Crisis por sistema

Por lo que parece, a la mente directora de la ideología capitalista no le parece suficiente para la buena marcha del negocio con que sus empresas generen capital de forma incontrolada, apropiándose del dinero que los consumidores gastan alegremente en el mercado. Instrumenta crisis, antes periódicas, que progresivamente han pasado a ser continuadas, dirigidas a desplazar el dinero de las masas a la elites económicas. Tenemos a la vista la pandemia, en su perspectiva de ingente fuente de negocio para el empresariado relacionado con la salud, y sin concluir ésta ya ha lanzado a escena todo un bombardeo de crisis tras crisis, como la de las materias primas, la de la distribución, la inflación, la estanflación y ahora amenaza con apagones generalizados. Tales crisis, que incluso van más allá de lo estrictamente económico, no responden a causas naturales, sino a estrategias artificiales, previamente diseñadas y organizadas al detalle, digamos que orquestadas por esa dirección que opera en la sombra. Todo ello para arruinar a unos países o a otros y, fundamentalmente, para hacerse con el dinero de los que lo tienen ahorros, sin que nadie le ponga freno, sencillamente porque se trata del capitalismo, que es el amo del mundo, y la humanidad ha de jugar siguiendo sus reglas.

No obstante, cabría entenderse que las crisis periódicas tendrían cierto efecto aleccionador y quizás pudieran llegar a ser procesos de catarsis, a partir de los cuales los consumidores aprendieran a reflexionar y, sobre todo, a entender que el consumo compulsivo, sin sujeción a norma, es una trampa, diseñada para ocultar la naturaleza expoliadora del sistema, controlado por unos pocos. Del otro lado, en su papel de promotor de las respectivas crisis para explotar todavía más a las masas, el capitalismo también debería extraer sus conclusiones. Aunque envalentonado por el compromiso de la política, en cuanto le permite contar con la colaboración del aparato estatal e internacional para sus componendas, debiera entender que no puede descuidar a la sociedad, puesto que es aquí donde se encuentra tanto el semillero emprendedor del que depende su futuro, que pasa por la innovación, como los destinatarios a los que se dirige buena parte de su actividad. Sin embargo, nada de esto sucede, los consumidores, tan pronto afloja la crisis de turno, siguen consumiendo al mismo ritmo, las empresas a continuar aprovechando la situación, mientras la inteligencia capitalista ya prepara el siguiente asalto.

De otro lado, los dirigentes del capitalismo no deberían ignorar que su actividad no puede reconducirse permanentemente al terreno de la especulación, que es en definitiva el objetivo de las crisis, necesita mantener vivo el proceso de producción real, ya que empresa y mercado no pueden existir la una sin el otro, por lo que con aquellas ambas se resienten —aunque algunas empresas prosperen, aprovechando la coyuntura—, y luego se trate de arreglar las cosas a marchas forzadas. De ahí la necesidad de moderarse en su espíritu depredador, porque a la larga, si quiere continuar con su expansión, está condenado a entenderse en unos nuevos términos con los consumidores e inversores minoritarios. No estaría de más que dejara en la estacada a sus oficiantes, la elite de los ricos, y a su aliado tradicional, la elite política de los países ricos, y se entendiera directamente con las masas, que son las que le ofrecen la posibilidad de mantener vivo el capital. Lo que pudiera ser una estrategia previsible en el marco de un capitalismo inteligente. No obstante, resulta improbable que deje de utilizar a esas elites de circunstancias, entregado a la creencia de que a las primeras las tienen atadas al mercado y a la segunda al orden. Mas el exceso de confianza no es recomendable, porque las masas, si se las aprieta demasiado, acabarán por despertar.

El mercado, aunque se renueva continuamente, lo hace con escaso ingenio de fondo, salvo el que aporta la explotación de las nuevas tecnologías al servicio del dinero, no puede seguir estrujando al usuario, dejarle desnudo y esclavo a perpetuidad. Al final se descubrirá que lo del bien-vivir era una leyenda más, alimentada por el consumismo y la proyección del ocio, y vendrá el despertar a la realidad. Ese mercado capitalista tiene que vender bienestar real y no necesidades artificiales y superfluas para alimentar a los incautos

Tampoco sirve la política de la retórica barata y la propaganda, basada esta última en la conocida tesis de Bernays, puesto que, cada día que pasa, se muestra con claridad sus intenciones y el arsenal de convicción se agota. El sueño de la democracia, los derechos, las libertades, el bienestar, el paternalismo, el populismo, y, en general, la demagogia están demasiado vistos. Al igual que la retahíla progresista, aplicable al personal, de mejorar la pobreza, subsidiar a los necesitados, alimentar a los vulnerables, entre otras bondades al uso, porque son simples cuentos para entretener al personal, mientras las elites siguen a lo suyo. Unas elites, por llamarlas de alguna manera, que dada su incapacidad, ignorancia y absoluta falta de preparación política, en su función de simples comisionados de la red capitalista, se limitan cumplir con lo que se les manda y aferrarse al sueldillo para vivir a todo tren por una temporada. La política es algo más serio que figurar en los medios ofertando verborrea circunstancial.

Si el mercado y la política corren riesgo de hartazgo por parte de las masas, y la inteligencia capitalista se está pasando con lo de crisis tras crisis, confiando demasiado en el dominio del mercado y en sus asalariados políticos, sería conveniente que cambiara de estrategia y se conformara con un trozo más pequeño del pastel. Lo que se puede resumir, en basta ya de crisis para alimentar al empresariado sectorial de turno, a cuenta de los sufridos paganos de la faena, porque no sirven esas explicaciones que difunden en cada caso para justificar lo injustificable. Sería conveniente que, además de recoger velas, la inteligencia capitalista fuera planteándose liquidar a esas elites burocráticas de pega y entenderse con los que le procuran la existencia, moderando sus exigencias, desterrando su espíritu depredador y procurando el bienestar racional de todos. Finalmente, diseñar crisis, artificialmente provocadas por sistema, invocando causas naturales, alimentadas por intereses económicos de diversa naturaleza, no muestra trazas de ser el camino adecuado para un capitalismo con futuro.



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Antonio Lorca Siero

Escritor y ensayista. Jurista de profesión. Doctor en Derecho y Licenciado en Filosofía. Articulista crítico sobre temas políticos, económicos y sociales. Autor de más de una veintena de libros, entre los que pueden citarse: Aspectos de la crisis del Estado de Derecho (1994), Las Cortes Constituyentes y la Constitución de 1869 (1995), El capitalismo como ideología (2016) o El totalitarismo capitalista (2019).

 anmalosi@hotmail.es

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