¡Escucha, cerdo Vargas Llosa y tu gente del Chivo!

Globovisión y RCTV están empeñados en sostener una campaña para demostrar que Chapita y Chávez son como dos gotas de agua, idénticos en sus “procederes, ambiciones y locuras”. Ciertamente que esto sobrepasa ya los límites de cualquier paciencia y mesura.

¿Pero cómo se le ocurre a Vargas Llosa escribir centenares de páginas sobre el monstruo Rafael Leonidas Trujillo cuando en ninguna de ellas es capaz de decir que fueron los gringos quienes lo pusieron y lo mantuvieron en el poder, a sangre y fuego, durante décadas?

Entre algunos de los documentos desclasificados de la CIA en relación con la República Dominicana, el titulado The United States Capability to Influence their Furtherance or Our National Objetives in Latin America, el que contiene el mensaje número 967156, el Comando Sur (del 29 de octubre de 1959), sostiene: “LA PERPETUACIÓN Y EL MANTENIMIENTO PARA SIEMPRE DE LA DICTADURA DE RAFAEL LEONIDAS TRUJILLO, ES LO MÁS CONVENIENTE A LOS INTERESES NORTEAMERICANOS”.

De modo que la Doctrina Betancourt era totalmente inocua frente a Trujillo, y nada podía hacerse contra Chapita porque estaba blindado por los marines. El mismo Comando Sur, en ese mensaje 967156, recomendaba que una maximización de la “INFLUENCIA DE LOS MILITARES EN LATINOAMÉRICA ES EL MÁS EFECTIVO MÉTODO PARA ENFRENTAR LAS ALARMANTES SITUACIONES QUE SE ESTÁN DANDO EN LA REGIÓN DEL CARIBE”.

¿Podía Vargas Llosa mencionar esto en su Fiesta del Chivo? Imposible.: Chico no come chivo.

Para 1954, en doce de las veinte repúblicas latinoamericanas gobernaban dictaduras militares apoyadas fuertemente por EE UU. Las que no eran dictaduras, para gobernar, debían tener el visto de bueno de Departamento de Estado. A partir de 1960, el Presidente Dwight Eisenhower comenzó a plantearse la salida de Trujillo para que no se repitiese la experiencia cubana. Era una decisión muy compleja, si se toma en cuenta que Trujillo fue el campeón del anticomunismo desde 1947, cuando el demócrata Harry Truman proclamara su doctrina. No hay que olvidar que Rafael Leonidas participó activamente en las actividades que desarrollaron las tropas norteamericanas en la intervención de 1916 a 1924 en su propio país. En la política internacional, el más servil de los gobiernos a las decisiones de Washington era el de Chapita. Es totalmente falso que los roces de Dwight Eisenhower con Trujillo proviniesen de la negativa del gobierno gringo en 1958 de concederle a Ramfis un diploma por parte del Comand and General Staff College, de Fort Leavenworth, en Kansas, porque ya en los pechos de Ramfis no cabía una condecoración más del gobierno norteamericano. No hubo en aquellos primeros años de la década de los sesenta, esfuerzos conjuntos con varias dictaduras para intentar derrocar a Fidel Castro, y Betancourt será utilizado por Washington como la cuña mayor para que en nombre de la democracia emprenda en la OEA y en todas partes una campaña atroz contra el comunismo en América Latina. El mar de focas de primeros mandatarios latinoamericanos se contoneaba de lo lindo por las sardinas que les echaba Washington. Nadie quería ser, por supuesto, un Mar de la Felicidad. Para no ser un Mar de la Felicidad había que vivir de rodillas. La situación de hipocresía bestial en el Caribe se caldeó, cuando The New York Times publicó el 22 de enero de 1959, palabras de Fidel Castro en las que acusaba a los Estados Unidos de no haber cuestionado jamás las atrocidades del monstruo de Trujillo, pero que sí pegaba el grito en el cielo cuando se fusilaba a los esbirros de Fulgencio Batista. La historia de siempre.

