Pasamos y nos sentamos donde podemos. Luego del saludo, la señora de Lizardo nos atiende sin medida: un vaso con agua de panela y seguidamente una taza de café. Aún no son las doce del mediodía, y en terminando el café nos acomodan en una mesa un humeante plato de hervido. Ya no sentimos el frío. Hablamos de nuestra casa, de cifras y posibles plazos para un supuesto pago, de concretarse.

La cosa está y sigue dura.

La verdad es que yo quisiera que de una buena vez cerramos el trato. Van y vienen propuestas, y quedamos en volver y vernos por la tarde.

 



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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