Marx y la transición socialista (II)

Ya desde el comienzo de la revolución bolchevique, hubo voces críticas que sostuvieron que el Estado soviético y la sociedad de transición post-capitalista, no se asemejaba a la prefiguración de una sociedad socialista que plantearon tanto Marx como Engels. ¿En que medida el marxismo bolchevique era efectivamente una continuación del pensamiento marxiano? Esta pregunta ha dado lugar a ríos de tinta con concretas implicaciones políticas. Habría que recordar algunas posiciones auto-críticas de Trotski (ya convertido por obra de la propaganda estalinista en agente de Hitler), cuando señalaba que para Marx y Engels era claramente elemental, que la propiedad social no se podía confundir con la propiedad estatizada o nacionalizada. Trotsky no llamó “propiedad social” al sistema socioeconómico soviético, y nunca sostuvo, por ejemplo, que la producción socialista ya existía en el estado de transición al socialismo. En una de sus elaboraciones del concepto “propiedad social” plantea:

“Para volverse social, la propiedad privada inevitablemente debe pasar por un estado equivalente al de la oruga que antes de volverse mariposa debe convertirse en larva. Pero una larva no es una mariposa. Millones de ellas perecen sin llegar a ser mariposas. La propiedad estatal se convierte en la propiedad de todo el pueblo [como Stalin sostuvo] sólo en el grado en que los privilegios sociales y las diferenciaciones desaparecen, y con ellos la necesidad del Estado. En otras palabras: la propiedad estatal se convierte en socialismo en la proporción en que deja de ser propiedad estatal. Por el contrario: cuanto más alto se pone el Estado soviético por encima del pueblo, y más se constituye en guardián de la propiedad del pueblo, más claramente se manifiesta contra el carácter socialista de la propiedad estatal.”

Que el Estado no sea un órgano que esté por encima de la sociedad, era un tema típicamente marxiano, no solo libertario o liberal: “La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella, y las formas de Estado siguen siendo hoy más o menos libres en la medida en que limitan la "libertad del Estado".”(Marx: Crítica al programa de Gotha)

El asunto de la estatización estaba planteado por Engels, quién escribió que con medidas de estatización del capital, “las relaciones capitalistas no son eliminadas, son solamente unificadas en una cabeza”. El paso fundamental reside en que esta unificación de relaciones económicas en el capitalismo de estado tiene que ser derribada, pues la llamada “propiedad estatal” tiene que ser controlada directamente por los trabajadores en lugar de la burguesía. Engels planteaba: “La propiedad estatal de las fuerzas productivas no es la solución del conflicto, pero dentro de ella están las condiciones técnicas que formas los elementos de la solución”.

Algunos veneradores del fetichismo de la forma-Estado, suponen que nacionalizando empresas no se le está dando poder al Capitalismo de Estado, sino construyendo el Socialismo desde el Estado. El asunto clave es si se trata de un Estado de transición controlado efectivamente por las clases trabajadoras, y sus formas de organización autónomas, como el control obrero, los consejos de fábrica y los consejos de trabajadores; o si no será la tecno-burocracia estatal; en fin, la capa de funcionarios, gerentes, técnicos y administradores formados bajo los mismos parámetros capitalistas de la división jerárquica del trabajo, o lo que es peor, una capa de funcionarios dependientes del aparato del partico-único, los que asumen la apropiación, control y dirección de los procesos económicos en la fase de transición. Este problema remite justamente al estado del arte del movimiento de los trabajadores en un proceso revolucionario; y no a los que hablan en su nombre, profundizando la famosa “cadena de sustituciones”.

Marx y Engels hicieron referencias positivas al potencial socialista de diferentes formas de socialización económica, y no solo a la estatización: las cooperativas de producción y consumo, la economía social auto-gestionadas directamente por el trabajo libre asociado, el control obrero de las estatizaciones y nacionalizaciones, como formas que apuntaban a la socialización económica de las unidades de producción, al pasaje a un sistema socioeconómico socialista. Pero hablaban explícitamente de la interrelación entre aspectos económicos y políticos. No dejaban de lado la relación entre poder económico de clase del poder político de clase. Hoy pudieran hacerse muchas interrogantes a la hipótesis de la simplificación de la estructura social capitalista presente en el propio Manifiesto del Partido Comunista, lo que complejiza las tácticas de clase contra clase, y plantea el asunto de las alianzas de clases y la hegemonía socialista en una revolución democrática.

