Los que mandan

La ciudadanía tiene cierto convencimiento de que quien gobierna es ella cuando hace uso del voto. En realidad, se trata de una falacia inocente, servida por los dirigentes del sistema para darle relevancia formal y animar a los consumistas a seguir consumiendo con avidez en el mercado, por aquello de que en democracia se vende mejor.

Debidamente ordenado el proceso desde la perspectiva grupal, en términos representativos podría hablarse, no de democracia, sino de partitocracia, es decir, el pueblo vota y gobiernan los partidos. Tiene sentido el plan en cuanto permite falsear la realidad política, aunque haciendo que no lo parezca, a través de un modelo de creencias que se promueven invocando ideologías para encarrilar los sentimientos plurales de cambiar el mundo, siempre latentes, aunque cada uno a su manera. El asunto político se reduce a algo así como un evento deportivo que, por su fuerza de atracción natural, invita a inclinar posiciones entre los espectadores del lado de quien coincide con sus preferencias, aunque ellos no participen y los personajes en los que confían no les representen. La cosa queda en sentimientos encontrados de satisfacción e insatisfacción entre los que asisten al espectáculo mediático al que hoy queda reducida la política. Los partidos no solamente canalizan sentimientos políticos que se etiquetan como ideologías, además venden imágenes, centradas en ocasionales personajes agobiantes que copan los medios para insuflar creencias al auditorio, bien sea coincidentes o discordantes, y ajustar al detalle esos cauces por donde se debe circular políticamente, mientras la realidad camina por otro lado.

A base de ideologías para la ocasión y líderes, asistidos de su corte de elites de pega, se anima a la ciudadanía para que así no decaiga el panorama político. Todo parece ser fruto de esa democracia representativa que distingue a los países civilizados de los otros. Aunque resulte que casi todos practican el mismo juego, la diferencia se ha situado en que unos hacen trampas descaradamente en la elección de sus gobernantes y otros las hacen utilizando los nuevos medios de persuasión que vienen aportando las tecnologías. Por tanto, los más avanzados juegan con ventaja o, si se quiere, dominan la cuestión del estilo, o sea, mayor refinamiento y mejor despliegue de la apariencia.

Ahora entrando en el fondo de la cuestión. En un panorama de personajes políticos de quitar y poner, esta parece ser la gran virtud de la democracia al uso, la cuestión es quién les sube al escenario, les da cuerda mediática y, cuando ya no son útiles, les descabalga. Al electorado, cada partido le ofrece lo más recomendable de su plantel como si se tratara de un ejercicio previo de valoración personal de los candidatos. Lo que lleva a considerar que los personajes políticos son producto de los partidos, pero la explicación no resulta ser tan clara cuando el situado allá arriba está apoyado por una minoría insignificante de fieles, no cuenta con el apoyo de la mayoría de afiliados e incluso desvirtúa eso que han llamado la ideología de partido. Surge entonces la pregunta de quién le ha puesto ahí.

Partiendo de que los electores se encuentran con que no votan personas, sino partidos que representan sus creencias políticas, y que a su vez sirven figuras teóricamente comprometidas con esas creencias, cuando resulta que estas se van por otro lado y el partido se muestra impotente para corregirlas, es que algo pasa. Y no solo eso, incluso resultan intocables e incombustibles temporalmente, aunque, de hecho y más allá de la propaganda mediática, renieguen del Estado de Derecho, en lo que no conviene a sus intereses personales, hagan de la democracia representativa una leyenda y se aferren con descaro al sitial del poder contra viento y marea. Mucho peor aún, si es que cabe, lo de que hagan del país que representan una marioneta de los intereses internacionales. Permite concluir con que alguien, que no es el partido ni mucho menos su electorado, les presta su apoyo, pasando a ser el que realmente manda por encima de los cauces institucionales de cada Estado.

Si tales personajes del momento se sitúan al margen del partido al que dicen pertenecer, y en la práctica de la política siguen consignas de procedencia foránea, desconocidas para la ciudadanía, es porque cumplen mandatos de quien les sostiene contra viento y marea porque defienden sus intereses y fundamentalmente porque tiene poder para ello. El nuevo interrogante sería dónde están situados los que mandan realmente a través de tales comisionados. La resolución del enigma no requiere demasiados quebraderos de cabeza, basta con observar quien dispone de la fuerza necesaria para mover el mundo a su conveniencia, jugando incluso con las ideologías políticas, que en último término resultan estar conducidas por el peso del dinero.

Es un hecho que el gran capital suministra sus ideologías comerciales a las masas, para ello emplea, entre otros instrumentos más refinados, a los influenciadores mediáticos, pero también, para reforzarlas, resulta ser que dispone del control de las ideologías políticas a través de estos nuevos personales, asalariados en la sombra de los oficiantes de la doctrina capitalista. La finalidad no es otra que mantener directamente bajo control reticular el mercado, imponiendo creencias y vendiendo mercancías virtuales, animando el paisaje a base de espectáculos, en los que no puede faltar la política. Un amplio panorama tejido de redes para que no escape nadie. Por encima, en ese reducto minoritario y oculto a cualquier mirada indiscreta, es donde realmente se encuentran los que mandan y rigen la existencia colectiva, aunque, en contra de lo que se piense, no se trata de los incluidos en el ranking de los más ricos del mundo.



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