Al otro lado del Atlántico, muchos descendientes de los esclavizados se resisten a asumir su origen africano

Nuestra herencia africana

Recuerdo que durante mis años de estudiante de antropología, cuando algunos cursantes hicimos una visita a Curiepe, contemplamos una serie de manifestaciones musicales locales, ejecutadas con maestría y dignidad por tres expertos músicos de la comunidad. Al final hicimos unas preguntas, en parte alusivas al origen de su repertorio. Uno de ellos nos interrumpió, cortésmente pero de manera terminante: “Muchachos, recuerden que aquí no estamos en África”. La respuesta estampó en mi memoria una huella duradera. Lo que vimos era muy barloventeño, venezolano, nadie podía discutir su originalidad. Pero su continuidad con lo ancestral africano tampoco se prestaba a dudas: las melodías y ritmos, los instrumentos, los gestos, la interpretación en su conjunto. Esto no implicaba nada peyorativo. Toda expresión cultural tiene raíces, a partir de donde surgen modificaciones ineludibles, sin desmentir su procedencia. Es muy raro que en materia de cultura algo se dé por generación espontánea, sin antecedentes.

África es el Continente Madre de la Humanidad. En tal sentido todos somos afrodescendientes. En la Cultura Occidental inciden pueblos de habla afro-semítica: egipcios, mesopotamios, hebreos, árabes, bereberes. Las tres religiones hermanas de mayor extensión mundial son también de la misma procedencia: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Más al sur, la África Subsahariana posee una riqueza cultural de magnitud superlativa. Ello se revela en la belleza y complejidad del acervo arquitectónico, un equipamiento material variadísimo, sistemas económico-políticos constitutivos de comunidades, regiones, reinos e imperios; profusamente dotados de idiomas y oralidades, cosmovisiones, manifestaciones musicales y coreográficas.

Por otro lado, África sufrió el holocausto de la esclavización etno-genocida que desembocó, a su vez, en una diáspora cada día más importante y visibilizada. Pero, paradójicamente, en este su año internacional muchos afrodescendientes no se autoreconocen. Hay distintas explicaciones y nosotros vamos a lanzar una más, no excluyente de otras complementarias. El decadente capitalismo eurocéntrico y racista ha cometido con África otro crimen de lesa humanidad, como si no bastara con la esclavitud como tal. La ideología dominante ha venido satanizando al Continente Africano como ámbito por excelencia del grado más absoluto de primitivismo, salvajismo, ignorancia y degradación del que es capaz la especie humana. Para el hombre o mujer occidental promedio, África es lo más ignominioso.

Infortunadamente la África postcolonial hereda gran parte de esos prejuicios. Los límites de sus países son los impuestos por los colonizadores. Los Estados actuales constituyen la prolongación de territorios colonizados; no han reivindicado plenamente sus hermosísimas culturas, y aún permanecen anclados a los idiomas occidentales de los antiguos amos europeos. Ni siquiera la lengua swahili, de extensión casi panafricana, está entre los idiomas oficiales de las Naciones Unidas. Aún en lo económico, África sigue sometida a una dominación humillante.

Al otro lado del Atlántico, muchos descendientes de los esclavizados se resisten a asumir su origen africano. “No queremos nada con África”, es una frase que resuena en todo el Continente americano. En Venezuela hay afrodescendientes conscientes de su progenie. Pero se da igualmente un movimiento que reivindica una “cultura negra” antiafricana, so pretexto de que sus ancestros fueron cazados, vendidos y esclavizados por sus propios coterráneos africanos. Complicidad con los colonizadores la hubo como en cualquier parte del mundo bajo condiciones parecidas. Si un pequeño sector de la población latinoamericana no se beneficiara de nuestra dependencia, ésta jamás habría existido. Lo cierto es que tanto los pueblos africanos como los americanos descendientes de la Trata esperan todavía su plena liberación, la cual solo será posible si se solidarizan entre ellos mismos y con los demás irredentos que conforman la humanidad actual en su casi totalidad.

- Esteban E. Mosonyi
Universidad Central de Venezuela


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