Como la diplomacia bolivariana desmontó a la oligarquía santandereana

No ha sido fácil, nada es fácil con una oligarquía colombiana que nos viene traicionando, dando puñaladas traperas y mintiendo desde Santander…

La diplomacia bolivariana que se lleva a cabo desde Venezuela ha hecho un trabajo laborioso que comenzó con la asunción al poder de Hugo Rafael Chávez Frías, y avanzó indetenible con la moral y los principios de nuestro Libertador Simón Bolívar y, hoy en día, a pesar de los golpes de estado, de los magnicidios frustrados, del complot del imperio gringo en contra nuestra, vemos sus frutos en organismos multilaterales como acaba de ocurrir en la 74 Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York.

Porque, entre otras conquistas, en ese efectivo accionar, la diplomacia bolivariana se erigió como antídoto para la perniciosa diplomacia santandereana que tuvo mucha fama y mucho éxito en aquellos tiempos de la IV República en Venezuela.

Aquí les suministro, camaradas lectores, camaradas lectoras, algunos ejemplos que sustentan mi planteamiento, que demuestran lo que es un estado colombiano forajido apoyado en la diplomacia del whisky y del aguardiente, una diplomacia en la que el pueblo no participaba ni para recoger las botellas vacías.

Comienzo por decirles –y ustedes muy bien lo saben- que Colombia es la primera productora, procesadora y traficante de cocaína del mundo, sin embargo, la oligarquía santandereana corrupta, narcotraficante y criminal, la muestra no culpable o con muy poca culpabilidad al respecto; se ingeniaron un trabajo diplomático perverso que aún mantienen, para trasladarle la responsabilidad de ese flagelo a los demás; así el delito es de los países víctimas de ellos, como Venezuela, ubicada geográficamente al lado, y de EEUU que consume toda la que le suministran las organizaciones narcotraficantes dirigidas desde diferentes esferas del gobierno neogranadino, tal cual se comprobó que ocurría con el narcoparaco Alvaro Uribe Vélez, pana burda de Pablo Escobar Gaviria, jefe del cartel de Medellín, organización criminal que se calcula controlaba el 95 por ciento de la cocaína elaborada en suelo colombiano, según datos publicados por la misma prensa de ese país.

En los años 90, -y esto lo digo sin exagerar y con propiedad porque lo viví- el parque automotor de Venezuela entró en crisis debido al robo de carros llevados a Colombia, donde circulaban libremente portando las placas venezolanas con la anuencia de las autoridades santandereanas.

Hubo un tiempo en que, en los departamentos fronterizos colombianos como La Guajira, circulaban más carros venezolanos robados que los legales adquiridos en Colombia.

Recuerdo que un alcalde de esa región emplazado en ese tiempo a entregar los vehículos, se negó de plano alegando que de hacerlo se le produciría un estallido social en su jurisdicción, el cual comenzaría por el transporte colectivo que funcionaba con autos que se llevaban en atracos de Venezuela.

Algo parecido a lo ocurrido este mismo año en Cúcuta con el subpresidente Iván Duque, quien con el descaro delincuencial que lo caracteriza, aprobó en esa población del departamento Norte de Santander, la legalización de vehículos venezolanos robados. Hablamos, según reportó el medio de comunicación digital la Iguana en una publicación del 19 de agosto de 2019, con información del portal Con El Mazo Dando, de unos 80 mil carros que además pudieron haber sido utilizados en la comisión de crímenes en tierras bolivarianas. Un acto abiertamente delictivo, vergonzoso, inmoral, repudiable, pero así son esos hampones de la oligarquía santandereana.

En esa época, nadie tenía un carro seguro en Venezuela, porque las mafias colombianas se los robaban, a veces, las mismas víctimas, cuando tenían la suerte de quedar con vida en los atracos, se trasladaban al vecino país, para pagar rescate por sus autos, de cualquier manera, la oligarquía colombiana no admitía su culpa. Se blindaba con las excusas más insólitas. Y es que siempre han trasladado el origen de sus innumerables delitos internos a otra parte.

Recuerdo que cuando comenzaron unos trabajos en la Mina El Cerrejón en la Guajira colombiana, los sindicatos venezolanos de camiones volteos se declararon en emergencia. Las mafias neogranadinas se robaban las unidades pesadas de los municipios del norte del Zulia en la Patria de Bolívar, para llevarlos a trabajar en esas instalaciones con la hamponil aprobación de las autoridades de ese país limítrofe

El robo de carro de Venezuela a Colombia se desarrolló tanto, que se convirtió en una gran industria cuya ganancia, según analistas en la materia, llegaron a compararlas con las que generaba la industria del narcotráfico. Y debemos observar que hablamos de los 90, cuando estaban en su apogeo en territorio neogranadino los carteles de Medellín, Cali y el del Norte del Valle.

Sobre el robo de carros en mi país, aún debe haber miles y miles de testigos y de personas afectadas por ese delito que pueden dar fe de lo que estoy diciendo.

