Cómo calificar aquel crimen

¿Cómo calificar aquella acción de la política internacional de la superpotencia contra Cuba que fue el secuestro de 14 mil 48 niños separados mediante engaño de sus padres y llevados a Estados Unidos entre diciembre de 1960 y la primera mitad de1961?

A la luz del genocidio recién condenado por decimonoveno año consecutivo por la comunidad mundial en la ONU pudiera parecer un delito menor del imperio contra Cuba aquel secuestro múltiple, pero en verdad fue un abominable crimen que no merece olvido.

Fue una operación organizada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Departamento de Estado de Estados Unidos, con protagonismo muy activo de Monseñor Bryan O. Walsh, de la Archidiócesis de la Iglesia Católica Romana en Miami, y la participación cómplice de algunos otros sacerdotes de la iglesia católica en Cuba y en Miami.

Basada en el colosal artificio de que el recién instalado gobierno revolucionario se proponía quitar la patria potestad a los padres de todos los niños cubanos para enviarlos a campos de trabajo en la Unión Soviética, esta operación causó profundo trauma en un amplio sector de la llamada clase media cubana, en tiempos de gran turbulencia social provocada por la revolución.

Se supone que la operación fue dirigida hacia ese estrato social porque el grado de integración con Estados Unidos de la alta burguesía cubana era tal que ésta no requería de asistencia alguna para trasladarse a ese país con sus familias, a donde todos ellos viajaban constantemente para recreo o por motivos de trabajo.

Prueba de ello es que James D. Baker, director de la escuela estadounidense Ruston Academy –donde por cierto yo concluí estudios en 1955 de bachillerato y “high school”- fue una de las figuras centrales en la isla de la Operación Peter Pan y sin embargo ni uno solo de los más de 14,000 niños secuestrados era alumno de aquella escuela que estaba selectivamente reservada para hijos de estadounidenses radicados en La Habana o de cubanos de altos ingresos.

Aquella operación generó innumerables traumas en el amplio número de familias afectadas, con consecuencias diversas.

Hubo rupturas que no han podido ser reparadas por el tiempo y otras compuestas luego de largos años de resentimientos que dejaron huellas. Ha habido, de una y otra parte de la relación filial, suicidios por motivo de complejos de culpa, hijos que han reaccionado con resentimiento contra sus padres pese a reconocer que fueron víctimas de engaño. Algunos han identificado al culpable verdadero pero otros, injustamente, han señalado al gobierno de su país natal por no haber sido capaz de impedir el crimen.

Obviamente, se comprende que la poderosa maquinaria de inteligencia y mediática de Estados Unidos disponía de sobrados recursos para burlar al inexperto gobierno cubano que se percató que impedir por medios policiales o administrativos los viajes de los niños al amparo de la iglesia habría reforzado las falacias sobre “los propósitos comunistas” de retirar a los padres la patria-potestad.

Para ciertos estudiosos del tema, incluso algunos que fueron parte del éxodo infantil y hoy son ciudadanos prominentes de Estados Unidos, la operación tenía entre sus propósitos el de desangrar a Cuba del talento que en el futuro la Isla necesitaría para poder sobrevivir y desarrollarse sin apoyo norteamericano.

Ese talento técnico y profesional se concentraba entonces en personas pertenecientes a familias de altos ingresos (proclives a ser opositores de las proyecciones de la revolución) pero también, de manera considerable, en familias de las llamadas clase media alta y baja, que inicialmente apoyaban la revolución pero eran propensas a entrar en conflicto con ésta en la medida en que vieran sus intereses perjudicados por expropiaciones antes que madurara en ellos una conciencia política orientada a la justicia social.

Los niños, que fueron enviados con premura y sin sus padres a Estados Unidos y ubicados en 35 diferentes estados de esa nación, fueron alojados en casas particulares o albergues expuestos a muchos peligros a causa de la desprotección filial.

Muchos han escrito libros y poemas, compuesto canciones y realizado documentales fílmicos que han especulado acerca de los hechos relacionados con esta triste historia.

En la actualidad hay en Estados Unidos ¨famosos Peter Pan” de uno y otro lado del debate en torno a la autoría de tamaña monstruosidad. Hay quienes se han asido a sus raíces y defienden fielmente a su terruño y su gente, y también quienes, asimilados por el imperio, han dado la espalda a su patria situándose del lado del país que los secuestró siendo niños y no ha cesado de agredir a su país natal. Entre estos últimos, el senador Mel Martínez y el músico Willy Chirino son dos de los más publicitados.

Pero el gobierno de los Estados Unidos durante cincuenta años ha impedido reiteradamente la desclasificación solicitada de 1500 documentos que servirían para aclarar casi todos estos aspectos.

¿Tendrán los Peter Pan, que tanto sufrieron hace medio siglo el trauma insuperable de verse arrancados de sus familias por motivo de una maniobra terrorista tan cruel, que esperar por una acción tipo Wikileaks para que sus hijos, nietos y ellos mismos conozcan como fue proyectado y realizado realmente aquel crimen?

manuelyepe@gmail.com


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Manuel E. Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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