El bloqueo cultural en Venezuela

"Entre la Independencia y la Libertad hay un espacio inmenso que sólo con arte se puede recorrer".

Simón Rodríguez

Ya van a cumplirse cien años de que Lenin, apenas un año antes de su aciaga desaparición física, concluyera, el 06 de enero de 1923, que el centro de gravedad de la cruzada en favor de la transición socialista en el campo soviético había mutado de lucha específicamente política, en favor de la revolución y la conquista del poder, incluyendo la lucha armada, etc., hacia una lucha ahora en un ámbito más preciso y complejo: el campo cultural.

Esta conclusión de Lenin deriva de una praxis teórica profundamente dialéctica que el gran líder de la primera gran revolución socialista mundial bebió de sus atentas y exhaustivas lecturas críticas de Hegel y Marx, Engels y Trotsky, Luxemburg y Zinóviev, entre otros. Lenin planteaba que, en un primer momento de la revolución bolchevique, el centro de gravedad debió —y tuvo que ser forzosamente— la política, la lucha armada y la propaganda en favor de la revolución. Pero concluía que tras seis intensos años de experiencia revolucionaria, el centro de gravedad y la clave histórica de despliegue hacia una sociedad socialista habían mutado de la lógica política confrontacional y marcial belicista hacia "la labor pacífica de la organización cultural".

Lenin pensaba que si no fuese por la bestial arremetida del bloque capitalista mundial que obligaba a la URRSS a dedicar lo que precisamente escaseaba: tiempo y recursos a la esfera internacional, las relaciones interiores —específicamente económicas— forzaban a dar un giro copernicano hacia dos desafiantes tareas de primer orden. Por un lado, la de "rehacer el aparato productivo", devastado por la guerra mundial y por la herencia colonial del zarismo, comenzando por masificar una primera fase de producción artesanal y de apoyo a la pequeña industria. Y, por el otro, "nuestra labor cultural con los campesinos" cuyo objetivo económico principal era la organización y puesta a punto de un gran movimiento cooperativo para producir masivamente conciencia de clase en sí y para sí, con miras a poder producir la independencia económica, alimentaria, sanitaria y tecnológica para toda Rusia y luego, como ejemplo, para todo el Sur proletario del mundo.

Concluía Lenin en 1923: "Si pudiéramos organizar a toda la población en cooperativas, ya estaríamos con ambos pies pisando suelo socialista. Pero esta condición, la de organizar a toda la población en cooperativas, lleva aparejada tal grado de cultura de los campesinos (…) que esa completa transformación es imposible sin una inmensa revolución cultural".

La inmensa revolución cultural

Para Lenin esa vasta revolución cultural de Rusia y a la postre de la URRSS confrontaba dos inmensas dificultades: la de eliminar el analfabetismo y con ella, la falsa conciencia colonial e individualista/ consumista burguesa; y en segundo lugar, un primer salto en el desarrollo de los medios materiales de producción, es decir, cierta base material.

Como es sabido, la revolución socialista en Europa del Este logró —mas sólo en parte— superar las desviaciones partidistas, estatistas y en definitiva, colonialistas para acometer estas dos magnas tareas históricas delineadas por Lenin. De allí el lento pero trágico naufragio de este magno y hermoso ensayo para el proletariado soviético y el proletariado mundial. No obstante, incluso pese a sus graves falencias y contradicciones, tanto en Rusia como en buena parte de la órbita de países que formaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, tras haber probado las hieles pestíferas y degradantes del capitalismo durante casi tres décadas, las mayorías hoy prefieren reasumir las tareas problemáticas, nacionalistas y utópicas irresueltas de la nada sencilla transición al socialismo.

