Alquimia Política

Allende y su última apuesta

Acabo de terminar la lectura de la soberbia biografía de Salvador Allende (1908-1973), que escribiera el periodista español Mario Amorós (Alicante, 1973), y que publicara el Grupo Z de España, en el 2013. Es un texto de 681 páginas, en las cuales se recrea la vida del Presidente Allende desde la objetividad de la documentación desclasificada de los organismos de inteligencia internacional y los testimonios de los propios protagonistas. Es una obra que concentra no solo la vida de Allende, sino buena parte de la historia contemporánea de Chile, primero como República democrática y luego como país ceñido a los instintos de una cruenta Dictadura.

En la obra, Amorós va a los detalles, y presenta a un Allende que para muchos era desconocido, porque si bien se entendía que su vida militante siempre estuvo apegada a los principios de la moral revolucionaria, nadie entendía la magnitud del compromiso que él tenía con los trabajadores chilenos y con el movimiento revolucionario latinoamericano. Allende presentó una oferta de cambio, de transformación política de su país que en el momento histórico (comienzo de la década del 70), era un peligro inmenso para los intereses norteamericanos, de ese modo se aplicó un plan bien concebido que buscaba ir doblegando la dignidad del pueblo chileno, sus necesidades básicas y su control militar, para no solamente tomar el poder, sino para “extirpar el cáncer del comunismo”, en expresión de los golpistas del 11 de septiembre de 1973.

En los últimos capítulos (desde el 18, subtitulado “La última apuesta”, página 463 en adelante), se hace una descripción viva, diría fotográfica en una secuencia variada y muy nítida, de las últimas horas del Presidente Allende. Sus intervenciones a través de la Radio local, y sus mensajes que iban impregnados de un discurso poético humanista y esperanzador. Allende siempre supo que desde junio de 1973, las cosas no iban nada bien. Ya no eran solamente rumores, era una realidad el complot contra el gobierno y la inmensa telaraña de vínculos que tocaba a todo el estamento militar. Lo que precisó tarde Allende fue que tanto su entorno estaba comprometido con el golpe. Al respecto escribe Amorós: “A partir del 21 de agosto se desencadenaron los últimos hechos decisivos que posibilitaron el derrocamiento del Gobierno constitucional el 11 de septiembre. Aquella tarde el general Prats descansaba aquejado de una fuerte gripe cuando minutos después de las cinco se despertó por el griterío que escuchó ante la residencia oficial de comandante en jefe del Ejército. Inicialmente unas trescientas mujeres…y poco después hasta mil quinientas personas…”. Había un disgusto colectivo hacia el estamento militar por ser permisivos con la situación del país que estaba padeciendo los efectos de la guerra económica de baja intensidad ideada por la CIA y los grupos sediciosos de la ultraderecha chilena. Había escases de productos y un deterioro importante de la calidad de vida de la clase trabajadora. Claro está, apenas se estaba instrumentalizando las políticas sociales en buena parte del sector minero y agrícola; Allende luchaba contra una institucionalidad cada vez más corrompida y arbitraria. Era una tarea titánica pero que ameritaba tiempo y sacrificio.

En este sentido, el testimonio de William Colby (quien fuera director de la CIA en los tiempo del golpe a Allende), en una entrevista de Oriana Fallaci en 1976, ante una pregunta de la entrevistadora sobre el derecho que tenía Allende a gobernar su país, dado que la mayoría había votado por él, este expresó: “¿Acaso no ganó Mussolini las elecciones? ¿Y gracias a ellas no se convirtió Hitler en canciller de Alemania?...Estábamos en nuestro derecho de apoyar a los adversarios de Allende, al igual que lo estamos en Europa, de ayudar a quienes se oponen al avance comunista. La CIA viene haciendo eso hace treinta años y lo hace bien”. Pero el crisol que marca en el texto de Amorós de los motivos del por qué se tumba a Allende en el 73, lo expresa el autor, con una racionalidad certera: “Las características de la vía chilena eran demasiado complejas para el combate de la guerra fría y la hegemonía del imperialismo norteamericano en Occidente”.

