Presidente, mejor decrete el socialismo ¡y ya!, salimos de eso

El capitalismo es como un cáncer, son células anárquicas que crecen de manera descontroladas. Cada capitalista ve y busca la forma de optimizar sus ganancias. La ganancia es su única razón de ser, lo que  estimula su existencia. Para ellos no se trata de una relación de ganar-ganar con la naturaleza, su asunto es ganar, ganar, ganar ganar… ad infinitum. Ahora, imaginen ustedes a esta especie humana haciendo negocios con el oro de Guayana y bolívar, con el coltán, diamantes y todo lo asociado a la tierra que valga algo en algún mercado. Ya con la extracción de petróleo les tocó contaminar el Lago de Maracaibo y zonas adyacentes. Donde hubo taladros y balancines ahora no hay nada; contaminación y basura, es todo lo que queda. Ni se diga de la explotación del carbón.

Luego que tú autorizas a éstos para la explotación de productos tan, pero tan valiosos, todo lo demás viene fácil. Con dinero, en una sociedad desmoralizada, como lo está la nuestra ahora mismo, las empresas podrán comprar hasta el alma del papa Francisco en un acto público y televisado.

Después que entren en el Arco Minero no salen más, hasta que se agoten todos los recursos o haya una verdadera revolución. Será así. En la actividad minera no existe eso de economía sustentable  o renovable. No se pueden renovar los yacimientos, no se puede racionalizar la explotación minera. Una vez que comienzas a encontrar oro o coltán o diamantes, no paras de buscar. La minería es la actividad humana más tonta, porque el oro, los diamantes, el coltán, no se comen. No reportan ningún beneficio directo a la vida. Y si se quiere, tampoco indirecto, por lo menos que le sea necesario a la vida. Y la minería como “emprendimiento” capitalista es la actividad más depredadora y corruptora que existe en la tierra. No respeta ni respetará nada, a pesar de todos los decretos del mundo. Luego que se los licenció para explotar esa “mina de oro”, no hay decreto que los pare. El mal está hecho.

Si fuera así de fácil hacer las cosas, presidente, entonces decrete el socialismo, y salimos de eso de una vez. Mañana estará el país en santa paz. O, para no exagerar, decrete el fin de las colas frente a los mercados. O refuerce con otro decreto los decretos de precios justos.

Parece un chiste todo esto. Pero no lo es. Es el drama trágico de “el presidente que decretaba”, el cual no acaba todavía.

No se sabe quién es más tonto, si aquel que cree que un decreto es la representación de la voluntad humana, o el que lo emite, sobre la suposición  de engañar a la realidad o de engañar a la gente (o intentar engañar a la gente, más bien). La única forma de proteger nuestras aguas es con la voluntad de hacerlo no permitiendo ningún tipo de explotación minera en esas zonas. El agua es sagrada, las selvas, la biodiversidad en general; son vitales a la vida, así parezca redundante todo esto. El desprecio por la vida se extiende desde el trato que tenemos con la propia, convertidos en consumidores de basura de ilusiones, hasta la indiferencia por los otros seres vivos, humanos o no humanos.

Está en la naturaleza del capitalismo y de los capitalistas acumular capital, hacer crecer las ganancias tanto como les sea posible, así tengna que sacrificar la biodiversidad. Pensar que los chinos o la Gold Reserve van respetar decretos o regulaciones es ingenuo. Cualquier funcionario desmoralizado de este o cualquier gobierno no le importaría obviarlas y vender su país  por unos cuantos dólares.

Si el gobierno quiere proteger los 111 mil kilómetros cuadrados del Arco Minero no los use para conseguir divisas. Más bien concéntrense en cambiar el modelo de sociedad que tenemos, el modelo de consumo y producción, en racionalizarlo. Eduquen a la sociedad para una vida más modesta y más espiritual. Hay que comer y vestirse pero también hay que cambiar los hábitos ostentosos y triviales  de vida la pequeñoburguesa que llevamos. Esa debe ser la tarea del verdadero socialismo, así requiera de mucha paciencia y trabajo.

Lo pragmático para el gobierno es calmar momentáneamente la ansiedad de la población, por un lado, y de los empresarios privados codiciosos, por el otro, sobre todo llenando el hueco de las insatisfacciones materiales. Y esto lo pagaremos al precio de criar un ser insatisfecho de por vida, egoísta, indiferente ente la ruina de la naturaleza y de  toda la sociedad. Lo que ahora resulta práctico para el gobierno será funesto en el tiempo para todo el país y para todo el mundo.



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Héctor Baiz

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