Si la revolución cubana cayese: ¿quiénes serían los culpables?

Somos nosotros mismos quienes hacemos nuestra historia, pero la hacemos, en primer lugar, con arreglo a premisas y condiciones muy concretas. Entre ellas, son las económicas las que deciden en última instancia. Pero también desempeñan su papel, aunque no sea decisivo, las condiciones políticas, y hasta la tradición, que merodea como un duende en la cabeza de los hombres”. A esa gran verdad histórica, científica e irrefutable sólo debe agregársele: como igualmente en la cabeza de las mujeres. Es indispensable partir de ese concepto histórico para poder estudiar y comprender cualquier fenómeno que tenga que ver con la historia humana y, muy especialmente, cuando se trata de una revolución. Los que toman como punto de partida para sus opiniones su fe en los poderes divinos de un Ser Supremo o en el individualismo idealizado, nunca traspasarán los hitos del nacionalismo y casi nada de doctrina científica revolucionaria de clase aportarán al conocimiento en la Tierra como instrumento teórico o guía de acción para transformaciones de raíces en este tiempo de grandes convulsiones sociales, aun cuando merezcan el mayor respeto por sus creencias.

 Todas las clases sociales que han sido dominantes en los diversos modos de producción que conoce la historia humana (esclavista, feudal y burguesa) han creado su propia cultura y su propio arte. Eso no está dado o permitido al proletariado, porque éste no dispone de los recursos económicos ni el nivel de conocimientos científicos propios para tal finalidad en el seno del capitalismo. El proletariado, en el poder político, no lucha para enriquecerse ni consolidarse como clase dominante sino, todo lo contrario, para establecer políticas que conduzcan a la desaparición de las clases y la extinción del Estado; es decir, por crear una cultura y un arte universales, únicos capaces de emancipar al ser humano de todo vestigio de esclavitud social, cosa que se logrará en la fase denominada por Marx como comunista, en la cual cada quien trabajará de acuerdo a su capacidad y obtendrá bienes de acuerdo a su necesidad luego de altamente desarrollada la fase conocida como socialismo.

 Muchas personas, incluso que antes se solidarizaron con la revolución cubana, creen y aseguran que va derechito a su derrumbe. Que no le queda otra alternativa que el destino que corrieron lo que fueron antes la Unión Soviética y el llamado campo socialista del Este europeo: derrumbe total y regreso resignado al capitalismo propiamente dicho. Y, especialmente, se fundamentan en las medidas que está aplicando el gobierno presidido por el camarada Raúl Castro, que son, queramos o no reconocerlo, de carácter capitalista.

Hay que ser Cuba, hay que ser cubano o cubana, hay que ser pueblo  cubano, hay que ser la revolución cubana, hay que ser Fidel o Raúl, para poder comprender las objetividades internas de la isla que son determinadas, esencialmente, por realidades políticas externas más que por realidades económicas de carácter nacional. Todos los historiadores que analizan los hechos históricos desde bibliotecas o protegidos detrás de los muros que los separan y resguardan de las peligrosidades creadas por las objetividades o fenómenos sociales terminan, de alguna manera, farseándola, adulterando unos elementos en provecho o perjuicio de otros, sublimando algunos aspectos secundarios para que los esenciales queden en el olvido. Así es difícil captar la esencia o las auténticas causas de los hechos históricos. Eso, en gran medida, sucedió con los historiadores franceses y por ello, entre otras cosas, no pudieron llegar a los descubrimientos que sí logró alcanzar el camarada Carlos Marx.

 El mundo, debemos entenderlo aunque choque antagónicamente con nuestra convicción o voluntad, lo hace girar o andar, hacia un curso determinado, el mercado mundial o la economía de mercado o, más concretamente en última instancia, los factores de la economía capitalista. Y es el capitalismo altamente desarrollado (especialmente el imperialista) quien domina ese mercado mundial y no las buenas voluntades o deseos de millones y millones de seres humanos que ansían, de una u otra forma, un planeta donde todas las personas vivan en verdadera justicia social o como se dice religiosamente en santa paz. Una revolución siempre será el resultado de una explosión de descontento social frente a una situación en que quienes detentan los poderes políticos, económicos e ideológicos en la sociedad establecen leyes y situaciones socioeconómicas que resultan desfavorables para la existencia humana de la mayoría de una población y, en consecuencia, obstaculizan el desarrollo de la Historia. Por lo menos, así será mientras siga siendo la lucha de clases el motor de la Historia. Y toda transición de un modo de producción a otro implica, hasta ahora mientras una clase sea dominante y otra dominada, una agudización definitiva de la lucha de clases donde la despojada del poder político se esfuerza por recuperarlo y la que lo conquista por sostenerlo y superar las dificultades para imponer su programa de transformación económicosocial.

