La corrupción no nace de la pobreza

Es frecuente oír decir que la gente roba y se corrompe a causa de su
pobreza, que es la miseria lo que corrompe a las personas. O que para
que los dirigentes sean honestos y no roben es necesario que tengan
salarios suficientemente elevados para que no sean tentados a
corromperse. ¡Nada más falso!

Para no ir más lejos, el multibillonario Donald Trump está en camino
de convertirse en el presidente más corrupto en la historia de Estados
Unidos.

"Puede que aún no podamos darle ese título, después de todo, solo ha
sido presidente durante un año. Pero es seguro que está trabajando
duro en ello", escribe el periodista Paul Waldman en un artículo que
publicó el diario The Washington Post el 16 de enero.

"Por supuesto, no sabemos exactamente cuánto está robando porque, a
diferencia de anteriores presidentes y candidatos presidenciales,
Trump continúa negándose a publicar declaraciones de impuestos pese a
que no hay un presidente en la historia cuyas finanzas hayan estado
más urgentemente necesitadas de examen público. No obstante, sin
conocer todos los detalles, se puede asegurar que Trump y su familia
se comportan como bandidos".

Waldman aclara que hay actividades que escapan a lo que comúnmente se
consideran actos de "corrupción" pero que son tan nocivas a la buena
marcha de la sociedad como las que más y en el gobierno de Trump ello
se aprecia patentemente.

Las acciones pueden ser corruptas siendo legales, y cuando hablamos de
corrupción, en un sentido más amplio, abarcamos malversaciones no
financieras o la utilización de los cargos de gobierno para obtener
ganancias financieras a través de sobornos y otros medios. Muchos
consideran a Richard Nixon como el presidente más corrupto de la
historia estadounidense, pero sus crímenes más serios no consistieron
en llenarse los bolsillos sino en hacer girar el aparato del gobierno
entero en el sentido de sus fines personales, a menudo para su
autoprotección.

Un informe publicado por la organización Public Citizen, que se
identifica como liberal progresista, dice que gobiernos extranjeros,
corporaciones y asociaciones comerciales han estado patrocinando de
una forma muy singular las propiedades de Trump desde que éste asumió
el cargo.

Es sabido que el Presidente estadounidense es un hombre de codicia y
mezquindad poco común, sus hoteles en Washington se han convertido en
lugar de alojamiento obligado para cuanto multimillonario viaja a la
capital de Estados Unidos, en gesto de buena voluntad llamado a
provocar acto recíproco por parte de éste hacia el excéntrico
presidente.

Según una investigación del diario USA Today, "en 2017 las empresas de
Trump vendieron $ 35 millones en bienes raíces, sobre todo a compañías
encubiertas que ocultan las identidades de los compradores". El uso de
estas compañías fantasmas explotó una vez que Trump se convirtió en el
candidato republicano a presidente. "En los dos años anteriores a la
nominación, el 4 % de los compradores de Trump utilizaron la táctica.

En el año siguiente, la tasa se disparó a alrededor del 70 %".
Como dijo el historiador Robert Dallek en noviembre último,
"al igual que Nixon, Trump ha creado en su gobierno una cultura en la
que las personas se sienten cómodas con la corrupción. Trump mismo ha
mostrado una completa indiferencia hacia las normas democráticas y
hacia el imperio de la ley. Con eso envía una clara señal a sus
subalternos".

Por lo tanto, no es accidental que, por ejemplo, un miembro del
gabinete tras otro piense que ya no hay más reglas y que la mejor
manera de invertir su tiempo en el gobierno es la de aprovecharlo para
hacerse ricos. Antes de llegar Trump a la primera magistratura, la
idea de que cualquier presidente, de cualquiera de los dos partidos,
usara la función como oportunidad para favorecer sus negocios privados
sin frenos ni obstáculos, era algo demasiado absurdo como para
siquiera contemplarlo. Ahora, la mayoría de la gente considera que no
vale la pena enojarse porque esa práctica se haya generalizado,
especialmente porque hay mucho más en juego.

Lo que distingue a Trump de todos sus predecesores es el que éste
apenas oculta sus intenciones. Después de toda una vida dedicada no
solo a manipular los sistemas económicos, legales y políticos para
aumentar su riqueza, sino también a alardear sobre su capacidad para
hacerlo, no debió haber duda de que, como Presidente, continuaría en
esa misma línea.

Pero si los demócratas tomaran una o ambas cámaras del Congreso en el
otoño, deberían hacer de la investigación de la corrupción del
presidente Trump y su administración un objetivo de máxima prioridad.
Solo actuando así podría restablecerse la norma de que los presidentes
deben tener una motivación más alta que usar la Oficina Oval para
incrementar su riqueza, concluye Paul Waldman.



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Manuel Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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