Ilusiones ilimitadas en la "transición al Socialismo"

Uno de los errores más elementales sobre Marx es el referido al uso inadecuado de las nociones de “estructura” y “superestructura”. Lo que no fue sino una de las metáforas estilistas de Marx, tema que en profundidad fue analizado por Ludovico Silva, se transformó en dogma de interpretación del llamado “Materialismo Histórico”. Pero el impacto de este error no es una simple curiosidad teórica sobre brevísimas frases de la extensa obra de Marx (Prólogo a la contribución a la crítica de la economía política de 1859), sino que se refracta sobre el terreno de las prácticas políticas de los movimientos que se reclaman portadores del ideario socialista revolucionario. Ya Cerroni y Marcuse habían advertido del error de utilizar, operativa e instrumentalmente frases del pensamiento marxiano en función de “complemento solemne de justificación” de una línea política. No son lo mismo los marxismo(s), que el pensamiento marxiano. Por ejemplo, en los enunciados de la “exposición de motivos” del proyecto de reforma constitucional apareció la noción de “superestructura” como presupuesto de análisis del alcance del cambio jurídico-político que se impulsó en el 2007. Allí aparecían con claridad las “ilusiones ilimitadas” de la reforma constitucional; errores que descansaban en un manejo simplificado de nociones de manuales marxistas, combinado con graves debilidades acerca del concepto y alcance de una “reforma constitucional”. Para decirlo con claridad, una explosiva combinación de falencias. Pues una reforma no servía ni a los propósitos desmedidos de modificación del “núcleo normativo fundamental” de la Constitución de 1999, ni permitía desmontar “superestructura” alguna. Si al pensamiento liberal se le ha criticado cierta predisposición en Latinoamérica de crear “Constituciones nominales y aéreas”, en este caso estamos ante algo patético: pretender realizar una “transición al socialismo” (que no era socialismo) desde una “reforma constitucional” (que no era reforma), un nominalismo mágico que desconoce las premisas materiales, las condiciones históricas y las luchas políticas que hacen posible una radical socialización del poder. Algo completamente antagónico a una estrategia hegemónica democrática de “guerra de posiciones ideológicas” en la “sociedad civil”. En la exposición de motivos del proyecto podía leerse: “Reconociendo los avances de la constitución de 1999, estos no han sido suficientes para alcanzar la aspiración de la felicidad, del bien común, en una sociedad de justicia; en consecuencia, se plantea la imperiosa e ineludible necesidad de ir a un proceso de Reforma Constitucional a fin de adaptarla y dotarla de elementos que consoliden el avance hacia la ruptura del modelo capitalista burgués. Para construir un nuevo orden con preeminencia del ser social colectivo, es necesario superar los obstáculos generados por las relaciones sociales capitalistas, manifestados en la imposición de los intereses de las minorías por encima de los intereses del poder originario, la concentración de la propiedad en pocas manos, la dificultad política para democratizar el poder, una institucionalidad que propicia el establecimiento de un cuerpo burocrático amparado en una superestructura ideológica que mantiene a nuestro pueblo encadenado a la miseria, alienado y alejado de su propia realidad. Estas estructuras de poder se fundamentan en la imposición de un saber que les garantiza la supremacía y dominación a través del control de las ideologías, la cultura, la educación y de los medios de comunicación”. Quienes sean los que hayan hecho semejante formulación, partieron de premisas que tergiversaban de manera grotesca la idea de “reforma constitucional”, prefigurando su fracaso en aspectos claves de validez y legitimidad política; pues en la práctica, deslizaban una crítica total a la Constitución vigente, generando una tensión mortal entre la existencia de la misma y la tesis de la “ruptura del modelo capitalista burgués”. ¿Cómo pueden ser los avances de la Constitución de 1999, ser los elementos insuficientes que impiden alcanzar “la aspiración de felicidad, bien común, en una sociedad de justicia”? Un contrasentido en el marco de una Reforma. Lo que estaba en juego eran fuertes presunciones sobre los “procesos de transición”, fuertes “extravíos” en materia de “Socialismo”, a los cuales solo les cabe una drástica política de 3R. La hegemonía ideológica no se derrota con voluntad, decisión, inmediatez y decreto (sin retardo y sin excusa, como dicen). La hegemonía ideológica es el armazón de sentido de las relaciones sociales predominantes. Nada de pamplinadas sobre “superestructuras”. La hegemonía ideológica es, como analizan Rossi-Landi y Bourdieu, un trabajo permanente de reproducción de representaciones, sedimentaciones ideológicas y hábitus. Lo desproporcionado del análisis se exponía con claridad mas adelante: “(…) consideramos oportuno y pertinente iniciar el proceso de reforma, sobre los elementos procedimentales en los cuales se fundamenta este proceso de Reforma Constitucional, en síntesis, se trata de: Desmontar la superestructura que le da soporte a la reproducción capitalista, tanto en el plano constitucional y legal, como en lo epistemológico y ético.” Un manejo tan burdo de la noción de “reproducción capitalista”, “desmontaje” y “superestructuras constitucionales, legales, éticas y epistemológicas” solo se les puede ocurrir a un grupo encandilado por “los sueños de una razón que engendran monstruos”. Extraviada dialéctica la de las “ilusiones ilimitadas”.

jbiardeau@gmail.com


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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