A propósito de ser ciego

El país que me vió nacer, hoy lo veo morir

¡Pueblo de Venezuela! Hoy, el Pabellón Nacional ha sido mancillado. El amarillo que debería simbolizar la luz dejada por nuestros antepasados como ejemplo fehaciente para seguir un camino de prosperidad; élites políticas, civiles, militares, financieras y seudoempresariales, han obstaculizado ese sol con una nube oscura de corrupción, desolación e impunidad, llevando al Estado y sus ciudadanos a una situación de postración administrativa y humana. Ese amarillo que en algún momento de nuestra historia significó esperanza, ahora quienes dirigen el poder, hicieron de esa luz una esquela de pensamientos nugatorios. Y sin luz, es simple: no podemos ver la realidad que nos afecta para transformar la realidad.

Esa Bandera Nacional cuyo azul simboliza el sentido de los cerúleos, entre nuestro inmenso mar Caribe y el espacio aéreo que nos cubre más de un millón de kilómetros cuadrados, incluyendo la despojada Guayana Esequiba, es testigo del abandono en que se encuentra la patria de Bolívar. Las escuelas y liceos de nuestros niños y adolescentes están olvidados tanto en las ciudadaes como en los espacios rurales. La educación la convirtieron en entelequia. Burócratas del gobierno dicen que es gratuita, mientras una madre o un padre no encuentra el cómo alimentar, vestir, o dotar a sus hijos de útiles escolares. Y mientras la inflación hace estragos hasta con los propios presupuestos de la nación. Techos, paredes, puertas y ventanas pareciera que fueron arrasados por un huracán. ¡Sí! El huracán de la ineptitud por comprender que la educación no es una cuestión de simples cifras extendidas en vacuidad. Porque si la educación fuera, cómo algunos llaman, de “calidad”, ¿por qué tenemos estudiantes con tantas deficiencias en la comprensión oral y escrita, o muy escasos, por no decir nulos conocimientos de las ciencias sociales y naturales?

Ese azul, también es testigo del desahucio en nuestro sistema público de salud. Hospitales y ambulatorios fueron desmantelados en toda su concepción asistencial. Sin equipos ni instrumentos tecnológicos, sin medicinas, sin reactivos, sin materiales médicos, quirúrgicos, o de imágenes, y hasta de materiales básicos de limpieza, la vida de un venezolano no vale nada, aunque tenga a su lado, al más preocupado y preparado de los médicos. El azul que debería ser el color que revitaliza las esperanzas, también fue contaminado por las huestes de un poder retrógrado que habla de multipolaridad en su discurso político, pero hace de la vida de un niño, joven, adulto o anciano una sentencia de muerte, cuando calla o niega la realidad que sufre un paciente con necesidades oncológicas, cardiovasculares, neurológicas o hasta de una parturienta que no encuentra una cama para dar a luz a ese niño, a quien desde su propio nacimiento, ya está siendo violado en su derecho a la vida.

Por ello, al estar el amarillo y el azul de nuestra bandera infectados por la barbarie política que nos gobierna, han contaminado el verde que se origina a partir de la combinación de ambos, cuando entregan nuestra naturaleza para la explotación indiscriminada de nuestros recursos naturales a empresas destructoras del ambiente. Sin importar el daño irreversible que se pueda causar sobre grupos ancestrales, formaciones precámbricas, y una diversidad de fauna y flora única en el planeta. Una jerarquía totalitaria del poder, decide por millones de venezolanos, que es mejor recibir un puñado de capital lavado con la propia destrucción maligna de bosques, afluentes, rios, mares y hasta de pérdida de seres humanos, que conservar por siempre la vida para la vida humana ¡Hipócritas!

Y en esa bandera, cuyo legado de Miranda, estuvo plasmado en el amarillo del conocimiento de sus libros y sus gestas libertarias, surcando el azul de inmensos mares y oceános, el rojo que debería significar la llama que enarbole la pujanza y temple de un país, han hecho de ese color vital, el significado de la destrucción cuando desde cualquier punto cardinal de nuestra extensa geografía, grupos irregulares, delincuentes y asesinos, dentro o fuera de las cárceles, han impuesto su doctrina a mansalva de extorsionar, secuestrar y matar. Ellos, cuales “amos del valle”, no distinguen el tipo de sangre para imponer sus códigos de perpetración de impunidad, ante una sociedad que luce inerte en el medio de la anomia. Ese es el rojo que en esta parte de la historia prevalece en el gobierno. El rojo de la tragedia. El rojo de la mutilación. El rojo de la muerte.

El país que me vió nacer, hoy lo veo morir. A propósito de ser ciego. Quien tenga ojos que vea.


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Javier Antonio Vivas Santana

Lic. en Educación en las menciones de Ciencias Sociales y Lengua (UNA) Maestría en Educación mención Enseñanza del Castellano (UDO) Dr. en Educación (UPEL) Profesor de la Misión Sucre (2003 -2012)

 jvivassantana@gmail.com      @jvivassantana

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