Cuando cualquiera es presidenciable

Hugo Chávez no previo jamás que con su desaparición física, también sobrevendría un insospechable vacío de liderazgo, tan dilemático como el que vivió Venezuela, cuando Ignacio Andrade quedo huérfano de la sombra protectora de Joaquín Crespo, último de los caudillo civiles y militares del Liberalismo Amarrillo que había copado la escena política durante la segunda mitad del siglo XIX. Por eso, algunos historiógrafo afirman que esa bala misteriosa que segó la vida del “Taita de la Guerra” en la Mata Carmelera en 1898, también venia acompañada de una lucha entre iguales, pues los generales amarrillos no reconocían los méritos de Ignacio Andares, a quien sus más enconados adversarios calificaban de “bue madriguero”, incluso cuestionaban su nacionalidad, acusándolo de cucuteño. Redondeando el cuento, digamos que a partir de la ausencia de Crespo, comenzaría a moverse el piso del binomio Partido-Ejercito que habían acordado los liberales amarrillos, dando así paso a un nuevo ciclo histórico, cuyo pacto social se apoyaría en el trípode Jefe-Ejercito- administración, vigente hasta octubre de 1945.

Jamás Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez se imaginaron que podrían alcanzar el poder, de manera tan fácil como soplar y hacer botella, pues bastaron apenas pocos meses, para que después de la batalla decisiva del Tocuyito, Don Cipriano llegara renqueando al Capitolio Nacional. Por cierto, como anécdota curiosa, al siguiente día que Cipriano invadiera por la frontera de Colombia, una viejita se acercó a Castro en la Plaza Mayor de Capacho, y le pregunta: que si pensaba tener éxito, con esos sesenta hombres mal armados con machetes, palos y mosquetones, a lo que el Cabito, respondió: no se preocupe que las armas las tiene el enemigo y se las vamos a quitar. Desde luego, cuando Castro habla con tanta confianza, era porque sabía que existía una seria fractura en el gobierno de Ignacio Andrades, para el momento convertido en estampida de desleales, esta vez dispuestos a brincar la talanquera, porque cuando se saborean las mieles del poder, no importa quién las reparte, sino que es lo que se recibe del reparto de la cochina. Con razón Ramón J. Velásquez decía que el poder es el poder, así la casa tenga el techo roto.

Aunque en circunstancias distintas y con actores diferentes, un siglo después se repite la misma crisis de liderazgo, la misma que había servido en bandeja de plata todo el poder a la llamada Revolución Liberal Restauradora que encabezaba Castro y Juan Vicente Gómez. ¿Y será verdad que la historia se repite? Algo parecido va ocurrir en 1994, cuando Rafael Antonio Caldera Rodríguez, sin el respaldo del partido que había fundado en 1946, esta vez decide regresar por segunda vez a la presidencia, en los brazos del llamado chiripero, o sea, con el apoyo multitudinario de los cuadros medios y las bases de AD y COPEI, quienes ya no soportaban más la hegemonía de unas cúpulas podridas que se peloteaban el poder. Para quienes estudian la política y tienen cierto olfato, saben perfectamente que en aquella ocasión, las grandes mayorías no votaron precisamente por Caldera, sino porque en verdad querían un cambio que desplazara el obsoleto liderazgo de unos bueyes cansados y que solo se esmeraban en enriquecerse del erario público. ¿Acaso el llamado chiripero, no demostró que no hacía falta una casa de partido en todos los municipios y caseríos de la geografía nacional? Por eso dicen que los pueblos premian, pero también son implacables cuando les toca pasar factura.

De modo pues que en tales circunstancias, cualquiera podrá ser presidenciable, siempre y cuando no tenga complicidad con el pasado.

Por cierto, también Hugo Chávez se apoyó en las bondades brindadas por un rotundo rechazo a esos viejos cascarones de adecos y copeyanos que saquearon al país por espacio de cuatro décadas. Solo que esta vez, el arañero de Sabaneta pasó por alto, que en caso de una eventual ausencia física, a veces los pueblos no quedan conforme con lo que se ordene en el testamento político, pues cada heredero tiene también sus propios apetitos de poder, así jure de la boca para afuera eterna lealtad. De ahí que en estos casos, digamos que por lo general la procesión va por dentro, sin que se sepa a ciencia cierta a donde llegara el barco, donde vamos montados chavistas y no chavistas. De modo, que nadie se sorprenda que de repente surja alguien que sin pretensiones de cesar mesiánico, sea capaz de entusiasmar a las grandes mayorías, deseosas de hacer una nueva historia para el siglo XXI.


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Freddy Elías Kamel Eljuri

Presidente del Instituto Municipal de Patrimonio Histórico de la Alcaldía Bolivariana del Municipio Miranda del estado Falcón. Vicepresidente de la academia de Historia del Estado Falcón. Escritor. Productor radial.

 kameleljuri@gmail.com

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