En verdad: ¿qué sería un Estado no-clasista?

Desde que tomó impulso la idea del “socialismo del siglo XXI”, no por el primero que lo planteó sino por el presidente Chávez, han brotado múltiples polémicas y reflexiones sobre el tema, incluso en el mismo campo de los opositores. A esas polémicas no han escapado luminarias del conocimiento de izquierda que, entre otras cosas, lanzaron a la opinión pública la idea de un Nuevo Proyecto Histórico prometiendo un Manifiesto que, así lo creo, no ha sido publicado o dado a conocer hasta el momento actual. Sin embargo, es necesario destacar o reconocer que el científico social que más se ha preocupado e intervenido –opinando en lo oral y en lo escrito- sobre ese Nuevo Proyecto Histórico y sobre el “Socialismo del siglo XXI”, ha sido mi amigo Heinz Dieterich. Es de suponer también, consecuencia lógica de ello, es quien más ha llevado del bulto de parte de los que critican sus ideales o propuestas de socialismo.

Ciertamente, sin ser experto en la materia y menos científico, no comparto algunos puntos centrales de ese Nuevo Proyecto Histórico porque, entre otras cosas, tiene análisis que me parecen incorrectos y, por lo tanto, llegan a conclusiones igualmente incorrectas. Eso no niega la valía de conocimientos que aportan esos científicos para el estímulo de superación de quienes los estudian. Y, especialmente, el camarada Dieterich, que ha puesto a miles de personas a opinar y polemizar en torno a ideas que son de vital importancia estudiar en este tiempo. Pero esta opinión no trata de esa materia ni del “Socialismo del siglo XXI”, sino del “Estado no-clasista”.

Para analizar el Estado es preciso partir de una concepción de la historia, porque de no ser así se cae en un abismo sin luz de ninguna naturaleza por lo cual la oscuridad obnubilará totalmente cualquier intento de conocimiento. El camarada Engels nos dice, para no meter a Marx en el zaperoco, que “La concepción materialista de la historia parte de la tesis de que la producción, y tras ella el cambio de sus productos, es la base de todo orden social; de que en todas las sociedades que desfilan por la historia, la distribución de los productos, y junto a ella la división social de los hombres en clases o estamentos, es determinada por lo que la sociedad produce y cómo lo produce y por el modo de cambiar sus productos. Según eso, las últimas causas de todos los cambios sociales y de todas las revoluciones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres ni en la idea que ellos se forjan de la verdad eterna ni de la eterna justicia, sino en las transformaciones operadas en el modo de producción y de cambio; han de buscarse no en la filosofía, sino en la economía de la época de que se trata”. Esto es una verdad científica que no puede modificarse ni encontrarse otra idea que la suplante en la historia de la lucha de clases y fuera de ella.

El camarada Lenin, en su buen entendimiento de esa concepción materialista de la historia y en su aporte a la doctrina proletaria, nos dice: “El marxismo señaló el camino para una investigación universal y completa del proceso de nacimiento, desarrollo y decadencia de las formaciones económico-sociales, examinando el conjunto de todas las tenencias, contradicciones y concentrándolas en las condiciones, exactamente determinables, de vida y de producción de las distintas clases de la sociedad, eliminando el subjetivismo y la arbitrariedad en la elección de las diversas ideas o en su interpretación y poniendo al descubierto las raíces de todas las ideas y de todas las diversa tendencias manifestadas en el estado de las fuerzas materiales productivas, sin excepción alguna…”. Incluso, los grandes historiadores de la burguesía (Thierry, Guizot, Mignet y Thiers) comprendieron, sin llegar a aportarnos una científica concepción materialista de la historia, que en ésta la lucha de clases es la clave para entenderla.

El Estado es un instrumento político organizado que nace de una necesidad histórica, en un momento determinado de su desarrollo, cuando nacen las clases sociales y sus disputas por intereses irreconciliables. Por esa razón y no por otra, hubo un largísimo período histórico de comunidad primitiva sin que se llegase a poseer necesidad del Estado y, mucho menos, de conocerlo. Lenin, sintetiza la concepción sobre el Estado en los siguientes términos: es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. Lenin agrega algo de vital importancia para hablar o escribir de “Estado no-clasista”, y eso es lo siguiente: “El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse”. Es muy fácil deducir que sin clases no hay Estado pero, al mismo tiempo, sin Estado no hay clases.

El Estado no surge, lo entendemos correctamente, como invento de una mente privilegiada que se le ocurrió crear un instrumento que le diera la potestad de Dios pero en la Tierra. No, nació, como lo dijo Engels, “… de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida”. Notemos que se habla de por regla general, lo cual quiere decir que siempre existe la posibilidad real de la excepción. Y ésta es, en la historia de la lucha de clases, la dictadura del proletariado que se fundamenta no en la perfección del Estado burgués, sino en su destrucción y creación de uno nuevo que no pertenece a ninguna clase económicamente dominante pero sí a una clase políticamente dominante que es la clase obrera, porque ésta lleva en su extraña el nuevo modo de producción donde el Estado, cumpliendo una misión distinta a la de los Estados de clases explotadoras y opresoras, se extingue por completo..

