¿Revolución? ¡cualquier cosa, menos revolución!

Si hay algo que pueda (y merezca) reconocérsele a la derecha en Venezuela es su perseverancia en cuanto a la aplicación religiosa de los distintos esquemas desestabilizadores diseñados por la clase gobernante de Estados Unidos y sus acólitos internacionales en contra de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Este hecho la identifica y ubica dentro de los parámetros de la ideología de la dependencia, ya no únicamente en el aspecto económico, sino político, al emparejar sus intereses con los intereses del imperialismo gringo, lo que echa por tierra cualquier rasgo de soberanía que esté dispuesta a exhibir. Con ello, sus dirigentes se proponen «convencer», en un juego macabro que combina las ofertas demagógicas acostumbradas con las amenazas y la violencia terroristas, al resto de la ciudadanía sobre las ventajas de acogerse a la «protección» estadounidense a fin de garantizar un progreso económico sin incertidumbre y el ejercicio de una democracia real en el país. Lo que no se atreve a admitir sin mucho disimulo dicha dirigencia (aunque lo deja ver entre líneas) es que, igual a lo implementado en 1989 por el gobierno de entonces y, en la actualidad, en naciones como Argentina y Brasil, de tomar el poder procederá a aplicar ortodoxamente un paquete de medidas económicas de inspiración neoliberal similar, con privatizaciones de todo tipo, completa apertura del mercado nacional al capitalismo global y flexibilidad laboral al máximo, entre otras, con lo cual los venezolanos arribarían finalmente al «paraíso» capitalista en vez de continuar -ojo, según la matriz de opinión conservadora- padeciendo el «fracaso del régimen chavista-comunista».

Si bien es cierto y notorio que la oposición simpsonizada exhibe menos moral y menos luces que Homero Simpson para regir el país, lo que la hace extraña al sentir de la mayoría venezolana, entre las filas del chavismo se obvia que la eficacia de la maquinaria estatal tiene que estar orientada a producir una finalidad dinámica y, como tal, ajustada a los requerimientos de la amplia población sobre la cual actúa. En este caso, la finalidad sería la solución de los problemas públicos, o colectivos. En un primer plano. Luego, adicionalmente, una vez reemplazados los viejos patrones burgueses liberales que obstaculizan la práctica cotidiana de una verdadera democracia participativa y/o, eventualmente, directa, contribuir a la protección y la consolidación de espacios autonómicos, conformados por ciudadanos conscientes, responsables, productivos y emancipados, es decir, capaces de asumir por sí mismos el destino del entorno en que residen, desde la escala local hasta su escala nacional. Ciudadanos que, asimismo, estén dotados de una visión más amplia de la vida social que la simple visión de una convivencia interna, volcada exclusivamente hacia el grupo o comunidad a que pertenecen o están integrados. Inspirados todos, sería lo ideal, por una voluntad (social e individual, sin que una margine o subordine a la otra) de hacer algo en común que trascienda lo existente hasta ahora.

En su obra «La autodeterminación de las masas», René Zavaleta explica que «la democracia burguesa es un factor favorable a la clase obrera, pero sigue siendo, por supuesto, la democracia de otra clase social y no la democracia proletaria. Pero la organización de la propia clase es, de hecho, la desorganización política de su contrario y, como la burguesía, por ser una clase minoritaria en su carácter, no puede sustentar su poder sino en la mediación-consenso o hegemonía-legitimación sobre los sectores intermedios y la clase obrera de conciencia no proletaria, la ruptura de esa alianza se vuelve una necesidad esencial para el proletariado. Un importante ascenso obrero que, de hecho, a cada momento, está proponiendo formas espontáneas o conscientes de poder, no puede ocurrir sin causar un gran desasosiego (su mera existencia es la prueba de que la burguesía no es más la clave universal) entre los sectores que, bajo el impacto de la ideología estatal burguesa, piensan en el orden de la burguesía como el único orden concebible, en la ley burguesa como la única ley. Ahora bien ¿a quién impacta primero dicho aparato ideológico? Al que no tiene condiciones objetivas para elaborar una contraideología, o sea, en lo típico, a la pequeña burguesía». Esto -trasladado al caso de Venezuela- constituye la piedra angular de la resistencia a los cambios planteados que todavía muestran algunos segmentos conservadores de la población venezolana, como también de aquellos que (diciéndose revolucionarios) debieran auparlos desde sus distintos cargos de gobierno.  

Por ello no es nada extraño que muchas personas expresen ásperamente: “¿Revolución? ¡Cualquier cosa, menos revolución!”. Esta conclusión amarga debiera motivar a recomenzar la lucha revolucionaria, pero con una meta bien específica: subvertir el orden establecido para producir la revolución. Ése es el compromiso mayor de todo revolucionario en el momento actual en Venezuela. No hay otro. 



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Homar Garcés


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