Rebeliones populares. ¿Y después?

Pletórico, nos dice Cristóbal León Campos que "La rebeldía que recorre Nuestra América dignifica el sentido pleno del sueño unitario e integrador de los próceres fundadores de las naciones hoy en disputa, los tiempos esperanzadores vuelven con la brisa enfurecida que derriba la injuria pedante del opresor, las cordilleras ven pasar a sus pueblos enardecidos de orgullo y valentía dirigiéndose a los centros del desprecio para tender la mano incluso a quienes por siglos los ignoraron, pueblos originarios, mestizos, campesinos, obreros, mujeres y hombres, proletarios todos en el sentido emancipador, Nuestra América despierta y entre piedras y palos clama por su liberación. Tiemblan los poderes sostenidos por las capillas y capellanes de la explotación, caen las rejas, muros y ballestas, en su lugar nacerán las flores primaverales que tanto cantara Pablo Neruda, pues nos han robado todo menos la dignidad."

¡Qué lindo si fuera cierto todo esto! ¿Realmente está despertando la población latinoamericana? ¿Efectivamente tiemblan los poderes? Sin el más mínimo ánimo de ser agorero o aguafiestas, y justamente porque seguimos teniendo inquebrantables esperanzas, es que debemos analizar muy en detalle, con actitud crítica, lo que está pasando alrededor del mundo en este momento.

Pareciera que arde el planeta. Por distintos puntos se suceden protestas populares espontáneas muy masivas que constituyen una verdadera afrenta a los poderes constituidos.

En Líbano, el aumento en las tarifas de las redes sociales detonó masivas protestas que hicieron tambalear al gobierno del Primer Ministro Saad Hariri, quien tuvo que retractarse de la medida. En Egipto, miles y miles de manifestantes autoconvocados a través de redes sociales salieron a protestar en varias ciudades (El Cairo, Suez, Alejandría, Daimeta) contra el presidente Abdelfatá al Sisi, acusado de severos actos de corrupción. Pese a que las protestas están oficialmente prohibidas desde 2013, la población salió en forma masiva a las calles, desafiando la represión policial. La respuesta del gobierno fue la represión.

En Ecuador masivas concentraciones de los pueblos originarios pusieron en jaque al gobierno del neoliberal y traidor Lenín Moreno quien, luego de una furiosa represión, tuvo que dar marcha atrás en medidas de ajuste fiscal impuestas por el Fondo Monetario Internacional. En Chile, el aumento del boleto del metro desató enormes protestas, iniciadas por el movimiento estudiantil en principio, al que se le sumó luego masivamente la población, las cuales hicieron retroceder al presidente Sebastián Piñera, quien luego de reprimir salvajemente pidió perdón, comprometiéndose a implementar medidas de protección social, reconociendo la precariedad de muy buena parte de la población chilena, más allá del preconizado "milagro económico" del país que fuera primer laboratorio de ensayo de los planes neoliberales.

En Cataluña, España, el juicio condenatorio llevado adelante por Madrid a los líderes independentistas catalanes que propiciaron el referéndum separatista de 2017, produjo masivas concentraciones que confluyeron en Barcelona, exigiendo la libertad de los procesados y, una vez más, la proclamación de la República Catalana, independizándose del católico reino borbónico español.

En Honduras, uno de los países más pobres y corruptos del continente americano, la población sigue protestando masivamente por el ilegal gobierno de Juan Orlando Hernández, neoliberal y represor, llegado a la presidencia por medio de un escandaloso fraude electoral. En las últimas semanas, en consonancia con estas protestas que están dando vueltas por todo el mundo, las manifestaciones populares arreciaron, así como la represión gubernamental. En Haití, país igualmente empobrecido y olvidado, gigantescas manifestaciones exigen la renuncia del presidente Jovenel Moïse, acusado de corrupción, y quien mantiene firmemente medidas de ajuste neoliberal que empobrecen aún más a una población históricamente diezmada. La represión policial es la única respuesta por parte del Estado.

En Francia, algunos meses atrás, una población empobrecida por medidas neoliberales que recortaron drásticamente beneficios sociales, salió a las calles propiciando una poderosa ola de protestas espontáneas. Como "chalecos amarillos" se les conoció. Aquí, como en cualquier país mal llamado "periférico", del Sur del mundo, la policía reprimió sin miramientos. El presidente Emmanuel Macron, empujado por esa ola de protestas, debió cancelar entonces los anunciados aumentos a los combustibles.

