La incontinencia de Dieterich y la autocrítica

“Un hombre es sabio mientras busca la sabiduría; si llega a creer que la ha encontrado, se convierte en idiota”
PROVERBIO ÁRABE

La derrota del sí en el referéndum sobre la reforma constitucional venezolana ha desatado una curiosa carrera entre los intelectuales de medio mundo: unos hacen análisis de la derrota viendo la botella medio llena, otros claramente medio vacía.

Entre los primeros destacan los latinoamericanos, esperanzados con un proceso que ha devuelto a sus pueblos la dignidad. Por toda la parte sur del continente se ha extendido un importante debate sobre el control nacional de la energía y otros recursos naturales, así como el que los beneficios que generan sean utilizados en sus propios pueblos y eso es debido al empuje dado por Venezuela. Se puede, y debe, discutir si la soberanía del petróleo está en manos de Venezuela o continúa en manos de las multinacionales, como apuntan sectores vinculados a Tercer Camino –que criticaron con especial dureza los artículos 112, 113 y 115 del texto presentado a reforma constitucional, pero lo que es innegable es que una parte muy considerable de sus beneficios ha revertido en el pueblo. La recuperación de las riquezas nacionales fue uno de los catalizadores que llevaron a Evo Morales a la presidencia y se convirtió en uno de los referentes principales para las diferentes expresiones de la izquierda en Ecuador, Nicaragua o Perú y que también ha incidido en el rechazo popular a la firma de tratados de libre comercio de países como Colombia, Uruguay, Costa Rica y otros países.

Entre los segundos destacan los europeos, poco críticos con un proceso del que bastantes se han beneficiado o en el que han participado (como es el caso de varios españoles, especialmente) en calidad de asesores de tal o cual instancia del gobierno o institución –incluso del Palacio de Miraflores- cuando se estaba en la cresta de la ola y que ahora, habiendo saboreado la miel amarga de la derrota parece que quisieran distanciarse o, al menos, que nadie les achaque a ellos su parte de responsabilidad. De todas las críticas que se han podido leer sobre las causas de la derrota del sí sorprende la total ausencia de autocrítica.

Dentro de este sector hay quien ha sido moderado, considerando que la derrota es grave, pero no irremediable, y quien ha sido radical, opinando que la derrota ha sido “estratégica”. El paladín de esta última opinión ha sido Heinz Dieterich, sobre el que ha caído toda una avalancha de críticas en el que le llaman de todo, menos bonito. Su artículo “Derrota estratégica en Venezuela; peligro mortal para Bolivia y Cuba” debería ser de obligada lectura para toda persona preocupada por el proceso bolivariano en Venezuela, se esté de acuerdo con lo que allí se escribe o no.

No es la primera vez que Dieterich mantiene opiniones conflictivas ni alineamientos cuestionables. Tampoco sería la primera vez que se equivoca de medio a medio. Por ejemplo, durante un encuentro internacional de solidaridad con Colombia que se celebró durante el mes de julio de 2002 en México DF, tuvo el atrevimiento de pedir la renuncia de Hugo Chávez de la presidencia para reorganizar sus fuerzas tanto a nivel popular como dentro del Ejército. Y lo hizo en un momento clave: había fracasado el golpe de Estado de abril y unos cuantos intelectuales, como él, no daban un céntimo por el futuro de Chávez en la presidencia ni del proceso en marcha. Los delegados venezolanos que participaban en ese evento pidieron la palabra para rebatir los argumentos de Dieterich, argumentaron que estaba equivocado de todo punto de vista, que el pueblo estaba organizado y consciente y que su postura había sido claramente derrotista. El tiempo les dio la razón a los delegados venezolanos y se la quitó a Dieterich.

El problema de Dietrerich es que pretende ser categórico. Como cuando habla del fin del proceso en Bolivia para 2008 o anuncia una nueva situación de riesgo en Venezuela con otro referéndum revocatorio contra Chávez en 2010.

A lo mejor habría que decir que se ha llegado a esta situación porque el proceso ha sido muy laxo con la oligarquía -¿acaso hay que recordar lo sucedido con el problema de la tierra y el “método Chaaz”, acrónimo de Chavez-Azpurúa, un terrateniente de Barinas que llegó a un acuerdo con el gobierno para entregar parte de las tierras ociosas, es decir, no productivas de su hacienda a los campesinos y evitar así la expropiación, que, en la práctica, legaliza para los terratenientes tierra propiedad del Estado?- y, en este caso, reconocer la parte alícuota de responsabilidad en los desabastecimientos. Cuando algunos como quien escribe este artículo se hacían eco de que organizaciones como el Frente Campesino “Ezequiel Zamora” hablan de “revolución agraria” y no de reforma agraria, al tiempo que hacían hincapié en la soberanía alimentaria (“La reelección de Chávez implica la profundización del proceso revolucionario” ) o se hablaba de las Empresas de Producción Social para superar el modelo cooperativista de la Misión Vuelvan Caras caracterizado por fracasos sonoros y éxitos incuestionables pasando por muestras de corrupción y favoritismo en la entrega de créditos junto a la tendencia a satisfacer primeramente los intereses de los cooperativistas y no de las comunidades en que se insertan ¿dónde estaban esos intelectuales críticos de ahora, incluso Dietereich?