Obviamente, sería necesario pasearse por esta problemática para comprender el sentido exacto de la construcción de un bloque histórico nacional-popular, donde las clases trabajadores no dejen de ser ejes fundamentales de la construcción hegemónica, pero que incluyan un vasto conjunto de demandas, aspiraciones y necesidades de otras capas, sectores y clases, con la excepción de los intereses de las fracciones de clase capitalistas monopólicas, transnacionales y la oligarquías terratenientes tradicionales.

Para esto, no puede existir un proyecto socialista sectario, que se dirija a la masa popular urbana de manera despectiva como “marginales”, como “lumpen”; o a los sectores medios, como recalcitrantes y lacayos pequeñoburgueses, o a los campesinos, como sectores con mentalidad de pequeños propietarios, o a los pequeños o medianos empresarios, como embriones del neoliberalismo imperialista. Con esta tipo de política y discurso, no hay construcción hegemónica posible; se bloquea la construcción de la voluntad colectiva nacional-popular mayoritaria, que logre aislar, neutralizar y reducir a su mínima expresión política y electoral, al núcleo social dominante del imperialismo + fracciones de la burguesía monopólica + oligarquía tradicional. Sabemos que no hay 4 millones y medio de oligarcas, pero parece que no se sabe cómo impedir que la hegemonía capitalista tenga el grado de influencia ideológica y política que tiene. Por el camino de radicalización sectaria que vamos, con un diseño de socialismo que sigue girando compulsivamente alrededor de los lugares comunes del socialismo burocrático del siglo XX, no parece entenderse que significa la construcción hegemónica de la política socialista.

Por ejemplo: de acuerdo a datos del anuario estadístico de la CEPAL para el año 2007, la distribución de la población venezolana de acuerdo a los sectores de actividad económica era la siguiente en términos gruesos: Agricultura (8,7 %), Industria (23,3%), Servicios, incluyendo actividades estatales (67,9 %). Así mismo, desagregando la estructura de la población ocupada urbana total, por sectores de actividad económica era: Agricultura (8,7 %), Minería (0,9 %), Manufactura (12,3 %), Electricidad, Gas y Agua (0,4 %), Construcción (9,7 %), Comercio (23,5 %), Transporte (8,7 %), Servicios financieros (7,1 %), Otros servicios (30,7 %), y no especificados (0,2 %).

De acuerdo a la estructura ocupacional (Clasificación internacional uniforme de ocupaciones) tenemos: profesionales, técnicos y trabajadores asimilados (12,5 %), Directores y funcionarios públicos superiores (3,8 %), Personal administrativo y trabajadores asimilados (7,2%), Comerciantes y vendedores (18,1 %), Trabajadores de servicios (19,3 %), Trabajadores en actividades agrícolas, forestales, pescadores y cazadores (8,6 %), obreros no agrícolas, conductores de máquinas y vehículos de transporte junto a trabajadores asimilados (30,2 %), trabajadores que no pueden ser clasificados según sector de ocupación (0,3 %).

Así mismo, la estructura de la población puede analizarse a partir de las siguientes categorías (2007): Empleadores (4,2 %), Asalariados (59,3 %), auto-empleo o por cuenta propia (34,7 %), Servicio domestico (no registrado), Otras categorías (1,8 %). Tasa de desempleo 2007 (8,4 %). Distribución del ingreso: 20 % más rico concentra (48,9 % del ingreso), 20 % más pobre concentra (5,1 % del ingreso).

Una breve conclusión es la siguiente: año 2007= 41246 millones de hab aprox , 70% mayor de 15 años = 28872,2 millones de hab aprox. Si solo el 4,2 % son empleadores, entonces tenemos nada más y nada menos que 121.263, 24 personas aprox. Es decir, que 121.263 patronos han generado una hegemonía de 4.500.000 “oligarcas escuálidos y lacayos” de acuerdo al sectarismo de izquierda. La pregunta que hay que hacerse es: ¿Por qué ocurre esta situación? Los lectores y lectoras pueden hacer sus propios cálculos y cruces de variables, pero la conclusión es bastante elemental: la política de alianzas entre grupos, sectores y clases debe partir de la realidad concreta de la estructura social venezolana, no de los guiones de los manuales soviéticos de “comunismo científico”.