Se derrumbó la revolución socialista rusa, convertida en Unión Soviética, después de setenta años de estar en el poder político dirigiendo la economía y hasta la ideología  del Estado. Lenin, en el mismo comienzo de la revolución, habló bastante de esa posibilidad si no llegaba a producirse la revolución proletaria en la Alemania capitalista desarrollada. De haberse dado, como lo pensaba Lenin, la revolución en esa nación europea también hubiesen entrado por el mismo camino, sin duda alguna, las revoluciones en Francia, Inglaterra  y, por consiguiente, en Estados Unidos. El mundo entero fuese ya socialismo propiamente dicho o, mejor dicho, estaríamos viviendo la fase comunista. No sirvieron de mucho las voluntades de los revolucionarios rusos, encabezados por el camarada Lenin, para hacer posible ese sueño. Las realidades políticas y, especialmente, económicas son mucho más poderosas y determinantes que las voluntades de las personas. Lo que nadie puede criticar ni objetar es los miles de esfuerzos que hizo el gobierno revolucionario ruso, con el camarada Lenin al frente, no sólo para que se produjera la revolución en otras naciones sino, igualmente, para que el mundo entero escogiera el camino del socialismo. La Tercera Internacional Comunista, en sus primeros años, es la prueba más fehaciente de esos esfuerzos y esos méritos de la Revolución Bolchevique o Proletaria bajo la égida del Gobierno del camarada Lenin como Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Y la derrota, en pocos meses, sufrida por la Unión Soviética en 1921 en Polonia fue el resultado no sólo de un gravísimo error del gobierno revolucionario encabezado por el camarada Lenin sino, fundamentalmente, una prueba irrefutable de que una revolución no puede ser nunca el producto de una decisión de una dirección revolucionaria de cambiar el mundo en base a sus buenas voluntades.

Pero no es de la historia de la revolución proletaria rusa, no es de la historia de lo que fue la Unión Soviética, no es de lo que se conoció como campo socialista del Este ni tampoco del por qué fracasaron los intentos de revolución en Alemania y en Polonia que queremos opinar en este momento. No, se trata de algo más concreto: si la revolución cubana cayese: ¿quiénes serían los culpables?

Se trata, en primer lugar, de una hipótesis para los revolucionarios del mundo no deseada. Sin embargo, el pensamiento, las ciencias, el conocimiento trabajan con hipótesis que deben ser comprobadas o rechazadas en la práctica social. De tal manera, que ésta tampoco escapa al trabajo con las hipótesis. Pero supongamos que la revolución cubana cayese, se derrumbase y vuelva la sociedad cubana a vivir todas y cada una de las realidades de capitalismo subdesarrollado y no quede un alma para seguir levantando las banderas del socialismo. Cosa extremadamente difícil, pero complazcamos a los capitalistas con esa hipótesis, porque, queramos o no reconocerlo, mientras perdure capitalismo (especialmente el desarrollado) en la Tierra, todo proceso de transición del capitalismo al socialismo corre el inminente riesgo de ser derrumbado. Eso lo dijo, basándose en la práctica social y en las más urgentes necesidades históricas, el camarada Lenin. Si alguien no le cree, tiene todo su derecho a rebatirlo. Pero quienes crean en él, debemos, si eso sucediese en Cuba,  preguntemos y darnos o buscar respuesta sobre ¿quiénes serían los culpables?

