La pedofilia: nunca es un delito

 

Pedofilia no es tirar pedos. Y éstos ni es enfermedad ni es delito sino una necesidad del organismo humano de expulsar ventosidades que de quedar atravesadas en los intestinos puede producir, ciertamente, enfermedad. Bueno, pienso que tirarse un pedo ante una Reina o en la presencia de un Presidente o un Primer Ministro de una nación imperialista no debe ser una enfermedad pero sí un “delito”. Gracias a Dios, a Jesucristo y al Cónclave el cardenal Wilfrid Fox Napier no resultó elegido como Papa, porque entonces la pedofilia se hubiese alimentado en los espíritus de los pedófilos de la Iglesia católica y cristiana. Nada se está inventado como para que se diga que se está atacando a la Iglesia y sus hombres de sotana. No, es una verdad basada en la infortunada declaración que hizo el cardenal antes mencionado. La Iglesia tiene uno que otro cardenal, algunos obispos o monseñores y unos cuantos sacerdotes que sí están con los postulados de Jesucristo y por eso quieren que el pobre se libere  de la explotación y opresión del rico.

            Según la ciencia médica la pedofilia se define como una parafilia que consiste en que la excitación o el placer sexual se obtienen, principalmente, a través de actividades o fantasías sexuales con niños de, generalmente, entre 8 y 12 años. Además agrega que es un rasgo multifactorial en la personalidad del que la padece, y se compone de aspectos mentales, institucionales, de actividad, de educación sexual, de violencia, de control de las pulsiones…

Se dice que los pedófilos, generalmente, son varones entre 13 y 19 años que gustan anímicamente de jóvenes masculinos y que los pederastas son hombres ya mayores que desean sensualmente a adolescentes masculinos. Lo cierto es que el término pedófilo se ha hecho muy común entre sacerdotes que se han ocupado de satisfacer sus deseos sexuales con jóvenes masculinos lo mismo ha sucedido con el término pederasta. No nos ocupemos profundamente de esos conceptos y dejemos ciertamente que la ciencia los continúe tratando. Ocupémonos de lo que nos ocupa: si es o no es una enfermedad y si es o no es un delito tanto la pedofilia como la pederastia.

Sin duda alguna, un violador tiene que sufrir alguna enfermedad mental, porque ninguna persona realmente cuerda o en su sano juicio obliga, esencialmente por violencia, a otra persona para que le complazca sexualmente.  Si Adán le hubiese puesto un cuchillo en el pescuezo a Eva para que se dejara hacer el sexo, lo más seguro es que la propia culebra lo hubiera mordido y matado inyectándole su veneno. Pero el hecho de que un violador sea un enfermo mental no lo exonera del delito de violar a otra persona sexualmente y, por lo general terminan en el horrible caso de asesinar a su víctima. Eso vale igualmente para el pedófilo y para el pederasta aunque no maten a su víctima.

Cierto es que la pedofilia como enfermedad debe ser tratada, pero cómo se justifica que un vocero de la casa de Dios cometa semejante acto cuando predica el amor, el respeto, la solidaridad, la ternura, el respeto por los derechos humanos y, especialmente, los principios que no deben ser violados por ser pecados, tales como: gula, avaricia, pereza, ora, lujuria, envidia y soberbia. Sin embargo, a mi entender, violar una criatura, forzándola a realizar el sexo incluso cuando no está preparada para ello, es un pecado peor que los siete señalados anteriormente. Pero para el cardenal Naiper, no es así. ¡Santo Dios! Eso debería explicarlo muy bien el cardenal Wilfrid Fox Napier. Sin embargo, no esperemos que lo explique porque en su propia experiencia, como él mismo lo dice, la pedofilia no es una condición criminal. ¿Cómo se le puede llamar a una persona que viola todos los derechos de un niño haciéndole el sexo a la fuerza cuando todavía es inocente en su vida? Si eso no es un crimen y simplemente una enfermedad, tendríamos que aceptar que la Inquisición no cometió crímenes sino que los hombres de sotana que la aplicaron eran unos verdaderos enfermos mentales.