Al mismo tiempo, Harry Schlaudeman, experto terrorista del Departamento de Estado norteamericano, sostenía: “nuestro generalísimo Rafael Leonidas Trujillo ha sido durante los años más caliente de la Guerra Fría un aliado o un instrumento del gobierno norteamericano contra el comunismo internacional”. Dwight Eisenhower insistía en que había que sacrificar ese peón para fines ulteriores de la política estadounidense. “Ya es un perro que no muerde”.

A la par que se veía qué se hacía con Trujillo, EE UU utilizando a su nuevo peón en la escena política caribeña, a Betancourt, le ordenó cortarle el suministro de petróleo a Cuba. Entonces Cuba comenzó a importar petróleo de la Unión Soviética. EE UU se negó a refinar ese petróleo, y Fidel decidió nacionalizar las compañías norteamericanas. Fue cuando EE UU decidió convertir a Cuba en el “Mar de la Felicidad”, con invasiones, embargos y acosos asesinos de la CIA. La CIA ya había proclamado su ley contra cualquier gobierno que intentase ser soberano en América Latina: “O coméis mierda o seréis convertido en “Mar de la Felicidad”. Dwight Eisenhower le aplicó el primer crimen económico contra Cuba cuando le redujo en 700 mil toneladas la cuota de azúcar, reduciéndola luego a cero en marzo de 1961. Fue cuando Trujillo se aprovechó de esta medida, y con senadores y representantes gringos, aliados a su política democrática, aumentó la cuota de la azúcar dominicana en el mercado estadounidense. Así se hizo para que la República Dominicana de Chapita nunca fuera un Mar de la Felicidad. Después vino el show de 1961, cuando Dwight Eisenhower rompió relaciones con Trujillo, “pero manteniendo las de tipo consular”. Tres días después de este anuncio, la Nicaragua del monstruo Somoza también rompe relaciones con Trujillo, y lo mismo hace la joya de Francois Duvalier.

¡Coño, qué tíos, qué mierdas han sido los aliados y perros falderos de Washington! Pero sobre esto, ni por asomo habla Vargas Llosa en su bazofia del Chivo.

Una vez cerrado el caso Trujillo, la flota americana se parapetó en las costas de la capital dominicana, con el llamado GRUPO CONSULTIVO DE ASISTENCIA MILITAR, MAAG, uno de los principales instrumentos de EE UU para incidir en las decisiones de este gobierno caribeño. Cuando el MAAG no podía cumplir su misión a solas, le asistía desde Panamá el Comando Sur. Fue el MAAG, quien dio el golpe de estado contra el gobierno constitucional de Juan Bosh, el 25 de septiembre de 1963, la prisión y exilio de los generales balagueristas durante la guerra de 1965, y el propio exilio forzado del general Elías Wessin y Wessin, además de la presencia durante los cambios militares efectuados por el Presidente Antonio Guzmán, el 16 de agosto de 1978. Fue así, gracias al MAAG, como la República Dominicana pasó a ser el enclave seguro de la CIA para todo el Caribe y América del Sur, decimos.

Mario Vargas Llosa tiene una mayestática mansión en Punta Cana, en esa exquisita playa de la isla preferida por todas las mafias de América Latina, muy cerca de la señorial casa de Gustavo Cisneros y a medio kilómetro de la propiedad veraniega de Carlos Andrés Pérez. De modo que en ocasiones solían reunirse todos estos caimacanes junto a Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza, Álvaro Vargas, Otto Reich y Roger Noriega, a campanear un buen cóctel tipo Hemingway, que don Mario sabe preparar muy bien. A Mario se le estaban acabando los temas, y Plinio le sugirió que como ya García Márquez había escrito la vida de Juan Vicente Gómez, que él le metiera el diente a la Chapita. Aquello era muy complejo, le planteó Mario porque iba a tener que meterse en el asunto de la política local, los fastidiosos enredos del comunismo de Fidel Castro y el pleito con el imperialismo y que no quería volver a esa época. Pero Plinio le dijo que lo abordara desde el plano del morbo sexual, el tío cogiéndose carajitas. “Ah, bueno, por ahí puede ser”. Y le llevaron montones de documentos, para que desarrollara el poder absoluto de Trujillo desde un ángulo que les gustara a sus amigos los cubanos batisteros que sin duda además lo llevarían al cine. Cuando Mario escribió su cosa, por su puesto que jamás pensó en Chávez, pero resulta que la historia le ha venido como anillo al dedo a los escuálidos venezolanos. Así como a falta de un verdadero líder, los escuálidos tuvieron en su momento a la Vaguada de Vargas, a la Masacre de Altamira, a la Caída del Viaducto, a las inundaciones de Apure, el Valle de Mocotíes, etc., hoy el fenómeno se llama esa mierda de “La Fiesta del Chivo”.

