Desmontar los códigos del “socialismo burocrático” (IV)

Uno de los mayores mitos de la transición al “socialismo revolucionario y democrático” es la creencia en la necesidad de un partido único, monolítico, sin corrientes, grupos de opinión, ni tendencias; en fin, sin “democracia socialista interna”. En contrapunto, retomamos de Mariátegui la importancia del “frente único revolucionario”, sobre todo por la articulación de la diversidad de pensamientos socialistas en la unidad de acción, a partir de la dialéctica entre programa mínimo y programa máximo, entre programa táctico y estratégico.

Sin democracia socialista interna en las organizaciones políticas, no podrá construirse la democracia socialista en el “entorno” que se pretende transformar. No hay que olvidar que la forma/partido hasta cierto punto, prefigura aspectos de la forma-estado. El centralismo burocrático o el personalismo político del cualquier partido, se proyectan sobre el burocratismo y el bonapartismo en el aparato de estado. Esto ha quedado en evidencia en las experiencias del “socialismo burocrático”, sobre todo en la experiencia estalinista. Plantear una correspondencia transparente y unívoca entre el proletariado como sujeto social y su representación política, se traduce inmediatamente en “dictadura de partido único”, y en “dictadura sobre el proletariado”. Más aún cuando hoy ha quedado patente la crisis de la representación política, como teoría y como práctica.

Sin embargo, el pensamiento marxiano construyó históricamente de otro modo la compleja relación entre clase(s) y partido revolucionario. La concepción de partido en Marx estaba signada por el paso de la “clase en sí” a la “clase para sí”, lo que Gramsci llamó la catarsis, el paso del momento económico-corporativo al momento ético-político. Marx, en el Manifiesto Comunista, planteaba que la “organización del proletariado en clase” pasaba por su “organización en partido político”, pero dejando en claro que “los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros. No tienen intereses que los separen del conjunto del proletariado (...) Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte en las luchas nacionales (...) hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, y por otra parte en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”.

Los comunistas constituían para Marx “el sector más resuelto” de los partidos obreros. En Marx, no hay entonces ninguna tesis del “partido único de la revolución”, ni ninguna pretensión de convertirlos en seres superiores y providenciales. Tampoco hay ninguna pretensión de transformar este “partido único de la revolución”, en la única fuerza dominante superior de la sociedad y del estado, en un centro de dirección y organización monolítico, burocráticamente organizado como destacamento de representantes alejados de las funciones de servicio publico, con mandatos revocables y responsables, de la necesidad de “mandar obedeciendo al pueblo”.

Fue Trotsky quizás, el único que analizó las deformaciones burocráticas del proceso soviético conociendo el monstruo desde dentro, y quién postuló la relación entre los distintos sectores de la clase obrera, los organismos de frente de masas, el rol dirigente, lo que Gramsci denomina rol ético-político, del partido revolucionario, antes y después de la toma del poder, y el régimen de pluripartidismo soviético, como forma política de la dominación social y política del proletariado. Sobre este punto, sobre el pluripartidismo soviético se ha hecho especial silencio para evitar la crítica a los regímenes de partido único.

Hay que reconocerle en el Trotsky maduro, su rigor de pensamiento crítico al reconocer que la ilegalización de los partidos eserista y menchevique, y posteriormente la prohibición de las fracciones al interior del partido bolchevique, no estuvieron exentas de consecuencias políticas negativas. Aquí Trotsky vuelve a entroncarse con las críticas de Rosa Luxemburgo a la revolución Rusa, con planteamientos heterodoxos de Mariátegui y del propio Gramsci, este ultimo haciendo énfasis en la diferencia entre los métodos persuasivos de convencimiento y construcción de consensos, y los métodos impositivos, burocráticos y policiales. Gramsci conocía directamente el comportamiento fascista.

Trotsky recuerda que para el gobierno bolchevique aquellas prohibiciones eran una “medida provisional dictada por las necesidades de la guerra civil, del bloqueo, de la intervención extranjera y del hambre”, pero Stalin lo había transformado en norma, en modelo único. Desde allí el marxismo-leninismo ortodoxo ha convertido en dogma la tesis del “partido único de la revolución” y se estableció el llamado “régimen de partido único”, basado en el falso planteamiento estalinista que giraba sobre una falacia: con “la realización del socialismo”, las clases habían desaparecido, y por lo tanto también los partidos. Obviamente, todo por decreto.

Para Trotsky, en cambio, la toma del poder por sí misma no implica la abolición de las clases sociales: “En realidad las clases son heterogéneas, desgarradas por antagonismos interiores, y sólo llegan a sus fines comunes por la lucha de las tendencias, de los grupos y de los partidos. Como una clase está compuesta de numerosas fracciones -unas miran hacia delante y otras hacia atrás-, una misma clase puede formar varios partidos. Por la misma razón, un partido puede apoyarse sobre fracciones de diversas clases. No se encontrará en toda la historia política un solo partido representante de una clase única, a menos de que se consienta en tomar por realidad una ficción policíaca”. Esta ficción policiaca es justamente en lo que terminaron siendo los socialismos burocrático-autoritarios, con una diseminada mentalización policíaca de control y vigilancia en todos los espacios sociales, por cierto.