El tsunami recolonizador en curso en la América Latina y en general en el mundo Sur a manos del imperialismo capitalista global obliga a repensar y reconstruir radicalmente la lógica de trabajo de los partidos, movimientos sociales, políticos e instituciones del Estado responsables de alimentar nuevas praxis (o inventamos, o erramos) en los ámbitos siempre entretejidos de la educación y la investigación, la comunicación y la información, la propaganda y el comercio, la tecnología, la cultura y la economía. Y para realizar toda esta inmensa revolución Lenin veía claro que debía impulsarse una genuina revolución de la cultura de cada país de modo que las clases campesina y proletaria industrial conjugasen sus esfuerzos con la burocracia estatal, en buena medida colonizada en Rusia por un imaginario aristocrático burgués heredado del absolutismo zarista.

De esta concepción heroica robinsoniana, bolivariana, manuelista, marxista y leninista de la cultura a una cierta práctica dominante estético vanguardista pero fetichista burguesa que reduce la cultura a distracción, propaganda y, a lo sumo, entretenimiento tipo show bussines multiculturalista, media una distancia tal que resulta incluso casi imposible describirla. Caricaturizando un poco, ma non troppo, sería la distancia que media entre los bailes de minué a que se invitaba y asistía el Libertador Simón Bolívar y sus lugartenientes tras coronar una cruenta batalla; y la cultura del reguetón y el degradante "perreo" célebre tanto en mítines políticos chavistas como en no pocos colegios de educación primaria y media hoy en nuestro país.

En Venezuela una guerra imperialista sin fusiles y de desmoralización programada coloniza hoy cuadros, colectivos en campos y ciudades e incluso tendencias políticas en nuestros movimientos revolucionarios sometidos a una suerte de un nuevo tipo de período especial que el imperialismo occidental innova cada día. ¿Pero qué busca? Busca bloquear el despliegue dialéctico de una nueva praxis a la vez teórica-crítica y política, productiva y ético-estética, impulsada por una nueva "vanguardia intelectual y moral" —como diría Gramsci— consustanciada con el proletariado nacional, regional y mundial. Y en definitiva, busca que copiemos al calco el modelo liberal burgués de progreso e industrialización occidental.

El ahogo por el servicio de la deuda sumado al déficit comercial y el bloqueo de amplio espectro: económico y financiero, alimentario y sanitario, tecnológico y cibernético, energético y cultural lleva a importantes personeros del Estado a remar más en pro de la burguesía interna y trasnacional que del proletariado, sin explicar siquiera el carácter táctico de esta política mientras se recobran fuerzas para profundizar las agendas favorables a una producción industrial endógena.

Un grueso de nuestro aparato educativo masifica todavía hoy prácticas biopolíticas y de conocimiento bancario manifiestamente coloniales, tecnocráticas y "apolíticas", que reproducen las prácticas de aburguesarse y confundirse, desclasarse y privatizarse, en una palabra, claudicar.

Nuestra práctica comunicacional dominante deviene no pocas veces himno a los valores de uso consumistas, colonialistas e, incluso, nihilistas, cuando no en automatismo propagandístico gubernamental antes que invención heroica de nuestra entrañable herencia simbólica y libertaria de patria chica, patria grande y de clase expropiada por el capital.

Y en economía, antes que un magno esfuerzo por universalizar cooperativas y otros medios asociativos de producción de máquinas y medios de vida en manos de profesionales, obreros y campesinos, prosigue coagulando el modelo fetichista clientelar y rentista importador para cuya reproducción es imperioso la alcabalización de los flujos de discursos, responsabilidades de gobierno, mercancías y procesos.

He aquí magnos desafíos históricos para seguir luchando con Bolívar y Robinson, Marx y Luxemburgo, Fidel y el Che, Chávez y Maduro, como clase en sí y para sí, tod@s l@s humanistas militantes y cristian@s, bolivarian@s y robinsonian@s, martian@s y eco-socialistas de Venezuela y el mundo. "Haga cada cual su parte de deber —pedía Martí— y nadie podrá vencernos".



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Luis Delgado Arria


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