Con una grave situación de concentración y desigualdad del ingreso; con la estructura ocupacional y sectorial de la población que existe, no vale la pena insistir en que solo la clase obrera industrial o petrolera va a construir la hegemonía socialista en el país. Sin ella será imposible, pero sólo con ella también. De allí la importancia de explorar los límites de una hegemonía nacional-popular de contenido socialista, democrático y antiimperialista.

¿Y cómo se construye eso? Con un frente social y política que elabore la política de alianzas entre grupos, sectores y clases, entre actores, movimientos, fuerzas sociales y políticas.

El poder económico socialista no puede separase del poder político proletario; en nuestros términos de la multitud nacional-popular. No hay poder económico socialista desde el capitalismo de estado, o desde el dominio burocrático de las estatizaciones. Un estado de transición cohesiona el poder proletariado (y en nuestros términos, construye una Forma- Estado Transicional, que requiere ser Democrática-radical y Participativa para el ejercicio directo del poder de la multitud popular), constituyéndose en la fuerza activa que puede transformar el potencial socializante de las estatizaciones en realidad efectiva de las socializaciones bajo control del trabajo social, la autogestión y cogestión de acuerdo a un plan social, estableciendo las bases para el progresivo debilitamiento de las relaciones capitalistas en un cuadro de economía mixta de signo socialista, para fortalecer los embriones de la economía social del trabajo libre asociado; en palabras llanas, el derrumbe del despotismo capitalista en fabricas, talleres o empresas. Pero eso no se hace en un abrir y cerrar de ojos, eso implica un cambio estructural de generaciones.

Gramsci lo decía con crudeza, la hegemonía nace en la fábrica, en el taller, en la empresa, en el lugar de trabajo, pero además en el lugar de descanso, de recreación, de estudio y reproducción social. Como dicen algunas feministas cuestionando a Gramsci: la hegemonía nace en la casa, donde se establecen las relaciones de subordinación entre géneros y entre edades. Y algunas más radicales afirman: la hegemonía nace en la cama. Sea donde sea que nazca, la construcción de nuevos sentidos comunes socialistas pasa por mediaciones políticas, educativas, culturales, comunicacionales e ideológicas que no se imponen desde una propaganda bancaria y alienante. El socialismo no es soplar y hacer botellas. Y mucho menos, copiando modelos que tienen poco o nada que ver con nuestra realidad especifica como formación social.

El poder económico socialista no puede separase del poder social socialista. En la organización socialista del trabajo, de la producción, distribución, circulación y consumo, está el meollo de lo que Marx llamará, la economía social del trabajo libre asociado. No se trata entonces de la economía estatizada del trabajo compulsivamente y verticalmente administrado por la burocracia estatal o un partido-único. Pues una economía estatizada sin control de los trabajadores con mayor o menor calificación socio-técnica, es un nuevo sistema de explotación del plus-trabajo.

Las nacionalizaciones o estatizaciones pueden apuntar al socialismo si y solo, son controladas y dirigidas por la hegemonía democrática de las clases trabajadoras y la mayoría del pueblo. Hegemonía democrática que se expresa tanto en la forma-estado de transición, como en el contenido de socialización económica del modo de producción, distribución y cambio.

A pesar de que Marx y Engels no clarificaron los detalles de la transición post-capitalista bajo el marco de la modernidad europea, es falsa la afirmación que señala que no identificaron algunas condiciones necesarias, tanto de los aspectos socio-estructurales como propias de la intersubjetividad socialista, para comprender las transiciones socialistas (Léase por ejemplo, tanto “Principios de comunismo” de Engels, como el “Manifiesto del Partido Comunista” de Marx-Engels).

Marx interpretó la necesidad de procesos de transición entre el capitalismo y la futura sociedad comunista, planteando que ninguna sociedad desaparece antes de agotar las propias potencialidades interna, sobre todo en lo relativo a la superación de la explotación del trabajo asalariado y de la escasez. Que las fuerzas productivas pasaran de manos egoístas al control social de las capacidades productivas acumuladas, significaba no un retroceso de los niveles de riqueza colectiva, sino su aumento y transformación cualitativa.