Las poblaciones, diezmadas hasta la médula por los planes neoliberales vigentes (capitalismo rapaz sin anestesia, que recorta cuanto colchón de amortiguación pueda haber existido), sale a manifestar en una mezcla de protesta ante el empobrecimiento creciente que traen esas políticas y la corrupción rampante de la casta política, que se da por igual en todas partes del globo, siempre de espaldas a los pueblos, trabajando para los grandes capitales.

En Argentina, que años atrás también vivió estas masivas respuestas espontáneas cuando en diciembre de 2001 en dos semanas expulsó a cinco presidentes, volvió a protestar, ahora desde las urnas. Con un masivo "no" evidenció su repudio en las recientes elecciones a las medidas de ajuste estructural impuestas por el presidente Mauricio Macri, siguiendo las recetas marcadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Se podría decir que también en Guatemala, en el año 2015, más allá de manipulaciones que pueda haber habido por parte de la injerencia estadounidense, la población, hastiada de la corrupción gubernamental, manifestó masivamente, sirviendo esas protestas para expulsar del gobierno al binomio Otto Pérez Molina-Roxana Baldetti, acusados de groseros delitos en el ejercicio del poder.

No hay dudas que existen climas masivos contagiosos. No confundir eso con "modas". Pero llámense como sea, es evidente que se dan tendencias que arrastran, que son imitadas, que son seguidas por las grandes mayorías. He ahí principios de la Psicología de las masas, que actúan más allá de voluntades individuales (por eso son masas, justamente). Esos climas crean atmósferas sociales, culturales, políticas. En las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, por ejemplo, el mundo vivía una cierta euforia de cambio, actitudes contestatarias, una rebeldía generalizada (movimiento hippie llamando al no consumo, movimientos pacifistas intentando desarticular la Guerra de Vietnam, guerrillas de orientación marxista, liberación femenina, Mayo Francés de 1968 como ícono del cambio, mística guevarista, grandes movimientos de liberación nacional en África y Asia, Teología de la Liberación con su opción preferencial por los pobres). Hoy, ese clima se ha tornado (o lo han tornado los poderes dominantes) mucho más conservador, de derecha, reaccionario. Lacras como el racismo y la segregación étnica vuelven a tomar impulso extendidamente. ¿Por qué, si no, la gente votaría por candidatos neofascistas como Bolsonaro, Macri, Trump, Piñera, los neonazis en Europa y toda una pléyade de hiper conservadores?

Efectivamente, las masas comportan una psicología colectiva muy particular: se contagian las tendencias. En esa lógica, en esa perspectiva podría decirse que estos últimos meses marcan un movimiento reactivo anti-sistémico sin parangón. O, en sentido estricto, más que anti-sistémico, anti-consecuencias espantosas de ese sistema llevado al límite por las políticas fondomonetaristas. Por los cuatro puntos cardinales del globo explotan protestas masivas. Todas tienen algo en común: es la reacción visceral de la gente ante situaciones agobiantes en términos socio-económicos. Hay algo en las distintas poblaciones del mundo (en Medio Oriente, en Europa, en Latinoamérica) que las une: sentirse indignadas, sentirse burladas y expoliadas. Y en todos lados, también, la respuesta gubernamental es la misma: represión brutal.

En ese contexto deben diferenciarse y no confundirse otros movimientos, como las actuales protestas en Bolivia, o en Hong Kong. Estas dos recuerdan, en todo caso, lo que se llamaron algunos años atrás "revoluciones de colores": movimientos supuestamente espontáneos, manipulados en realidad por la agenda hegemónica de Washington para quitar de en medio gobiernos que no son de su conveniencia: revolución de las rosas en Georgia, revolución naranja en Ucrania, revolución de los tulipanes en Kirguistán, revolución blanca en Bielorrusia, revolución verde en Irán, revolución azafrán en Birmania, revolución de los jazmines en Túnez, así como los "movimientos de estudiantes democráticos antichavistas" en la República Bolivariana de Venezuela, o las "Damas de blanco" en Cuba. Esas no son reacciones populares viscerales: son afinados mecanismos de "ingeniería social", con agendas claramente estipuladas.