En el caso del profesor de la Universidad Autónoma de México tal vez sea un problema de incontinencia: si él fue uno de los primeros en teorizar sobre el “Socialismo del siglo XXI” (Ediciones Paradigmas y Utopías, febrero de 2002, edición mexicana) será quien más autorizado esté para hablar de cómo se llega a él y aconsejar, imponer, maximizar para corregir errores. Tal vez sea un atrevimiento, pero da la impresión que se considera un poco como el padre del proceso bolivariano, especialmente desde el momento en el que Chávez se pronunció por esa meta, por el momento bastante vacía de contenido, de “socialismo del siglo XXI”.

El revuelo que ha causado con su artículo, hábilmente utilizado por la oligarquía venezolana –lo que nos llevaría a recordar un viejo dicho de un compatriota alemán del profesor, Karl Liebknecht, referente a que cuando una persona de izquierda, si es que se considera como tal, se sitúa en el mismo campo que una de derecha tiene que hacerse una autocrítica-, no es para tanto. En él se encuentran partes que son fácilmente defendibles, como lo referente a la nueva clase política que ha surgido en Venezuela al calor de este proceso o la adulación que durante bastante tiempo ha habido por parte de ciertos intelectuales a quienes denomina, con un calificativo que es fácil de suscribir, como “aplaudidores”. Algunos de esos “aplaudidores” aparecen ahora como críticos y se atreven a hacerlo con un “ya lo decía yo”.

La alarma que ha provocado este artículo es a todas luces excesiva. En el libro mencionado Dieterich no acertó en aspectos claves como el futuro de Rusia, sobre quien vaticinaba que iba a caer en la órbita de la OTAN y de la UE (pág. 12), sobre la situación en Oriente Medio (pág. 10) o sobre la Organización de Cooperación de Sanghai (pág. 11) a la que daba por fenecida. Estos aspectos, junto a otros en los que sí acertó –como el papel de la OTAN como sustituto del orden internacional hasta ahora representado por la ONU-, aparecen en la introducción que acoge toda su teoría sobre el socialismo del siglo XXI.

El proceso que se vive en Venezuela es emancipatorio, pero no es ni fácil ni corto. Mucho se ha hablado de los resultados electorales y se hablará más, pero de lo que hay que partir es de que la oligarquía tiene un techo –aumentar algo más de 200.000 votos sobre su mejor porcentaje pese a todo el apoyo exterior y mediático que tuvo, con la satanización de Chávez y su pretendido autoritarismo, lo que debería hacer pensar a Dieterich sobre la viabilidad de triunfo en ese referéndum revocatorio que vaticina como posible en 2010- y los sectores populares un piso –esos más de 4 millones que están ahí para lo que haga falta-.

Habrá muchos Dieterich, pero también habrá muchos Alan Woods (“¿Qué significa la derrota en el referéndum?”) o James Petras (“El referendo venezolano: análisis y epílogo” ). Y lo más importante: los propios venezolanos. El debate está abierto a todos los niveles, desde los barrios hasta las altas esferas. Sólo hay que echar un vistazo a la página www.aporrea.org para darse cuenta del nivel de discusión que se ha abierto de inmediato. Todos podremos aportar desde fuera, especialmente cuando hagamos un ejercicio de autocrítica que, como con las excusas del rey de España por el incidente de la Cumbre Iberoamericana de Santiago, aún no se ha hecho. Y siempre que no perdamos de vista que son los propios venezolanos quienes tienen en sus manos el destino final. Porque, recordando a otra alemana como Rosa Luxemburgo hay que aprender en la dialéctica de la historia, es decir, el derecho de la clase obrera a equivocarse y a aprender de esas equivocaciones porque así es como se continúa el proceso revolucionario.


El autor es periodista, politólogo y escritor especializado en Relaciones Internacionales.

Su email es albercruzeresmas.com

Articulo publicado originalmente en el sitio web del Centro de Estudios Políticos para las Relaciones Internacionales y el Desarrollo (CEPRID).
http://www.nodo50.org/ceprid/territorios/la/la99.htm



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