Entre los materiales que llevaron a Vargas Llosa y que fueron desechados por él, se encontraba lo relativo al golpe que dirigió Rafael Leonidas Trujillo contra el presidente Horacio Vásquez, en febrero de 1930, en el que se alegó el especioso truco de la RENUNCIA, que nunca apareció en ninguna Gaceta Oficial, y de la cual ningún historiador jamás ha encontró rastro alguno.

Lo que Gustavo Cisneros trató de que se aplicara en Venezuela, luego del derrocamiento de Chávez, respondía a un formato ya ejecutado por la CIA en casi toda América Latina. Para el golpe del 2002, se copiaron el plan ejecutado contra don Horacio Vásquez en República Dominicana. A don Horacio lo hicieron renunciar, aunque nunca firmó renuncia alguna, pero daba igual. Nadie se iba a poner averiguar un papel oficial de los tantos falsificados y por falsificar que se hacían entonces por centenares en la República Dominicana. Montado en parapeto de la renuncia, se le dijo al pueblo que vendrían elecciones libres, una perfecta y sublime democracia, y el país saldría de abajo. En 1934 se hicieron las elecciones, y Chapita ¡fue elegido con un número de votos superior a la cantidad de votantes inscritos! Eso no lo contó Vargas Llosa, porque ese proceso electoral fue organizado por el Departamento de Estado. Y de aquí a convertirse en un soberano monstruo con licencia para matar y para secuestrar a sus enemigos, en cualquier lugar del planeta, no había sino medio paso. Cuando Pedro Carmona Estanga, en su alocución del 12-A, prometía elecciones dentro de seis meses, estaba leyendo las indicaciones de Alan Brewer Carías y Cecilia Sosa copiadas de lo que se le hizo a Horacio Vásquez.

La carrera de Rafael Leonidas Trujillo fue fruto de la ocupación norteamericana de 1916 a 1924. Los ricos empresarios, cuyos bienes estaban fuertemente unidos a los intereses norteamericanos, cuando éstos se vieron afectados pidieron auxilio a los yanquis. La isla había sido ocupada en dos oportunidades, por los haitianos de 1822 a 1844 (que dio origen a la ascendencia materna del dictador), y la española de 1861 a 1865 (que aportó la descendencia paterna de Chapita).

No mencionó Vargas Llosa que a mediados de 1933, cuando Trujillo trepaba a su silla, en Honduras gobernaba un gorila de apellido Zambrano; a Sandino lo estaban rodeando para matarlo en Nicaragua; a El Salvador el imperio imponía al genocida Maximiliano Hernández Martínez, quien defendiendo a la United Fruit Co. Y mató a veinticinco mil campesinos. Guatemala gemía bajo la bota (o el culo) del general Jorge Urico. Todo esto al tiempo que el apóstol Pedro Albizu, moría en las entrañas del monstruo en una prisión de Atlanta.

Cuando Trujillo se convirtió en el más horribles Frankestein parido por la CIA, ésta buscó la manera decorosa para sacarlo de circulación. Y Betancourt apareció como el instrumento de oro.

La explosión en la Avenida Los Próceres del vehículo presidencial de Rómulo Betancourt, fue una especie de Maine confeccionado por la CIA. Esa explosión sirvió en parte para salir de Chapita Trujillo.