Teniendo los elementos antes expuestos, podríamos hablar o escribir, con fundamento científico, de un “Estado no-clasista”.

Si el Estado nace producto de las contradicciones entre las clases, es de suponer que mientras existan esas contradicciones –y valga la repetición de palabras- no puede concebirse la idea de extinción del Estado o que éste se aísle, de manera definitiva, de las clases. Si el Estado nace para refrenar o contener las contradicciones de clase; si nace para ejercer dominio político una clase sobre otra u otras en función de determinados intereses económicos, es de suponer que ninguna clase que llegue al poder para imponer un determinado modo de producción, va a cometer la tontería de execrar el Estado quien es, precisamente, el que le garantiza los instrumentos indispensables para ponerle freno a las contradicciones entre las clases que se disputan la supremacía del régimen económico-social.

Buscar un “Estado no-clasista” en una sociedad dividida en clases sociales con intereses irreconciliables es como tratar de descubrir una aguja encima de un pajal pero que está escondida bajo tierra. Si el Estado no es clasista, por lo tanto, deja inmediatamente de ser Estado. Buscar un “Estado no-clasista” en como ponerse a descubrir en todas las bibliotecas públicas y privadas del mundo entero un texto que sostenga, científicamente, un definición de la política que no posea relación con lucha de clases; es decir, no puede haber Estado sin política como política sin concepción de Estado. Por algo, Lenin decía que el socialismo es cada vez menos política y más economía, lo cual puede traducirse que en la medida que van desapareciendo las contradicciones entre las clases igual se va extinguiendo el Estado. Si no hay clases, es de suponer que tampoco existan contradicciones entre ellas: ¿entonces para qué el Estado? Por algo, también, Engels, en su rechazo a las tesis reformistas de Dühring sobre el Estado, decía: “Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que mantener sometida; cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con la existencia individual, engendrada por la anarquía actual de la producción, los choques y los excesos resultantes de esto, no habrá nada que reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial de represión que es el Estado”. Lo que es más: “No se podrá hablar de victoria real del socialismo más que a partir del momento histórico en que el Estado sólo lo sea a medias y en que el dinero comience a perder su poder mágico. Esto significará que el socialismo, liberándose de fetiches capitalistas, comenzará a establecer relaciones más limpias, más libres y más dignas entre los hombres” (Trotsky). ¿Qué sociedad dividida en clases sociales, mientras persistan las contradicciones irreconciliables, podría construir el socialismo sin pararle ni un milímetro de bola al Estado de clase, es decir, valiéndose de un “Estado no-clasista”? Y si falta algo por entender, Engels agrega: “El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad: la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado”.

No existe ninguna ciencia, ninguna tecnología, por muy avanzadas que sean, que puedan sustituir al Estado para hacer posible la construcción de un modo de producción en una sociedad dividida en clases sociales. Más bien: ese Estado, en el caso de una revolución proletaria, tiene el sagrado deber de poner la ciencia y la tecnología al servicio de la construcción del socialismo, abriendo todos sus espacios y conocimientos a toda la sociedad que debe contribuir a emancipar de toda esclavitud material y espiritual. El proletariado no reúne las condiciones históricas para construir una nueva cultura de clase, por lo cual está obligado, con ayuda del Estado proletario, a asimilar el legado de conocimientos del capitalismo para ponerlo al servicio de una cultura universal. Ahora, si el Estado proletario, mientras sea necesario, sustituye a la ciencia y la tecnología para darle predominio a la burocracia no está haciendo nada más que preparando una profunda sepultura de la revolución.

Y para finalizar, ninguna revolución fracasa por desconocimiento de números de las matemáticas ni por falta de cibernética, tampoco por ausencia de visión astronómica o física. No, fracasa por factores, primordialmente, de origen económicos, por falta de técnica desarrollada, por carencia de producción, por ausencia de industrialización, por no tener planes de progreso en base a realidades sociales, por incremento excesivo del aparato burocrático, por sustitución de las masas para privilegiar un partido político, por el centralismo excesivo que desplaza y anula la democracia proletaria, por la desconfianza en la disidencia y lucha de las ideas como en la negación de la libertad de juicio, por la ausencia del espíritu libertario, por el aislamiento nacional del contexto mundial y por la negación del internacionalismo proletario o revolucionario y que, en otros términos, se llama solidaridad revolucionaria. Primero se derrumba el mito de la preñez de la virgen María por un Espíritu Santo que vivir la realidad de un “Estado no-clasista”.

El Estado clasista (proletario) es para la construcción del socialismo lo que la crisálida es para la formación de la mariposa. Sin lo uno ni la otra jamás habrá socialismo ni mariposa.



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Freddy Yépez


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