En otro aparte, Amorós destaca que Allende cumplió su palabra: “…rechazó entregar a los golpistas el poder que el pueblo le había confiado democráticamente en 1970. Los sublevados tuvieron que bombardear el símbolo de la vida política nacional, de la orgullosa historia republicana, para acabar con la vía chilena al socialismo…” Un aporte que da el texto de Amorós a la historia contemporánea chilena, es la identidad de los dos pilotos que cumplieron la orden del bombardeo al Palacio de La Moneda, y es un aporte importante porque hasta entrada la década del dos mil, el pacto de silencio protegía a estos dos personajes que no solamente hirieron de muerte la constitucionalidad de la Presidencia de Allende, sino que representaron la figura anti-patriótica de quienes fueron ignoraron su deber con la Constitución y la decisión soberana de un pueblo, y actuaron en nombre de intereses superfluos e individualista. Se trata del entonces capitán Enrique Montealegre (hoy general retirado) y Fernando Rojas Vender (quien fuera Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea entre 1995 y 1999).

El desenlace de los acontecimientos no pudo ser más trágico de como la historia lo ha develado. Allende siempre tuvo claro que su rendición implicaría su fusilamiento, por lo cual no escatimó en crear las condiciones necesarias para que su inmolación quedara como una lápida en la consciencia de quienes traicionaron la voluntad del pueblo. Nos recuerdo la postura de Ernesto “Che” Guevara cuando el 67 fue capturado por el ejército boliviano, sabía que vivo no le servía a sus verdugos y por lo tanto el adelanto de la muerte era inevitable.

Nos cuenta Amorós que el doctor Patricio Guijón fue uno testigo de la muerte de Allende, aunque hay otros testimonios, como el de Pedro Valverde Quiñones, quien presenció la escena con mayor detención pero no vive para relatarla; una posición tanto o más privilegiada tuvo el también fallecido policía David Garrido Gajardo, quien en 1987, en una crónica de la revista Análisis , sobre la muerte de Allende, firmada por Mónica González, María Olivia Monckeberg y Patricia Verdugo, recordó la escena en los siguientes términos: “Estábamos al fondo del pasillo, casi frente al living privado del Presidente, cuando lo vi acercarse con Enrique Huerta, el doctor Patricio Guijón y otras personas, las que quedaron en la puerta cuando él entró. Entonces escuché la voz del Presidente que dijo fuerte: ‘Allende no se rinde’, y de inmediato, dos o tres balazos. El médico dijo: El doctor se mató, entró en el despacho y, desde mi posición, vi al Presidente sentado, con la cabeza hacia atrás y el casco botado. Había sangre en el muro”.

En la obra de Amorós, titulada “Allende: La biografía”, se incluyen treinta y cinco documentos inéditos sobre el ex presidente, entre ellos: un discurso de su abuelo paterno, Ramón Allende Padín, de 1872; su solicitud de ingreso en el Instituto Nacional, sus notas del liceo en Valparaíso, sus documentos de ingreso a la masonería, cartas a presidentes de otros países y las conclusiones de la exhumación en 2011. Es una biografía que transita por la historia de su familia, unida a la lucha por la independencia nacional en los albores del siglo XIX, su infancia y sus años estudiantiles, la formación de su conciencia política, el ejercicio de su profesión de médico en el Valparaíso de los años treinta, su protagonismo en la fundación y expansión del Partido Socialista, su papel como ministro de Salud, su trabajo como senador durante un cuarto de siglo y su visión del mundo en los tiempos de la guerra fría; detalles de una vida que tuvo su última apuesta en el sueño porque más temprano que tarde, los pueblos tengan la libertad de auto determinarse como quieran y no como lo imponga una potencia extranjera.

Finalmente, una de las curiosidades que nos aclara el texto es el inventario de bienes encontrados en el Salón Independencia, donde murió Salvador Allende; la mayoría se extraviaron o desaparecieron, pero en un primer momento, allí estuvieron: La espada de O’Higgins, el Bastón estoque de 1903, la Metralleta AK-47 con la inscripción “A Salvador Allende de su compañero de armas Fidel Castro”, un Reloj Jaegger LeCoultre, Anteojos Mustang, pañuelo azul con lunares rojos, un telegrama despachada desde Rancagua por el intendente de O’Higgins, una carta del 05/09/1973, papel con número de teléfono (484209), un llavero marca Flood, un casco modelo NA-iniciales JMF, un cinturón de cuero, dos cargadores, dos vainillas, y una bala.



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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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