Nos fue una mera casualidad que la República Dominicana en el 2002 se convirtiese en un perfecto enclave de los gringos para procurar derrocar al gobierno de Chávez. Antes había servido en una base terrorista para atacar al gobierno de Cuba.

La condecoración “Orden del Libertador”, que en noviembre de 1974 recibió Diego Cisneros de manos del Presidente Andrés Pérez fue la misma que Juan Vicente Gómez le impuso a Rafael Leonidas Trujillo Molina. La cosa era de monstruo a monstruo

República Dominicana siempre ha existido como una mera dependencia del Departamento de Estado americano. Los antecedentes históricos de esta tierra son únicos, y bien vale la pena que conozcan. Al tomar Fidel en poder en Cuba, toda la armazón controladora de los gobiernos en América Latina tuvieron que desplazarse la República Dominicana, y en esto Rafael Leonidas Trujillo Molina realizó un gran papel. Cuando los Bush, los Reagans, los Carter, Kissinger u Otto Reich, venían a Venezuela no eran paseados en el yate Ramfis (el hijo predilecto de Chapita), pero sí llevados en veloces y poderosos aviones de la familia Cisneros, que tiene también centenares de placas y condecoraciones, órdenes y Fundaciones en las se le adora como el magnate global que es.

El 18 de abril de 1933, apenas tenía el dictador dominicano tres años en el poder, publica un decreto que expresa: “en mérito a los servicios del niño Rafael Leonidas Martínez, se le nombra coronel del Ejercito”. Ese mismo día, este carajito, apodado Ramfis, estaba cumpliendo cuatro años de edad, y era hijo de una de las barraganas del dictador, de doña María Martínez, es decir, nada que ver con la Primera Dama de la República, doña Bienvenida Ricardo a quien tenían en un closet. Los autores de este trabajo no pudieron encontrar la derivación poética de este apodo. Ramfis también era “bello”, “gracioso”, “muy mono”, y tenía ese mirar fino, ladeado, aunque escondido tras gafas oscuras, de los artistas de Hollywood. Desde carajito no le embutieron en franelillas de marca, sino en trajes militares bañados de galones, estrellas e insignias doradas.

A los gringos, interesados en el destino progresista de la República Dominicana, les pareció de maravilla la decisión que tomó el Congreso de honrar a Trujillo con una estatua. Pero nadie pudo prever que se iba a entrar en una diatriba angustiosa porque en la bancada de la sociedad civil, que era toda, se presentó la profunda discrepancia de si debía ser ecuestre o erecta, o sí de carácter totalmente civil. Pasa siempre con todos los fascistas, que cuando más asesinos se sienten entonces les da por hablar de derechos humanos, de libertad de expresión y de sociedad civil. O los que cogen unas manías horribles de llevar en andas a vírgenes, y en decir, que éstas lloran sangre. Ya aquella sociedad civil tenía ese carácter impresionante de menequeos y arrebatos progresistas que se muestran, blandiendo cacerolas y banderas. Entonces surgió la idea de hacerse una recolecta para erigir la referida estatua (como fuera) y se lanzó una campaña como la de esos Exitazos, Firmazos o Conquista de de los escuálidos nuestros, que fue llamada “Semana del Botón Pro-estatua”. Allá también había muchos genios e investigadores como los de la vieja PDVS, ULA, UCV, USB, UCA, o INTEVEP y no se quedaron atrás: la universidad de Santo Domingo se batió en dentelladas para disputarle en vileza a los otros proto-sabios del Congreso, y solicitó se promulgara una ley concediéndole el doctorado “Honoris Causa Post Eternam Soberano al Presidente Invicto de Todas Las Batallas Habidas y Por Haber”. Cundieron magnas asambleas por las Facultades, para que en disputas con memorables discursos, se le concediera tan cívico y extraordinario honor, y fue así como efectivamente quedó Trujillo investido, en presencia de toda la esclarecida sociedad civil de entonces, y con el beneplácito de la embajada gringa, con el título de super-Doctor. Desde entonces se le comenzó a llamar Generalísimo Doctor Post Eternam, Presidente Post Eternam de la República y Benefactor Post Eternam de la Patria.