La premisa básica era que el trabajo libre asociado, la cooperación humana en el trabajo, la emancipación del trabajo sin despotismo jerárquico capitalista, podía no solo ser liberadora sino más eficiente generando los llamados “manantiales de riqueza”. Pero esto implicaba precondiciones políticas, educativas, socio-técnicas y culturales, no solo decretos, medidas repentinas o deseos caprichosos.

Por otra parte, Marx en ningún lugar habló de Socialismo y de Comunismo como etapas, como fases o momentos diferentes de un proceso de transición. Lo que explícitamente planteo Marx fue lo siguiente:

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.” (Critica al programa de Gotha-1875)

Desde nuestro punto de vista, allí hay claramente aspectos sustantivos de transformación estructural y política implicados. Ha corrido demasiada tinta sobre la interpretación del término “Dictadura del proletariado” en la concepción propiamente marxiana; y ha quedado claro que no era ni dictadura sobre el proletariado, ni dictadura del partido-único, ni dominación de la capa burocrática. La forma-estado de la transición es la democracia en el sentido de la soberanía popular y la democracia cada vez más directa, por tanto, de la democracia participativa, deliberativa y protagónica:

Sin necesidad de caer en la trampa de la disyunción entre revoluciones violentas y revoluciones pacíficas, lo fundamental fue dicho por Engels en 1895: “La época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se trate de una transformación completa de la organización social tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseñado la historia de los últimos cincuenta años. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y perseverante. Esta labor es precisamente la que estamos realizando ahora, y con un éxito que sume en la desesperación a nuestros adversarios.”

El momento decisivo para una transformación completa de la organización social, es la del protagonismo de una multitud organizada, formada políticamente y articulada a un proyecto histórico de liberación. Los métodos de lucha varían en la historia, pero sin una revolución democrática de multitudes, el socialismo puede convertirse en una simple auto-referencia de una secta ideológica o de salón. El trabajo de educación, organización, movilización y lucha en diversos frentes de masas no puede ser sustituido por pequeños grupos o núcleos de decisión, que consideran que la revolución consiste en un simple cambio de timón.

Para Marx, el análisis del contenido de dominación de clase del Estado capitalista, implicaba dar cuenta de sus formas de manifestación, de expresión o de presentación oficial. La democracia representativa, liberal-democrática, por ejemplo, es una forma política de presentación del contenido de dominación política del Capital, resultado de un equilibrio de compromisos en el conflicto entre fuerzas de clases. La forma política deriva de la resultante de un ciclo de luchas.

No hay que olvidar que debajo de las estructuras están las luchas, las correlaciones de fuerzas, y no al revés. Una lectura estructuralista reproduce y confunde la objetividad histórica por la cosificación y fetichismo de las formas. De allí que Marx (Carta a Annekov 1846) no fue suficientemente claro cuando escribía:

“¿Qué es la sociedad, cualquiera que sea su forma? El producto de la acción recíproca de los hombres. ¿Pueden los hombres elegir libremente esta o aquella forma social? Nada de eso. A un determinado nivel de desarrollo de las facultades productivas de los hombres, corresponde una determinada forma de comercio y de consumo. A determinadas fases de desarrollo de la producción, del comercio, del consumo, corresponden determinadas formas de constitución social, una determinada organización de la familia, de los estamentos o de las clases; en una palabra, una determinada sociedad civil. A una determinada sociedad civil, corresponde un determinado orden político (état politique), que no es más que la expresión oficial de la sociedad civil. Esto es lo que el señor Proudhon jamás llegará a comprender, pues él cree que ha hecho una gran cosa apelando del Estado a la sociedad civil, es decir, del resumen oficial de la sociedad a la sociedad oficial.”

