200 años de Wagner

La poesía es la suspensión voluntaria del descreimiento.

Samuel Coleridge

A los 200 años y tres días de su nacimiento, Richard Wagner sigue siendo más que polémico. Vinculado al socialismo, al anarquismo, supuesto precursor del nazismo, supuesto antijudío y probablemente judío. Su música causó un impacto que tal vez ningún otro músico ha conseguido, salvo episodios como las trompadas que se distribuyeron en el estreno de Весна священная, La consagración de la primavera, de Stravinski y las trifulcas entre admiradores y detractores de Dámaso Pérez Prado. Pero ya esas obras no causan altercados, en cambio todavía estamos tratando de entender a Wagner. Se lo admira con esfuerzo y no se lo rechaza con comodidad, digo, quienes aún lo rechazan.

El provocador profesional Oscar Wilde, por ejemplo, decía que no había mejor música que la de Wagner, porque la mayoría de la gente dice tonterías y esa música es tan estruendosa que no permite escucharlas.

Es que Wagner cambió casi todo. El arte en primer lugar, sus óperas, que él llamaba dramas musicales, Gesamtkunstwerke ‘obras de arte torales’, innovaron radicalmente la música, el drama, la escena. Se hizo construir un teatro en Bayreuth, que aún monta sus obras. Para su edificación cometió peculado. Pero cuando componía suspendía todo descreimiento y era un santo inocente. Pasa en el arte. Le quitó la mujer a su mejor amigo, que siguió dirigiendo sus obras y cuando Wagner murió en Venecia («un bello lugar para morir») envió un telegrama a la viuda diciéndole algo así como «habrá que sobrevivir sin nuestro hermano».

«El mundo me debe lo que necesito», decía. Por un tiempo se amistó con Friedrich Nietzsche por su reafirmación germánica, pero Nietzsche rompió con él cuando compuso dramas de aire cristiano. Digo de aire cristiano porque ninguna iglesia endosa sus hálitos místicos. Las razones del recelo eclesiástico con Parsifal me las expuso una vez una amiga monja, pero ya no las recuerdo porque no tengo buena memoria para teologías. Lo que no quiere decir que no me fascine el entramado armónico de Parsifal. El timbre de mi celular es desde hace años la melodía del Viernes Santo de esa obra, una de las más hermosas jamás compuestas. No siempre es estruendoso Wagner.

Me gusta toda la música, pero la de Wagner ocupa junto con el danzón mi más alta preferencia. Dicen que sus obras son interminables, pero al final las siento demasiado breves.

No me explico cómo los Heldentenöre ‘tenores heroicos’ de Wagner tienen esa capacidad precisamente heroica para sobreponer su voz a la orquesta durante horas y horas. Y tampoco entiendo cómo pueden memorizar partituras tan largas y tan poco melódicas. Porque es fácil aprenderse la música de La donna è mobile. Pero es que la ópera italiana es otra cosa, en primer lugar es ópera y su carácter italiano la hace por igual fresca y melodramática. La wagneriana es drama puro casi sin asideros para la sonrisa. Aun así me gusta.

¿Qué hacer con Wagner hoy? Por lo pronto oírlo. Pero también estudiarlo, discutirlo, reflexionarlo porque esos genios son tales porque dejan kilómetros de tela que cortar, durante siglos. Ver http://j.mp/11cvFek.



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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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