El águila desplumada

Uno, a veces como tendencia natural, en su soledad, tiende a preguntarse: ¿porqué las cosas pierden su encanto?, ¿por qué dejan de ser una cosa para nosotros y se convierten en una cosa en sí?, ¿por qué se metamorfosean de manera regresiva?, ¿será porque sus propiedades dejan de ser una totalidad y se desligan de las otras cosas? Y, no me refiero a la rosa que el pasar del tiempo la marchita, tampoco a la hermosa muchacha que a los treinta años comienza a ver aparecer las primeras señales en su rostro, mucho menos al libro, que con tanta devoción apretujábamos con nuestras manos y metimos en nuestro “disco duro” encefálico, y se amarillenta, y su contenido conceptual creemos ha perdido su vigencia. Desde hace tiempo, andamos buscando la respuesta al porqué el llamado pensamiento universal, que no era otra cosa que el pensamiento euronorteamericano, perdió su encanto; buscamos las razones que explican y dan justificación a ese hecho; porqué fue convertido en pensamiento americano, sin ser de la América Latina y el Caribe, e impuso el “americanismo” como una manera de organizar la vida de las sociedades modernas, como una nueva modernidad, como proyecto civilizatorio, que se impuso con tanta fuerza que resulta difícil encontrar, a lo largo del siglo XX, no sólo en nuestra América sino en cualquier otra región del universo, alguna característica, algún rasgo, en que no se muestre la “presencia americana”. Americanismo que no es capaz de entender que las condiciones entre un continente y otro, entre unas naciones y otras, entre unos pueblos y otros, son distintos, que sus condiciones varían, que su cultura y sus costumbres son distintas porque su conformación, como pueblo, se corresponde con sus propias realidades. Algunos afirman que así es el ciclo de la vida, que el encanto es efímero. Pero, la cosa no es tan sencilla. Los imperios siempre ha luchado por eternizarse, su ocaso y derrumbe lo han “vendido” caro, revísese la historia de todos ellos y se constatará esta afirmación.

La década de los ochenta de la centuria pasada, fueron años de una gran trascendencia histórica. En 1989, se cumplieron 200 años de la Revolución francesa, se produjo la caída del muro de Berlín y, dos años después, el derrumbe de la Unión Soviética; se produjo lo que algunos analistas han llamado como un cambio de época y el establecimiento de un nuevo orden mundial. La “civilización occidental” había sido puesta en cuestión unos años antes. J. F. Lyotard y R. Rorty, nos habían entregado sus obras La condición posmoderna y La filosofía y el espejo de la naturaleza, obras en las cuales se reflexiona en profundidad sobre la vigencia y pertinencia de la misma. La guerra fría escuchaba sus últimos responsos y Estados Unidos se consolidaba como la potencia hegemónica con la implementación del Consenso de Washington. El mundo se hizo unipolar, el neoliberalismo se estableció como modelo económico universal y el americanismo se constituyo en el fundamento doctrinario de la nueva ideología universal. Se nos hiso creer que el capitalismo, como sistema mundo, renovaba sus encantos. Sin embargo, la realidad fue otra. En sus “éxitos” estaba oculto su ocaso.

Pues bien, el llamado nuevo orden mundial, a partir de la edificación de un mundo unipolar, que sigue colocando a Estados Unidos como su centro, a decir verdad, no tiene nada de novedoso, sigue teniendo como fuente de su poder la fuerza militar, la cual ha utilizado en todo el orbe para imponerse como imperio hegemónico. Por lo que, la “americanización de la modernidad”, a partir del establecimiento de la totalización del mercado como eje de la organización social, ha mostrado como su éxito la expansión del capital como su dios. Éxito que, como bien lo dice I. Wallerstein, en “Estados Unidos parecía funcionar económicamente de manera excepcional en la década de los noventa: alta productividad, un mercado de valores en expansión bajo desempleo, baja inflación y liquidación de una enorme deuda pública, creando un excedente muy notable. En general, los estadounidenses tomaron esto como la validación de su sueño, de las medidas en materia económica de sus dirigentes y de la promesa de un futuro glorioso sin fin. Ahora es muy claro que eso no fue un sueño sino una ilusión y, por cierto, una ilusión peligrosa”. Ya que, como lo afirma Jeffrey Sachs: “Bajo la crisis económica americana, subyace una crisis moral: la élite económica y política cada vez tiene menos espíritu cívico. De poco sirve tener una sociedad con leyes, elecciones y mercados si los ricos y poderosos no se comportan con respeto, honestidad y compasión hacia el resto de la sociedad y hacia el mundo”; por lo que: “La crisis económica de los años recientes es reflejo de un profundo y amenazante deterioro de nuestra actual política y cultura del poder nacional”. Dicho esto, y de manera tan contundente, por quien se ha convertido en el icono de la ciencia económica estadounidense, desnuda la profundidad de dicha crisis, así como también, pone en evidencia el deterioro del poder hegemónico que Estados Unidos viene ejerciendo desde comienzos del siglo pasado, por eso decimos que es un águila desplumada.





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Nelson Pineda Prada


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