“Huelga añadir que los hombres no son libres árbitros de sus fuerzas productivas --base de toda su historia--, pues toda fuerza productiva es una fuerza adquirida, producto de una actividad anterior. Por tanto, las fuerzas productivas son el resultado de la energía práctica de los hombres, pero esta misma energía se halla determinada por las condiciones en que los hombres se encuentran colocados, por las fuerzas productivas ya adquiridas, por la forma social anterior a ellos, que ellos no crean y que es producto de la generación anterior. El simple hecho de que cada generación posterior se encuentre con fuerzas productivas adquiridas por la generación precedente, que le sirven de materia prima para la nueva producción, crea en la historia de los hombres una conexión, crea una historia de la humanidad, que es tanto más la historia de la humanidad por cuanto las fuerzas productivas de los hombres, y, por consiguiente, sus relaciones sociales, han adquirido mayor desarrollo. Consecuencia obligada: la historia social de los hombres no es nunca más que la historia de su desarrollo individual, tengan o no ellos mismos conciencia de esto. Sus relaciones materiales forman la base de todas sus relaciones. Estas relaciones materiales no son más que las formas necesarias bajo las cuales se realiza su actividad material e individual.”

Y más adelante:

“Proudhon comete algo más que un error de método: prueba claramente que no ha aprehendido el vínculo que liga todas las formas de la producción burguesa, que no ha comprendido el carácter histórico y transitorio de las formas de la producción en una época determinada. El señor Proudhon sólo puede hacer una crítica dogmática, pues no estima nuestras instituciones sociales como productos históricos y no comprende ni su origen ni su desarrollo.”

Aquí hay que retener lo siguiente: carácter histórico y transitorio de las formas de la producción y de la política en una época determinada. No hay transformación desde caprichos individuales, pues hay un legado acumulado, pero la transformación es posible si y solo si hay tendencias de lucha, de negación, de conflicto y antagonismo social. Donde hay conflicto, oposición y lucha hay formas en movimiento. Hay historicidad de de reglas, contenidos y formas. Como queda patente en las tesis de Feuerbach (1945):

“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad (así, por ej., en Robert Owen). La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.”

Es la práctica revolucionaria la que se distingue del materialismo contemplativo y del idealismo abstracto o absoluto, una práctica revolucionaria que actúa reconociendo la historia de las condiciones y circunstancias, que no puede reducirse a determinismo cerrado, sino a estructuras históricas, fallidas, dislocadas o abiertas a la contingencia de la praxis revolucionaria, que no es capricho individual ni voluntarismo ciego, sino actuación colectiva organizada que transforma circunstancias.

Por ejemplo, la soberanía popular, como poder constituyente desde abajo queda limitada, neutralizada o restringida a partir de una serie de mediaciones y construcciones del poder jurídico-institucional desde arriba (desde el poder constituido y organizado políticamente por el Capital), como la representación sin mandatos imperativos, la limitación del control popular sobre diversos órganos del poder público, el control parlamentario de doble cámara, la división de poderes en sentido liberal clásico, el constitucionalismo liberal, etc.

Obviamente, no es lo mismo, una dictadura abierta del capital organizado como clase política dominante, que la democracia representativa con un régimen de derechos y libertades públicas, que regulan y limitan la emancipación social y política de las clases trabajadoras. Pero la democracia socialista va a fondo en el contenido democrático de los aspectos económicos, sociales y culturales. De allí que la democracia socialista sea socialización del poder social: económico, político, jurídico, ideológico y cultural.

Control directo de la multitud popular en el ejercicio del poder y las decisiones sobre los asuntos de la esfera pública, sea estatal o no estatal. Que no se trata de suprimir derechos civiles, sino expandirlos al conjunto de la sociedad organizada, ya no desde los estrechos límites del derecho dominante, sino a partir de la construcción de la democratización extensiva e intensiva de los espacios y campos sociales.



No abordar los textos marxianos como la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, los Manuscritos de París, la Ideología Alemana o los Grundrisse, genera graves errores de interpretación acerca de las condiciones políticas necesarias para la transición post-capitalista, que implica abordar en los planos nacionales e internacionales, dimensiones económicas, sociales, políticas, jurídicas, ideológicas y culturales de la acumulación de recursos de poder social.

Así mismo ocurre con diversos textos de Engels, así como con diversos manuscritos epistolares que colocan en apuros a la interpretación hegemónica durante la revolución bolchevique; codificada posteriormente bajo la falaz doctrina estalinista de: “materialismo histórico” y “materialismo dialéctico”, con las famosas etapas de la transición: fases inferiores o superiores de la transición al socialismo, fases inferiores y superiores del socialismo; y finalmente, fases inferiores y superiores de comunismo.

