El tribunal del algarrobo

Vivimos época de traición: lo que ayer era norma, ahora es olvido; lo que antaño era mérito, hoy es delito. El engaño, la mentira, son los signos de los tiempos. La traición no es maña nueva, acompaña al humano desde las cavernas; la ingratitud, su compañera de felonía, parece ser condición humana. Pero hay un signo que devuelve la esperanza en el humano: el arrepentimiento, la culpa.

El mayor de los traidores, judas, no resistió la culpa y terminó ahorcado en un árbol de algarrobo (Cercis siliquastrum), conocido con el patético nombre de Árbol de judas. Y al suicidarse, simbolizaba que en la humanidad no todo está perdido: hay judas y en sus arrepentimientos nos dicen que la maldad habita en la humanidad junto a la bondad, el egoísmo junto al amor.

Los traidores viven con la agonía de la culpa. Páez, en New York, se arrepentía de su traición a Bolívar y de sus debilidades con la oligarquía criolla. Otros intentan ahogar la angustia con drogas y licor. Y los hay, estos son los más peligrosos, que vuelven su profundo dolor persiguiendo a sus antiguos compañeros. El ejemplo de esto es stalin y sus represión a los trotskistas, a Trotsky, hasta México llegó su angustia.

Hoy en Venezuela vivimos noches de traición y también de arrepentimiento, de culpa. Hay un fantasma que recorre el gobierno, es el fantasma de Chávez que les emplaza preguntándoles "dónde está el Socialismo", por qué no siguieron el camino revolucionario. Los ojos de Chávez no los deja dormir como niños.

Los gobernantes intentan de mil maneras disimular, esconder su traición, exhiben el Plan de la Patria, gritan que no son traidores, hablan de Chávez, cuentan sus anécdotas desgastadas ya, rememoran la muerte, aceptan que fue asesinado, inventan invasiones y guerras ficticias. Pero nada, no consiguen aquietar a la serpiente que les carcome la tranquilidad. En las noches, en el conticinio, les retumba la voz de Chávez recordándoles que no hicieron lo que tenían que hacer, no hay ansiolítico que los calme.

Es el drama humano que viene aparejado al drama político y a la penuria material. Esta tragedia individual, la culpa, el sufrimiento del traidor, se traslada a los pueblos; la alevosía se instala en su historia, la culpa de una deslealtad los persigue, los marca. La deuda no saldada es un peso sobre toda una sociedad, la marca de caín parece indeleble en el alma colectiva. No hay algarrobo para la masa de los humildes, sólo una acción revolucionaria consigue devolver la dignidad a un pueblo, limpiar su alma.

Estos pueblos deben, necesitan, parir líderes que los eleven sobre las miserias de su propia historia, que rescaten sus hazañas y, sobre todo, que sean capaces de construir una sociedad que muestre lo mejor de la humanidad: que sea ejemplo del hombre armónico con sus semejantes y con la naturaleza.

De esa manera estarán expiadas todas las traiciones, todas las felonías pasadas. Ese es el algarrobo de los pueblos, no un suicidio, sino un renacer, demostrar que el hombre no es una pasión inútil.



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