Fuente Literaria

Ancianos, en manos de los políticos y banca vampira

Nos estamos llenando de vampiros, pero, con lujos ya que, imitando al conde Drácula quieren verse en sus espejos, colocados en sus novedosos castillos y carruajes y, a su vez, desean viajar para comer en los mejores restaurantes del mundo, carne fresca con el mejor chef.

En Costa Rica, en 1871, Tomás Guardia elimino la pena de muerte y declaró que la vida era inviolable y, así, estos personajes decidieron vivir entre la vida y la muerte y en toda Centroamérica se les puso un apelativo de los no muertos, definitivamente, hoy, llamados políticos, pero sin ideología y formación de cuadros le chupan la sangre al pueblo para robarles su energía de los mafiosos vivos en dinero efectivo. Estos grupos de control político controlan a los militares y gerentes bancarios, dándose una existencia de lujos.

José Antonio Páez, fue una piedra en el zapato para el Libertador Simón Bolívar, cuya respuesta fue la traición, aplicaba la pena de muerte con la espada, al igual que Ezequiel Zamora. Acá, en América Latina hubo solo tres Libertadores, Sebastián Francisco de Miranda, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre por su hidalguía e impulsividad ante la batalla.

Nos hemos llenado de ellos. Aunque espantados, hemos aprendido a identificarlos, sabemos claramente que hay algo que delata que están muertos en vida. Puede ser la mirada, la figura que no se refleja en el espejo o alguna mueca extraña, pero sea lo que sea, ya no viven como nosotros; están en un mejor mundo. Lo peor es que quieren todavía otro superior. Ellos sueñan con una anualidad más alta, con una pensión millonaria, con una embajada en Europa, una alcaldía, una diputación, un ministerio o hasta otro premio Nobel. O de la mejor manera, ser un invitado cache en un comedor de lujo.

Los vampiros subsisten de nuestra ingenuidad y tratan de que no lo reconozcamos. Tienen las agallas de volver a pedir nuestra ayuda, nuestros cuerpos y nuestra solidaridad. Desean que votemos por ellos a través de un proceso electoral incongruente. Nos aúllan que pertenecen a la clase trabajadora, que sus marchas son iguales a las de los obreros europeos que demandaban condiciones básicas de seguridad y la jornada de ocho horas y seis horas. Pero la tragedia es que la ambición los sigue matando y que por corteses que somos, nadie se atreve a decirles que nos hacemos los tontos para que estas almas en pena no sepan lo que verdaderamente sentimos.

Unos se convirtieron en dráculas, cuando se dieron salarios altos, cuando se compraron un Mercedes Benz, residen en buenas urbanizaciones, cuando pusieron a sus parientes en puestos de dirigencia, crearon sociedades anónimas para no pagar impuestos o crearon cátedras para sus hijos. Otros pasaron de chamba en chamba para obtener pensiones inmerecidas, préstamos bancarios, cemento chino o construyeron trochas y caminos para estafarnos. Estábamos tan ocupados luchando para subsistir nosotros que no nos dimos cuenta cuándo nos empezaron a clavar los colmillos.

Son ya tantos que están inundando nuestros barrios, nuestras comunidades y nuestras ciudades. Encabezan los desfiles, aparecen en la radio, en la prensa, en el Facebook y en la televisión, lanzan sus proclamas, respiran y hasta sonríen como cualquiera, nos saludan y los saludamos y les reiteramos nuestro aprecio. Lo hacemos para que ellos no se den cuenta que los tenemos identificados y que preferimos, si podemos, cruzar la calle. Tememos, eso sí, averiguar qué quieren, otra vez, de nosotros, qué piensan chuparnos más si ya ni nos queda más sangre que darles.

Estamos conscientes de que cada vez que vamos a una cita a la Caja, a uno de sus juzgados, a realizar cualquier trámite burocrático, a llenar el tanque de gasolina o al supermercado, vemos una sombra fantasmal, un excedente que explica la diferencia entre el costo real de primer mundo que pagamos y la realidad material del servicio o del producto del tercer mundo que recibimos. Esta diferencia es la que los vampiros se dejaron en sus bolsillos.

No podemos hacer nada ni quitárnoslos de encima. Algunas tradiciones sostienen que un vampiro no puede entrar en una casa si no es invitado por el dueño; pero que una vez adentro, ya no podemos deshacernos de él.



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Emiro Vera Suárez


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