En Marx al menos no hay nada de esta temporalidad lineal de períodos. Esto es un invento posterior. Por tanto, los procesos de transición requieren un estudio profundo, riguroso, que se desprenda del filtro de las lecturas de los manuales soviéticos, que en muchos casos, suponen que la construcción socialista se hace tanto por “fases claramente separadas”, como por “decretos” (Stalin decretó por ejemplo el fin de la lucha de clases”), bajo el reino del fetichismo y el nominalismo jurídico, o de “golpe”, repentinamente, por encarnación de una plantilla prefabricada del “socialismo marxista-leninista”, que baja desde las “Ideas platónicas” (controladas por la autoproclamada “vanguardia intelectual de la vanguardia política”).

En fin la consabida cadena de sustituciones que reproducen la lógica de gobernantes/gobernados, dirigentes/dirigidos, de quienes deciden/ quienes ejecutan, impidiendo precisamente que la emancipación de los trabajadores sea obra de los trabajadores mismos (el comunismo de consejos y la oposición obrera pusieron a Lenin a escribir sus argumentos contra la “enfermedad infantil”, sin darse cuenta de su síntoma de su temprana “enfermedad senil” de gobernar sobre otros). La enfermedad senil del comunismo de estado es confundir el gobernar obedeciendo al pueblo con el gobernar sobre el pueblo, con puño de hierro sobre el pueblo.

Púes una revolución tutelada o administrada desde arriba es una caricatura de revolución. Y Lenin vivía los dilemas de controlar cibernéticamente el poder desde arriba, y al mismo tiempo estimular la movilización “de los de abajo”. Este es el dilema de quien pretende controlar, dirigir y ordenar los acontecimientos revolucionarios, cuando estos son básicamente procesos de multitudes organizadas. ¿Quién dirige a quién entonces?



En esto, Marx y Engels fueron mucho más claros, para prever que las transiciones dependerían de circunstancias específicas y particulares, de contextos históricos de formaciones sociales singulares, que sería larga como transición mundial, accidentada, con rasgos sinuosos, graduales, y en sus momentos de alumbramiento para cada sociedad, con inevitables caracteres de lucha, de avances y retrocesos, con rasgos combinados, heterogéneos y mixtos:

“De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede. Pero estos defectos son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal y como brota de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso alumbramiento.”(Crítica al Programa de Gotha-1875)

No se pueden borrar de golpe los defectos y el sello de la vieja sociedad capitalista. Justamente allí intervienen los aspectos de la revolución ético-cultural y educativa para la libertad de los trabajadores y trabajadoras. Pero activados por los propios trabajadores y trabajadores. No desde una acción cultural difusionista, alienante en sentido político, de propaganda bancaria, desde lo que calificó Trotsky frente a Cárdenas en México: Bonapartismo progresivo sui generis.

Gramsci fue más creativo que los temerosos repetidores de manuales: Cesarismo progresivo montado en el flujo revolucionario. Pero los “Grandes Líderes” están condicionados por las contradicciones de la historia acumulada, por la carga del tiempo histórico. Digan “pa” o digan “pe” los cultores del “mito cesarista”, el momento decisivo de las revoluciones, como flujos de cambio estructural, es el “protagonismo popular”, los actos constituyentes de multitudes organizadas, movilizadas, formadas políticamente y con una clara perspectiva de lucha desde un proyecto de liberación.

Sin una correlativa acción cultural, educativa, organizativa para la libertad, sin revolución educativa, ético-cultural, sin reforma intelectual y moral en el sentido gramsciano, no habrá ruptura profunda de la desigualdad, el dominio, la exclusión y la negación en la esfera de la construcción de una nueva hegemonía. Allí reside en parte el largo alumbramiento. Habrá momentos aceleradores, factores precipitantes, catalizadores o detonantes, pero solo si operan en conexión con un largo alumbramiento (relación entre situación, coyunturas y estructuras históricas).

