El pensamiento revolucionario de Locke y Rousseau

Si bien es cierto que la polisemia imperante en el léxico político nos exige precisión antes de abordar cualquier tema, tampoco podemos encerrarnos en el cuarto oscuro de las palabras para encarcelar su verdadero significado. Hacemos esta aclaratoria porque hablaremos del pensamiento político de Jhon Locke (1632-1704) y Jean-Jacques Rousseua (1712-1778), que bien pudieran considerarse como revolucionarios por la profundidad de sus planteamientos. Precisamente, la relevancia de ambos pensadores destaca porque sus concepciones políticas fueron expuestas con claridad y en la oportunidad debida y marcaron el inicio de un proceso revolucionario en el campo de las ideas.

Cuando las viejas teorías, ya gastadas y agotadas, habían llegado a un punto muerto, aparecen estas dos mentalidades que sin exageración, comienzan a encarrilar el pensamiento de los pueblos y sociedades, llevándolos hacia otros derroteros. Se abre a partir de sus reflexiones e ideas políticas, un horizonte bañado con la luz de la democracia.

En efecto, el pensamiento político de ambos pensadores marcó el camino y fueron la fuente del nacimiento de otras ideas que empezaron a golpear el edificio de las creencias divinas del poder. Centrados sobre la cuestión política, moral y social del hombre, elaboran sus teorías, que están recogidas en el “Segundo Tratado del Gobierno Civil” de Locke y el “Contrato Social” de Rousseau. Estas dos obras no son propuestas utópicas, ni el resultado de contemplaciones etéreas, sino que son el producto de sus propias experiencias, separadas por supuesto, que tuvo cada uno.

En el Segundo Tratado del Gobierno Civil, el propósito de Locke es exponer su teoría del Estado y encontrar los fundamentos de la asociación política (gobierno civil), para conocer sus dominios, su conservación o su disolución. En tanto en el Contrato Social, Rousseau lo que pretende es hacer un examen de cómo deberían establecerse y funcionar los gobiernos para ser “buenos gobiernos”.

Si revisamos la literatura clásica, encontraremos pensadores partidarios y al servicio del absolutismo, entre los cuales se puede mencionar a Maquiavelo, Juan Bodino, Hobbes y Boussuet. También encontraremos pensadores revolucionarios que rompieron con la creencia del origen divino del poder absoluto, entre los cuales están precisamente, Jhon Locke y Rousseau. La ruptura en el sistema de creencias imperante va a marcar el rumbo del camino político de muchas sociedades, que durante siglos creyeron que los reyes gobernaban por la voluntad de Dios y que las leyes que imponían eran por la expresa voluntad del señor.

Las reflexiones de ambos pensadores apuntan a la ruptura definitiva, a acabar con ese manto de mentira con la cual se había manipulado y tapado al sol de la libertad durante siglos. Es así como se comienza a transitar hacia una nueva forma política, es decir se comienza a caminar por los caminos de la libertad y la democracia. Sus teorías políticas influyeron considerablemente, tanto en el desarrollo de los acontecimientos que marcaron el derrumbe de los gobiernos absolutistas, como en la construcción de los primeros estados basados en los ideales de la democracia. Por ejemplo, Locke puede ser considerado como el teórico de la Revolución Inglesa de 1688 y una fuente muy importante de la revolución norteamericana de 1776; en tanto que las teorías de Rousseau influyeron sobre la Revolución Francesa que adoptó el lema “igualdad, libertad y fraternidad”. Inclusive, el pensamiento de Rousseau influyó sobre Simón Bolívar quien se alimentó de esa fuente de ideas para impulsar el proceso revolucionario en América y romper con el poder absoluto que gobernada las sociedades coloniales en América.

Unas de las cuestiones claves manejadas por los detentadores y defensores del absolutismo era que los reyes gobernaban por el designio de Dios y que su sagrada autoridad era de origen divino. Para Locke había que demoler, de una vez y para siempre, esa absurda doctrina, expresión del peor exceso de autoridad y el más cruel veneno de la política, por lo que era urgente encontrar un antídoto. Rousseau se inclinó por esa misma senda, llegando a decir que “el hombre y el pueblo han sido hechos para elegir la libertad, y si es necesario para ser forzados a ser libres”.