Sin duda, saldrán a flote muchas respuestas venidas no sólo de los ideólogos o enemigos de la revolución cubana y, especialmente, de Fidel sino, igualmente, del campo de muchos que antes gritaron vítores a la revolución y a Fidel. Algunos, repetirán los mismos argumentos de cuando se derrumbó la Unión Soviética y se derribó el muro de Berlín para recordarnos que el socialismo ha fracasado definitivamente, que el comunismo demostró toda su monstruosidad contra el género humano y que el marxismo –como doctrina- perdió toda vigencia en este tiempo y los venideros; otros, recurrirán a nuevos criterios para personalizar el fracaso del socialismo en la larga dictadura revolucionaria del camarada Fidel Castro; no faltarán, los que expresen que todo socialismo se derrumba al querer despojar a la propiedad privada sobre los medios de producción de su divinidad sagrada para hacer `progresar al género humano; no pocos lanzarán al aire ideas ratificando que el socialismo fracasa, porque crea una nueva burguesía que explota a los trabajadores mucho peor que los capitalistas; levantarán su voz quienes busquen las causas del derrumbe del socialismo en su oposición a los principios del capitalismo; no se quedarán callados los que descubrirán las razones del fracaso del socialismo en la negación de Dios o de la religión; no se quedarán sin opinar los que vaticinen la desaparición completa de todo intento o lucha por el socialismo en que éste socializa la miseria en los de abajo para que vivan bien los de arriba. Pero casi todas las argumentaciones sobre el fracaso del socialismo en Cuba, si esto se convirtiese en una realidad, coincidirán en culpar –fundamentalmente- al camarada Fidel Castro.

Pues, sin temor a equivocación, no tienen ni tendrán razón nunca. Primero, aunque uno se niegue a creerlo, la Historia humana no puede detenerse, por ninguna razón o causa o motivo, en un exclusivo modo de producción, salvo cuando ya la Tierra comience a vivir en terapia intensiva en su estado de máxima gravedad, es decir, sin ninguna posibilidad científica de salvación en su último y corto período histórico, que es el de su propia muerte. De paso, período mortal de la Tierra bien descrito por el camarada Engels en su Introducción a la obra de Marx “Dialéctica de la naturaleza”. Pero el mismo camarada Engels, para los que vaticinaron o siguen vaticinando el fracaso del socialismo, la monstruosidad del comunismo y la pérdida de toda vigencia histórica del marxismo, es bueno que reflexionen sobre lo siguiente que señala y tomen en consideración que eso fue en el siglo XIX: “… Las fuerzas productivas desbordan ya la forma burguesa en que son explotadas, y este conflicto entre las fuerzas productivas y el modo de producción (habla del capitalismo) no es precisamente un conflicto planteado en las cabezas de los hombres (agreguemos: mujeres), algo así como el conflicto entre el pecado original del hombre y la justicia divina, sino que radica en los hechos, en la realidad objetiva, fuera de nosotros, independientemente de la voluntad o de la actividad de los mismos hombres que lo han provocado. El socialismo moderno no es más que el reflejo de este conflicto material en la mente, su proyección ideal en las cabezas, empezando por las de la clase que sufre directamente sus consecuencias: la clase obrera”. Cojan ese trompo en la uña. Actualmente, las fuerzas productivas más desarrolladas en el capitalismo imperialista no sólo chocan antagónicamente con las relaciones de producción capitalistas sino, igualmente, con las fronteras nacionales, lo que reafirma sin objeción alguna que el socialismo tiene que construirse internacionalmente y no en los predios reducidos en la interioridad de unos hitos de país.

Si llegase a confirmarse en la práctica social la caída, derrumbe o fracaso de la revolución cubana, las causas habría que buscarlas en, precisamente, esas realidades u objetividades que no dependen de la mente ni de las voluntades del gobierno cubano ni mucho menos del camarada Fidel Castro. Existe, a mi juicio y creo no correr el riesgo de equivocarme, una causa primaria, la esencial, la irrefutable como culpable y no es otra que la siguiente: la falta de solidaridad del proletariado del capitalismo -en general- y de las naciones imperialistas –en particular-, no en el sentido de donaciones a Cuba sino en no hacer la revolución proletaria en sus países. El proletariado del campo capitalista, en lo plural, y del capitalismo altamente desarrollado, en lo singular, siguen aferrados a la idea claustrofóbica de las fronteras nacionales y no han podido o querido entender la consigna principal que caracteriza al “Manifiesto Comunista”: “Proletarios de todos los países, uníos”. No han podido o querido comprender que la construcción del socialismo es universal muchísimo más que parcial o nacional, porque lo singular depende –esencialmente- de lo global aunque tengan sus múltiples manifestaciones de interrelación. No han podido o querido entender que mientras se rija por los factores del pragmatismo y se conforme con la conquista de esporádicas reivindicaciones exclusivas en el campo económico, carecerá de dirección política revolucionaria, por lo cual le resultará imposible realizar una lucha política de clase por la emancipación de todos los explotados y oprimidos como por la suya misma. No han podido o querido comprender que desde hace tiempo el capitalismo más avanzado creó las condiciones objetivas mínimas para el triunfo de la revolución proletaria, en cuanto a toma del poder político, para entrar al período de transición del capitalismo al socialismo partiendo del grado más elevado del desarrollo de la técnica y de la organización social. No han podido o querido entender que el socialismo es imposible construirlo en un solo país, en dos, en tres, en cuatro, en cinco o en más (especialmente del campo denominado subdesarrollado) mientras las naciones imperialistas sigan manteniendo supremacía en la inversión de la producción, en el mercado mundial, en la tecnología y en las ciencias.

