Otro magnicidio extrajudicial

El derecho internacional condena firmemente el magnicidio y la
conciencia humana solo lo admite en casos de insurrección popular
legítima en la que las masas populares abusadas e impedidas de poner
fin por otros caminos a un régimen opresor se ven obligadas a apelar a
ello para hacer justicia. La ejecución extrajudicial de un jefe de
Estado o gobierno de un país extranjero, sin embargo, es en cualquier
circunstancia un crimen condenado universalmente.

El asesinato del Jefe del Estado de la  República de Masas
(Jamahiriya) de Libia, Coronel Muammar Khadafi, propiciado por la OTAN
reúne todos los requisitos para ser calificado de magnicidio.

Se puede discutir si fue muerto en combate o asesinado en  condiciones
de indefensión; si fue un acto de guerra violatorio o no del tratado
de Ginebra; si fue un ajusticiamiento o hubo violación expresa de los
derechos humanos; si murió tras alguna forma de enfrentamiento o
ejecutado tras su captura. Pero solo mediante una abrumadora
manipulación global de los medios -que ya se ha iniciado- podrá
disimularse la culpabilidad criminal del imperialismo estadounidense,
propiciada por los líderes de las oligarquías europeas que le son
serviles, en el derrocamiento y posterior homicidio de Khadafi.

El primer ministro impuesto en Libia por las fuerzas ocupantes de la
OTAN había informado en un primer momento que Khadafi había sido
gravemente en la cabeza durante un tiroteo, en tanto otras fuentes del
propio Consejo Nacional de Transición aseguraron que se desangró
camino al hospital o que fue asesinado por soldados después de su
captura.
Los videos caseros que inicialmente se publicaron muestran a Khadafi
con vida, cuando era subido por la fuerza al vagón de una camioneta,
golpeándolo y vilipendiándolo, mientras el líder libio, ensangrentado,
les oponía resistencia vociferando y forcejeando con ellos. En otro
video de teléfono celular se muestra a Kadafi, ya sin vida, sobre el
pavimento. También vio el cadáver exhibido en un frigorífico de
Misrata y luego paseado como trofeo sobre el capot de un auto por las
calles de esa localidad.

El amplio historial estadounidense de manipulaciones y mentiras en
circunstancias similares hizo que muchos observadores se resistieran a
aceptar tranquilamente las versiones puestas en circulación por la
prensa corporativa internacional con sus multimillonarios recursos
económicos y avanzada tecnología.
Varios suspicaces observadores rechazaron por burda la versión
difundida por muchos medios occidentales en la que se presenta a un
bien parecido joven “héroe libio” con una gorra deportiva de los New
York Yanquis y un pistola recién disparada, reclamando ser autor
personal del asesinato, conformando una versión destinada a servir de
base para excluir a los verdaderos criminales de responsabilidad por
la ejecución del prisionero.

Aún quedan por definir muchas cuestiones relativas a la forma en que
murió el líder libio y quizás haya una investigación formal a nivel
nacional o internacional dispuesta por el Consejo de Derechos Humanos
de la ONU o se llegue a una acción  de la Corte Penal Internacional
(CPI).
Pero el hecho consumado es que Estados Unidos, con escudo de la OTAN o
sin él, esta acreditando como su derecho legítimo, las ejecuciones
extrajudiciales contra los dirigentes que le son incómodos, cuando
hasta la Constitución de EEUU especifica que ni el peor asesino puede
ser castigado sin haber sido condenado por un tribunal.
No han faltado quienes, a partir de abundantes inconsistencias en los
videos mostrados que evidencian montajes y adulteraciones muy obvias,
consideran -aún hoy- que es falsa la muerte de Kadafi.
Para el célebre periodista francés y presidente de la Red Voltaire,
Thierry Meyssan, “este asesinato militarmente inútil ha sido
perpetrado más que para servir de ejemplo, para desestructurar la
sociedad tribal libia”.

De hecho, los dirigentes de la Coalición interventora de la OTAN, al
llevarla a cabo, admiten que la operación no tenía como finalidad
hacer respetar y aplicar la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad
de la ONU, sino derribar un sistema político y matar a su  líder sin
llevarlo ante la Corte Penal Internacional.
Esto último porque no habrían podido condenarlo por crímenes contra la
humanidad a falta de pruebas, como les sucedió ante el Tribunal Penal
Internacional con el del líder serbio Slobodan Milosevic, quien luego
de dos años de proceso murió en prisión, en circunstancias
misteriosas.

Ahora habrá que ver si las fuerzas patrióticas libias que hayan
sobrevivido la invasión serán capaces que mantener en jaque a los
golpistas para entorpecer la entrega de las riquezas que son del
pueblo libio al agresor extranjero para así obstaculizarle nuevas
depredaciones contra el Tercer Mundo.

manuelyepe@gmail.com
Octubre de 2011.



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Manuel E. Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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