Lo cierto es que la fracción política que representa la “burocracia de estado”, es la que asume en mayor grado, la mentalización policíaca como lenguaje como seña de identidad. Para ella, la mentalización paranoide, hace de los otros, incluso de los potenciales aliados tácticos, “enemigos, traidores e infiltrados”. Es un fenómeno común, emblemático, recurrente en los procesos de transición al socialismo, marcados por deformaciones burocrático-despóticas. De allí la importancia de la lucha contra la ficción policíaca en el caso Venezolano, fenómeno que se hizo completamente palpable luego de realizadas algunas críticas, bastante superficiales por cierto, en el evento sobre “intelectuales, democracia y socialismo” en el Centro Internacional Miranda. Desde allí, cualquier mentalización policíaca que pretenda cobrar cierto auge, con una suerte de caricatura de la GPU estalinista, es un esfuerzo bastante ridículo y patético. Sin pensamiento crítico socialista se repetirán los errores del socialismo burocrático-despótico.

En el Programa de Transición, Trotsky plantea que “La burocracia ha reemplazado a los soviets, como órganos de clase, por la ficción de los derechos electores universales, al estilo de Hitler y Goebbels. Es preciso devolver a los soviets no sólo su libre forma democrática, sino también su contenido de clase. Así como en otro tiempo no se permitía a la burguesía y a los kulaks ingresar a los soviets, ahora es necesario expulsar de los soviets a la burocracia y a la nueva aristocracia (...) La democratización de los soviets es imposible sin la legalización de los partidos soviéticos. Los mismos obreros y campesinos, con sus votos libres, señalarán a los partidos que reconocen como partidos soviéticos”. Obviamente para Stalin, Trotsky era un espía del imperialismo, una peligrosa infiltración patológica en la revolución soviética.

Sin embargo, fue Trotsky el único dirigente marxista de la revolución rusa, que formuló con cierta consistencia el pluripartidismo soviético entre las dos guerras mundiales. Esta excepcionalidad de Trotsky, surge del análisis de la diferenciación social, y no se limita sólo al régimen político de una sociedad post-capitalista, sino que es fruto de una reflexión que apunta a su trabajo de elaboración sobre las perspectivas estratégicas de lucha por el poder. Es decir, se trata de un modelo no estalinista de transición al socialismo. Por cierto, la multiplicidad de partidos en los soviets, o en los organismos de la clase obrera y las masas populares, no implica de ninguna manera que el partido revolucionario renuncie a la lucha por la dirección a favor de un consenso hegemónico alrededor del programa estratégico y táctico. Pero no es lo mismo una actitud de persuasión a través de órganos de prensa y de lucha de opiniones, que una actitud de imposición, donde cualquier diferencia es traición.

De allí las analogías de Mariategui y Trotsky con relación a la crítica del régimen de partido único, característico del socialismo burocrático. Ciertamente, el sujeto-proletario debe conquistar la hegemonía sobre las otras clases explotadas antes de la toma del poder, pues no hay ninguna clase histórica que pase de la situación de subordinada a la dominadora súbitamente. Visto el curso de las transiciones socialistas, el proletariado como “clase gobernante” efectiva debe poner en el lugar a las capas burocráticas del Estado que pretenden sustituirla, que pretenden convertirse en capa dominante permanente.

Una revolución democrática, socialista, descolonizadora para la eco-política que se prefigura en el siglo XXI es la superación de la hegemonía despótica sobre la conciencia social, propia del capitalismo, y también presente en las experiencias del colectivismo oligárquico. La pluralidad de tendencias y pensamientos críticos socialistas es la condición de posibilidad de una democracia participativa, protagónica y revolucionaria distinta, al autoritarismo político de los regímenes de partido único. El frente único revolucionario, defendido por Mariátegui, permite la democracia socialista interna, sin la cual, la construcción del estado de transición, de un Estado marcado de cabo a rabo por la revolución democrática, por la socialización del poder, pueda cumplir funciones que apalanquen una sociedad que supere los modos de vida capitalistas, marcados por el egoísmo posesivo, pero además por formas de alienación política que condenan a los individuos sociales, y a las clases dominadas, a ser no sujetos de la política, sino a ser medios pasivos, a ser objetos manipulables por pequeños grupos de decisión. De allí que sea indispensable desmontar teóricamente y demoler en la práctica, los códigos ideológicos del socialismo burocrático.

jbiardeau@gmail.com


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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