El camarada Marx, creador de la doctrina marxista con la colaboración gigantesca del camarada Engels, sintetizaba el contenido de la revolución, cualquiera que ella sea, en una sola palabra: solidaridad. Sin la solidaridad de los obreros europeos, de los burgueses de avanzada, de los pequeñoburgueses radicales, de los intelectuales progresistas, de los estudiantes que deseaban salir del claustro exclusivo de las materias teológicas, de los campesinos encadenados por el feudalismo, no hubiese sido posible el triunfo y, por consiguiente, la consolidación del capitalismo en toda Europa y, posteriormente, su continuación en los demás continentes del planeta. Pues, sin la solidaridad –esencialmente- del proletariado sin fronteras haciendo la revolución proletaria en los países donde se desenvuelven sus miembros como clase explotada, oprimida y productora de la riqueza social, no es posible concebir el triunfo y la consolidación del socialismo en ninguna región de la Tierra. Con ese género de solidaridad, salvo algunas excepciones como fuente arrolladora de arrebatarle el poder a la burguesía (especialmente en las naciones de capitalismo altamente desarrollado) no ha contado jamás las revoluciones proletarias exitosas hasta el momento en cuanto a toma del poder político y declaración de inicio del período de transición del capitalismo al socialismo. Sólo se ha producido en la historia aquel acontecimiento conocido como la Comuna de París de 1871 en Francia pero, lamentablemente y lo destacó Marx como crítica constructiva, el proletariado europeo no fue solidaria con ella, la dejó sola y a los tres meses la burguesía, reorganizando sus fuerzas militares, masacró a los proletarios que defendieron su sueño hasta las últimas consecuencias.

Entiéndase que no estamos exonerando a nadie de sus culpas, ni en lo colectivo –como pueblo, partido político o gobierno- ni en lo individual –como el papel del dirigente en un proceso revolucionario-. No, eso no. Nadie, como Fidel, ha explicado siempre los errores del gobierno revolucionario, del partido comunista cubano e incluso los que son responsabilidad del mismo pueblo, de sus dirigentes y, no pocas veces, poniendo énfasis en la autocrítica sobre sus propios errores, porque él ha sido el máximo dirigente dela revolución cubana. Y no estamos incluyendo las críticas que ha hecho la dirigencia cubana y, especialmente, el camarada Fidel que corresponden a los aspectos internacionales. Debemos recordar que el mismo Fidel, hace pocos años, señaló que una revolución no es inmune, no está acorazada contra algunos elementos que la ponen en peligro y destacó que el burocratismo y la corrupción pueden derrumbarla. Con mucha más razón, pudiéramos decir que toda revolución (la socialista sobre todo) que se aísle del contexto internacional prepara, de manera indubitable, su propia caída, su propia sepultura, porque eso implica el desarrollo del burocratismo al extremo de termidor o de cesarismo.

Sin embargo, existe un elemento capital que no perece con la caída o el derrumbe de una revolución en la transición del capitalismo al socialismo, y es que queda siempre latente la posibilidad de una revolución política de carácter proletario alimentada por ese choque constante de una masa inmensa sometida a los rigores de la injusticia y la desigualdad con la vuelta al capitalismo propiamente dicho y el recuerdo de sus mejoras conquistadas bajo banderas de socialismo pero perdidas o arrebatadas por el triunfo del régimen y el burocratismo burgués

Bueno, tal vez, muchos no estén de acuerdo con esta opinión desarrollada en el artículo. Eso debe respetarse, pero sería recomendable escuchar o leer sus argumentos sobre el mismo tema. ¿Cuánto de valía, para el enriquecimiento del conocimiento en este tiempo, fundamentalmente para el campo revolucionario, tendría una opinión del camarada Fidel al respecto? Ojalá la diera y tengamos la oportunidad de escucharla o leerla. Sin embargo, sigue teniendo vigencia las consignas internacionalistas de ¡Viva la revolución cubana!, ¡Viva Fidel!



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Freddy Yépez


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