Es verdad que una cosa es creer en Dios o en Jesucristo o en la virgen María y otra es creer en quienes, cubriéndose con una sotana y crucifijo en mano, hablan por aquellos, los representan en la Tierra. Cada Papa, aunque coincidan todos en los elementos teóricos centrales de la teología, tiene su propia visión de gobernar la Iglesia, le impone rasgos de su propia personalidad y de la manera cómo conciba defender los intereses de su religión. En el mundo de hoy se debate, se polemiza y se discute a diario sobre las conductas sexuales de muchos hombres de sotana y nadie –de la inmensa masa de creyentes- encuentra manera de justificar esos casos que se transforman en bochorno para la Iglesia. En honor a la verdad, hay que destacar que eso no es política de la Iglesia y la mayoría de sus sacerdotes no cometen ese género de fechoría o tropelía.

Para el cardenal Napier, debe hablar en nombre del Diablo y no de Dios es de suponer, una persona que sea víctima de un abuso sexual luego puede convertirse en abusador sexual y penalmente no es responsable porque eso es, exclusivamente, una enfermedad adquirida como consecuencia de otra enfermedad que viene siendo, la misma que la anterior. Estoy por creer que esas cosas no salieron del corazón de Naiper sino que por ser cardenal negro algún o algunos cardenales blancos lo indujeron a que dijera eso porque la aplastante mayoría de los casos de pedofilia han sido cometidos por sacerdotes blancos.

De la tesis del cardenal Naiper, en el párrafo anterior expuesto, se puede sacar un silogismo como conclusión que una persona, a la cual le asesinen un hijo por ejemplo, adquiere la potestad de transformarse y asesinar a niños de otras familias, porque a él se le produjo un daño y éste se cobra con otro daño. Rara tesis pero al fin y al cabo sustentada por un vocero del Ser Supremo en Africa violando el principio de no matar.

            Lo cierto es que la Iglesia, principalmente por orientación de su nuevo Papa, está obligada no sólo al esclarecimiento de tantos casos de pedófilos y de pederastas sino, y algo muy importante, a cambiar, por lo menos, una buena parte del rostro de la política que ha desarrollado en los últimos tiempos y que no es, precisamente, al verdadero servicio de los pobres, de los más necesitados, de los explotados y oprimidos, es decir, que no se corresponde con los postulados originales que le dieron nacimiento al Cristianismo en tiempo del Imperio Romano.

            El nuevo Papa es jesuita. Eso, lo obliga no a predicar que los pobres deben aprender a convivir con el dolor sino, más bien, a luchar por su liberación como la forma más segura de salir del dolor obteniendo un régimen de verdadera justicia social. No es haciendo penitencias como se puede cambiar este mundo capitalista. No, es luchando para derrotarlo y construir uno nuevo donde la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales ponga fin al dolor como consecuencia de la explotación y opresión de una clase por otra. Tampoco, aunque mucho eso se valore, no es con políticas de caridad y altruismo la manera más idónea de buscarle solución a los gravísimos problemas socioeconómicos que vive la mayoría de la humanidad en un mundo donde lo que decide su destino es la lucha de clases. El nuevo Papa, para ser fiel a su Orden religiosa y a su creador, Ignacio de Loyola, debe predicar o promocionar la justicia ante un capitalismo que de pies a cabeza establece, sostiene y propaga la injusticia, el dominio de los pocos sobre los muchos, la preferencia por la propiedad privada en perjuicio de la social. Igualmente, no debe predicar el desprecio por los bienes materiales, para sólo satisfacer los espirituales, porque eso no es la razón esencial de la lucha de los pobres contra los ricos, de los explotados contra los explotadores, de los oprimidos contra los opresores. Pero, en todo caso, si Napoleón creyó que la Sociedad de Jesús (los jesuitas) era la más peligrosa de todas las órdenes, algo de anticapitalismo o antiimperialismo debe contener y que debe ser asumido por los cristianos y católicos siguiendo el ejemplo de sacerdotes como Camilo Torres Restrepo, quien dijo: que el deber de todo cristiano era hacer la revolución. Y ésta es: la liberación de los pobres y no resignación ante los ricos. El nuevo Papa tiene la palabra. Amén.

            Finalmente: ratifico mi respeto por toda religión aun cuando no profeso ninguna por ser ateo.



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Freddy Yépez


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