También debe haber muchos policías que aún conservan cifras relacionadas con ese asunto, como igual debe haber registros en hemerotecas y medios de comunicación social.

De todos modos, en los organismos multilaterales no se ventilaba el tema y si lo asomaron por alguna circunstancia, debió entrar en ese juego perverso y cómplice que conocemos de sobra, en el que la delegación colombiana evadió el caso como siempre hace con todos los actos hamponiles que afectan a su país, y las delegaciones de las otras naciones aplaudieron en un show deplorable y miserable en contra de los pueblos del planeta.

Cuando en Venezuela gobernaban los adecos o los copeyanos, los eventos en organismos como la OEA, la ONU, eran una farsa, la diplomacia para sus propios beneficios, para resguardar sus apariencias, mantener el establishment.

En el Consejo Legislativo del Zulia llegaron a debatir el robo de carros los diputados zulianos y los neogranadinos, pero se terminaba imponiendo la diplomacia del whisky y del aguardiente. Nunca importaron las muertes de compatriotas que cuando veían que lo iban a despojar de su bien, en muchos casos la herramienta de su trabajo diario, se oponían y eran vilmente asesinados.

De esa misma forma, los colombianos llevan más de 70 años en una guerra civil que alimenta la oligarquía, patean los diálogos, los acuerdos de paz, como hicieron recientemente con el caso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias con el claro propósito de continuar la violencia; sin embargo, esgrimen públicamente con apoyo de la canalla mediática internacional que la culpa es de Venezuela como si los venezolanos hubiésemos sido culpables del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

Pero es que son capaces de echarle tierra al trabajo que hizo Chávez antes de ser asesinado y ahora el presidente Nicolás Maduro Moros, buscando la paz de los colombianos. El orgullo facineroso santandereano no los deja darles los méritos a los venezolanos. Callan impunemente. Es que esa gente tiene el germen de la frustración en el alma. No superan que los haya libertado Simón Bolívar, el más grande hombre de América. Ella en el fondo desearía con todo su ser que Santander le hubiese llegado siquiera por los tobillos a Bolívar. Esa oligarquía colombiana como tal es una afrenta, una deshonra.

Lo mismo ocurre con la gasolina, legalizan el combustible que se roban o contrabandean de Venezuela. No voy a negar la culpa de las mafias venezolanas implicadas en ese caso, que ha combatido con todas sus fuerzas el presidente Maduro, pero no podemos obviar que del otro lado de la frontera hay un gobierno maleante que institucionaliza el saqueo que hacen en Venezuela de ese producto, y como buenos santandereanos escurren el bulto.

Con todos esos argumentos evasivos, amañados, se mantuvieron diplomáticamente hasta que llegó Chávez al poder, y llevó a los organismos multilaterales los problemas que realmente afectan y les interesan a los pueblos del mundo.

Y así, desde Nicolás Maduro cuando fue canciller, pasando por Roy Chaderton, Jorge Valero, Samuel Moncada, Delcy Rodríguez y Jorge Arreaza, entre otros, comenzaron a desarticular la diplomacia de mentiras, de cinismo, de maldad, de esa oligarquía narcocriminal y narcoparamilitar que sigue haciendo daño, sobre todo al mismo pueblo colombiano.

El desmontaje que hizo nuestra vicepresidenta Delcy Rodríguez de las mentiras del subpresidente Iván Duque, mostrando unas fotos falsas en la 74 Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la presencia de guerrilleros del ELN en Venezuela, cuando en realidad estaban en Colombia, fue brutal. Después de eso solo pueden mirar a los ojos unos desvergonzados, unos inmorales como Duque y Uribe, seres acostumbrados al lodazal, al estiércol, a las bajezas, al crimen, al delito.

Si Duque tuviera moral, primero debería asumir como un presidente de verdad, y después debería pedir disculpas públicamente, admitir su error, no fue una mentirita de pasillo la que metió ¡no!, se burló del mundo en la cara de más de 160 representantes de diferentes países del planeta que participaban en la Asamblea de las Naciones Unidas.

Hasta los mismos colombianos están abochornados. La prensa igual de falsa, distorsionadora, manipuladora, enemiga, incluso, de la revolución bolivariana, admitió las mentiras de ese narcoparaco, uña y carne de la banda Los Rastrojos; un portavoz del Ministerio de Defensa neogranadino se comunicó con la agencia de noticias AFP e igual encaró la barrabasada, mientras que Duque corrió a esconderse debajo de la falda de su vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, que ha tenido el coraje de secundarle tan miserable bajeza.

De ahí en adelante, otros han intentado lavarle la cara a ese criminal narcoparaco destituyendo militares, pero pierden el tiempo, ya a ese hampón no le pueden lavar la cara ni en una chaca chaca de rodillo con un saco de detergente de 40 kilos.



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Gian Carlo Di Martino

Politólogo, profesor, abogado. Ex-Alcalde de Maracaibo. Cónsul de Venezuela en Milán - Italia.

 giancarlodimartino2017@gmail.com

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