De modo que nada nos extraña que en la universidad más antigua de América Latina, le concediera a Rafael Leonidas Trujillo Molina, de los más abominables asesinos que se conozca, un doctorado Honoris Causa, porque ya la Universidad de los Andes estaba preparando uno de estos doctorados para Pedro Carmona Estanga y otro para Carlos “Esito” Fernández ¿Acaso la ULA no le concedió un doctorado Honoris Causa al Patriarca de la Deuda Externa, Gonzalo Barrios?

También se hicieron encuestas memorables; casi todos los días se hacía una encuesta para auscultar los dones ocultos o disimulados de su usía excelentísima, y en el diario más cívico de todos, el Listín Diario, se lanzó una pregunta que erizó de comentarios fervorosos todo el espinazo intelectual de la patria: “¿Cuál es el género de apoteosis que se aviene mejor a los postulados de engrandecimientos y al deber en que estamos de premiar la obra eminentemente grande de ese eximio servidor de la República?” Entonces un juez (como de los puestos por Luis Miquilena y Luis Velásquez Alvaray) propuso “declararlo Presidente Vitalicio de la República Dominicana”, pero ya no se podía porque la universidad de Santo Domingo protestó haberlo declarado Supremo Señor de la Patria de los Todos los Tiempos. Entonces el juez indignado reclamó que se le diese el título de Dios, y las adhesiones fueron apoteósicas.

¿Qué carajo tiene esto que ver con Chávez?

Todo esto se hacía contando con el beneplácito del Departamento de Estado americano que lo miraba como un simpático mono que sabía hacer maravillas con los cacahuetes que se le echaban desde Washington. EE UU siempre ha visto a todos los mandatarios latinoamericanos como chimpancés, a unos más y a otros menos simpáticos. El Ted Rooselvelt, aquel del stick, llamó a los colombianos no macacos sino “despreciables y asquerosas criaturas”, y así y todo el Congreso granadino, le envió una carta de agradecimiento porque sólo los había insultado y humillado sin aplastarlos como cucarachas, aunque consideraban que se lo tenían bien merecido.

El gobierno de EE UU estaba encantado con su Chapita, y tenían preparado dos cajas de condecoraciones para ponérselas en cada acto de “salvación de la patria”. Un grupo de encopetadas damas de la sociedad civil dominicana propuso que el nombre de Rafael Leonidas se agregara al himno nacional, que además, la antigua plaza Colombina de la capital, se llamara Parque Ramfis, y que la Gran Rue, llevara el nombre de “Avenue President Trujillo” (en english, para que nada desentonara con los pareceres del gran padre de todos los imperios). Esas mismas emperifolladas damas ricas, oligarcas, solicitaron un decreto al Ejecutivo para que a la madre de Trujillo se le llamase “Primera Dama y Primera Madre de la República”. Cuando el padre de Trujillo murió, se movilizaron para exigirle al Congreso que se pronunciara de manera unánime para que sus restos reposasen en la Capilla de los Inmortales de la Catedral. Aquellas damas gritaban sin cesar: “¡Ni un paso atrás!”, “¡Ni un paso atrás!”, “¡Ni un paso atrás!”, “¡Ni un paso atrás!”...

Fue de delirio los pasos que dieron, porque ya estaban en tratos con los proto-gusanos de Batista para montar una internacional del jineteo con las televisoras de toda Latinoamérica.

Casi todas las calles y avenidas de este país se llenaron con nombres de la familia del Gran Demócrata, y fueron declarados territorios libres de toda libertad cívica y civil, técnica y tecnológica, política y social. Todavía faltaba cambiarle el nombre de la capital de la República Dominicana por el de Trujillo, acto que se realizó sin traumas de marchas, sin críticas rabiosas ni irritaciones de ningún tipo por parte absolutamente de nadie en el gobierno estadounidense. Esos gringos que son las madres de todos los mares y océanos de la felicidad en el planeta, y que matan a mansalva y sin control en nombre de la libertad y en una lucha sin cuartel contra el terrorismo, son los más idílicos hijos de puta y terroristas de la tierra, y de todos los tiempos.