La insistencia de Rousseau fue por una “participación activa y sin descanso del pueblo y de cada ciudadano en los asuntos del estado”, es decir, donde al individuo se le diera la oportunidad de participar en la toma de decisiones políticas del estado. En ese sentido podemos considerar a Rousseau como el manantial de donde surgieron distintas corrientes del pensamiento político, cuyas influencias se sienten en los actuales momentos. El terco empeño de propiciar políticas para eliminar los extremos de pobreza y riqueza, así como el afán de establecer mayor igualdad y más justicia social en vez de los sistemas de privilegios e injusticias, es lo que ha inspirado a plantear un nuevo socialismo para América Latina, teoría que se impulsa desde Venezuela y que se discute abierta y profundamente en muchos escenarios académicos y círculos de intelectuales. De manera muy modesta durante mis clases en la universidad dedico algunos minutos para incentivar a mis estudiantes a meterse en la lectura sobre la democracia y los sistemas políticos latinoamericanos.

Ahora bien, si a Rousseau se le pudiera considerar como el teorizante de la democracia participativa, a Jhon Locke se le recuerda como el defensor y campeón de los postulados de la libertad. Decía Locke que “la libertad del hombre en la sociedad consiste en no hallarse sometido a más poder que el establecido por consenso en la comunidad”. A propósito, nosotros nos preguntamos: ¿Tendrá algo que ver con el gobierno de los consejos comunales?. Respecto a la idea de Locke sobre el consenso de la comunidad, Rousseua añade que “dentro del estado son malas las agrupaciones y asociaciones [¿elites, grupos y roscas?], porque interfieren entre el ciudadano y le distraen, de su clara y precisa visión de toda la comunidad.

Asumimos nosotros que Rousseau se refería a las mafias que pudieran enquistarse en los gobiernos e influir en el comportamiento de las instituciones, produciendo un cáncer de estado. Eso por supuesto, no tiene nada que ver con la necesaria existencia de los partidos políticos en la democracia. Decimos que no se concibe la democracia sin la presencia de por lo menos dos grandes partidos para que los ciudadanos y el pueblo en general puedan respaldar o criticar al gobierno de turno. En ese sentido, es necesaria la existencia de un partido de gobierno y un partido de oposición. Y aquí nos volvemos a preguntar: ¿Acaso no es ese el planteamiento que se discute actualmente en Venezuela? Entonces, no entiende uno por qué brotan las nostalgias y las reculaderas en los patios internos del chavismo. Está bien que la oposición escarbe en su propia tumba, pero a los revolucionarios lo que se nos está pidiendo es arrojo, audacia y valentía para romper definitivamente con las estructuras del pasado y construir ese estado que de verdad sea para el pueblo. Quizás cuando muchos se decidan a entender este proceso, posiblemente ya estemos enterrados en una fosa de tres metros y con una lápida que diría: aquí yace el socialismo del siglo veintiuno, lo mataron sus propios partidarios.

Después vendrán las hienas a gobernar este país, y por más puñetazos que demos sobre el ataúd no vamos a resucitar. Muerto el proyecto revolucionario, vendrán los enfrentamientos y persecuciones para todos aquellos que tuvimos la valentía de creer en la gran transformación, pero que unos tipos cobardes y llenos de egoísmo lo empujaron por un barranco. Aquí es donde cobra fuerza esa frase “patria o muerte”, porque sí dejamos perder esta patria que tenemos ahora, gobernarán las hienas otra vez. Gobernaron durante cuarenta años y arrasaron con este país. Si vuelven es mejor morir.

Finalmente, decimos que la palabra clave del discurso político de Locke y Rousseau es: consenso. Es un concepto que introduce a los pueblos por los caminos de la libertad y la esperanza, porque tener la capacidad de decidir de manera consensual es la mayor prueba de que sí hay democracia participativa.

Eduardo Marapacuto es politólogo y puede ser contactado en eduardojm51yahoo.es



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Eduardo Marapacuto


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