La praxis revolucionaria es lucha situada, enclavada en la historia de condiciones y circunstancias históricas que muchas veces se pierden de vista; no es una lucha quijotesca donde se ponen en juego palabras áreas, quimeras o fantasías delirantes. Cuando se habla de lucha ideológica se habla de construcción de formas ideológicas compartidas, de opiniones comunes, de elaboración de significaciones comunes, no por simple violencia simbólica, arbitrariedad ideológica, sino por una extraordinaria capacidad de persuasión social, de inclusión y articulación de voluntades colectivas mayoritarias.

La hegemonía en Gramsci, depende precisamente de esta capacidad de articular el socialismo a una revolución de mayorías, a una revolución democrática de multitudes populares, no de sectas iluminadas, de democracia jacobina, de minorías revolucionarias que imponen una verdad a punta de difusión y propaganda bancaria y alienante; y si es preciso, del manejo más burdo del chantaje, la estigmatización, el uso político de los miedos, las culpas y la vergüenza como energías psíquicas de sumisión incondicional, de ruptura de la autonomía de las singularidades revolucionarias, a partir de formas de imposición forzada de acuerdos desde el ejercicio paranoico del poder.

En esto consiste el micro-fascismo, en las contra-revoluciones capilares, moleculares, que impiden el poder ascendente de la multitud popular frente a la “revolución administrada desde arriba” (¿Dijo usted Stalin?).

Suponer que en Venezuela es posible construir el socialismo con decretos, normas jurídicas o decisiones político-administrativas, desconociendo que se trata de la transformación a largo plazo de la organización social desde la acción colectiva de multitudes, implica aborda la formación social a ser transformada: el capitalismo rentístico, periférico, atrasado y dependiente, con su particular historia de democracia representativa, sus instituciones político-jurídicas, y sus singulares matrices culturales; todo esto pasa por precondiciones políticas, por la efectiva acumulación de fuerzas y de recursos de poder social por parte del bloque social popular subalterno.

Cuando se dice: “todo el poder para el pueblo” queda explicita la tarea del poder popular.

Sin poder popular y sin democracia deliberativa, participativa y protagónica, la construcción de la transición socialista puede terminar siendo una combinación de “flatus vocis”, “simulacro socialista”, “potes de humo” y resurgimiento del mismo “dispositivo de gobernabilidad burguesa”: gobernar sobre el pueblo.

Leer los manuales de la revolución rusa o cubana, suponer que se trata de un asunto de “calco y copia”, de “voluntarismo político” de una “minoría revolucionaria consciente” es un grave error. Olvidar contextos históricos específicos, como el ABC del movimiento autónomo de una mayoría inmensa que lucha por los intereses de la inmensa mayoría (Manifiesto Comunista), implica suplantar lo decisivo que es la lucha, organización, formación política, movilización y proyecto de liberación de la multitud popular, por una vanguardia descolgada o una minoría profética. No hay sustituto posible a los actos constituyentes de multitudes organizadas. Pueden existir “grandes personalidades” catalizadoras del cambio. Pero que no se pierda de vista, que una revolución de mayorías desborda el papel del estos particulares “grandes personalidades” en la historia. Todos los reflujos de masas muestran, lo poco que pueden hacer por si mismos las grandes jefaturas cuando se debilita la legitimidad popular. La clave no está exclusivamente arriba, está en ampliar y cerrar filas por debajo. El peor peligro es el sectarismo que divide y excluye.

La transición socialista implica una revolución democrática de mayorías, una acumulación de fuerzas del movimiento de la multitud popular en el plano nacional, que no se reduce exclusivamente a la construcción imaginaria del proyecto de un “socialismo aéreo y etéreo en un solo país”.

Para cualquier país periférico, dependiente, con debilidades en sus estructuras productivas, será prácticamente imposible, por ejemplo construir fases tempranas de la transición socialista sin contar con procesos semejantes en países aliados, sin contar con un bloque continental de poder que favorezca transiciones socialistas.

De allí, que sea necesario reconocer la inevitabilidad del carácter mixto, combinado y heterogéneo de la transición socialista, sometida a flujos y reflujos de la lucha revolucionaria. No se trata de un asunto de deseo sino de realidades a ser transformadas. No se construyen nuevas estructuras de transición desde la “omnipotencia de las ideas”, sino desde el poder efectivo de la acción colectiva transformadora, desde los movimientos, los colectivos, las organizaciones sociales, desde sindicatos revolucionarios, gremios y asociaciones socialistas, desde frentes sociales revolucionarios, desde la alianza de partidos de orientación socialista.