Durante la dictadura de Chapita, Pérez Jiménez mantuvo cordiales relaciones con la Republicana Dominicana, y por ende los comerciantes y empresarios de ambos países se parecían como dos gotas de agua. En América Latina una cosa va íntimamente unida con la otra. Lo de Rómulo Betancourt contra Chapita fue un sainete cubano. La Doctrina Betancourt nunca se pudo aplicar porque a fin de cuentas formaba parte de un subterfugio del Departamento de Estado norteamericano, que pensaba saldarse con migajas del plan La Alianza para el Retroceso: Venezuela no rompió jamás relaciones diplomáticas con la dictadura de Somoza, ni con la de Stroessner, ni con la de Duvalier. En realidad, la Doctrina Betancourt se creó, en medio de la guerra fría, sólo para oponerse al intento de establecer cualquier régimen de izquierda.

Al mismo Vargas Llosa antes le parecía que las dictaduras como las de Trujillo, Pinochet, Juan Vicente Gómez o la de Somoza, eran excrecencias luminosas del desarrollo capitalista.

Trujillo mataba sin control alguno a sus opositores, y si éstos se iban al exterior, ordenaba secuestrarlos y luego los masacraba en su presencia. A algunos se les quitó la cabeza, o los descuartizó, pero antes los torturaba con sevicia, con saña. Así hizo asesinar al escritor Jesús de Galíndez, a quien sus esbirros secuestraron en Nueva York, y a quien el propio Chapita le ordenó comerse el libro “La Era de Trujillo”, y le pasó un vaso de agua para que se lo tragara. A este monstruo de Trujillo se le propuso para el Premio Nóbel de la Paz, con el beneplácito del bello imperio norteamericano. Pero entonces no teníamos gusanos cubanos exiliados en Miami ni un Mario Vargas Llosa que chillaran todos los días por la libertad y la democracia en América Latina, ni un Otto Reich que se viviera irritando por lo que pasaba dentro de aquella isla. Entonces el mar de la felicidad podía encontrarse en cualquier parte del mundo menos en la República Dominicana.

Es que Rafael Leonidas Trujillo era realmente el emblema que encajaba a la perfección para esos eunucos intelectuales de la talla de don Mario. En el fondo por él marcharon en todas las manifestaciones que hubo contra Chávez, y nada extraña que así como a Ramfis en República Dominicana, lo hubiesen declarado “Protector de los niños pobres” y “Príncipe Favorito”[1].

El 13 de julio de 1938 se creó la Orden de Trujillo, e inmediatamente se le otorgó esta máxima condecoración al propio Trujillo en acto solemne de las Cámaras Legislativas. Más tarde habría de relumbrar en su casa un letrero luminoso que decía: “Dios y Trujillo”. La Orden de Trujillo la deseaban poseer ardientemente jefes de Estado y de Gobierno, Cortes Permanentes de Arbitraje, catedráticos de Derecho, de Historia, filosofía y ciencias políticas. Si a la Gente de Petróleo hubiera vivido entonces, no se habría llamado así, sino “Gente de Trujillo”.

Como la señora Bienvenida, esposa de Trujillo, no podía darle hijos, el 30 de septiembre de 1935, se promulgó una Ley de Divorcio con esta causa: “La voluntad de uno de los cónyuges, si los esposos no han procreado hijos durante los cinco años siguientes a la celebración del matrimonio, ni posteriormente...”. Y el hombre fuerte de aquella isla se divorció de doña Bienvenida. Después de celebrado su divorcio, esta ley fue derogada. Siete meses más tarde de haberse sancionado esta Ley el Honorable Presidente celebró sus bodas con la madre de Ramfis. Poco antes se había celebrado el bautismo del coronel niño, realizado por Monseñor Ricardo Pittini, arzobispo de Santo Domingo. ¡Qué tal, monseñor Lückert!

