La OEA y su encrucijada

Acabamos de observar por los medios de comunicación planetarios, la celebración en Cochabamba Bolivia, de la 42° Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA); y hemos observado y escuchado con detenimiento los discursos de los Presidentes y Cancilleres referidos a unos y otros temas.

Sin embargo, a nuestro entender esta organización se encuentra en el dilema que pudiera definir su existencia o no.

Me explico: La fundación de la OEA coincide con la culminación de la Segunda Guerra Mundial, con más de 60 millones de seres humanos aniquilados por el enfoque totalitario del poder; el cual se caracterizó por la visión de amigo-enemigo. Sí eres mi enemigo y no mi adversario, debo aniquilarte; el uso de los medios de comunicación social y la propaganda para justificar este aniquilamiento; un superlíder; el uso de cuerpos de seguridad para impartir el miedo; el partido único y la implantación del terror como política del Estado.

Este pasado oprobioso y los vencedores de la Guerra simplemente en una demostración de las poderosas dinámicas que están detrás del poder, se repartieron el mundo y modificaron las relaciones de poder entre las naciones.

La OEA por tanto, como organización postguerra, nace y al calor de la Guerra Fría y sus estrategias, se desenvuelve. Los documentos que la fundamentan –incluso los más recientes 2001, como la Carta Democrática- defiende el enfoque de un modelo de democracia que privilegia la visión liberal y burguesa del Estado, es decir, la democracia representativa.

Con la Carta Democrática, se dotó a la OEA de una herramienta para que se constituyera como vigilante y garante multilateral de la democracia en el continente. Pero cuál democracia? Por supuesto el modelo democrático liberal. Y con el ALCA pretendía consolidarse el modelo neoliberal en materia económica.

En la Carta Democrática se aboga por “el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al Estado de Derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos” (articulo 3); haciendo además, referencia explícita sobre el modelo que defiende: la democracia representativa, esto en concordancia con el sistema político, que desde los centros de poder es “el mejor” –bueno, por lo menos es el que mejor les sirve a sus intereses, eso está claro-.

Teniendo esto en cuenta, los modelos democráticos que están tratando de desarrollarse en América Latina, a partir de que Chávez irrumpe en la escena política nacional e internacional, chocan de frente con esta concepción conservadora que la OEA y sus funcionarios tienen.

Para ellos, como para los centros del poder, estos modelos intentan subvertir el status quo regional. Esta es la razón principal de la polarización que a nivel regional estamos presenciando, así como el aumento de la conflictividad entre la OEA y algunos países latinoamericanos que se resisten a esta camisa de fuerza que representa el modelo democrático liberal.

Estos gobiernos nuestros que decidieron por la opción de los pueblos –no les queda de otra pues el otro modelo colapsó pues no resolvió los problemas de pobreza- se encuentran frente al dilema de zafarse o no de la camisa de fuerza que les impone el modelo liberal y sus organismos multilaterales.

Frente a este modelo liberal, nuestros pueblos han desafiado al imperio más poderoso de la historia de la humanidad y lo ha desafiado porque se cansó del hambre, de la exclusión, de la falta de oportunidades y de que en la economía sólo por goteo recibamos las migajas que deciden dejarnos comer. Como débiles pajaritos subyugados –que nos veían-, hemos comenzado a vernos con nuestros propios ojos: como el cóndor de Los Andes.

Esta superpotencia se ve amenazada en su propio terreno por enemigos relativamente pequeños y poco poderosos provenientes de lo que ellos denominan el Tercer Mundo y aferrados a la idea de que el sistema implantado no es la solución para sus pueblos.

Parte de Latinoamérica ha desafiado las fuerzas del status quo internacional y con ello a sus organismos multilaterales -OEA incluida-, y allí es donde esta burocracia de la OEA se equivoca y no mide las consecuencias. Ayer nada más la ALBA denunciaba el TIAR, hecho para defendernos de posibles ataques de potencias externas y cuando llegó la hora de ponerlo en práctica, los EEUU se pusieron de acuerdo con quien atacaba a uno de nuestros países latinoamericanos y se pasó abiertamente para el bando enemigo. No tiene sentido este Tratado pues el enemigo lo tenemos en nuestra propia casa, mejor nos aliamos nosotros y nos defendemos con nuestras propias estrategias y recursos –siempre infinitamente inferiores a los suyos pero con una dignidad y autoestima que quisieran tener estos ejércitos que no saben lo que defienden y porqué luchan-.

Esta situación entre la OEA y Latinoamérica –con sus excepciones Chile, Colombia, México y Perú principalmente- demuestran una profunda incompatibilidad entre las dos visiones enfrentadas: Democracia liberal vs. Democracia participativa.

Frente a este dilema histórico y trascendental se encuentra la OEA, tal como dice el Presidente Evo Morales: se transforma a favor de los pueblos o se extingue, ello debido a su propia torpeza y a su ceguera institucional incapaz de comprender que los tiempos de la Guerra Fría se terminaron, que los pueblos nos cansamos de que nos jodieran, que el modelo de democracia representativa se agotó y que desde Latinoamérica están ocurriendo cosas que desafían al status quo internacional y el modelo económico impuesto.

Mientras esta situación no se comprenda in extenso la OEA está destinada a quedar como un cascarón vacío y esto permitirá el surgimiento de otras instancias internacionales que permitan desarrollar todo nuestro potencial y encauzar con nuestros propios medios, los conflictos y tensiones que pudieran darse en el marco del desarrollo de las complejas relaciones internacionales.

El dilema de la OEA está en percibir estos cambios, aceptarlos y modificar su visión entubada de la realidad internacional, que no les permite ver más allá de su propio ombligo, sino está destinada a sucumbir al huracán de los cambios que nuestros pueblos están decididos a seguir impulsando: o cambia la OEA o simplemente se queda en el camino.



alecucolo@cantv.net


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María Alejandra Díaz


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