Burocracia y Revolución

Hoy no es el imperialismo el principal enemigo de la revolución venezolana. Ni siquiera la oposición que sigue líneas fascistas puede perturbar el avance del poder popular que removió las bases de la democracia consensual sustentada en el Pacto de Punto Fijo (1958). Esta última no podría avanzar sin el apoyo del primero, pues carece del poder (medios físicos + voluntad) suficiente para contener el movimiento social generado el 27/2/89. Y ese imperio, y su base de poder, hoy esta arrinconado en el espacio norteamericano, pero su alcance global esta cuestionado en la medida como enfrenta los desafíos y pruebas provenientes de los poderes ascendentes en todas partes del mundo. En ese contexto el más peligroso adversario que confrontan las fuerzas de cambio venezolanas, después de la revolución política ocurrida el 6 de diciembre de 1998 con la convocatoria del poder constituyente, es la burocracia que se ha originado para ejercer la “gerencia pública”.

Como todo aparato de este tipo, público o privado, su papel consiste en enmascarar el “poder real” que controla los recursos materiales que permiten la dinámica social frente a las críticas y la resistencia de los gobernados: los ciudadanos, dentro del estado; y, la fuerza laboral dentro de la empresa. Pero esa burocracia tiende a ser autónoma, pues se convierte en un poder, dada su capacidad de decisión, hasta neutralizar los verdaderos amos del poder real. La burocracia gubernamental y la de los partidos secuestran la voluntad de la clase hegemónica dentro del Estado. La burocracia militar, representada por los Estados Mayores, lo hace igual con los jefes naturales castrenses. Del mismo modo que la empresarial, expresada en las juntas directivas lo realiza con los dueños del capital. Y su poder se deriva de la ley que ella misma hace, de donde la autoridad que ejerce pasa a ser “el gobierno de las leyes” y no él de la gente. La burocracia se ha convertido así en una nueva clase social que vive de los impuestos que recauda el Estado y de los intereses que obtiene el capital. De allí el fetichismo creado con las leyes, que hace ver que los problemas sociales y administrativos se resuelven con ellas, las cuales pueden actuar como referencias en situaciones conflictivas, pero en ningún caso reemplazan a la acción. Esta es el mecanismo cierto para lograr la construcción de cualquier proyecto estructural (físico) o superestructural (inmaterial)

De modo que la construcción de la sociedad socialista, que es el resultado de la visión humanista de la vida social, se tiene que erigir con el liderazgo político que surja de las propias comunidades, en una acción dialéctica que oponga a las fuerzas innovativas a las de la inercia conservadora existentes en toda población. La acción mediante la cual compiten las burocracias divididas por concepciones ideológicas en el sentido que le dio Marx al término, como diría Rosa de Luxemburgo, solo enfrenta al hombre común con el hombre común, mientras aquellas negocian, explícita o tácitamente, para llegar a armisticios, como el Tratado de Coche que le puso fin a la guerra federal, en los cuales logran acuerdos donde ambas ganan. En ese marco el poder popular sólo queda como una fuerza telúrica generadora de explosiones sociales, que como los terremotos o los huracanes, tienen un poder devastador cuando las fallas teutónicas, o las diferencias de presión, o las tensiones sociales, los desencadenan.

escruz@movistar.net.ve


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Alberto Müller Rojas


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