Fue aquella, de los años sesenta, una década que pudo haber sido la del inicio de la liberación de América Latina, porque los tiranos andaban temblando en el continente, EE UU diseñó un plan más perfecto para la dominación: LA MENTIRA A TRAVÉS DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN, ADEMÁS DE LAS ESPECTACULARES TRAMAS PARA IMPONER POR ELECCIONES AMAÑADAS TODOS LOS GOBIERNOS “DEMOCRÁTICOS”. De allí en adelante ya no le hacía falta el estadista Trujillo, sino bellacos lacayos como Rómulo Betancourt.

Los mandos militares estadounidenses veían en Trujillo un bastión en la campaña internacional contra la subversión comunista. Estos mismos bandos recomendaban que a los políticos profesionales de latinoamericana se les viese con suspicacia, “tanto en lo que respecta a sus motivos patrióticos, como a su profesada amistad hacia los Estados Unidos” (rezaba el mensaje secreto de este Comando, número 967156).

A la par que se veía qué se hacía con Trujillo, EE UU utilizando a su nuevo peón en la escena política caribeña, a Betancourt, le ordenó cortarle el suministro de petróleo a Cuba. Entonces Cuba comenzó a importar petróleo de la Unión Soviética. EE UU se negó a refinar ese petróleo, y Fidel decidió nacionalizar las compañías norteamericanas. Fue cuando EE UU decidió convertir a Cuba en el “Mar de la Felicidad”, con invasiones, embargos y acosos asesinos de la CIA. La CIA ya había proclamado su ley contra cualquier gobierno que intentase ser soberano en América Latina: “O coméis mierda o seréis convertido en “Mar de la Felicidad”. Dwight Eisenhower le aplicó el primer crimen económico contra Cuba cuando le redujo en 700 mil toneladas la cuota de azúcar, reduciéndola luego a cero en marzo de 1961. Fue cuando Trujillo se aprovechó de esta medida, y con senadores y representantes gringos, aliados a su política democrática, aumentó la cuota de la azúcar dominicana en el mercado estadounidense. Así se hizo para que la República Dominicana de Chapita nunca fuera un Mar de la Felicidad. Después vino el show de 1961, cuando Dwight Eisenhower rompió relaciones con Trujillo, “pero manteniendo las de tipo consular”. Tres días después de este anuncio, la Nicaragua del monstruo Somoza también rompe relaciones con Trujillo, y lo mismo hace la joya de Francois Duvalier.

¡Coño, qué tíos, qué mierdas han sido los aliados y perros falderos de Washington!

Una vez cerrado el caso Trujillo, la flota americana se acercó a las costas de la capital dominicana, con el llamado GRUPO CONSULTIVO DE ASISTENCIA MILITAR, MAAG, uno de los principales instrumentos de EE UU para incidir en las decisiones de este gobierno caribeño. Cuando el MAAG no podía cumplir su misión a solas, le asistía desde Panamá el Comando Sur. Fue el MAAG, quien dio el golpe de estado contra el gobierno constitucional de Juan Bosh, el 25 de septiembre de 1963, la prisión y exilio de los generales balagueristas durante la guerra de 1965, y el propio exilio forzado del general Elías Wessin y Wessin, además de la presencia durante los cambios militares efectuados por el Presidente Antonio Guzmán, el 16 de agosto de 1978. Fue así, gracias al MAAG, como la República Dominicana pasó a ser el enclave seguro de la CIA para todo el Caribe y América del Sur, decimos.

[1] Mientras al Presidente y a su mujer lo aclamaban como los “Grandes y Únicos Protectores del Reino”. Pero faltaba más, el decreto número 16 del Presidente de la República, fechado el 26 de agosto de 1938, asciende a Ramfis al grado de general de Brigada, “en mérito a los servicios”.

jrodri@ula.ve


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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