La urgencia de un egoísmo solidario

El acceso inmediato y gratuito de todos los seres humanos a las vacunas que permitan erradicar la pandemia del Covid-19 a nivel mundial, indistintamente de su país de origen, color de piel, creencias religiosas, ideología y condición económica, se ha convertido cada día más en una exigencia que no puede eludirse por mucho tiempo y requiere de todos una solidaridad inmediata y efectiva. La aparición y propagación de nuevas variantes de este fatal coronavirus, así como el incremento indetenible de muertes por su causa, obliga a plantearse esta exigencia en términos apocalípticos, lo que incluye una acción mancomunada y complementaria de los diferentes gobiernos y organismos internacionales en lugar de la adopción de medidas aisladas, gran parte de las cuales responden al interés de preservar el mercado antes que al deseo de preservar la vida de los pueblos.

La cantidad de casos confirmados de Covid-19 en todo el planeta se incrementa y ya supera los 150 millones. Más ahora cuando en la India y en Brasil se reportan diariamente cifras de forma exponencial que hacen prever una tasa de mortalidad que hará colapsar por completo sus respectivos sistemas de salud pública. Para muchos, esta situación -aunada a la desidia gubernamental y al afán de ganancia de las grandes industrias farmacéuticas- constituye un crímen contra la humanidad. «La bondad futura está disfrazada hoy de crueldad», dictaminó Zygmunt Bauman en su obra «Etica posmoderna», al hablarnos de lo que es y ha representado el sistema capitalista para la humanidad y la naturaleza. Esto bien podría aplicarse en la situación actual que afecta al mundo entero con una población indefensa y pobre que no tiene muchas posibilidades de sobrevivir mientras los grandes capitales se incrementan en manos de una minoría.

Aunque todos sabemos que la amenaza del Covid-19 supone un efecto igualatorio, también estamos conscientes que ella es más letal entre quienes poco o nada poseen, multiplicándose exponencialmente. La universalidad del Covid-19, por otra parte, implica que mucha gente estaría más limitada en sus demandas de vivir en un mundo mejor al optar por lograr sobrevivir, no importa si ésto ocurre en condiciones infrahumanas. La distancia moral entre las personas, establecida por la sociedad capitalista en función de la competividad, la mayor eficiencia y el disfrute del bienestar material derivado de éstas, ha provocado una reacción general que, a fin de cuentas, pareciera suicida al desconocer las diversas recomendaciones sanitarias que se han emitido desde la Organización Mundial de la Salud y los entes gubernamentales a tal colmo que éstos tienen que recurrir a medidas extremas, en algunos casos, para contener la onda de contagio.

Según lo expresado por Hans Jonas, «es necesario prestarle más atención a la profecía de la fatalidad que a la profecía de la felicidad». Nos hallamos en una etapa de la historia humana que exige impulsar un cambio de actitud, contraria a la habitual lógica capitalista y, por ende, a todo lo que es el modelo civilizatorio vigente. Este cambio de actitud no puede remitirse únicamente al ámbito individual sino también al colectivo, de modo que lo que acontezca en cualquier latitud de la Tierra, por muy lejano que sea, merezca nuestra atención moral solidaria. La socialización, más que el individualismo promovido por la sociedad de consumo, en aras del interés capitalista, es la alternativa que podría servir para que las personas se replanteen un nuevo modo de vivir. Sin ser homogénea, ella sería la respuesta más inmediata a la urgencia de un egoísmo solidario, estableciéndose un nuevo paradigma donde el interés de uno es, efectivamente, el interés de todos y viceversa.



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Homar Garcés


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