La ola de reacciones que se está dando en estos momentos, en realidad no tiene agenda previa. Es, en el más cabal sentido de la palabra, una expresión espontánea de la furia popular. Empobrecidas como están, engañadas, manipuladas, las poblaciones reaccionan visceralmente. No es cierto, en absoluto, que tras las protestas en Latinoamérica haya una conspiración "castro-comunista bolivariana", como un trasnochado discurso de derecha (¿rémora de la Guerra Fría?) pretende enviar. Hay hambre, bronca, frustración, profundo malestar; hay desencanto y desilusión. Es por eso que la gente, enardecida, manifiesta, aún a riesgo de su vida. Quizá sin ideología política clara (los "chalecos amarillos" de Francia se autonombraban "apolíticos"), pero como expresión veraz de un estado de desesperación real.

A partir de estas rebeliones, estas espontáneas insurrecciones, muchos ven un período revolucionario que se abre. Las transformaciones, de esa cuenta, estarían esperando a la vuelta de la esquina. Pero, como se dijo al principio del texto luego de la esperanzadora, y quizá bastante romántica, cita con que abrimos, ¿será cierto que los poderes tiemblan y estamos ante del despertar revolucionario de los pueblos?

Más allá de las esperanzas (¡¡que nunca hay que perder!!), el análisis de la situación debe ser crítico, realista, utilizando instrumentos pertinentes y no solo la pasión ("Actuar con el pesimismo de la razón y con el optimismo del corazón", pedía Antonio Gramsci). No cabe dudas que las poblaciones, en todas partes, han sido severamente dañadas con las políticas neoliberales. En realidad, ese es el plan trazado por los grandes poderes globales: no solo volver más ricos a los ya ricos sino, quizá básicamente, desarticular la protesta social. Para eso se pergeñó lo que ahora llamamos "neoliberalismo".

¿Qué sigue después de estas protestas? Lamentablemente, estos años de hiper derechización que vivimos, con ajustes estructurales que diezmaron los Estados nacionales y con un tremendo estancamiento en la organización popular, marcan una falta de proyecto político en las izquierdas que se evidencia justo ahora. No se puede decir que los pueblos son conservadores, aunque hayan elegido con voto popular a los gobiernos contra los que ahora se enfrentan e intentan defenestrar. Los pueblos, como siempre, son manipulados y engañados (¿por qué, si no, votarían por sus propios verdugos?). Ello muestra que esta democracia formal en absoluto confiere poder real a la gente que emite un sufragio; eso es una vil mentira, muy bien montada.

Estas explosiones populares no parecieran desembocar en cambios reales, en transformaciones profundas en la sociedad. En Ecuador, años atrás los movimientos indígenas y populares, a través de masivas protestas, quitaron del poder a tres presidentes (Bucaram, Gutiérrez y Mahuad), así como la Primavera Árabe abrió una enorme esperanza. Pero ahí quedaron. Los planes neoliberales, contrario a lo que cierto exitismo proclama, no están muertos. Lamentablemente: ¡no están muertos! Ante la protesta se saben readecuar, quizá con incumplibles promesas de politiquero, pero no perdamos de vista en el análisis que ningún presidente (Piñera en Chile, Moreno en Ecuador, Hernández en Honduras, Hariri en Líbano, al Sisi en Egipto, Macron en Francia) ha renunciado luego de estas puebladas. Y las condiciones de vida no se modificaron en lo sustancial, más allá de esas promesas circunstanciales. Se lograron cosas importantes, por supuesto: los correspondientes "paquetazos" o aumentos programados se debieron suspender. Pero las deudas externas no se condonaron, las condiciones laborales de super explotación no cambiaron, y la represión -como se acaba de ver- siguió lista para operar con brutalidad cuando es necesario.

Todo ello permite sacar al menos dos conclusiones: 1) sin la fuerza volcánica de la población en la calle no puede haber ningún cambio real en las dinámicas socio-políticas. Y 2) es imprescindible contar con una dirección para la lucha, llámese partido, vanguardia, organización o como sea. Eso no constituye, como algunos malintencionadamente opinan, un grupo de "iluminados". Son, simplemente, una guía para la acción. Pero, ¿qué es en definitiva sino eso un partido revolucionario? Sucede que hoy, luego de los terribles golpes que la derecha infringió al campo popular en estas últimas décadas, no hay partidos de izquierda sólidamente constituidos que estén a la altura de estas puebladas. Lo que siguió a todas estas rebeliones espontáneas lo deja ver. ¿Habrá que constituirlos entonces?



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Marcelo Colussi

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