No hay poder popular sin poder organizado desde abajo hacia arriba, y no administrado desde arriba hacia abajo. No se puede liquidar del poder ascendente de la multitud popular, sin liquidar el espíritu de la revolución y por tanto, sin inducir el reflujo de la movilización de masas. La lealtad revolucionaria en la tradición socialista de todas las épocas es hacia principios, el ideario, los valores y las acciones congruentes con el carácter de una revolución democrática y socialista.

Mínimos de coherencia, de consistencia, de congruencia con principios, valores, ideario y acción revolucionaria, generan por si mismo confianza, credibilidad, aceptación y legitimidad revolucionaria. Cuando la lealtad hacia la personalidad dirigente se confunde con el culto a la personalidad, y se convierte en demanda de sanción o forma jurídica relacionada con la penalización de faltas, desviaciones o delitos, estamos justamente en presencia de una crisis de legitimidad de la dirección revolucionaria.

Gramsci lo denominaba: Cadornismo. El que quiera investigar que investigue.

Por otra parte Marx señalaba que el “socialismo moderno” esta reñido con un socialismo de la escasez crónica (llega a decir que el socialismo maduro implica “manantiales de la riqueza colectiva”). Es justamente en un marco de abundancia material y de riqueza multilateral de las capacidades humanas (Manuscritos de París) cuando puede decirse: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades! No antes, por pura fantasía delirante (ver: Crítica al programa de Gotha)

Esta modalidad de apropiación y distribución es completamente inviable donde predomina la debilidad crónica de las fuerzas productivas, la escasez, la desarticulación de los sectores económicos, la desregulación, desorganización de los mercados y el despilfarro. De allí la importancia de combinar eficaz y adecuadamente la planificación social con la regulación de los mercados.

A diferencia de algunos bolcheviques y jacobinos, para Marx, los saltos históricos y la interacción entre esferas ideológicas, culturales y políticas con las estructuras económico-sociales, no se hacia desde el vacio de condiciones históricas, tanto objetivas como subjetivas. La dialéctica entre luchas y condiciones, impedía la recaída en el materialismo contemplativo o en el idealismo abstracto o absoluto.

El papel del individuo y de la conciencia, podían comprenderse en su capacidad de alterar parámetros histórico.-estructurales, pero no fuera de ellos. Los límites aparentes de las estructuras inamovibles se abren a la intervención de la acción colectiva en tiempos de crisis orgánica, cuando la estabilidad pasa a ser histórica, transitoria y contingente. Allí también residen los límites del voluntarismo, del capricho, de la fantasía delirante, el confundir deseos con realizaciones.

Pues no será a punta de “moral revolucionaria” que se modifica un complejo cuadro de relaciones de fuerza entre capital y trabajo, entre clases dominantes y subalternas, o entre imperialismo y nación. No hay que olvidar tendencias y contra-tendencias históricas, fuerzas organizadas o no en las coyunturas, fricciones y conflictos en las situaciones, y el azar que cada vez es más reconocido en los sistemas alejados del equilibrio. Nada de “omnipotencia de las ideas y el culto a la voluntad individual”. ¡Deseos solos no empreñan!

Para que se convierta en fuerza material el socialismo tiene que ser un hecho de masas, de multitudes populares, organizadas y formadas políticamente, en la conquista de su auto-emancipación a través de un proyecto histórico relacionado con programas mínimos que articulen las demandas concretas de cada situación concreta. La reforma es quedarse solo con estos programas mínimos sin quebrar las reglas del sistema histórico. La revolución que ara en el mar, significa olvidar que sin programas mínimos no hay acumulación de fuerzas. Se trata de reformas radicales y revolución posible, no de reformismo sin horizonte o de revoluciones sin mediaciones prácticas.

¡Solo el pueblo salva al pueblo!

¡El poder de la multitud popular es el socialismo!

¡Sin poder popular solo hay simulacro de revolución!

Sencillito: ¡Sin pueblo revolucionario no hay socialismo!



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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

 jbiardeau@gmail.com      @jbiardeau

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